jueves, 6 de noviembre de 2008

Destino o voluntad



En la tragedia clásica, un héroe, dotado de las mejores cualidades, que le hacen superior al resto de los mortales, termina inexorablemente mal simplemente porque los dioses así lo han decidido desde su nacimiento. Ese fatum, destino riguroso e injusto dictado caprichosamente por temibles deidades desde el principio, pesará sobre el resto de sus vidas haciendo inevitable el horror incluso para ellos, que son verdaderos héroes, sin que puedan hacer nada contra el designio de los dioses, por más que lo intenten. Que lo intentan. Porque su voluntad nada podrá frente a la fuerza del destino, en su sentido más estricto y despiadado (y esto de si la voluntad puede superar o vencer al destino es una cuestión universal, interesantísima y compleja, pero que deberá ser tratada en otra ocasión...).

Así, por ejemplo Edipo, a pesar de ser noble, recto y tan sabio como para ser capaz de resolver el enigma de la Esfinge, cumplirá el destino terrible de cometer el crimen atroz de matar a su padre y casarse con su madre (convirtiendos en símbolo y nombre del conocido complejo) por una mezcla trágica de desconocimiento y azar, y Aquiles morirá por una herida de dardo, tal como le dijo el oráculo a su madre cuando nació, a pesar de que esta lo bañe en un río que le haría invulnerable, olvidando mojar en él el talón por el que lo sujetaba, que se convertirá así en su único punto débil, en el que se clavará el dardo fatídico. Los héroes griegos suelen conocer su destino, y aún así, no pueden escapar de él.

El final de la tragedia, pues, está anunciado desde el principio, y el público lo conoce, bien porque contemplan cómo los propios personajes lo descubren consultando oráculos, bien porque hay un coro o una voz narradora que comenta lo que ocurre. Y este final trágico se anuncia la mayoría de las veces desde el principio mismo de la obra, tanto en las grandes tragedias griegas como también en tragedias posteriores, en las que ya no son los dioses sino otras las fuerzas que conducen fatídicamente hacia él.


Por ejemplo, Romeo y Julieta de William Shakespeare, comienza con el coro diciendo:

En la bella Verona, lugar de la acción, dos familias, iguales en dignidad, inician nuevas guerras por antiguos odios, en las que sangre de ciudadanos mancha manos de ciudadanos. De las fatídicas entrañas de estos dos enemigos, nace una pareja de amantes con mal sino, cuyas desventuradas y lamentables desgracias sepultan con su muerte el odio de sus padres. El terrible desarrollo de su amor, marcado por la muerte, y la larga cólera de sus padres, que sólo pudo terminar con la muerte de sus hijos, ocuparán las dos próximas horas...

¿Alguna duda sobre cuál será el desenlace de la historia?

Y un poco después, en España, el prolífico Lope de Vega escribirá El Caballero de Olmedo, cuyo final aciago venía sugerido de forma contundente, para el numerosísimo público de atestaba los corrales de comedias donde se representaban sus obras, desde el mismo nombre y título de la obra, que aludía a una archiconocida seguidilla de cinco versos, que le sirvió de inspiración para construir, con la maestría que le convirtió en el primer escritor de masas (o casi) de nuestra historia, toda una obra de teatro:

Que de noche lo mataron
al caballero
la gala de Medina
la flor de Olmedo.

Y en contra de lo que pudiera parecer, este anuncio del final ya desde el mismo comienzo no restaba emoción a estas obras; al contrario, ahí residía su intríngulis, su fuerza, su gracia (aunque sí, maldita la gracia que tiene el asunto). Porque el público asistía con el corazón acongojado a ese caminar inconsciente del héroe hacia su propio destino incluso cuando intenta escapar de él. Seguramente con ganas de avisarle, de que Edipo no mate a su padre antes de saber quién es, de que descubra quién es su madre antes de casarse con ella, de que Aquiles no vengue temerariamente la muerte de Patroclo, de que la carta informándo sobre la falsa muerte de Julieta llegue a Romeo, de que éste espere un segundo más antes de beberse el veneno, de que el caballero de Olmedo no vaya esa noche de vuelta a su lugar natal tras ver a su amada.

Pero no sólo al principio de la obra se anuncia ese trágico final. A lo largo de toda ella, hay alusiones que vuelven a anunciar y a recordar lo que aguarda al héroe, resaltando su carácter inevitable, a través de referencias a él, que muchas veces los personajes hacen pero con otro sentido, sin ser conscientes de su otro significado, que el público, por supuesto, sí conoce. Esto es lo que se llama “ironía trágica.

Por ejemplo, Julieta se despide de Romeo cuando éste marcha al destierro y le dice algo así como que “le parece ver su cara como en el fondo de una tumba”. Y las metafóricas palabras que dice el propio Romeo o Alonso, el caballero de Olmedo, para expresar su amor (del tipo “muero por ti”, “prefiero la muerte antes que no verte”, "pagaré gustoso el precio de la muerte si es necesario para tener tu amor" y cosas por el estilo, comunes en el lenguaje amoroso de la época), cobran nuevo sentido, irónico y trágico, para el público que conoce ese final que el personaje ignora.

Y a lo largo de El Caballero de Olmedo se compara al mismo Alonso, para ensalzarlo, con personajes como Héctor o Leandro. Prototipo de la nobleza y la virtud el primero, del enamorado dispuesto a todo por su dama el segundo, pero muertos trágicamente víctimas de su propia grandeza los dos. Como le ocurrirá al Caballero. Y en el colmo de la ironía, a modo de último aviso inútil, la noche de su muerte, Alonso, el Caballero de Olmedo, oirá como un fantasma le canta la seguidilla que lo inmortalizará como héroe y que cuenta lo que está a punto de suceder.

La ironía trágica aparece a veces en la vida. En la nuestra, quiero decir. Sobre todo cuando la vida se convierte en tragedia. A veces, tras la desgracia, el recuerdo parece querer reconocer los signos que nos avisaban de ella reforzando su carácter fatídico, es decir, decidido previamente (aunque nunca esté claro por qué o por quién... eso ya se deja a la fe y las creencias personales, que fácilmente se confunde con la imaginación, pues son tan irracionales como ella... unos hablan de destino... otros hablan de Dios...). O circunstancias evidentes a las que en su momento no se les hizo caso. O avisos. O personas que se fueron y murieron a causa de lo que siempre temieron. O creemos recordar que en algún momento parecieron despedirse. O percibimos que tenían rasgos en común con otro al que le había pasado lo mismo antes.... En fin, cosas así. Porque insisto en que muchas veces recuerdo e imaginación no se diferencian tanto, y recordar se convierte en recrear, en su sentido etimológico de crear de nuevo.

Son días estos que los informativos visten de comienzo. Un comienzo en el que se mezclan la ilusión, la desconfianza y quizás para algunos, los más implicados, algo de miedo. Se oyen comparaciones de Obama, el héroe prometido y esperado, con Kennedy. Y se habla de la materialización del sueño de Martin Luther King. Y estas comparaciones se hacen conscientemente, por quiénes fueron, por lo que buscaban y por cual fue su final. Y han surgido ya chistes que satirizan muchas cosas del nuevo presidente (su condición de negro, el carácter “heroico” -casi “mesiánico”- con que él se nos presenta -o con el que nos lo presentan-, la desconfianza hacia lo que pueda conducir su gestión) , pero también sobre la posibilidad de un final trágico en el sentido más clásico, posibilidad nada descabellada y que no es necesario ser pitonisa para intuir (En la puertas del cielo, San Pedro está recibiendo a los recién llegados y le pregunta al siguiente en la fila: “¿Y tú quién eres y qué hiciste en la Tierra?”. “Soy Barack Obama y fui el primer presidente negro de Estados Unidos”. “¡Un presidente negro en Estados Unidos! ¿Cuándo fue eso?”. “Hace una media hora”).

¿Ironía trágica? El tiempo, y sólo el tiempo, como siempre, lo puede decir.

Hoy nuestros destinos no vienen decididos por dioses caprichosos que podemos consultar en oráculos. Pero muchas veces, los destinos de nosotros, pobres mortales, están tan decididos y son tan inexorables, aunque no seamos héroes ni tengamos tanta fuerza ni quizás tanta voluntad, como aquellos que afrontaban los clásicos.¿Y quién o qué decide y marca ese destino? Las circunstancias (y menudas circunstancias las que afrontamos ahora, y las que afronta el recién estrenado presidente). Pero también los hilos oscuros que convierten en títeres inconscientes incluso a algunos héroes que creen vivir una tragedia y terminan viviendo una farsa. Y que a a veces, hasta llegan a saberlo y se resignan a aceptar.

Todavía no sabemos si Obama puede ser un héroe o se quedará en títere. Todavía no sabemos si esto será una tragedia (cuyo final aciago puede ir desde el fracaso de sus naves frente a los elementos, a la muerte...) o una farsa protagonizada por títeres de cartón piedra mediático y maquillaje hasta en el alma, que nunca son lo que parecen y cuyos hilos mueve alguien que no se ve. Porque en estos nacimientos lo importante, el más temible de todos los fatum posibles, es "la mano que mece la cuna".

Ojalá fuera posible que esta historia no se convierta ni en tragedia ni en farsa, sino en algo distinto, nuevo, todavía sin etiqueta. Una verdadera hazaña para un verdadero héroe, que como los clásicos, intente (pero esta vez logre) vencer al destino a fuerza de voluntad.

¿Querrán? ¿Podrán? ¿Será cuestión de destino o de voluntad?



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Obama no es más que un producto, como todo lo que se muestra hoy en día. Nada es lo que parece, todo es farsa y espectáculo. Obama ha sido fabricado (más de 500 millones de dólares ha costado el juguete) y colocado ahí por la mayoría blanca, que es el verdadero poder. Es como el ascenso de la mujer en la sociedad, controlado y tutelado por los hombres. Farsa y más farsa para entretener al vulgo.

Liz dijo...

Quiero pensar que el final de la historia no se parece a las que mencionas. Que a pesar de que se ha creado un "personaje" que consigue ilusionar y movilizar, que hace creer que otro mundo es posible, y no sólo porque de una vez entendamos que somos personas no colores, detrás hay alguien transmitiendo un mensaje y unas intenciones reales. Como siempre habrá que esperar, dejar que sea el tiempo el que nos cuente.
Por cierto, me gusta como has llegado al final del post.

Feliz lunes!

kamala dijo...

"Anónimo": aunque no sea más que un producto, el simple hecho de que haya funcionado (que no siempre los productos funcionan, eh) viniendo de donde vienen los Estados Unidos, ya es una esperanza y una señal de que algo está cambiando. Porque aunque sea un producto, es negro, y su discurso se aleja de la defensa de los ideales del imperialismo y la supremacía de los más fuertes para acercarse a los ideales de la justicia, sobre todo de la justicia social, que intenta hacer a los débiles un poco más fuertes... Lo de si es sólo una farsa y más farsa, insisto en que el tiempo lo dirá. Pero yo me uno a la esperanza, porque uniéndome a ella, no pierdo nada.

Liz: yo también lo espero, espero que no sea ni tragedia ni comedia ni drama. Espero que las intenciones sean reales y que se materialicen en esa voluntad de cambio que venza al destino que parece estar escrito por intereses y manos ocultas pero evidentes.

Gracias por vuestras palabras a ambos, y feliz semana.

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