viernes, 28 de noviembre de 2008

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?



La princesa está triste ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros escapan de su boca de fresa

Este es uno de esos principios de la literatura española tan conocidos por todo el mundo que se han convertido casi en una frase hecha. Como el “con diez cañones por banda/ viento en popa a toda vela/ no corta el mar sino vuela/ un velero bergantín”, o el “volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar”, o el “Érase un hombre a una nariz pegado”, o el “¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla...” , o el “Verde que te quiero verde...” o “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...” Lo curioso es que mucha gente que conoce estos principios no tienen ni idea de cuál es su continuación y, muchas veces, ni siquiera de qué va el texto en cuestión... Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

Estos dos versos son el comienzo de un poema que es sonoridad pura desde su mismo título, “Sonatina”, elegido con toda premeditación y alevosía por su autor, el nicaragüense Rubén Darío, iniciador, máximo exponente e introductor en España del Modernismo, movimiento artístico y literario con que cruzamos el umbral que separaba el siglo XIX del XX, y en con el que hay que relacionar nombres como Juan Ramón Jiménez, Valle- Inclán o Machado.



Una sonata es una pieza musical, y pocos poemas hay tan musicales como éste, protagonizado por una triste princesa, melancólica, rodeada de lujos y fantasías bonitas, a la que un hada madrina alienta a esperar al príncipe que llegará para ahuyentar esa tristeza encendiéndole los labios con un beso de amor. Así que "Sonatina", palabra sonora, dulce, brillante y ligera como la libélula vana de la vana ilusión que la princesita persigue, es sin duda el mejor título para este poema, exponente acendrado del culto a la belleza formal en la poesía, y considerado como "menor" por muchos sesudos críticos oliterarios, que soportan el peso de las terribles inquietudes filosóficas e intelectuales sobre sus cabezas y lo buscan en todas partes para otorgar su aprobación.




Este poema se ha visto a veces como una pirueta meramente formal, vacía de contenido, bonita por fuera y hueca por dentro, deslumbrante forma llena de nada, anécdota estilística y muestra de la evasión extrema de aquellos poetas finiseculares, que parecían querer huir del mundo en que vivían, y de sus problemas, y de sus propios sentimientos, rehuyendo de forma radical el compromiso y el sentimentalismo para refugiarse en otro mundo, un mundo de fantasías amables y sensualidad decadente, un mundo de belleza extrema y sensorial creando en, por y con las palabras.

Y es que no está muy extendida ni la comprensión, ni el aprecio, ni siquiera la indulgencia, hacia la simple (bueno, “simple” por decir algo) búsqueda de la Belleza formal, ni hacia la creación entendida como pura creación de Belleza, en sí misma y por sí misma. Como si ese fuera un asunto menor. Que no lo es, y así nos lo demuestran los pocos estetas puros (pero solo aparentemente puros) que en el mundo han sido.

De hecho, ya Platón, quizás el primero de los grandes sabios conocidos o reconocidos, complicaba la cuestión de la Belleza y dificultaba su desprecio como algo accesorio, superficial y trivial, al situar al mismo nivel, el máximo, Belleza, Bien y Sabiduría . De todas sus “Ideas” (las realidades inmutables y eternas, invisibles pero inteligibles, ajenas a la contingecialidad y lo efímero de lo visible, que sólo se pueden aprehender directamente con el intelecto y no con los sentidos, y cuya aprehensión es la verdadera sabiduría), es la Belleza la primera. Porque la Belleza era para él también lo Bueno, o el Bien, y este sentido lo aunaba el adjetivo griego kalos, que designaba todo lo positivo: lo corporal y lo espiritual, lo bello y lo bueno.

Porque la bondad, o el bien, es la belleza espiritual, ¿o no?. Y quizás por eso la belleza sensorial pueda ser también una consecuencia, o un reflejo, o quizás hasta una parte, de la belleza moral que es el Bien. Porque, ¿puede un acto malo ser bello? ¿Puede un acto bueno ser feo? Pues ahí radica, en parte, el peso y la grandeza de la belleza, más allá del carnal, pequeño, miserable y pasajero (para algunos, ojo, no para mí) deleitede los sentidos: en que tiene sin duda un punto, quizás toda una zona de intersección, con la moral.

Ética y estética podrían estar más cerca aún que la sonoridad de las palabras que las nombran en castellano entre sí. Quien busca la Belleza, termina buscando el Bien y la Bondad. Quien busca la Bondad y el Bien, termina encontrando la Belleza. Porque "para el jazmín solo existe la estación del aroma", y quizás el jazmín sea el Bien, y la estación del aroma, la Belleza.

Y conocer la Belleza (que puede parecer una trivialidad, y algo de lo más sencillo, pero no lo es, y por eso hay horteras y horteradas y mal gusto) supone también conocer el Bien (indispensable para obrar bien, y por tanto, para ser bueno, porque si la mamá de Forrest Gump le decía aquella gran verdad de que "tonto es el que hace tonterías," bueno será el que hace cosas buenas), Por todo esto, conocer el Bien era para Platón, el colmo de la sabiduría. ¿Qué otra cosa hace falta saber? Quien conoce la Belleza y el Bien, conoce la Verdad. Aunque sí, soy consciente de que estos (Belleza, Bien, Verdad) son conceptos exóticos, desatendidos, ingenuos, contingentes y vaciados (que no vacíos) de verdadero contenido para el mundo en que nacemos, crecemos y moriremos, gobernado por la tiranía de lo efímero del usar, tirar y renovar, y el relativismo radical y salvaje que coquetea peligrosamente con el nihilismo.

Los grandes dandys del XIX fueron los primeros en reivindicar explícitamente la aspiración a la belleza formal en sí misma, porque antes se la había reivindicado como medio o excusa para otra cosa.

Por ejemplo, en el Renacimiento del XVI se impuso la búsqueda de la esencia de la Belleza del mundo, y de su plasmación por medio del arte, que debia imitar sólo la belleza de la realidad, depurándola de sus defectos, es decir, idealizada. Y era esa idealización la que daba su sentido al arte, porque ¿para qué inmortalizar los defectos, lo feo lo malo?. El arte debía ponernos en contacto con lo bello, no con lo feo, como un reflejo de la Belleza de Dios o un síntoma del orden universal. Por tanto, la Belleza era el reflejo de algo así como la verdad inmutable que rige el universo en su perfección duradera por siglos y siglos, más allá de lo perecedelo de los seres llenos de defectos y fallos que lo conforman generación tras generación. Conocer la Belleza era para ellos conocer la esencia del mundo y su orden asombroso. Porque pensaban que el mundo era, en esencia, bello. Grandes optimistas, los hombres del Renacimiento. Pero es que en su época, el mundo, su mundo, iba razonablemente bien.

Sin embargo, sólo un siglo después, en el Barroco del XVII, poetas como Góngora exageraban y retorcían la belleza de las obras de arte como una forma de sorprender al espectador y así eludir con él una realidad insoportable, la un país en sumido en una decadencia y una miseria atroces que llevaban a concebir la vida como un breve camino de sangre, sudor y lágrimas hacia la muerte.

Los dandys del XIX (como Wilde o el propio Rubén Darío) fueron, pues, los primeros en reividicar abierta y explicitamente la belleza formal en sí misma, por sí misma y para ella misma, no sólo en sus obras: también en su aspecto, y en sus actos, y en su vida ("Ama tu ritmo y ritma tus acciones", le dirá el maestro Rubén Darío al entonces joven poeta Juan Ramón Jiménez), y de ahi su obsesión, insólita hasta entonces en la masculinidad, por la elegancia de atuendo, palabras, gestos y poses, o su gusto por lo lujoso y lo aristocrático, y por todo lo calculadamente artificial, como forma de crear esa belleza de formas que buscaban. Y por ello los poetas modernistas, con Rubén Darío como insignia y bandera, fueron desprecidados y calificados de superficiales, triviales y vacíos ya en su época, pero también en épocas posteriores, incluso por algunos rigurosos estudiosos de la literatura, de los que se arrogan el derecho de colocar a cada uno en su sitio.


Sin embargo, a pesar de su voluntad, declarada hasta la saciedad de buscar y cultivar esa Belleza ajena a todo lo demás, inevitablemente hacían un poco lo mismo que habían hecho sus predecesores en el culto de la estética. Porque la búsqueda y reivindicación de la Belleza conlleva toda una actitud ante el mundo y ante la vida. Es decir, toda una metafísica y toda una ética. O sea, toda una filosofía. Como casi todas las decisiones esenciales que uno toma en la vida.

Rubén Darío, y otros dandys finiseculares que algunos calificaron de “modernistas” (la etiqueta anglosajona la desonozco, lo siento, soy víctima de la parcelación del estudio del sistema universitario que me formó y que no me he preocupado de superar) reivindicaban la belleza, quizás sin querer, como una forma de rebelión frente al mundo, su mundo, el del incipiente capitalismo industrial, y su carácter gris, prosaico, materialista, y práctico, que despreciaba todo aquello que no fuera útil o no conllevara algún beneficio o provecho material. Ellos se consideran espíritus refinados e incomprendidos en un mundo que no les gusta, y quieren utilizar su arte no para protestar contra él, ni para denunciarlo, ni siquiera para expresar su malestar. Quieren utilizarlo para crear, cada artista con su medio (el de los escritores será la palabra) un mundo de “belleza inútil”, la belleza inútil que ellos no encuentran en ese mundo prosaico y utilitarísta que no sabe ver más allá de la materia y su provecho. Y esa belleza inútil es la que eleva el espíritu más allá del provecho de la materia miserable, y le pone en contacto con una realidad mucho más elevada y eterna que la gris prosa de lo cotidiano.

Y así, en los versos de Rubén Darío no aparecen los personajes ni los lugares ni los hechos que poblaron su vida, sino que acogen un mundo de fantasía, de esa fantasía amable y naif que roza sin pudor (y a veces se sumerge en) lo cursi y lo estereotipado (un poco como mi avatar): princesas, hadas madrinas, palacios orientales, poetas renacentistas, galantes guerreros medievales, carros con alas, unicornios, lujo, refinamiento, colores, sedas, aromas, fragancias, esdrújulos, metáforas, exotismo, visones, jardines decadentes, galanteos entre damas y aristocráticos caballeros, bailes en salones ebúrneos o en terrazas fragantes, al son de violines sollozantes, lunas, pierrots, colombinas, lagos de azur y, sobre todo, cisnes, siempre cisnes, por todas partes y con cualquier excusa (de hecho, la generación posterior que quiso romper con el Modernismo en Hispanoamérica proclamaría que ya era hora de “torcerle el cuello al cisne”). Los bellos y elegantes y aristocráticos cisnes blancos cuyo cuello traza una interrogación. La gran interrogación.


Porque tras esa necesidad de la belleza, que en algunos momentos se revelará como angustiada, late la insoportable levedad del ser y la angustia por una vida que se va, y que uno nunca puede como querría, que sería sin tener en el horizonte la muerte y sus enigmas. Todos los grandes estetas fueron en el fondo (y muchos de ellos también en las formas) vitalistas atormentados por la certeza de la muerte, por la conciencia de nuestra insignificancia y sus miserias, que buscaban en su vida el mismo deleite sensorial que parecían lograr con sus poemas. Y lo buscan, claro, para huir. Para huir de lo insoportable. Para llenar o para tapar o para olvidar el vacío. Para evadirse de lo fatal.

Góngora llegó a tener problemas muy serios por su afición al juego y al vino; Darío tenía también una peligrosa inclinación al alcohol y a las mujeres. Y a todos se les escapa, a veces, entre poema y poema, la angustia cenagosa que tratan de tapar con las rosas de la belleza. El propio Rubén Darío llegó a expresar abiertamente su sentida contradicción vital entre la carne que tienta con sus frescos racimos y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos. El desenfreno de los sentidos para atrapar la vida y olvidar la muerte. El llenarlo todo de adornos e inutilidades para esconder la nada. Y lo hicieron muy muy bien. Tanto, que nos han dejado alguno de los poemas más bellos (no emotivos, no profundos, no escalofriantes, no reveladores: simplemente bellos) jamás escritos.

Y es por eso (pero no sólo por eso) que yo reivindico a estos poetas a los que muchos han criticado y despreciado por hacer aparentemente simples piruetas verbales y sonoras que no dicen ni expresan, en realidad, nada. Por solamente saber crear belleza, obviando que no todo el mundo tiene el don de poder crearla, ni todo el mundo tiene el interés o la capacidad de saber -o querer, o poder, que siempre acaban confluyendo estos verbos- contemplarla.

Y por eso, pero no sólo por eso, no quiero que falte en este blog esta rosa robada, este poema que solo se puede paladear completemente al leerlo en alto, porque es, al margen de lo que dice, música, pura música mágica, que amansa a las fieras y por algo será.

Porque a ver quién es el chulo que es capaz de hacer algo tan “simple” como esto.


Porque es bonito, y las cosas bonitas son las que hacen la vida más bonita, y una vida bonita es la única que merece la pena.

Porque no quiero dejar de saber contemplar la belleza. Porque es bonita, y porque quizás tengan razón aquellos que creían que con ella pueden venir el Bien y la Verdad. Aunque ya no estén de moda en nuestros días.


Porque el fondo se refleja en la forma, pero a veces también la forma moldea el fondo, y conseguir una bonita forma puede ser una forma de conseguir un bonito fondo. Porque sigue sin estar claro, y me temo que nunca lo estará, qué fue primero, el huevo o la gallina, la idea o la palabra, el fondo o la forma, el Bien o la Belleza.

Y porque la belleza, dicen, está en el ojo del que mira. Pero hay que saber mirar. Y para ver la belleza hay que entrenar la mirada. Y esta puede ser una buena forma de empezar:

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
?la princesa está pálida, la princesa está triste?,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

«Calla, calla, princesa ?dice el hada madrina;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».


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