sábado, 13 de diciembre de 2008

El artista del alambre

La mayoría del tiempo lo descubro observándome, escudriñándome, hasta tal punto, que pareciera querer atravesarme con esa mirada. No hay mirada como esa en toda la ciudad. Creo que no hay mirada como esa en el mundo. Es una mirada animal, salvaje, sin afecto, que normalmente no expresa nada, que casi siempre es hielo. Mirada que ve cuando yo no veo. Nadie te mira así. Hay veces, en el silencio de la casa, que algo instintivo me lleva a mover la cabeza en una dirección y ahí está, mirándome, mirándonos desde hace mucho rato, quizás desde hace siglos. Quizás desde siempre.

No es un ser agradecido. Su mirada, a diferencia de la de otros, dista mucho de ser compasiva o servil. Siempre te mira de igual a igual, jamás te reconoce ni un ápice de superioridad y te lo recuerda a cada instante. Su reino sí es de este mundo, y parece recordártelo en cada movimiento. No para de decirte que tú eres el invitado.

Su mundo es un mundo contradictorio. Él, es el Señor del silencio, de lo pausado, de la calma en medio de la tormenta. Su caminar almohadillado, invisible, sus movimientos gráciles y exactos, sus escasos sonidos corporales así parecen atestiguarlo. Sin embargo estoy convencido de que vive en una permanente tormenta; el ritmo acelerado de su corazón, su vigilia permanente, su movimiento incesante de cabeza, de orejas, su pertinaz estado de guardia, me hacen pensar en su agitación interior, en su lucha en un mundo absolutamente hostil. Sí, definitivamente, él es un superviviente, el Artista del Alambre. Es auténtico, tan auténtico como solo pueden serlo los seres que no renuncian a su propia esencia. Los seres que se mueven guiados por lo más puro de su acervo genético. Aquellos que nunca cambiaron y a los que el hombre teme. Aquellos que jamás fueron domesticados.

Sé que despierta temor, un temor extraño, ancestral. Nunca ha sido el preferido, el elegido. Quizás porque con él te sientes igual de solo. Estar con él, es como estar al lado de esa persona con la que vas sentada en el autobús. Juntos, pero solos. Quizás sea eso el origen del temor. Quizás, esa actitud indolente, altiva. Quizás, ese silencio que lo envuelve y lo protege. O quizás, porque conserve en su interior todo ese espíritu salvaje, indomable a través de los milenios, que una y otra vez se nos escapa. Después de todo, tememos lo que no controlamos.


A veces, me gusta no pensar mirando sus ojos fríos; sus ojos delgados y cortantes como una navaja durante el día, y redondos como la más hermosa luna negra, durante la noche.
Porque después de todo, ¿quién no se ha quedado parado, mudo, ante la mirada de un gato en la noche?.




3 comentarios:

kamala dijo...

Mich y tú sois tal para cual. Tal para cual.

Liz dijo...

Quizás por esa actitud altiva, cuando "se dejan" crees que ya has pasado a formar parte de su mundo. Aunque a los cinco minutos pasa de ti como si nada.
Quizá ese sea su atractivo, la falta de espíritu gregario y esa mirada que produce tantos interrogantes.

Buen día!

Dei dijo...

El nuestro pasa de nosotros continuamente. Pero sin embargo, hoy me levanté por la noche porque no podía dormir, y vino a sentarse conmigo.

Buen día para ti también!

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