jueves, 11 de diciembre de 2008

Oportunidad



Lorenzo Silva llegó a mi instituto a eso de las 12 menos algo, con la mejor de sus sonrisas, a pesar de estar en plena promoción de su último libro ("El blog del inquisidor"), llegar desde Suiza, pasar por otros dos institutos y tener en perspectiva un viaje a Almería en el mismo día.

El "Plan Lector" incluye la visita a centros escolares de autores cuyos libros son leídos por los chicos. En nuestro caso, se eligieron distintas obras según el nivel. Los de 2º y 3º de ESO leyeron "El cazador del desierto", novela juvenil que forma parte de una trilogía; los de 4º, novelas policíacas de la serie protagonizada por los agentes de la guardia civil Bevilacqua y Chamorro, entre las cuales la más conocida es "El alquimista impaciente", que ha sido adaptada al cine (y pronto lo serán las demás, según él mismo nos contaría).

Como siempre, fue trabajoso traer desde sus clases a los bulliciosos (por emplear un término suave, pero que en este caso resulta poco fiel a la realidad, precisamente por suave) alumnos de 3º y sobre todo 2º de la ESO (para los por edad profanos en el sistema de la LOGSE, aclaro que corresponden a las edades que en mis tiempos cursaban 1º de BUP y 8º de EGB, respectivamente). Fue trabajoso también lograr el silencio necesario para que Lorenzo Silva, sin perder en ningún momento la sonrisa, empezara a hablar. Fue necesario incluso el expulsar a unos cuantos que parecían más preocupados por mantener el papel de gamberrete rebelde y montuno que por estar mínimamente a la altura de nuestro invitado, que tantos esfuerzos había hecho por estar una hora con nosotros, que vete tú a saber por qué lo hacía, porque cobrar no cobra ni un duro, y este reducido grupo de jóvenes están muy lejos de aumentar sustancialmente su volumen de ventas, al menos a corto plazo.


Este tipo de visitas de literatos a institutos y colegios, que en Aragón se potencian mucho institucionalmente, suelen realizarlas escritores noveles o no demasiado consagrados, o escritores protegidos por ser de la región, o escritores especializados en literatura juvenil que viven prácticamente de lo que se les lee en los institutos, Ninguno de estos es el caso de Lorenzo Silva, escritor de obra variada, dirigida a un público amplio, conocido, reconocido, exitoso y premiado.


Con un tono desenfadado, amable y cercano, sin ningún tipo de pose, ni divismo, ni la pretenciosidad que algunos otros menos aplaudidos, premiados y adaptados sí adoptan, les contó algunos entresijos del su oficio, de las novelas juveniles por él escritas (en especial la que el movido auditorio había leído) y del sutil y siempre fascinante manejo de la realidad para convertirla en ficción que hace el escritor. Luego los invitó a que le preguntaran lo que quisieran. Y efectivamente, un par de chicas se animaron a preguntar ("¿Cuánto tardas en escribir un libro?" "¿Cuándo decidiste ser escritor?" "¿Hay en tus libros algún personaje real?"), pero hete aquí que a las 12 y 20 sonó el timbre que anunciaba el recreo, que es la asignatura preferida de muchos de nuestros alumnos y la única que les interesa.


Asi que un nutrido (yo diría que mayoritario) grupo de cafres empezaron a aplaudir sin venir a cuento mientras Silva todavía estaba hablando, para dar por zanjada la charla (que según lo programado debía durar hasta y media), se levantaron en manada y se precipitaron hacia la puerta sin que los tres profesores que les acompañábamos pudiéramos hacer nada (de hecho, a mí, que además no les doy ni clase -el colmo de la “desautoridad” para ellos- me aplastaron vilmente contra la pared al correr hacia la salida).

Indignación, cabreo, rabia, vergüenza y decepción son también palabras suaves y poco ajustadas a lo que una siente en momentos como este, que por desgracia, no son pocos en el día a día del profesor de Secundaria. Una siempre piensa que organizar este tipo de cosas merece la pena. Que vale más una hora con Lorenzo Silva que todo un mes de explicaciones sobre literatura. Que hay que darles una oportunidad a estos chicos, sobre todo cuando viven en un entorno en el que ver a un escritor fuera de una contraportada o un libro de texto es algo exótico e insólito. Que hay que sembrar, incluso en terreno inhóspito, porque siempre puede ser que alguna semilla prenda.

Pero entonces llega la realidad y te demuestra que los refranes -malditos refranes- más ciertos son aquellos de “No se hizo la miel para la boca del asno” y “es inútil echar margaritas a los cerdos”, y se te quitan las ganas de hacer nada, y se convierte en irrefrenable el deseo y propósito de limitarte a las explicaciones, los ejercicios, los exámenes, los horarios, las obligaciones, las amonestaciones, los aprobados y los suspensos.


Y entonces una, que estaba comentando con otros compañeros sucedido, con estupor y fiereza , mira por casualidad al escenario de nuestro salón de actos, y ve a un grupo de críos (mayoritariamente chicas, la verdad), agolpándose junto a la mesa en la que Lorenzo Silva les firmaba los libros, salir entusiasmadas, preguntarle cosas, comentarles lo que más les había gustado, leer y releer sonriendo la dedicatoria, para todos la misma, con una letra alargada por tantas y tantas y tantas dedicatorias y firmas, y vuelve la convicción de que merece la pena, de que con que hubiera solo uno con ese interés o ese entusiasmo o esa sonrisa ya merecería la pena, y que no tenemos que dejar que pierdan siempre los buenos -que haberlos haylos, y menos mal- y nos ganen siempre los malos metiéndonos las ganas de quedarnos a su nivel.

Y entonces bajamos con los de 4º de la ESO, a por la segunda media hora de charla, en un aula más reducida. 4º de la ESO es el equivalente (por edad, que no por características) al antiguo 2º de BUP. Es el último curso de la ESO, al que muchos cafres y/o "desertores escolares" ya no llegan, y por eso es, dentro del panorama actual de la enseñanza, un verdadero bombón que una ni puede impartir todos los años, pero que cuando tiene la suerte de darlo, lo aprovecha.


Yo doy 4º, pero de Diversificación, es decir, para chavales con problemas de aprendizaje pero cierto interés por aprender (o al menos, sacarse el título) a los que es necesario incluir en grupos reducidos, y darles una enseñanza más práctica y personalizada para que puedan adquirir las destrezas básicas que el sistema educativo debe garantizar. En el resto de los grupos, los profesores dieron una lista con los libros policíacos de Silva, para que eligieran el que quisieran. Yo, como quería leerlo en clase con mis ocho alumnos, elegí “Nadie vale más que otro”, un grupo de cuatro historias breves, correspondientes a otros tantos asesinatos, muy similares a los que vemos en los telediarios, protagonizados por el caústico Rubén Bevilacqua y su compañera y ayudante Virginia Chamorro.





Quería leerlo con ellos en clase, porque entre mis alumnos hay algunos que leen titubeando, o palabra por palabra suelta, o con tantas dificultades que parece que tienen problemas de visión ( llega a tanto la cosa que incluso que he hecho que se la revisaran), y no conocen el significado de palabras como “cáustico”, “sorna”, “azorado”, “uxoricida” o“alienación”, ni de muchos giros, expresiones y alusiones serias o irónicas que la precisa prosa de Silva incluye de forma abundante. Así que dejarles leer un libro suyo por su cuenta puede ser tan arriesgado como soltarles en un laberinto desconocido sin mapa pretendiendo que den con el camino por el método del continuo ensayo y error, y los chicos de hoy no están para esos esfuerzos. Y cuando la lectura de una novela cuesta tanto esfuerzo pierde por completo su esencia, que es el disfrute, y el mandarles leer así se convierte en que miren el dedo y se pierdan la luna.

Así que dedicamos algunas clases a leer. Y van leyendo, en voz alta, por turnos, y cada poco vamos parando y comentando lo leído, y me preguntan todo aquello que no entienden, y relacionamos lo que leemos con lo que hemos visto, y vivido, y hasta imaginado, y salen mil temas de debate, y mil anécdotas, y así, paso a paso, con calma y sin prisas, vamos leyendo. Y cuando menos lo pensamos, estamos disfrutando. No todo el rato, la verdad. Pero sí de vez en cuando, un de vez en cuando que con la práctica y la paciencia va siendo cada vez mas frecuente. Tanto, que especulan sobre lo que vamos sabiendo de Bevilacqua y Chamorro, y elucubrando sobre quién puede ser el asesino, y sobre la labor de los policías, e incluso la curiosidad hace que algunos vayan avanzando la lectura en casa y por su cuenta (y sin que nadie les obligue, que es lo más difícil de lograr en estos casos).

Hasta hoy, que era el día esperado en que venía Lorenzo Silva a hablar con ellos. Por supuesto, yo había avisado a mis ocho alumnos (que son un encanto, todo sea dicho, pero adolescentes, y como dicen en mi tierra -malditos refranes- xente nova e leña verde, todo é fume) de que esperaba de ellos un comportamiento adecuado, y, a ser posible, cierto interés y participación. Y como suele ocurrir, en cuanto sugerí que lo tendría en cuenta para la nota, empezaron a pensar qué le podrían preguntar.

Tras el mal comportamiento de los cafres de 2º yo entré insistiendo en el aviso de lo que esperaba de ellos. E. estaba muy nervioso, porque decía que no sabía qué preguntarle, y que le daba vergüenza, y sus compañeros hacían bromas sobre ello. Yo les dije que preguntar no era obligatorio, que simplemente escucharan y se portaran bien, nada más. Y entró de nuevo Silva con su sonrisa y su sencillez, y habló un buen rato sobre sus novelas policíacas, su génesis, la relación entre ellas y con la realidad, cada vez más animado porque la actitud atenta y sinceramente interesada de su auditorio flotaba en el silencio cálido con que eran acogidas sus palabras, solo roto por algún que otro murmullo suscitado por alguna referencia al libro concreto que cada uno había leído.

Cuando llegó el turno de las preguntas, no faltaron las manos alzadas. Preguntas mayoritariamente sencillas y seguramente mil veces respondidas por él, pero a las que contestaba con el mismo entusiasmo que si fueran completamente nuevas, y de una forma divertida, espontánea, salpicada de anécdotas personales que incluso consiguieron alguna carcajada.

Contó, por ejemplo:
... que sólo una de las historias de Bevilacqua y Chamorro es completamente real (“Un asunto rutinario”, que es la primera de als cuatro incluidas en “Nadie vale más que otro”, para regocijo orgulloso de mis chicos, encantados e importantes porque se hablara de “su” libro), pero que muchos de los detalles más sorprendentes o ironicos de sus novelas son reales aunque se incrusten en un argumento ficticio,
...que una de sus manías es fijarse muchísimo en los guardias civiles -cómo visten, cómo hablan, cómo llevan el arma-,
...que le gusta escribir a partir de las 5 de la mañana,
...que empezó a escribir con 17 años pero estudió Derecho porque no creía que pudiera ganarse la vida como escritor,
---que la gente no le suele reconocer pero una vez, en un aeropuerto, vio venir a una masa enfervorizada de mujeres hacia él, lo cual le extrañó mucho, y le dio algo de miedo, que se alivio al mirar hacia atrás y ver que trás él venía Alejandro Sanz,
...que Bevilacqua nació a partir de un guardia civil del que le hablaron (que se vestía de mendigo para sus labores de vigilancia),
...que tardaba mucho más en preparar una novela que en escribirla, porque es de los que le gusta tenerlo todo claro en la cabeza antes de lanzarse a escribir, y aprovechó para contar anécdotas sobre los despistes de un escritor...

En fin, muchas, muchas preguntas y muchos comentarios (hasta los míos se animaron, incluso E., que se olvidó de su timidez y sus nervios), y muchas otras que se quedaron en el limbo de lo que pudo ser y no fue, porque aunque en teoría el escritor tendría que haberse ido a la 1, a y media tuvo que cortar un profesor porque seguramente agenda del escritor no podía esperar más.

Le despedimos con un aplauso prolongado, afectuoso y sincero, y allí se quedaron los chicos, apelotonados con sus libros para lograr una firma y entusiasmados al irse con ella en el libro. Silva no rehusó ni protestó a pesar del retraso y yo, que tenía clase, le dejé el mío a un compañero para que me lo firmara (mañana me lo dará), no tanto por el fetichismo o la mitomanía de aficionada a la literatura, como por saber que esa firma en ese libro me recordará algo que ningún profesor debe olvidar: que no hay que desistir jamás. Que a veces las cosas salen bien. Pero hay que darles la oportunidad de que salgan. La oportunidad de que merezcan la pena.

Y hoy ha salido el concurso de traslados, y me he dado cuenta de que a pesar de los kilómetros diarios, las horas de autobús, los madrugones y el caos omnipresente y todopoderoso que reina a sus anchas en mi instituto, arrastrándonos a todos (y demostrando de paso que las cosas pueden funcionar por sí solas, porque mi instituto marcha solo, por increíble que pueda parecer, y parece),a pesar de todo eso, no tengo tantas ganas de irme como creía. Y que el día que me vaya me va a dar mucha, mucha pena, aunque lleve tan poco tiempo en él.

Quien me lo iba a decir. Y es que sí, es verdad que a las cosas hay que darles la oportunidad de que pasen.

3 comentarios:

Liz dijo...

qué envidia me dan tus chicos y esas iniciativas, lo variado de las actividades de ahora. Seguro que algunos lo valorarán, ya estamos otra vez con la edad jajaja.
Nunca hay que desanimarse ni dar por sentado nada antes de que termine, la vida nos da sorpresas.

Un beso!

ah y gracias a ti, me encantó tu comentario.

nandara dijo...

Me ha gustado la entrada, Kamala. Posts como estos consiguen reconciliarme con la gente, con la vida en sí.
Doy por hecho que al igual que tú, más personas recordarán ese día.
He recordado al leerlo, el día que escuché y hablé por primera vez con el escritor Juan José Millás. Para mí fue una oportunidad y no se olvida, pura emoción. :)

kamala dijo...

Uy, Liz, tampoco te creas que cosas como esta las podemos hacer todos los dias, ni que salen siempre así de bien. Pero cuando sale es una gozada, la verdad. Lo importante es no desanimarse ni perder la fe en que lo que uno hace, merece la pena hacerlo bien.

Me alegro mucho de que te gustara, Nandara. Yo sé que mis chicos sí lo recordarán, porque estaban muy entusiasmados (y para estas cosas son muy transparentes: ni son capaces de disimular la apatía, ni de fingir el entusiasmo).

Yo para estas cosas soy muy pava: em pongo muy nerviosa y muy atacada al ver en persona a gente a la que admiro. Pero tiene su punto bonito,la verdad.

Besos!

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