lunes, 29 de diciembre de 2008

Y volver, volver, volveeeeeer...


... a Lisboa, otra veeeez...

Y es que en el puente de Diciembre nos quedamos sin plan. Así que apenas cinco días antes, Dei me dijo que nos fuéramos a Lisboa (donde estuvimos en la Semana Santa de este mismo año), y como es tan persuasivo, y tiene esa labia que no sé de dónde la ha sacado, me convenció. Eso sí, esta vez, nos compramos guía y todo, y hasta planificamos un poquito previamente lo que queríamos ver.

El viaje lo hicimos el viernes, en coche y con atasco, tal y como toca en estas ocasiones diga lo que diga la crisis, y llegamos a la capital portuguesa bien entrada la noche, así que la encontramos llena de luces, emocionados, contentos y guiados por un navegador que parecía o de juguete o de broma, por lo que tuvimos que dar un par de vueltas antes de dar con el hotel, situado en la Plaza de España. Luego daríamos otras cuantas vueltas para encontrar un sitio adecuado donde dejar el coche, porque el que elegimos nada más llegar se convirtió enseguida en escenario de un botellón con churreria incluida que nos daba no sé qué. Y entre tanta vuelta y vuelta, la primera noche se nos quedó en poco más que una cenita en el hotel y un paseo por la manzana, para llenarnos bien del aire de esta ciudad de nuestros amores.

El sábado bajamos hasta el centro dando un paseíto, que pronto se convirtió en paseo bajo la lluvia, por lo que Dei tuvo que comprarse su primer paraguas (a sus años... ser maño es lo que tiene). La Avenida da Liberdade, amplísimo bulevar decimonónico de suelo “estampado”, fue el primer lugar emblemático con el que nos reencontramos.
Luego ya, las calles, plazas y callejas, las subidas, paseos y bajadas, los azulejos, los tranvías y los balcones, los bares, las vendedores y el bullicio. Y los turistas españoles, claro, que abundaban por tooooodas partes. La lluvia que iba y venía, pero se quedaba siempre como amenaza, hizo más que tentadora la idea de coger el bus o el tranvía turístico. Tan tan tentadora, que los cogimos todos (hay cuatro), porque además tienen la ventaja de que te dan una visión global y comentada de lo que es la ciudad.

El primero en que decidimos subirnos fue en el autobús que hacía la ruta que no habíamos cogido en Semana Santa, y que nos descubrió que la zona de la Expo, dedicada al mar, tiene muchos más atractivos de lo que nos parecía de lejos y de oídas, aunque lo apretado de nuestra agenda turística nos hizo dejarla para otra ocasión, sirviendo así de óptima excusa para que haya otra ocasión (que la habrá, sin duda, y la habría incluso sin una excusa). Es una zona de Lisboa completamente distinta de Alfama, Barrio Alto, Chiado o incluso a Baixa, que tienen ese encanto de lo viejo y lo decadente acogiendo lo nuevo y sosteniendo la vida. Aquí solo hay edificios nuevos y tremendamente modernos, en los que predominan los tonos blancos, azules y verdosos dominantes en cualquier paisaje marítimo. Por ejemplo, un acuario oceanográfico enorme, un inmenso centro comercial, un auditorio, o la estación de tren diseñada por Calatrava.




Este fue uno de los hallazgos de este viaje. Pero hubo algunos descubrimientos y momentos memorables más. Por ejemplo...

-El paseo en uno de los tranvías turísticos, el que hacía una especie de ruta gastronómica a la hora de comer, pero que nosotros cogimos a media tarde, y el único que no tenía audio, sino una guía que debía explicar lo que íbamos recorriendo. Aparten de la guía y de nosotros, sólo iban un grupo de corredores brasileiros que habían venido para participar en la maratón que se celebraría el domingo, que haría que se cortaran la mayor parte de las calles del centro y que amenazaba con dificultar nuestra proyectada visita a Belem y sus museos. El recorrido se convirtió en una agradable charla con la guía, Susana, que desatendió a los pobres viajeros brasileiros por intercambiar con nosotros impresiones sobre su país y el nuestro.

-El sábado queríamos cenar por Lisboa centro, para disfrutar de algún sitio típico o con ese encanto tan singular que tienen los sitios con encanto portugueses. Susana nos recomendaba algún lugar del Barrio Alto en el que hubiera espectáculo de fado, pero quedaba a una buena tiradita de donde estábamos (la zona de la Baixa), y a esas horas y tras deambular todo el día por la ciudad no teníamos el cuerpo para excesos. Así que nos fuimos por la zona de restaurantes más próxima, en cuyas puertas estaban los camareros (o metres, o lo que fuera), provistos de la carta de su restaurante, abordando diligentemente a cualquier transeúnte que pareciera buscar un lugar donde cenar. Nosotros, haciendo caso de guías y recomendaciones de internautas buscamos uno llamado O Alentejano, del que ya estábamos avisados de que por fuera no invita ni a suponer que se trata de un restaurante ni a entrar.

Descubrimos el cartel, enorme y desproporcionado en tamaño, pero bastante gris y poco llamativo, encima de lo que parecía una puerta de entrada a un portal de un edificio de viviendas. Titubeamos sin saber si entrar o no, pero un viejo que venía detrñas de nosotros nos instó con cierta agresividad a que entráramos. Lo que descubrimos fue, más que sorprendente, desconcertante, porque era como una especie de patio árabe interior con fuente y todo, en el que no había carteles ni señalizaciones, pero sí puertas, arcadas y hasta una tienda de artesanía. Un poco intuitivamente, y con el mismo viejo apremiándonos a entrar aunque sin indicarnos por dónde, subimos por una escalera doble que nos llevó a una especie de piso con habitaciones enormes, de techos altísimos, aspecto entre antiguo y viejo, y paredes y techos decoradas con frescos de colores oscuros y gastados. En una de las habitaciones al fondo había mesas y sillones rococó y una barra, por lo que supusimos que sería la cafetería (que también recomendaba algún internauta); en otra, vimos a mucha gente comiendo, así que pedimos mesa a un hombre que servís pero que iba vestido normalmente, sin ningún signo que indicara cuál era su oficio, y rápidamente nos acomodó. La pena es que yo creo que habían metido allí más gente de la que podían atender dignamente, así que la espera entre carta y plato y plato fue casi eterna, lo cual chafó el encanto de descubrir un sitio tan sorprendente y tan distinto a cualquier otro. Tendremos que volver sin turistas, a ver qué pasa.

-El domingo fuimos a Belem, corriendo para dar con la primera parada de tranvía en un tramo sin cortar por la maratón, en un juego de preguntar a un guardia, y a otro, y a otro entre turistas deconcertados que buscaban lo mismo que nosotros y de vez en cuando animaban a grupos de esforzados atletas con los que nos íbamos cruzando. Nuestra primera parada (bueno, la segunda: la primera fue un bar de la zona donde volvimos a probar los famosísimos pasteles de Belem) fue el museo de los carruajes, donde, en un edificio de por sí precioso (antigua cochera real) tienen expuesta una gran cantidad de carruajes de todas las épocas, desde la Edad Media al XIX, de los que estamos acostumbrados a ver solo en películas y libros, y que hacen del lugar una delicia parecida a colarse en un cuento:

Aparte de los coches para viaje, más o menos lujosos, que eran los más numerosos









había otros más elaborados para desfiles, que contaban con toda una ornamentación alegórica en forma de "estatuas" que representan a cosas como la Justicia, la Victoria o la Fortuna

otros de aquellos para ser que dos pajes llevaran al rey u otro señor importante, especialmente en tramos cortos o en los que las caballerías no pueden pasar

o preciosas calesas de paseo, utilizadas sobre todo por las damas:


-Nuestra segunda parada fue el monasterio de los Jerónimos, impresionante edificio del siglo XVI, construido en pleno fervor y entusiasmo por los descubrimientos portugueses a través del océano, en estilo manuelino (en Lisboa casi todo es o manuelino o pombalino), que en Semana Santa no habíamos podido ver, entre otras cosas, por las colas. Y aunque ahora, atestado de turistas, estoy segura de que tampoco ofrecía su mejor estampa, sin duda sólo por su claustro, merece la pena.











En el monasterio está el museo arqueológico cuya visita resulta también muy interesante.

-Luego nos fuijmos al Monumento a los Descubrimientos,



donde vimos un emotivo documental sobre la historia de Lisboa, que obviaba elegantemente la tensa relación de Portugal con el estado español, que en alguna ocasión se comportó como un invasor con el país irmao, y que explicaba muy bien lo que supuso el terrible terremoto del siglo XVIII y la reconstrucción impulsada por el marqués de Pombal. Terminaba animándonos a todos a ser lisboetas. Y como lisboetas convencidos y emocionados salimos de allí, para subir por las escaleras (valientes que somos, que a Dei le han quitado el gimnasio y ahí lo tenías) los seis pisos (que resulta que eran dobles) que nos llevarían a un mirador alargado, lleno de españokes (cómo no), desde el que el mar y el Tejo y Lisboa lucían esplendorosos como nunca.




Terminamos el domingo recorriendo Lisboa en el último trayecto de tranvía, de noche y con el fado de fondo y nos volvimos a España, soñando con tener algún día dinero suficiente como para poder tener en Lisboa una casa a la que volver (que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son).

Porque eso sí, aún sin casa, ya sabemos que tendremos que volver.












2 comentarios:

Liz dijo...

yo también quiero!!!

Me ha encantado el recorrido y las fotos... desde luego es un sitio para volver. Espero que lo hagáis pronto y después lo cuentas, eh?

Feliz fin de año!
Besos

Ah! te dejé tarea en el blog, para el año que viene, sin prisas y sin obligaciones, claro.

kamala dijo...

Pues querer es poder!!

Así que si puedes (es decir, si quieres ;-)) no te la pierdas, porque es una ciudad para enamorarse, aunque no a todo el mundo le gusta. Por ejemplo, un par de amigos míos fueron en verano y vinieron diciendo que cuando la arreglaran y la limpiaran sería bonita, pero de momento... Y para mí, si la arreglaran y la limpiaran sería otra cosa, así que por si acaso hay que disfrutarla tal y como la tenemos.

Volveremos porque además de que estamos enamorados de ella, nos faltan muchísimas cosas por ver que son, según dicen todos, imprescindibles. Entre ellas, Sintra, el castillo de San Jorge (que es emblemático) y la catedral... Casi nada!!

Feliz fin de año!!

Voy a ver la tarea...

Un beso!

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