miércoles, 27 de febrero de 2008

Confesión



Lo confieso: no vi el Debate. Confieso que no me interesaba demasiado, porque los anuncios de los preparativos minuciosos y desconfiados ya dejaban claro que no era más que una pantomima cuidadosamente preparada. Sólo quedaba la esperanza de que no fuera tan cuidadosamente ejecutada, y pudiéramos reírnos un poco. Así que, por si acaso, Dei y yo nos sentamos con la cena delante del televisor, pero no aguantamos ni el primer asalto. No por decepción, porque fue todo tal y como se podía esperar, sino por puro aburrimiento. Y un poco de vergüenza ajena.

Porque los grandes protagonistas no fueron ni Campo Vidal y su chaqueta, ni Zapatero y sus cejas, ni Rajoy y sus eshes: fueron los asesores, tan presentes moviendo a los candidatos como torpes títeres mal engrasados, que casi se podían ver los hilos. Esas frases contundentes y estudiadas. Esas expresiones de cartón piedra. Esas miradas a cámara intentando esbozar una mueca parecida a una sonrisa al final de los parlamentos. Esas intervenciones literalmente cronometradas por profesionales (!!!!!). Esas miradas involuntarias y oblicuas hacia la esquina en la que debía de estar el asesor. Ese sacar cartelitos con gráficos económicos que daba la impresión de que no tenían demasiada idea de para qué los sacaban ni cómo manejarlos. Ese recurrir constantemente al y tú más y al y tú peor. Ese utilizar las mismas palabras huecas de siempre, tan gastadas que ya casi no recordamos qué querían decir cuando eran verdad... Todo rezumaba autenticidad y ganas de informar y convencer con la verdad a ciudadanos con criterio que así lo demandan... En fin.


Así que lo confieso: no aguantamos. No llegamos ni a la escena del bonobús ni mucho menos al final glorioso con la niña de Rajoy. Pero al día siguiente, eso sí, fue imposible escapar a los análisis, valoraciones y juicios de todo tipo. Que si quién ganó, que si lo que dicen las encuestas nada más terminar el debate (pero por favor... ¿quienes son los que responden encuestas a las 12 y pico de la noche, quién las analiza, clasifica y saca ya rotundas conclusiones???). Nos enteramos de que nos habíamos perdido el tercer momento televisivo más visto de la historia (confieso ya de paso que yo me perdí los otros dos... el de Rosa de España incluido, que también me interesaba bastante poco y también me daba bastante pena verla de títere lastimero enredado en los hilos visibles que intentaban manejarla), de cuáles eran las palabras más pronunciadas y de otros interesantísimos detalles trascendentales por el estilo.

De las informaciones "oficiales", yo destacaría sobre todo la foto de arriba, que uno de los periódicos reproducía a gran tamaño. Fijaos, por favor, en Rajoy y su... ejem.. su ... "sonrisa", o lo que sea eso que está haciendo con su cara. ¿A que da miedo?

Fue en Internet donde me fui encontrando con otro tipo de datos y detalles, tratados con cierta rechifla (bien, bien, por fin, por fin... ¿para qué se quieren, si no, elecciones, candidatos y políticos en general?), que casi me hicieron lamentar no haber tenido un poco más de aguante. Fundamentalmente dos: el momento bonobús y sobre todo, la niña. La niña de Rajoy. Y así, me contaron que Rajoy terminó su intervención con un discursito final completamente kistch, sin ningún tipo de pudor ni sentido del ridículo -ni mucho menos de la dignidad, pero eso creo que pocos lo esperaban ya-, sobre una niña. Gracias a Youtube -qué gran invento-, pude verlo, escucharlo, paladearlo, eso sí, completamente boquiabierta. Creo que no hace falta enjuiciarlo, que se enjuicia solo aunque sea difícil ponerle explícitamente adjetivos, así que aquí va, por si acaso, para que a los que le votan no se le olvide lo que votan, y por si ganan (que todo puede ser, Dios si existe no lo quiera), para que seamos muy conscientes de quien ha ganado y lo que podemos y no podemos esperar:



En el mismo Youtube hay bastantes vídeos relacionados, que comentan y enjuician esto con más o menos cachondeo, y que dicen obviedades. Por ejemplo, éste:


O este, que da tanto miedito o más que su "sonrisa" en la foto:




Pero lo que más me preocupa a mí de todo esto no es el discursito de Rajoy en sí mismo, porque yo no esperaba demasiado de él, sino lo que significa como espejo de la sociedad a la que se dirige.

Estamos en una campaña estudiada hasta el último detalle, que tiene en estos debates su paroxismo: todo está cuidadosa y milimétricamente pensado y ejecutado para conseguir, o arañar, o como poco no perder, votos. Aquí nada es resultado del azar. Todo está dirigido a captar al votante. Ese es su objetivo y su finalidad. Los dos grandes partidos son grandes porque tienen pasta, mucha pasta, con la que pagan, seguro, asesores de imagen, diseñadores gráficos y publicistas, psicólogos, especialistas en comunicación no verbal y retórica, pero también cuentan con la colaboración de sociólogos que les dicen qué es lo que quiere oír la sociedad, qué es lo que demanda y con qué frases y gestos (aunque sean mentira) se les puede captar o atrapar. Y Rajoy no echó el discursito este porque sea tonto o porque no se entere: lo echó porque alguien le dijo que lo echara (y a lo mejor hasta se lo escribió). Y ese alguien, que mueve los hilos del títere y ha diseñado su cara en la foto, ha llegado a la conclusión de que en este país hay gente, mucha gente (que cualquiera con unas mínimas nociones de comunicación sabe el principio y el final de un discurso son lo que más importa retóricamente hablando) a la que se puede captar con algo así.

Y eso, unido a que hoy mis alumnos tenían que pensar un adjetivo con cada una de las letras del alfabeto, de la a a la z, y sólo se les ocurrían insultos (¡ Ya lo tengo! Con la a, "anormal"... profe, ¿"gilipollas" es con g o con j?... profe, ¿vale cabrón?.... sita, ¿vale zorrón? ¿Y putón?.... ¿Hijoputa es con h? Tal como lo cuento, lo prometo) a mí me da auténtico terror, lo confieso.

Porque la mayoría decide, sea como sea la mayoría, y eso es lo justo, pero hasta eso puede dar miedo, lo confieso. Y que me perdone la democracia.

lunes, 25 de febrero de 2008

Vivo en un país libre



Me gustaría tener las ideas claras, y saber ver bien, nítidos y diferenciados, cada uno en sus sitio, los blancos y los negros. Saber descartar los grises engañosos de la indefinición. Saber qué valor debe prevalecer y ser incuestionable: si la justicia o la libertad. Y saber también cuando son justicia y libertad, y cuándo son sucedáneos, tal vez manipulados, tal vez tramposos, tal vez interesados.

Pero no. No tengo las ideas claras, y mis ojos se llenan de grises, y mi sentido de peligrosas incertidumbres, y mi sentimiento de indecisión, y confundo los valores, y ni mi cabeza ni mi corazón saben muy bien de qué lado ponerse, y cruzan la línea del pro y la contra, del aquí y allí, del esto bien y el esto mal, todo el rato, sin saber dónde quedarse. Y sólo tengo preguntas.

Porque hubo una vez una revolución que liberó a una isla de un dictador de los ricos, y dio paso a cuarenta años de "justicia revolucionaria" impartida implacablemente, contra vientos, huracanes y mareas, por un dictador de los pobres. Y esa es mi primera pregunta: un dictador, aunque sea de los pobres, es siempre un dictador, ¿o no?.

Me resulta difícil hablar de Cuba, porque yo de Cuba sé poco, y lo poco que sé, seguramente, está sesgado, por la mitificación poética de todo lo ocurrido, por un lado, y por otro, por el filtro de la información tramposa de los mass media, que hacen de la información negocio y propaganda del sistema que los sostiene, y que con Cuba, como país díscolo que se resiste a pasar por el aro, son descaradamente subjetivos.

Parece ser que en la Cuba de la revolusión -como dicen ellos- se repartió todo a partes iguales: la sanidad, la educación, la comida, los recursos. Y la pobreza, claro, que era lo que más había. Antes de intentar erradicarla, se repartió. Y curiosamente, hasta los más acérrimos detractores tienen que admitir que con el reparto de la pobreza desapareció el hambre. Mientras tanto, en otros países del tercer mundo, se concentraba en pocos manos la poca riqueza, convirtiéndose así en mucha, y dejando campar a sus anchas, mayoritarias y sin obstáculos, la miseria, el hambre, la desesperación.

Parece ser que en Cuba, como había poco, al repartirlo todos se quedaron con poco, y más todavía cuando en medio de un mundo cada vez más globalizado, los sitiaron salvajemente para hacerlos claudicar, tras el fracaso de la invasión armada que hubiera hecho de la isla una precuela de Irak. No sé si otro paìs hubiera podido resistir así un bloqueo como este. Pero Cuba, contra todo pronóstico y para dar más que pensar al que quiera, resistió, aprendiendo a suplir la falta de todo con el ingenio, la alegría y la imaginación. Sin embargo, muchos de los partidarios de la revolución en sus inicios condenan en lo que la convirtió luego Fidel.Y ahí me sale la segunda pregunta: ¿Tuvo en realidad otra opción? Es decir, ¿había otra forma de mantener la revolución, en un mundo como en el que le tocó surgir y en un contexto tercermundista hispanoamericano, con todas sus peculiaridades históricas y sus especiales circunstancias actuales?

Se va Fidel, y en nuestros telediarios paladean la esperanza de una "transición hacia la democracia"que antes daban por sentada y que ahora seguramente confían en imponer, de una forma u otra. Y me surge ya la tercera pregunta: ¿ por qué le importa tanto al occidente capitalista que en Cuba haya una democracia como la nuestra? ¿Por el bienestar del pueblo cubano? Ah, ¿pero no los tenemos durante años y años bloqueados, y sufriendo carencias de alimentos, medicamentos, vehículos y necesidades básicas en general? ¿De verdad creemos que con esta nuestra democracia ellos van a estar mucho mejor? Lo estarán, claro, si se levanta el bloqueo. ¿Y no lo estarían también si se levantara el bloqueo ya, que sería tan fácil? Si no es el bienestar del pueblo cubano, quizás sea entonces porque nos repugnan todas las dictaduras y todos los dictadores por el mero hecho de serlo... Uys, pero hace nada se recibía a Gadafi con todos los honores, y somos muy amigos de varios dictadores islámicos. Ah, claro, que son dictadores ricos, o afines a nuestro sistema, y entonces se hace el esfuerzo por el bien de la economía. Claro. Qué buena, nuestra democracia. Y qué despiste el de algunos mal pensados. Pero entonces... ¿cuál es la razón de ese interés desmesurado porque Cuba pase a ser un país hispanoamericano más?

Es la de Cuba una dictadura, es verdad, porque no hay posibilidad de cambiar ni el máximo poder (Fidel Castro), ni el sistema establecido (la república socialista) ni el partido en el poder (sólo hay uno, creo). En España tampoco podemos cambiar el máximo poder (el rey, pero bueno, es un rey, tiene sangre azul y lo nombró Franco.... ¿no?) ni el sistema establecido (joe, si no se pueden cambiar ni las leyes sucesiorias) ni casi el partido en el poder (solo puede haber dos, en la práctica, a la hora de la verdad y cada vez más, por muy bonita que nos haya quedado la teoría). Pero bueno, nosotros además de pobres que no miramos y que sólo sacamos en la tele como anécdota aislada que nos haga valorar nuestra buena fortuna y situación, tenemos ricos, y nobles, y famosos hasta por aunténticas gilipolleces, y sueños alimentados por series pseudorrealistas, programas del corazón y canales de teletienda. Y gente de cara triste pidiendo limosna con cartelitos a los que dar alguna moneda para sentirnos un poco más buenos. Y fotos de niños lejanos apadrinados allá en el tercer mundo. Y galas contra el sida, y la droga, y la lepra, y el cáncer. Y tenemos también familias que se convierten en morosas por no poder con la hipoteca, la letra del coche y el crédito para las vacaciones en un país de nombre impronunciable que sus hijos serían incapaces de situar en el mapa. Y colegios en los que más que a impartir cultura se va a intentar sortear la violencia. Y elecciones. Eso sí, sobre todas las cosas, tenemos elecciones. En Cuba dice Dei que también. Pero no son como las nuestras.



Lo que es indiscutible es que en Cuba no hay libertad de expresión, creo: sobre todo, no se puede hablar mal de la revolución, ni mucho menos, actuar contra ella. Aquí sí tenemos libertad de expresión: únicamente no se puede hablar mal del rey ni de la casa real. Además, en Cuba nadie tiene libertad, por ejemplo, para ir a los sitios reservados a los turistas o para viajar alegremente al extranjero. Aquí sin embargo, todos tenemos esa libertad aunque no todos tengan dinero para ir a los sitios o para viajar.


En Cuba, por tanto, no hay libertad. Y digo yo, ¿háy más libertad en la selva nicaragüense, en los barrios de Bogotá, en los poblados bolivianos o peruanos, o incluso en los suburbios madrileños, que en las calles de la Habana? ¿De verdad hay más libertad? Y sin ir tan lejos, ¿de verdad nosotros elegimos libremente lo que hacemos, lo que queremos, lo que queremos ser o lo que somos? Y no es pregunta retórica: es pregunta de verdad. Porque una cárcel es siempre una cárcel, y unos barrotes son siempre unos barrotes. Pero son mucho más peligrosos, y opresores, e incombatibles, y quizás más indignos, los que no se ven o los que se disfrazan de otra cosa (y el que lo dude, que se lea La Fundación, de Buero Vallejo)

En todo caso, parece que habría que tener claro que Cuba es una dictadura, y que solo por serlo ya es injusta. Aunque sea una dictadura curiosa, que ha erradicado el hambre a pesar del bloqueo, que ha universalizado la cultura y la sanidad hasta puntos impensables en nuestro occidente democrático (y ya no digamos en el de Estados Unidos), con políticos que no se excusan y que llenan sus discursos, serios y coherentes, de dignidad. De una dignidad con la que se atreven a retar al mundo y a esos otros paises que los bloquean y los señalan con el dedo acusador, tan parecido al dedo acusador que simplemente condena al diferente por diferente, porque al querer ser diferente nos rechaza.


Todos sabemos que Cuba se convertirá, si esa transición a la democracia se produce, en lo que no es hoy: un satélite de Estados Unidos cuya realidad se amoldará a lo que el gigante del norte necesite o incluso se le antoje. Un país en el que habrá partidos políticos financiados por fuentes veladas cuyos intereses defenderán, veladamente o no, y donde solo podrá gobernar el que gane unas elecciones que solo se podrán ganar con dinero. Un país que fomentará el consumo, y para fomentar el consumo, a ser posible compulsivo, nada como fomentar la infelicidad, que hará sentir que falta algo, aunque no sepan qué, y que intenten llenar comprando cosas y más cosas, quizás inútiles, quizás absurdas, quizás inclusos hasta feas. Qué más da. Y para fomentar la infelicidad, nada como el mundo irreal de personas irreales que emborrachen su mente con metas inalcanzables y que sea universalizado por la televisión. Un país en el que habrá ricos y pobres, pero pobres corriendo y deslomándose afanosos detrás de una zanahoria de la posibilidades inalcanzables sostenidas por dos palabras huecas e impostoras, libertad y democracia, que en realidad ni sabrán ni podar usar. Un país en que no todos serán cultos, porque para qué quieren los pobres la cultura, y porque además todos los ricos saben que nada hay más cómodo que los pobres incultos. Porque será un país de ricos y pobres donde terminen mandando los ricos, como en todos los países de ricos y pobres. Un país libre y democrático. Y dudo mucho que Occidente les deje libertad, pero libertad de la auténtica, para decidir si quieren ser otra cosa. Que tal vez quisieran, por extraño que nos parezca. Y de ahí surge la siguiente pregunta: ¿de verdad eso será lo mejor para Cuba y los cubanos, uno a uno? ¿Qué ganarán? ¿ Y qué perderán?

En Cuba no hay hambre. Ni hay ricos. Ni libertad para serlo. Y aunque haya admirado al Che, y me haya alegrado la cara que supo plantarle Cuba al matón de Estados Unidos, y no pueda evitar cierta nostalgia al mirar a Fidel y su marcha como el fin definitivo de una era y unos sueños que tal vez acabaron hace rato(quizás por las canciones y lo que escuché en mi infancia), y aunque me den asco y rabia las fauces babeantes de los yankis ante el aroma de la presa que creen a punto de caer, y aunqe Silvio cante y siga cantando que vive en un país libre que le permite ser un hombre feliz (y solo eso ya debería hacernos dudar antes de condenar), la gran pregunta final sería ¿querría yo, o querrías tú, vivir en un sistema como el cubano?

Y podríamos contestar con la boca bien llena y la cabeza bien alta, sin titubear, que no. Y cuando nos preguntaran la razón, tendríamos la excusa preciosa y perfecta de la democracia y la libertad. Aunque en el fondo sepamos que tal vez no sea realmente esa. Que quizás no queremos, aunque no podamos reconocerlo, porque aquí nacimos donde y como nacimos, y vivimos donde y como vivimos, y quizás el reparto resultara incómodo y lo consideráramos injusto. Y porque quizás preferimos el hambre lejana de otro al que no miramos que renunciar a algo, aunque sea superfluo. ¿Verdad?

Qué suerte que tenemos la excusa de la democracia y la libertad. Y la pantomima del debate esta noche. Y los centros comerciales abiertos todo el día. Y rebajas en Enero y en Agosto. Y urbanizaciones y destinos turísticos en los que apiñarnos cuando toque, haga o no calor. Y las calles llenas de carteles, y los tiempos muertos de rastreros spots electorales, y tanta publicidad confundida con tanta información que ya ni informa. Y elecciones el 9 de marzo. Y que Bardem haya ganado un Óscar. Y que eso sea lo que nos importa. Porque tenemos democracia y libertad. ¿O no?

viernes, 22 de febrero de 2008

A nuestros grandes líderes

...a ellos, a nuestras referencias morales y luces de occidente. A ellos que nos hacen ver lo que nosostros no llegamos a entender. A ellos que sólo se mueven por el interés común. Nuestros grandes líderes, guías, llamas vivas del pueblo.

Occidente, luz del mundo, referencia moral donde las haya, que da y reparte lecciones por doquier. Que reparte carnets de buena conducta y los quita cuando la conducta es mala. Occidente, puño terrible de aquellos que se apartan del camino recto. A ellos, a nuestros líderes que nos salvan de los males, de los males terribles que se esconden en "aquellos oscuros rincones del mundo". Occidente, refugio de valores cristianos y humanos. Occidente evangelizador y amigo de los desheredados. Occidente, tierra de riqueza y prosperidad. Cuna del "estado del bienestar", espejo en el que deben mirarse los demás, los indignos.

Qué encantados de conocernos estamos los occidentales...y nuestros grandes líderes.

Mirad y aprended todos de él, sentid vergüenza, porque nosotros les hemos puesto ahí, a él y a otros como él...Sólo nuestra complacencia lo permite. Este será nuestro legado. Esta será nuestra condena...




 

martes, 19 de febrero de 2008

Silencio (y 2)



"El silencio está tan pleno de ingenio y sabiduría en potencia como el mármol por tallar de riqueza escultórica. Los silenciosos no prestan testimono contra sí mismos."
Aldous Huxley


"Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos"
Quinto Curcio

El sábado estuvimos otra vez en Loarre, castillo incomparable cuya visita recomiendo con toda sinceridad y corazón, y en cuyos capiteles volvimos a ver la figura de tres monos, uno tapándose la boca, otro los ojos y otros los oídos, y que un guía entusiasta explicó, con ese deje peculiar del aragonés, como un elemento de la tradición cristiana que representa la sabiduría y que la cifra en "ver, oír y callar".


La Wikipedia, sin embargo, explica el origen japonés de la imagen (¿¿Y como leches llegó entonces al apenas Aragón profundo del siglo XI??), y dice:

"Los Tres Monos Sabios o Místicos, que se tapan con las manos respectivamente los ojos, oídos y boca, están representados en una escultura de madera en el santuario de Toshogu, en Nikko, Japón.
Parte de su significado está en el juego de palabras que se origina en japonés entre el sustantivo “saru” que significa mono, y el adverbio homófono que produce la negación del significado de la raíz a la que se asocia enclítico. Las palabras compuestas “mizaru", “kikazaru” e “iwazaru” significan respectivamente “no ve", “no oye", “no habla", y el mono ha pasado a ser un símbolo de la negación en abstracto."

La interpretación oriental parece ser no "oír, ver y callar", sino que para llegar a la sabiduría una persona debe negarse a escuchar maldades, negarse a ver maldades y negarse a decir maldades.

Pese a los diferentes matices, ambas interpretaciones de la imagen de los tres simios tienen en común dos cosas: la sabiduría y el silencio. Y su relación, claro.

Según el "ver, oír y callar", el silencio sería necesario para observar, analizar, meditar, aprender, y en un sentido más práctico además, no meter la pata, ni dar testimonio contra uno mismo (por algo uno de los derechos de los detenidos es a permanecer en silencio).

Según el "negarse a ver, oír y hablar maldades", el silencio sería necesario para poder acercarse a la realidad con los sentidos, el alma y la razón auténticos, puros y libres del ruido distorsionador o malintencionado, y acceder así a la verdadera sabiduría que la tradición (prácticamente todas las tradiciones) sitúa en nuestro interior, que para ser escuchado también necesita ese silencio de lo externo y lo ajeno.

A mí me asusta el silencio, y lo sé porque lo rehuyo. Necesito gente habladora, o radio, música o el murmullo de la tele, incluso para estar sola o para no escuchar a nadie, como una nueva forma de silencio impostor con el que acercarme falsamente a mi interior. Porque a lo mejor el susto ante el silencio viene de un miedo atávico y tal vez justificado a enfrentarme a mi propio interior. A quedarme a solas conmigo misma y no tener más remedio que escucharme. O quizás a asumir una soledad, o una realidad, que creo que me gusta sin que sea verdad. Y tener que asumir que no me gusta. Y por eso necesitaría el ruido como falso compañero, o como maquillaje del mundo. Porque el mundo no se ve igual en silencio, y no sólo depende del cristal con que se mire, sino también del sonido que se le ponga, y a cualquier banda sonora me remito: qué sería de las películas de terror, o de las románticas, por ejemplo, sin la ayuda de los efectos sonoros o de la música adecuada que es capaz, casi por si sola, de crear una atmósfera, una sensación, una percepción.


No sé. Pero el caso es que yo rehúyo el silencio, y en esto, como en tantas cosas, me sitúo lejos, muy lejos, de los pocos sabios que en el mundo han sido, y lo que es peor, sin tener ni idea de cómo acercarme, y sin ni siquiera estar segura de querer hacerlo.

O puede ser simplemente que en esto, como en tantas otras cosas, sea hija predilecta y esforzada de mi tiempo, de este mundo apabullante que rehuye el silencio, y lo llena todo de música que es negocio, de ruidos tecnológicos y contaminantes, de información e informaciones distorsionadoras y de interferencias. Hija y producto de esta democracia que se niega a dejar a los suyos a solas y en silencio, no sea que encuentren la verdad, una verdad, otra verdad, y la encuentren lejos de la que ella les ofrece, allá dentro de cada uno, donde quizás está, agazapada y en silencio, esperando ese otro silencio que puede arrancarla. Y que esa verdad les haga libres, como prometía el aforismo.

Quizás el miedo al silencio sea entonces el miedo a la libertad. Y en este mundo que pone, precisamente, la libertad como bandera, excusa y coartada para tantas cosas, y no todas buenas, paradójica y casi cìnicamente hay mucho miedo a la libertad. Y los que más la temen son los que parten y reparten el pastel, que quieren que nos creamos libres porque ay de ellos si un día nos atreviéramos a serlo realmente. Y es que en realidad, no nos atrevemos.

El que sea valiente, y quiera encontrar una verdad, y quiera ser libre, por favor, que busque el silencio, y la mirada interior y auténtica, aunque pueda parecer equivocada, porque incluso si lo fuera, no sería la equivocación tramposa resultado del ruido, la interferencia y la intención interesada de otros, que es la única equivocación que engaña y atrapa.


Que busque ese silencio, imprescindible para la libertad, para sobrevivir a esta campaña electoral llena de promesas que sabemos mentirosas, eslóganes de cartón piedra y debates-circo a base de trapecismos, números de prestidigitación y piruetas cuidadosamente ensayados que todos sabemos que se hacen con truco y disfraz.

Y, por favor, tapémonos los oídos, los ojos y hasta la boca para intentar mirar a Cuba de la forma más auténtica y libre de interferencias de uno y otro ruido que podamos, antes de lanzar o no lanzar piedras, porque Fidel se va.

Que ya se oyen los ruidos, los rugidos y los planes de otros, payasos, leones y empresarios del circo, dispuestos a amaestrar a otra presa con la que hacer negocio. Pero esa es otra historia, y deberá ser tratada en otra ocasión.

A ver quién es el sabio y el valiente capaz de buscar y de encontrar el silencio necesario para descubrir en todo esto un poquito de la verdad. Y de la libertad. Pero de la verdadera, no de la que es excusa y coartada para tanta injusticia y tanta mierda.


Silencio nunca vivido, quién te pudiera soñar.

viernes, 15 de febrero de 2008

Aves de paso.



Hubo un tiempo en que yo fui un ave de paso. Años en los que conviví con otras aves de la misma especie. Todo era sencillo, emocionante y triste. Sin te quieros. Un universo de holas y adioses.

La patita de la derecha


El PP está enseñando la patita derecha sin pudor, tras años de aclararse la voz y cubrirse la garra con harina para hablarnos a nosotros, incautos cabritillos -ojalá- que habíamos cerrado la puerta. Ahora, de forma repentina y para mí soprendente, muestra -o casi se podría decir que exhibe- tics y gestos de derecha pura y dura que antes matizaba, colocaba en un discreto segundo plano o directamente disimulaba.

Las líneas que anuncian para su campaña incluyen aspectos, tan arriesgados para un partido que hace poco tiempo intentaba tener un sonriente look de centro, como la defensa de los valores tradicionales de la decencia, el como Dios manda, la familia de y para toda la vida, con padre, madre y muchos hijos a ser posible, la España una, única, grande, y libre sobre todo para ser una, el desprecio hacia personas o ideas diferentes, la consideración de muchas reivindicaciones éticas y sociales casi como "tonterías", la intransigencia total y sin pudor con la inmigración (nuestras costumbres ante y sobre todo, y para todos, y al que no le gusten que se vaya), la mano dura durísima con la delincuencia, llegando incluso a hablar de rebajar la edad penal a los 12 años (!!!!!), o la sustitución del diálogo por la imposición sin miramientos de "su" verdad y "su" razón (que por supuesto es la que vale, así que para qué andarnos con zarandajas).

Lo que a mí me asusta de todo esto (aparte de la posibilidad de que ganen y se empiece a llevar a la práctica, que ya es bastante susto por sí mismo, la verdad) es que no es algo aleatorio, ni espontáneo, ni fortuito. Pocas cosas habrá más minuciosamente estudiadas que una campaña electoral, en la que yo sé que se intenta decir lo que el electorado querría oír, o, al menos, se intentan cubrir las verdaderas intenciones con el manto llamativo de los deseos y los sueños de los votantes. Por tanto, si giran con gestos tan bruscos e incluso ariscos hacia la derecha, es porque alguien ha indagado y ha descubierto que en España hay, agazapados o no, electores, muchos electores, que están deseando oír todo esto. Tantos como para que la campaña de uno de los partidos mayoritarios se dirija abierta y casi exclusivamente a ellos.

Creo que todos hemos escuchado conversaciones en las que se reinvindica mano dura, se desprecia al diferente o se pide una vuelta a los valores y normas de toda la vida. Yo pensaba que eran algo anecdótico y excepcional, algo de lo que sorprendernos y a lo que no merece la pena ni replicar porque cae por su propio peso. Porque esta cara de la derecha no resulta simpática, y en las campañas electorales se buscaba hasta ahora la simpatía o, por lo menos, el maquillaje de la corrección política.

La necesidad de maquillaje y sonrisa de la derecha para enfrentarse al espejo de nuestra sociedad me tranquilizaba. El que exhiban ahora las fauces sin pudor me hace preocuparme, y mucho, por ese espejo.

martes, 12 de febrero de 2008

La muerte del señor Plácido


El abuelo estuvo preso de los rojos durante la guerra. Así que él tuvo siempre claro quiénes eran los suyos, y en qué bando estaba él en el mundo de bandos que no eligió y que le tocó vivir. Sufrió todo lo que sufren los prisioneros de guerra, pero sobrevivió para volver a su pequeño pueblo en Zamora, y asistir casi a su propio funeral, que llegó a celebrarse, porque allí le habían dado por muerto. Una de sus hermanas fue la primera que lo vio, y se aterrorizó pensando que era un fantasma, por su aspecto demacrado y por la fuerza de la convicción con que habían dado su vida por perdida.

Tras la guerra le tocó volver a sobrevivir, y mi abuelo tuvo que emigrar con poco más que una mula desde su pequeño pueblo zamorano a otro pueblo orensano, un poco más grande pero tampoco demasiado, al principio sólo provisionalmente, para vender cacharros, y luego definitivamente, para vender cera, y vino, y miel. Se casó con mi abuela Anita, que emigró también desde Zamora con él, y fueron durante décadas “los del bodegón” en el pueblo en el que me hicieron nacer.

El abuelo tenía un camión azul claro que siempre fue para nosotros un acontecimiento, en el que nunca faltaba una botella de Coca-cola para aflojar los tornillos (lo juro), y fue un hombre trabajador, serio, honrado, como negociante y como cabeza de familia, consciente, muy consciente, siempre, de su deber y de lo que estaba bien. Mi abuelo tenía claros sus principios y a ellos supo ser coherente.

Era mi abuelo de aquellos hombres que no dudaba en sacar el cinto con sus hijos si lo consideraba necesario -aunque lo considerara necesario pocas y sonadas ocasiones-, que no entendía ni le interesaba el ocio, que creía en Dios sin fisuras y en cuanto pudo fue hombre de misa diaria, que llevó desde siempre y hasta casi el final guardapolvos de currante, casi siempre sucio por el trabajo, y boina que sólo se quitaba prácticamente para dormir y para bendecir la mesa antes de cada comida. Mi abuelo comía mucho, su postre era siempre queso y fruta y terminaba todas las comidas con un trozo de pan. Mandaba callar a todos si él estaba viendo el telediario, y le gustaba ver además el fútbol y los toros.

Mi abuelo vivía en un pueblo que no era su pueblo, pero cuenta mi padre que al volver del suyo propio alababa la tierra donde pacía alegrándose del reencuentro. Estaba especialmente orgulloso de su hermano cura y de su hermano misionero, que murió hace poco en Hispanoamérica, al que yo vi solo una vez, y al que escuché hablar con esa convicción que para nuestro cínico occidente parece ingenua y quijotesca, de la que era su labor allá donde él vivía y de la que podía ser la nuestra acá.

Mi abuelo trabajó toda su vida y no despilfarró ni una peseta, para darle a sus hijos la educación que él consideraba necesaria y oportuna. Y así, les dio la oportunidad de estudiar, la que él, como muchos otros de su generación y circunstancia, no había tenido, y el sentido de los principios, de unos principios, que pueden adoptar distintas formas, pero que son, seas cuales sean, el sustrato común a eso que llamamos “buenas personas”.

Mi abuelo enterró a sus padres, a casi todos sus hermanos, a su mujer y a un hijo, y supo adaptarse sin desfallecer, aferrado y sostenido por sus principios, a todos los cambios que la vida le llevó y le trajo. Nunca quiso dormir fuera de su casa y sus hijas siempre, siempre, hasta el final, se escondieron de él para fumar.

Mi abuelo tenía un punto machista en las formas, y hablaba con sus nietos varones despectivamente de las mujeres buscando en ellos orgullo y complicidad. Pero crió cariñosamente a su nieta mayor, mi hermana, que estuvo mucho en su casa primero porque a mamá el trabajo no le dejaba otra opción, y luego porque la casa de los abuelos llegó a ser su casa tanto como la nuestros padres. Y se dejó enseñar alguna de las tareas de la casa que para él habían sido cosa de mujeres cuando la suya se murió por un cáncer traicionero -hace más de veinte años ya-, y una de sus hijas se vino para estar con él.

Mi abuelo era sencilla y reciamente sensato, y se cuidó hasta el último momento con la misma disciplina férrea que aplicó a todas las parcelas de su vida, gobernadas todas con una única firmeza simple y coherente. Mi abuelo no solía protestar por nada, hasta los últimos tiempos en que, como a todos los viejos, le vencían las manías, y llevaba su vida sin meterse demasiado en la de nadie pero sin permitir tampoco que nadie, ni sus hijos ni sus hijas, alteraran demasiado la vida que él había decidido llevar.

Mi abuelo nació en el año 10 del siglo pasado y murió en el año 8 de este. En agosto celebró con toda su familia el que sería su último cumpleaños, seguramente intuyendo que lo era. Fue el cumpleaños más multitudinario y festivo de todos los que hemos celebrado con él. Y desde entonces empezó el descenso sibilino, imparable y evidente, hasta que se puso definitivamente malo, de algo que podía ser un catarro, o una infección respiratoria, o lo que el médico quisiese firmar, pero que en realidad no era más que la excusa para empezar a decir adiós. Sus hijos no quisieron internarlo en el hospital, y le arroparon, cuidaron y acompañaron durante casi una semana, en la que su salud hierro, consecuencia del hierro con que se cuidó y vivió, resistió mansamente, sin oposición ni resistencia, el escurrirse de la vida. Mamá iba y venía de su casa a la nuestra entre la lágrima de despedirse y la serenidad de que él no sufría y de que a la vida no se le podía pedir más. Que era su hora, y que llegaba no a traición, ni por la espalda, ni a destiempo, sino de frente, despacito, y cuando y porque tenía que llegar.

Mi padre dice (entre otras muchas cosas... como diría yo... “peculiares”, “chocantes”, “sorprendentes”, “extravagantes”...) que él ha vivido dos situaciones de bordear la muerte, y que es verdad que en esos momentos no se sufre, sino que se recuerda la vida propia y se produce un reencuentro (según él, vívido, real, muy real, casi “físico”) con las personas a las que se quiere, incluso con las que ya no están. Mi escepticismo de chica más o menos sensata de mi tiempo no me permite pensar otra cosa más que todo eso, de ser cierto, no es más que una ilusión, un mecanismo que utiliza nuestro cerebro para escapar a la mirada frontal, inútil y aterradora al abismo. Mi padre, insistía en afirmar que el abuelo estaba pasando así esos últimos días que nos tenían a todos en vilo, conscientes de que ese día, cualquier día, podía ser el último: en brazos de esa ilusión. Y así lo proclamaba mi padre a los cuatro vientos, aunque ninguno nos atreviéramos a hacerle demasiado caso. Pero, la verdad, sería tan bonito permitirse el capricho dulce y balsámico de creer que sí, que eso es lo que sucede, y si sólo es ilusión, bendita ilusión.

Así pasó un día, y otro, y otro, sin comer ni beber ya porque no lo necesitaba, apagándose despacito como la llama de la vela que consume hasta la última gota de cera sin otra cosa que la apague, apurando la luz hasta que llega la definitiva oscuridad sin transición violenta ni ruido ni lucha. En paz y sin hospitales ni sondas ni máquinas (¿para qué?), a pesar de que una enfermera desalmada revolviera mezquinamente la conciencia de mi madre hasta hacerla llorar dicíendo que le estaban dejando morir de hambre y de sed. Le estaban dejando morir, sí. En una casa única, la suya, la que toda su vida se negó tozudamente a abandonar. En paz. En una paz y una placidez imposible en ese medio extraño y lleno de extraños que es cualquier hospital, que le hubiera convertido en el enfermo que no era.

Cuando nosotros fuimos a verle tenía el aire de indefensión de los que se mueven poco y con torpeza, pero se arropaba intermitentemente, como ajeno a los desvelos de sus hijos, atentos a deducir sus necesidades de sus gestos, quizás en un ademán rebelde de última independencia, y hablaba, aunque era difícil entenderle. Estaba mimoso y cariñoso, y la cara se le iluminó con una sonrisa cuando reconoció a mi hermana. “¡Hombre!”, le dijo con alborozo, extendiendo los brazos hacia ella para que se los cogiera. Mamá cuenta que nunca se quejó, y que cuando le preguntaba cómo estaba, él decía “bien: no estoy mal”, y que era capaz de recitar su nombre y apellidos, y los de sus padres, y su cargo y número como soldado allá en la guerra, y que una vez le cogió las manos y le dijo “llévame a mi pueblo”, y que a veces no la reconocía y le preguntaba otra vez quién era ella, para acto seguido agradecerle que fuera tan buena.

Los últimos días de mi abuelo fueron los días de carnaval, de entroido, de luces y desmadre, en su casa en la plaza, en pleno corazón del bullicio, en una habitación en penumbra que a duras penas conseguía escapar del estruendo de la fiesta y que era un oasis de paz y de vida. De vida completa y plena porque da de forma natural y serena en la mar que es el morir. Que se acaba porque ese acabarse forma parte de la plenitud de su ser. Y acabó casi con la fiesta, en la primera hora de la madrugada del miércoles de ceniza.

Fue el suyo un duelo sereno, una despedida emocionada del que ya no tenía otra opción que irse, sin rabia ni más dolor que el aceptar que la vida es así. Es más: que así debería ser la vida, todas las vidas y todas las muertes. En estos tiempos de vidas truncadas, violentadas, incompletas y falseadas, en que la muerte se agazapa en tantos disfraces y es capaz de adoptar tantas formas insólitas que tienen que ponerle un nombre nuevo cada día, y nos coge a traición y por la espalda, y nos arrebata violentamente en muerte e incluso en vida, mi abuelo vivió una vida completa, apurada con calma y paz, en sí, hasta la última gota de energía..

Fue un duelo emotivo, muy emotivo, y de reencuentro de casi todos los que sobrevivimos a la longitud y la fortaleza de su vida. En torno a su féretro había, claro, varios ramos, pero sobre él colocaron uno un poco más pequeño en cuya banda se leía “De tus amigos Miguelín y Elena”. Yo estuve un buen rato dándole vueltas a qué señor sería aquel amigo de mi abuelo que aún era conocido como “Miguelín”, pero una de mis tías me sacó de mi error al contarme que Miguelín era un niño que solía saludar a mi abuelo por la plaza, a la salida de la misa diaria a la que sólo faltó cuando se puso malo. “Pacho, pacho”, le decía. Y mi abuelo empezó a darle una propina de tres euros todos los meses nada más cobrar, el 27 o así. Y dice mamá que si el 27, por cualquier cosa, surgía algo que amenazara con impedir a mi abuelo acudir a su misa, se ponía muy nervioso por faltar a su cita con Miguelín. Y claro, pronto a Miguelín se sumó su hermanita Elena. Y los dos quisieron acompañarlo hasta el final.

Emotivas fueron las palabras emocionadas y temblorosas de un cura en otras ocasiones tan carca, tan borde y tan inflexible que suele ser objeto de chanza en el pueblo, y que incluso en el sermón de una boda es capaz de echarle la bronca a los contrayentes (de hecho, por ejemplo, a una amiga mía empezó a recordarle lo mala alumna que era en el instituto donde él le había dado clase de religión). Y fue emotivo también ver a tres de los cuatro hijos que tuvo mi abuelo, y a sus parejas, y al recuerdo del cuarto que ya no estaba, encabezar la comitiva todos agarrados del brazo. Y fue emotivo, muy emotivo, que su nieto pequeño, gran gaiteiro del que mi abuelo estaba tan orgulloso, y que había tocado para él todos sus cumpleaños, incluido aquel último que había sido quizás el más alegre de todos, sacara la gaita cuando el féretro estaba ya ante la tumba abierta. Dicen que el cura se fue y que hasta hizo un gesto de cierto cabreo, porque quizás aquello no era muy propio de un entierro religioso . Pero dio igual. Porque el nieto tocó una melodía única que sacó del alma en aquel momento, que nos puso a todos los pelos de punta, que nos arrancó lágrimas que pensábamos que no teníamos, y que nos hizo aplaudir inevitablemente cuando terminó a pesar de que estábamos en un entierro.

Lo peor, dejarle allí, en el cementerio. Lo peor, como decía el poeta, lo solos que se quedan siempre los muertos.

Mi abuelo se llama Plácido. Y es que hay hombres a los que parece que su nombre los elige. Y los erige.

Descansa en paz. No es un deseo: es verdad. Yo lo sé, porque lo vi.

jueves, 7 de febrero de 2008

Como mi casa


Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mi mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

Jaime Sabines


Para Dei. Supongo que él sabe por qué.
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