jueves, 24 de abril de 2008

Lisboa desde el cielo


En Semana Santa, hace un mes, ya, estuvimos en Lisboa. Cuatro días que se quedaron en nada porque gastamos uno en irnos, y otro en volver.

Llegamos el Jueves que dicen santo, ya de noche, tras ocho horas de viaje sin contar la parada en Mérida y el recorrido por sus monumentos romanos, en los que me aprovisioné de fotos para ver si hago un poco más amenas las clases sobre civilización romana que tendré que perpetrar en breve.

Enseguida nos dimos cuenta de que estábamos en el extranjero, porque entre las luces de la autopista, que anunciaban por fin la proximidad de nuestra tras-casi-nueve- horas-de-viaje deseada Lisboa, nos adelantaron varios coches a unas velocidades que en España lo de los puntos ha convertido en insólitas.

Al cruzar el puente sobre el Tajo convirtiéndose en Atlántico, sorprende un monumento altísimo, que recuerda al Cristo Redentor de río de Janeiro (que luego descubrimos que en él se inspiró para cumplir una promesa que hicieron los portugueses si no se veían obligados a intervenir en la I Guerra Mundial) y con el que yo no contaba en mis prejuicios sobre la capital del país irmao., que eran unos cuantos. El más firme y que no falló: que me iba a gustar.

Porque me gustó. Porque es una ciudad distinta. Vieja y encantadora, asentada en la contradicción abigarrada que la haría, claro, irresistible para un alma barroca a su pesar como la mía.

Llegamos felizmente al hotel, situado en las afueras más nuevas y más afueras, gracias la magia del navegador, por un recorrido de giros insólitos imposible de repetir a palo seco. Los aviones volaban sobre nuestra cabeza casi casi como si pudiéramos tocarlos (hasta se leían las letras) por la proximidad del aeropuerto, y en uno de los edificios altísimos vimos la primera imagen insólita: una bandera roja y orgullosa del Partido Comunista.





La primera noche tuvimos que buscar un sitio para cenar por esas calles de las afueras, en la que los bares y restaurantes cerraban ya, muchos de ellos anunciando que no abrirían los festivos de Semana Santa. Aún así, dimos con un rinconcito donde pudimos disfrutar de algo que por sí mismo ya haría que el viaje merezca la pena: su comida. Que además la aderezan con una amabilidad cariñosa, imperturbable y nada profesional al servirla, a pesar de lo bordes y egocéntricos que pueden llegar a ser los turistas y visitantes españoles, que miran al país irmao con cierto desprecio y creyendo que vuelven la cabeza para mirar atrás, o abajo (y yo, que provengo de zona de frontera, puedo dar fe de hasta qué punto llega esto). De hecho, los portugueses tienen chistes de españoles, en los que nos muestran como unos seres fatuos y prepotentes. En todo caso, puede que esa amabilidad portuguesa sea pura ilusión personal e intransferible, producida por ese idioma lleno de sibilantes, vocales cerradas y tonos que a mí me suenan entre afables e ingenuos.

En todo caso, qué quesos, qué bacalao, qué patatss, qué carnes, que vinos. Para las otras dos noches, por suerte, buscamos el sabio consejo del botones del hotel, que nos recomendó un sitio en las antípodas del local turístico, que parecía sacado de la España de los setenta, de los de batalla-batalla, decoración "Cuéntame", mantel de hule, sillas de cocina de nuestros padres, patriarca con palillo en la boca y comida casera no de reclamo sino de verdad. El postre estrella era la tarta de galletas cuadradas y mantequilla de toda la vida. No digo más.

Los dos días fueron de pateo constante para arriba y para abajo, literalmente, que Lisboa es una ciudad llena de cuestas porque está, como Roma, asentada sobre colinas. Y así, ellos se las han ingeniado con un ascensor de finales del XIX, el de Santa Justa, precioso y que hace las veces de mirador








, y con tranvías que se limitan a subir y bajar constantemente la misma calle.





Ah, los tranvías. Qué toque tan especial le dan a la ciudad, con su renquear atestados de gente. Como todo. Porque no pudimos entrar en prácticamente ningún sitio (bueno, no quisimos): todo eran largas colas en las que sólo se hablaba español. Se ve que no fuimos demasiado originales eligiendo destino. Contábamos con ello, pero no imaginábamos que fuera para tanto.

¿Qué más contar de una ciudad llena de cosas y de encanto? Pues yo que sé... Así, sin orden ni concierto, se me ocurre hablar de la arquitectura más típica, de grandes casas con balcones y fachadas de azulejos de colores. En la parte antigua estos colores están exquisitamente elegidos, y convierten a Lisboa en una ciudad alegre sin caer en las estridencias de la arquitectura portuguesa más moderna. Eso sí, aquí y allá somaban los huecos dejados por los azulejos caídos que nadie se molestó en reponer, y que mezcla esa alegría antigua con una elocuente decadencia protagonista del carácter de la ciudad. Entre casa preciosa y casa preciosa es posible ver alguna cayéndose, y patios humildes, y suciedad.



Hay calles señoriales, al estilo de los bulevares parisinos finiseculares, y edificios modernistas, y edificios modernos, y música de fados sonando desde no se sabe dónde, y escaleras que cruzan intrincadas por entre las casas de piedra, y grandes plazas, y calles peatonales llenas de puestos, terrazas y vendedores de falsificaciones y costo asombrosamente descarado. Hay grandes parques, y puentes, y zonas como Belem destinadas a recordar un pasado de esplendor maritimo y conquistador al que está eclipsando la fama de los pasteles del mismo nombre, que sí, están buenísimos y protegidos por un secreto a cal y canto sobre su receta. Hay monumentos extraños agazapados entre los turísticos, como uno lleno de lápidas (sí, lápidas, como las de las tumbas) que amontonaba la gente as los pies de una estatua con mensajes de agradecimiento a un señor por sus curaciones, y que no pudimos saber si era un médico, un santo, un curandero o una mezcla de los tres.

Nos llamó la atención la cantidad -bueno, y la "calidad"- de pintadas que había por las calles: “Paz entre os povos, guerra entre as clases”, “As fronteiras cheiram a morte”, “Quando a banca e o Estado se juntan, quem dita a sentença él o diavo” “Proxima paragem: indiferença” “Nao queremos só essa codea, queremos o pao inteiro” “1/6 do mundo passa fame: revoltate” “Nao podemos viver como o sofrimento alheo: revóltate”. Reivindicativas de la justicia, la solidaridad necesaria, la denuncia de la pobreza, la lucha por la igualdad y contra el sistema. Quizás la revolución. Pero casi todas llamativas y poéticas, como aquella su revolución de canción y claveles que hoy, 25 de Abril, tiene su día y su fiesta.






Algunas estaban hechas con algo parecido a un sello o a letras de molde, por lo que da la impresión que más que producto de cualquier viandante espontáneo, apasionado o aburrido, son fruto de un movimiento estable y constante que entre nosotros, si lo hay, desde luego no se deja ver tanto en la calle.

Y quizás sea lógico que así sea. Porque en Portugal la pobreza que instiga siempre la revolución como sombra de la injusticia, tampoco se esconde. Convive, como las casas viejas, con la ciudad turística, las tiendas caras y los pasteles de Belem. Hay mendigos, y vagabundos, y picaresca, sucia y sin maquillar, casi por todas partes. Y un viaje en metro es como un escaparate de gente extraña y pobre (y en el Youtube está la prueba) pidiendo limosna o exhibiendo esa pobreza llena de suciedad y olores, descarnada y sin poesía que a los occidentales no nos gusta mirar. Nada más subir en él, una joven sin ojos (de verdad, sin ojos) que había estado sentada cabizbaja esperando como nosotros, empezó a recorrer los vagones, én una mano el bastón blanco y en otra un recipiente para monedas, golpeándonos con su "desgracia" y hablando en portugués con un tono constante y monocorde que no hacía falta entender.

Lisboa tiene escaleras, ascensores, cuestas, miradores y tranvías al cielo que hacen que se la pueda mirar desde allí. Y desde el cielo es también como es: abigarrada y terrena, con sus contrastes, sus luces y sus sombras, sus colores y sus grises, su esperanza y su decadencia, entre el mar y las montañas, entre tranvías y puentes, entre la fe y la superstición, entre las torres señoriales y las fachadas cayéndose, entre las tiendas de marca y las tascas de mantel de hule, entre su nostalgia de esplendores pasados y su llamada, serena y susurrante, a la revolución .

Que no olvidemos que hace hoy 34 años, los portugueses llamaban a la revolución con una canción que evocaba la suya como “terra da fraternidade” mientras ponían un clavel en cada fusil.

Tendremos que volver algún día.

Y ahora, subir el volumen:






martes, 22 de abril de 2008

Lo perdido (y 2)


"Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. Cuando quiero escandir versos de Swindburne, lo hago, me dicen, con su voz. Sólo el que ha muerto es nuestro, sólo es nuestro lo que perdimos. Illión fue, pero Illión perdura en el hexámetro que la plañe. Israel fue cuando era una antigua nostalgia. Todo poema, con el tiempo, es una elegía. Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos."


Jorge Luis Borges. Ciego clarividente, poeta y maestro de la paradoja.


Y vivir es ir haciendo nuestras nuestras cosas al perderlas.

Y hacernos, quizás, de alguien, que nos pierde
y que nos hace o quizás nos haga suyos,
incluso sin que nosotros, quizás, lo sepamos
ni lleguemos a saberlo jamás.

Y yo tengo algunas cosas que son mìas ya, quizás muchas,
mientras aprendo a aferrarme a lo que no es mío
... todavía, quizás.

domingo, 20 de abril de 2008

De "lindos" y feos

video

Creo que a todos nos ha chirriado este vídeo nada más verlo. Seguro que a ti también. Al margen de la cancioncita, todos hemos pensado, "pero este tirillas, ¿dónde va? ¿de qué va? ¿qué se cree?". Se siente inevitablemente algo así como un subidón de estupor, vergüenza ajena, bochorno y casi casi indignación. Pero eso sí, este vídeo es de los que no se olvidan.

Según Carolina, autora de muy recomendables blogs (entre ellos, Bestiaria), lo que ocurre es que Christian Castro, hijo de la señora que protagonizó en los ochenta el famosísimo culebrón "Los ricos también lloran" -cuyo título llegó a ser proverbial-, es un "feo" que ha robado una vida de "lindo". La explicación detallada, aquí. Claro que la autora es de las que siente indignación sin casi casi.
De los mejores post que he leído en mi vida. Qué panzada de reír. Impagable Carolina.

Y por los comentarios a ese mismo post(que son ya 230, y subiendo... veo que no soy la única a la que le ha impactado), he descubierto la página web del susodicho: Christian Castro: el Indomable (!!!!!!!!!!!!!!!) Increíble pero cierto. Para que luego se rían de los frikis oficiales.
Ojo a la encuesta sobre el nombre de su bebé. Al que ya tiene, dice la autora del post que le ha puesto MIKHAIL ZARATUSTRA CASTRO. Y las combinaciones de los que propone en la encuesta prometen que se puede superar.

sábado, 19 de abril de 2008

Que...



Que apaguen la presión, que guarden el estrés y que condenen a su inventor.
Que cambien el discurrir del tiempo y el sentido de las horas.
Que vacíen las tardes y desconecten despertadores, agendas, planes y alarmas.
Que borren los grises y las obligaciones del horizonte.
Que suba la pereza y se extienda pegajosa por todas partes.
Que cubra todo, que no queremos ver nada.
Que nos propongan sólo cosas obligatoriamente inútiles.

Que es fin de semana.

Feliz fin de semana.

jueves, 17 de abril de 2008

Días de radio y crisis



Como buena adolescente de los ochenta, yo crecí con la radio. Allí me enganché a la música pop (y no tan pop), y por la radio seguía, obligadamente, los vaivenes del panorama musical que tanto me interesaba, e incluso aprendí algo de su historia, gracias los programas nostálgicos que sobre todo a partir de las 10 de la noche emitían algunas radiofórmulas ocupadas durante el día en propagar única y machaconamente los éxitos del momento que ellas mismas creaban. O, como mucho, en programas de dedicatorias y peticiones. Cuando no tenía dinero para comprarme discos, ni luego cds, ni siquiera las cintas aquellas que sí, por increíble que nos pueda parecer hoy, se vendían (y eso que veinte años no son nada), grababa las canciones que me gustaban de la radio, atenta a dar y quitar el rec en el momento adecuado para minimizar én la medida de lo posible el parlamento del locutor, que siempre era, por desgracia, demasiado largo e inoportuno. Calculadamente, claro. La lucha anticopia era tan rudimentaria y feroz entonces como los medios contra los que luchaba.

Así me convertí en melómana (bueno, en realidad esa palabra me queda grande, pero para entendernos supongo que vale) redomada. Durante años, muchos, muchos años, me he pasado prácticamente todo el día escuchando música. Mientras viví sola (es decir, hasta hace nada), lo primero que hacía nada más levantarme era poner música. Y con fondo musical estoy acostumbrada a conducir, a arreglarme, a hacer las tareas de casa, navegar por internet e incluso a hacer cosas ligeritas del trabajo. No concibo un viaje en autobús que no sea una pesadilla sin mis auriculares (antes enchufados a un CD portátil, ahora, claro, a un MP3), y lo digo con conocimiento de causa y mucha práctica de cuando estudiaba, de cuando empecé a venir a Zaragoza, y ahora en mis trayectos diarios a ese instituto a casi 90 kms de mi casa (ya conté en otra ocasión que huyo constantemente del silencio, queriendo y sin querer).

Nunca me aficioné a programas de radio que no fueran musicales, aunque alguna temporada escuchaba programas matinales tomando el sol, o en el coche con mi padre en las tardes interminables de aquel verano que me pasé conduciendo con él por los montes para ver si aprobaba de una vez el carnet de conducir, y en las noches de verano en que tanto me gustaba trasnochar en casa, me aficioné al furor aquel de los casos insólitos del “Hablar por hablar”. Pero nada más.

Los avances tecnológicos generales y mis avances monetarios particulares me hicieron ir abandonando, poco a poco, la radio, incluso para escuchar música. Hace ya muchos años que puedo oír casi exclusivamente la música que yo quiero a la que tengo acceso por otros medios. Hasta este verano, en que vine a pintar y limpiar este pisito que hemos dejado tan mono y en el que no había ni televisión, ni internet ni nada. Tenía muy pocos CDs aquí para tantas horas, así que empecé a acostumbrarme a buscar la compañía de los programas de tarde, variados y veraniegos. Descubrí que la radio tiene una programación mucho más variada e interesante que la televisión, así que me sorprendí a mí misma cambiando la música que obsesivamente escucho en el coche por temporadas por un barrido por las emisoras que se cogen en Zaragoza, que son muchas.


La radio tiene muchas ventajas frente a la tele (cuyas garras yo hace tiempo que abandoné): no es hipnótica ni exclusivista como la pequeña pantalla, porque te permite (yo casi diría que te pide) hacer otras cosas, y su programación es, además de muchíiiiiisimo más variada, menos... como diría yo.... “para idiotas”. Así, por ejemplo, di con una emisora con programación en inglés que me vendrá genial si el año que viene consigo matricularme en la escuela de idiomas (que no es nada fácil, y por cierto, tengo que mirar los plazos YA, que aquí son la leche) o que por las tardes en Ondacero está Julia Otero

Y es que yo soy fan de Julia Otero, y he lamentado mucho su ausencia en televisión (salvo el dulce paréntesis de “Las Cerezas”, que como casi todo lo bueno, fue breve). Me encanta ella, y me encanta escucharla, y verla, y sus entrevistas, y lo que cuenta, y como lo cuenta. Y dada mi natural tendencia al enganche con cualquier cosa que pasa por aquí, llevo ya muchos meses enganchada, de cuatro a siete, a su programa y a ella, ya sea en casa, en el coche, de compras o paseando. En él te encuentras, según el día, de todo: un repaso a la actualidad con Alsina, comentarios de noticias impactantes o simplemente curiosas, entrevistas a personajes de todo tipo, una sección dedicada a sucesos y crímenes, otra al medioambiente, otra a repasar hitos cinematográficos y culturales con Pío Caballinas, crónicas y críticas televisivas a cargo del señor Monegal mucho mejores y más divertidas que ver la tele, colaboraciones humorísticas (de unos tipos que casi siempre hacen de chinos... perdón que no recuerde los nombres: soy una oyente entusiasta, apasionada y visceral, pero poco atenta a los detalles) o la presencia del ahora otra vez estudiadamente polémico Risto Mejide hablando de lo que le da la gana.

Pero mi sección favorita es la de la última hora, de 6 a 7: el "Gabinete", tertulia en la que están presentes, según los días, Juan Adrián Sens, Pilar Rahola, Espido Freire, Begoña Aranguren, José Antonio Labordeta, Juan Manuel de Prada, Fernando Sánchez Dragó, Antón Reixa o el ahora omnipresente en programas ligeros Alfredo Urdaci. Puede que alguno de estos contertulios me parezca un petardo (que sí, me lo parece), pero los debates que se montan son de lo más entretenido, y pueden ir desde cosas tan triviales como las cenas de empresa a discutir la trascendencia histórica de la Guerra de la Independencia (que fue el de hoy). Todos, todos, todos resultan casi igual de jugosos, interesantes y amenos. Y reconozco, por ejemplo, que aunque Pilar Rahola sea bastante resabidilla y demasiado militante intransigente de demasiadas cosas, me encanta escucharla (qué le voy a hacer, pero lo reconozco, que tiene mérito, ¿no?).

Y todo ello salpicado con la voz envolvente y la presencia magnética de Julia Otero, que tiene el don de hacer interesante cualquier conversación y cualquier entrevista, y a la que es una delicia escuchar con casi casi la sensación de estar presenciando una conversación personal de ella con alguien que le interesa no sólo profesionalmente, y con quien charla como charlaría sin un micrófono delante.

Lo peor del programa es el bombardeo intermitente e interminable de publicidad repetitiva: que si kit blanqueador, que si fármaco contra la retención de líquidos, que si campaña de la DGA, que si “hay que viajar más”.... En fin, no hay rosa sin espinas, y aún así merece la pena.

Otro inconveniente de escuchar la radio... que mi emisora predeterminada por culpa de Julia Otero es Ondacero, y por las mañanas, de vez en cuando, escucho a Carlos Herrera, y aunque no deja de ser "gracioso" en sus opiniones y tiene algún colaborador muy bueno, sí es un poco repateante que se le vea tanto el plumero (ojo: que la SER también me resulta bastante insoportable or esto), y acabas de los mismos temas hasta las narices. Estos días están con lo del "trasvase", la ministra de Defensa y la crisis de un cansino muy pesado.

Y es que en la radio se habla muuuucho más de la crisis, y parece más crisis, y hasta da más miedo. Me consuela el saber que hubo ya crisis en los 70, en los 80 y en los 90, y que yo las viví y no me enteré. Pero claro, entonces pagaban papá y mamá, y yo vivía en el limbo feliz de no tener que desear más que unos duros de vez en cuando para gominolas, pasteles los domingos y algún regalito en el cumple y por Reyes, y así no hay quien entienda qué leches es una crisis. Así que ahora no sé hasta qué punto tengo que tener canguelo....

Porque la de la radio era también una crisis anunciada, y había quien daba por muerta su estrella por la llegada de la tele. Pero si ha sobrevivido incluso a Internet, y tan bien y con tanta fuerza, yo creo que ya no hay quién pueda con ella. Y que nos quedan muchos días de radio más.




lunes, 14 de abril de 2008

Salud y República



Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.
Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.
Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.
Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.
Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:

porque aún tengo la vida.

Miguel Hernández

Salud y república, siempre, pero especialmente hoy. 14 de Abril. De un abril que fue, más que nunca, primavera.

Día de la República, y la alborada, y la esperanza. Dia de la confianza y de la lucha, del cincel y de la maza.

Día de recordar y reivindicar a los que soñaron, trabajaron, creyeron y lucharon por un sueño que luego verían unos, y aún más tristemente no verían otros, destrozar.

Día de gritar no pasarán, no nos moverán, no nos callarán. Que somos más de lo que nos quieren hacer pensar.

Día de la fe y la tozudez, por si hace falta, empeñadas en que todo puede cambiar.

Y día de reivindicar aquel día pasado y ese otro día que vendrá.

Porque un día nos robaron el mes de Abril, hoy es día de recordar que ni olvidamos ni desistimos.

¡Salud y República!




domingo, 13 de abril de 2008

Amor, tiempo, coincidencias y finales


Soy vecino de este mundo
por un rato
Y hoy coindice que también tú estas aquí
Coincidencias tan extrañas de la vida
Tantos siglos,
tantos mundos,
tanto espacio…
y coincidir

Si la vida se sostiene por instantes
Y un instante es el momentos de existir
Si tu vida es otro instante..
no comprendo
Tantos siglos,
tantos mundos,
tanto espacio…
y coincidir


(Canción escrita por Alberto Escobar, que yo encontré por pura coincidencia en el Emule porque alguien la subió falsamente como de Silvio Rodríguez)




Me compré Antes del amanecer hace un par de meses, porque estaba de superoferta en el Alcampo (apenas dos euros más que alquilar una en un videoclub) y sin haberla visto. Pero sin ninguna duda de que iba a gustarme. Hace años que oigo y leo hablar sobre ella, y aunque el tema del amor imposible suele ser de los que evito porque me angustia un poco (es muy tonto, ya lo sé, pero no lo puedo evitar), el viernes, por fin, me decidí a verla. Y no me decepcionó, claro.

Es una película sencilla formal y argumentalmente, pero compleja, sutil, delicada y precisa en todo lo que cuenta. Muy lejos de la típica comedia romántica americana que el trailer incluido en la cinta intenta vender. Se sostiene sobre dos cosas: un guión sólido y delicado, con diálogos continuos, maravillosos y mimados, y unas interpretaciónes de primer plano de los dos protagonistas: Ethan Hawk y una jovencísima, luminosa, lozana y preciosa Julie Delpy.

La historia tiene la grandeza simple y agazapada de las pequeñas historias cotidianas que suceden discretamente sin que nadie llegue a contarlas: un chico americano y una chica francesa se encuentran en un tren. Él va a Viena, ella, a París. Se conocen, empiezan a hablar y... "conectan". El chico le pide que se baje con él en Viena y le acompañe una noche, solo una noche, hasta el amanecer, en que él cogerá el avión que le lleve de vuelta a casa y a su vida. Y ella acepta.

A partir de ahí, diálogos continuos, encuentros fugaces con otros personajes (los actores de la obra de teatro, la gitana que les lee la mano, el camarero que les regala el vino, el "mendigo" que les hace un poema), que el guión tiene que forzar a hablar inglés (aunque esto chirríe un poco y aprovechen para soltar la pullita de que son los americanos los que nunca saben hablar otro idioma), que sirven de recipiente y excusa para hablar y para hablarnos de los encuentros, las coincidencias, las esperanzas, las fustraciones, pero sobre todo, de amor y tiempo. . Del amor en el tiempo y el amor con el tiempo. De ese encuentro amoroso que es un coincidir en el tiempo, y como el tiempo, su paso, su posibilidad y su perspectiva, puede destruir o consolidar el amor. Por ejemplo:

  • El amor nace con vocación de eterno, pero, ¿es posible el amor solo presente, sin ninguna perspectiva ni esperanza de futuro? A mí la idea me resulta angustiosa y claustrofóbica. Tras años y años de entrenamiento, aún no me sale lo del Carpe Diem. Qué torpe.
  • El tiempo cotidiano deshace el amor.. ¿o lo hace? ¿se ama más o menos al otro cuando es aún casi un desconocido o cuando ya le conocemos tanto que sabemos lo que va a hacer y decir en cada momento?
  • El amor que tiene más probabilidades de convertirse en eterno será el que termine pronto por ser imposible. El que se vea cortado por las circunstancias que le harán pasar de rosa efímera a siempreviva. De hecho, esta película cuenta, como Romeo y Julieta, la historia de un amor efímero que se convertirá en eterno, como deja claro la maravillosa escena final, en la que el tiempo de los dos de nuevo se bifurca llevando en sí el recuerdo indeleble y paladeado del tiempo fugaz compartido.
  • El recuerdo, que, como predice sin querer la conversación inicial entre los dos protagonistas, convierte siempre en lo más amado lo que nunca se ha tenido. Simplemente por ser lo que nunca se ha tenido, claro. O no, que es la duda irresoluble que nos queda y quedará y nos hará seguir anándolo
  • El tren del momento, que pasa una vez, solo una vez, y solo una vez puedes cogerlo... En la película, el tren de tu vida, la establecida, la prevista, la sensata, del que puede aparecer la oportunidad de bajarte, una vez, solo una vez, aunque luego tengas que volver a subir. Y la casualidad improbable con la que no contabas, que te da la sensación (como cuenta Ethan Hawke en algún momento de la película) de haber escapado a tu destino y de haber construido tu propia vida, cuando quizás sea precisamente lo contrario... y sea la casualidad pura y dura que tú no controlabas la que construyó tu vida. En todo caso, qué más dará. Pero lo destaco porque yo misma tengo a menudo esta sensación: mi vida, la de ahora, la que tengo, era una posibilidad improbable y casi imposible que estuvo muy muy a punto de no suceder Que era mucho más fácil que no ocurriera. Y eso a veces me da mucho vértigo, y algo parecido al miedo. De verdad..

En la película se habla también del eterno de las diferencias entre hombres y mujeres, presentes en los diálogos y en los roles y actitudes de los dos protagonistas: ella y su fe inquebrantable en el sentimiento y la magia; él, escéptico y desengañado, intentando desentrañar siempre los hilos oscuros y prosaicos que se mueven tras la apariencia poética (y así se muestra en la escena de la gitana o la del poema). Pero también la diferente actitud ante lo que el amor significa o puede significar en la propia vida, de lo que se habla en la siguiente escena:




"Siempre siento esa presión de tener que ser un icono de mujer fuerte e independiente, una mujer héroe y teniendo cuidado... vigilando que mi vida al completo no gire alrededor de un hombre. Pero amar a alguien, y ser amada, significa mucho para mí. Siempre bromeamos sobre ello y esas cosas, pero ¿todo lo que hacemos en la vida no es el camino para que nos quieran un poco más?”.

Creo que casi todas las mujeres de mi generación, educadas en la contradicción de tener que querer y no querer al mismo tiempo el amor, se identificarían sin problemas con lo que dice Julie Delpy, y los prototipos de Ally McBeall y Bridget Jones hablan, en realidad, de esto.

La película habla del amor, pero también de su expresión. Y sus silencios. Y sus elocuencias. Lo que se dice y lo que no se dice. Lo que se dice diciendo y lo que se dice precisamente por no decir. Las miradas, los gestos, las palabras. La poesía. La música. Y para muestra, dos botones.

La escena del poema:



Ese poema que les hace el desconocido habla, curiosa y auténticamente, de ellos dos, de todo lo que ellos dos están viviendo y de todo lo que ellos dos saben y no se dicen. Parece sorprendente, pero, en realidad, es lo que pasa con toda la poesía y toda la literatura, que nos dice lo que sentimos, nos ayuda a encontrar lo que tenemos dentro y que a veces no somos capaces de encontrar por algo así como una falta de perspectiva que nos impide ponerle palabras. Nos hace conscientes de lo que vivimos y lo que sentimos, ayudándonos a paladearlo, envolverlo, guardarlo.

Toda la literatura funciona un poco como el I Ching, que con su lenguaje críptico sabe hablarte siempre de ti, y de tu situación concreta, y de cuál es la solución. Porque tú ya la sabes, pero la tienes escondida dentro de la inevitable maraña de prejuicios, inquietudes e ideas confusas y cruzadas con que nos vamos llenando al vivir. Y las palabras de otro sólo la señalan, la focalizan, la destacan. La iluminan, dejando a oscuras todo lo demás. Te permiten escucharla, silenciando los ruidos de fondo. Porque todo está en realidad en el ojo del que mira y no en la cosa mirada. Y quizás esto sea lo que pase también en esto que creo que escribo sobre Antes del amanecer, cuando en realidad estoy escribiendo, como todos y como siempre, sobre mí. Qué solipsismo tan pesado.



Y la otra muestra del amor y su reflejo: la canción de amor . compartida en la tienda de discos. Maravillosa escena sin palabras innecesarias. El que lo probó lo sabe:


El DVD incluía como únicos contenidos extras (pero qué más se le podía pedir por el precio...) el traíler de la película (que repito: intenta venderla como algo parecido a la típica comedieta romántica americana, cuando en realidad no tiene nada que ver, por suerte... qué pesadez de marketing, de verdad) y el traíler de la “secuela” o continuación que se hizo diez años después, en 2004, titulada "Antes del anochecer" y que yo, de momento, no quiero ver.

Porque tras ver "Antes del amanecer", una continuación me parece completamente innecesaria e incluso contraria a lo que en ella se nos cuenta. Como destrozar con un empacho de realidad toda la magia. Pero también por la pena de ver cómo el tiempo no perdona, y cómo cambia a los dos protagonistas. El tiempo, o lo que sea, porque la belleza luminosa, fresca y tersa de Julie Delpy en Antes del amanecer se convierte, como el título, en anochecer y ocaso en la otra, pero no estoy segura de si es tanto por ese paso implacable del tiempo, como por la tiranía insana y castradora de la delgadez. Que hay bellezas que dejan de serlo si les quitas las redoncedes hoy tristemente prohibidas, como su fuerza a Sansón si le cortas la melena, o la inmortalidad al héroe convertido en eterno por su muerte si lo resucitas. O a una historia de final perfecto si te empeñas en darle continuación.



jueves, 10 de abril de 2008

¡Indecencia ya!





Ayer debatían en la radio sobre el concepto de “decencia”, con motivo de la cantidad de veces que, al parecer, salió a relucir el término en el debate de investidura con el que se empeñaron los medios en bombardearnos el martes.

A mí la palabra decencia me suena mal. Muy mal. Fatal. ¿Por qué? Por la asociación de ideas que acuden raudas, automáticas e inevitables a mi cabeza nada más evocarla:


Rancio. Franquismo. Blanco y negro. Oscurantismo. Derecha. Moralidad social. Lo establecido. Imposición. Pudor. Vergüenza, pero sólo ante los demás. Callar. Reprimir. Moralidad superficial opresora. Caspa. Reclinatorio, rosario y sacristía. Misa de doce el domingo y fiestas de guardar. Vigilancia, juicio, condena. Dedo acusador. Pecado. Castigo. Confesión y penitencia. Permiso. Recato. Las apariencias. La compostura. El qué dirán. La Regenta. Fortunata y Jacinta. La colmena. Unamuno. Doble moral hipócrita. Hipócrita. Doble moral.



Indecente es lo que no podemos ser ante los demás. O lo que no podemos mostrar. O lo que tenemos que ocultar. La decencia implica una mirada de otro, de otros, que la da, la mantiene, la quita. Unas normas establecidas, un referente externo sancionador. Pero tengo la impresión, tal vez equivocada –no lo sé- de que nadie es indecente si nadie lo ve, o lo oye, o lo sabe, o lo dice. Inmoral sí. Y por eso para mí es distinto.

Quizás tenga una idea errónea de lo que realmente significa el término (ahora mismo voy a mirarlo, a ver qué cuenta la RAE), pero para mí ,decencia es algo que se aparenta, y el que lo aparenta lo es. Es comportarse de acuerdo con unos valores establecidos y oficialmente aceptados, aunque luego cada uno cuando nadie le ve o cuando cree que nadie lo sabe pueda hacer otra cosa. Y es como si eso fuera implícita y tácitamente admitido por el término (algo así como una moral de "ojos que no ven, corazón que no siente", que permite la excepción mientras sea silenciosa y se evite el escándalo). Decente es, pues, aquel comportamiento que no ataca el sistema de valores y normas oficial. Y es, por tanto, algo que no surge de la conciencia y la reflexión personales, sino que viene impuesto desde afuera, y que, sobre todo para las mujeres, tiene mucho que ver con la sexualidad y la represión de los impulsos, los deseos, la autenticidad, la indivdualidad. Es un concepto sexista y machista, porque no se aplica por igual a los dos sexos y porque impone al femenino una serie de exigencias y restricciones de la que los varones decentes se libran.

Por eso me da entre repelús y sorpresa que la clase política reivindique la decencia, aunque sea para incluirla en su retahíla de palabras huecas con que rellenar discursos y entrevistas. Porque para mí no equivale ni a nobleza ni a honestidad ni integridad ni a coherencia moral o ética. Que para mí son algo mucho más profundo, íntimo, personal e intransferible, aunque luego tengan también un reflejo social, superficial o externo.

Es probable que me equivoque, y que me pesen matices y ecos de la época que hizo de la decencia uno de sus estandartes. El caso es que a mí nunca me ha ocupado ni preocupado la decencia, ni aspiro a ser decente, ni me importa que los que a ella se aferran me consideren indecente. Ni busco a gente decente. Prefiero a la gente noble, honesta y auténtica. Que puede ser muy indecente.


¿Y qué dice la RAE? Pues dice...

decencia.
(Del lat. decentĭa).
1. f. Aseo, compostura y adorno correspondiente a cada persona o cosa.
2. f. Recato, honestidad, modestia.
3. f. Dignidad en los actos y en las palabras, conforme al estado o calidad de las personas.

El “conforme al estado o calidad de las personas” es revelador. Decencia es el rol que te exigen por y para tener un estatus. Por y para encajar en un molde. Es una exigencia del guión en el gran teatro del mundo. Es una de las losas que nos echaron encima desde antes de nacer, y que Salinas te pedía que te quitaras, para poder decir "yo te quiero, soy yo"...


Pues ahora sí que me declaro rotunda y definitivamente indecente.

Primero, porque no soporto que me digan lo que tengo que hacer (preguntadle a mi madre... o a Dei, que siempre dice que me pongo "rebelde absurda"), y menos arbitrariamente o para que yo actúe en función de los intereses de otro, u otros, o los otros en general.

Y segundo, para salirme del guión, escapar a la predestinación, el determinismo y la claustrofobia. Y acariciar aunque sea un poquito la libertad de abandonar el camino que otros habían trazado para mí sin conocerme, deshacerme de lastres y pesos inútiles y engorrosos, e intentar, de verdad, hacer camino al andar. Por donde y como buenamente pueda, avanzando o sin avanzar, tropezando o a saltos, en línea recta, o elíptica, o en círculos, perdiéndome o encontrándome, despidiéndome o soñando con llegar... Pero por y con uno mismo. Y con quien quiera acompañarme si quiero dejarme acompañar. Y nada más.

¡Indecencia ya!

miércoles, 9 de abril de 2008

Idiotas




Yo no tenía ganas de reir,
tú reías para no llorar;
yo le guiñaba un ojo a mi nariz,
tú consolabas a tu soledad.

Yo sin ninguna escoba que vender,
tú con mil y una noches que olvidar;
a mí no me quería una mujer,
a ti se te moría una ciudad.

Tú habías perdido el último autobús,
a mí me habían echado de otro bar;
los mismos alfileres de vudú,
el mismo cuento que termina mal.

Pero quiso el cielo
bautizar el suelo
con su gota a gota
y con champú de arena
para tu melena
de muñeca rota
y tu mirada azul
me dijo a cara o cruz
y mi alma de tahur
lo puso a doble o nada.

Y los peces de colores de mis botas
y tus marchitos zapatitos de tacón
locos por naufragar
salieron a bailar
al ritmo de la lluvia sobre las capotas
el rocanrol de los idiotas.

Yo no venía de ningún país,
tú ibas camino de cualquier lugar;
conmigo no contaba el porvenir,
de ti no se acordaba el verbo "amar".
Yo no jugaba para no perder,
tú hacias trampas para no ganar;
yo no rezaba para no creer,
tú no besabas para no soñar.

Y sin equívocos de vodevil
ni alertas rojas en el corazón
el dios de la tormenta quiso abrir
la caja de los truenos y tronó,
porque quiso el cielo
acariciar el suelo
con su gota a gota
y con champú de arena
para tu melena
de muñeca rota.

Qué disparate de
partida de ajedrez
con un partenaire
adicta al jaque mate.

Y tu bolso como un nido de gaviotas
y mi futuro con pan duro en el cajón
locos por naufragar
salieron a bailar
al ritmo de la lluvia sobre las capotas
el rocanrol de los idiotas.

Capeando el temporal
salieron a bailar
como dos locos bajo el chaparrón de notas
del rocanrol de los idiotas.

El rocanrol,
el rocanrol de los idiotas.
Como tu y como yo.
El rocanrol de los idiotas.

Se marcó la calle
con aquel detalle
de dejarnos solos.
El rocanrol de los idiotas.

Y por casualidad
comenzó a tocar
la flauta de Bartolo.
El rocanrol de los idiotas.




Benditos idiotas
y bendita casualidad
cuando la flauta hace sonar
a ritmo de rockandroll, o lo que sea,
y nos vuelve idiotas.

Como tú y como yo,
como dos locos bajo el chaparrón de notas...

martes, 8 de abril de 2008

Adolescencia




It's funny that way, you can get used
To the tears and the pain
What a child will believe
You never loved me...

...Oh Father, if you never wanted to live that way,
if you never wanted to hurt me
Why am I running away
?....




A veces veo mi vida como una adolescencia mal curada.






jueves, 3 de abril de 2008

Carne de Ebay



No llego a los extremos de la canción (de momento, dadme tiempo). Ni compro en Ebay todos los días, ni tengo mi casa invadida por cosas absurdas e inútiles compradas alli (en todo caso, cosas absurdas e inútiles que han llegado a mí -o yo a ellas- por otros medios, para desesperación del muy mucho más austero que yo Dei, que conmigo se ganará un pase preferente para el cielo peque lo que peque). Pero reconozco que me encanta. Teniendo en cuenta mi debilidad congénita por las gangas, chollos y similares (y digo que tiene que ser congénita, porque mi hermana la tiene aún más aguda), estaba claro que en cuanto lo descubriera, yo sería carne de ebay.

Como la mayoría, tuve que romper con prejuicios y desconfianzas, leer recomendaciones de gente, y entrar un día a ver cómo iba aquello, ver un chollo irresistible y lanzarme a probar... Y sí, solo es cuestión de romper el hielo. Luego entiendo que haya quien se enganche, porque sobre todo al principio hace más ilusión recibir el paquete de Ebay que cualquier otro tipo de compra, por tonto que parezca (o que sea). ¿O quizás esto sólo me pasa a mí? A ver si me lo voy a tener que mirar...

Hoy tengo una flamante cuenta en Pay Pal y unos cuantos votos ya, todos positivos, como el de la canción :-D. Dei dice que soy una friki por jactarme de ser una great ebayer, pero es que algún vendedor -extranjero, por supuesto y por suerte, si no yo tambíén me asustaría- me votó diciendo eso, y me hizo mucha gracia.


La verdad indiscutible y objetiva es que en Ebay he hecho muy buenas compras. Por ejemplo:

-Un disco duro externo de 250 gigaa por 70 euros. Creo que ahora son más baratos, pero cuando lo compré yo en cualquier tienda te valían el doble.

-Un frasco original de Chanel nº5 por .... por... ¡¡30 euros!! (más siete de gastos de envío, pero aún así...). Esta compra me hizo una especial ilusión, porque es algo así como "mítico" que jamás me hubiera comprado de no ser aquí. Perfumes he comprado alguno más muy bien de precio también, pero tengo que reconocer que chollito como este, ninguno. La chica explicaba que se lo habían regalado y a ella le gustaban perfumes más suaves. No sé si es verdad (por eso de excusatio non petita...), pero la verdad, me da un poco igual...

-Una temporada de Cheers por unos 10 euros (no lo recuerdo exactamente, pero era algo así). Usada, pero en perfectísimo estado.

-Y lo último, un doblador de ropa, que vi anunciado en teletienda y parecía mágico (y más para mí, que tengo los armarios como los tengo), y que valía unos 40 o 50 euros, y que en Ebay costaba 10 (más los siete de gastos de envío, claro). Aunque ha sido el único producto con el que he tenido un pequeño problema por la dirección de envío, la verdad es que gracias a la buena voluntad del vendedor y a la mía propia, se ha solucionado todo satisfactoriamente...

El doblador de marras puede parecer una tontería, pero de verdad que es genial. En youtube hay varios vídeos explicando como fabricártelo con cartones, aunque no merece la pena tanto cutrerío teniéndolo tan baratito en Ebay (y además creo que los vende todos el vendedor al que se lo compré yo, y estoy segura de que me agradecerá la publicidad, después del mal rato que pasamos antes de llegar a entendernos). Aquí os dejo el vídeo, por si alguien está interesado:



Algo que he comprobado en mi breve pero intensa experiencia en ebay es que los mejores chollos se pillan en domingo, porque debe de haber menos gente pujando o algo así, y yo he ganado artículos por sorpresa y casi sin querer. Insisto: en domingo. Por la semana, las sobrepujas son muuucho más frecuentes, y los chollos más difíciles.

También me he llevado algún que otro pequeño chasco, más que nada por ser impulsiva y no informarme demasiado bien: concretamente, un perfume que vendían como "tester" original, (que sí, muy barato salía, pero de original nada, que el perfume no te duraba al salir por la puerta) y un lector de mp3 que era solo lector y de los malos, malos (pero claro, lo compré sin tener demasiada idea sobre mp3 ni nada de eso). En fin, nada que me haga perder mi fe en este universo de compras, ventas, pujas, ofertas, votos, usuarios, contraseñas, tarjetas de crédito, transferencias y cuentas.


Eso sí, de momento, soy solo compradora. Tal vez Dei logre convencerme para que venda en Ebay alguna de las cosas que hacen rebosar nuestros armarios, estanterías, percheros y arcones. Porque en otro sítio sería imposible, y a mí me cuesta mucho tirar. Creo que ya hablé en otro post de mis sospechas de ser carne, además de Ebay, del síndrome de Diógenes. Debería empezar a prevenir ya. Y ya, ya sé que Ebay no es el mejor medio para ello, pero la carne es débil, la cabra tira al monte y todo eso, y hay ofertas taaaaan buenas...

En fin, que me parece que aunque soy compradora en todas partes, yo sólo podría ser vendedora en Ebay, y que hay cosas que solo pueden suceder en Ebay. Y en Internet. Pero "esa es otra historia, y debe contarse en otra ocasión".

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