martes, 24 de junio de 2008

Mañanita de San Juan


"Conde Niño, por amores
es niño y pasó a la mar;
va a dar agua a su caballo
la mañana de San Juan.
Mientras el caballo bebe
él canta dulce cantar;
todas las aves del cielo
se paraban a escuchar;
caminante que camina
olvida su caminar,
navegante que navega
la nave vuelve hacia allá..."


La noche de San Juan (o la madrugada, o la mañana, porque en este caso se impone la natural gradación que existe en realidad entre el día y la noche, y que nuestra mente obvia, como tantas otras cosas que quizás sean las fundamentales, convirtiéndola en tajante oposición) está teñida por la tradición popular más milenaria de connotaciones mágicas e iniciáticas, que luego la ciencia se encargó de ratificar explicando que coincide con el solsticio de verano, es decir, la noche más corta y al mismo tiempo el día más largo. El fin y el comienzo de un ciclo. El fin y el comienzo de algo (como el fin de año, que coincide más o menos con el otro solsticio, el de invierno).

En Galicia, tierra de trasnos y meigas, yo la recuerdo siempre como una noche de juerga, superstición y rituales mágicos y poéticos, vinculados a elementos básicos como el agua (del mar, del río, del rocío), el fuego purificador, los pétalos de rosas, las plantas, y destinados a cumplir deseos tan dulces como el amor, o a evitar miedos y liberarnos de malos rollos del pasado. Y la psicología (y la psiquiatría) modernas han terminado también por ratificar el poder que tienen los rituales como sugestión, que al fin y al cabo es algo tan efectivo como la magia de la que el fervor popular parecía desconfiar en público, para reconocer por dentro que "haberla hayla".

En la noche de San Juan, quemando cosas podías liberarte del pasado y sus lastres, saltando una hoguera te demostrabas tu poder para saltar hacia el futuro que tú querías, exponiendo pétalos de rosas al frescor del rocío podías lograr la belleza (que en realidad busca lograr el amor, aunque no todos nos lo confesemos abiertamente), y si te confesabas abiertamente que querías lograr el amor podías escribir un nombre y mezclarlo con alguna otra cosa, o poner flores en la ventana de la chica deseada. La tradición popular, tradicionalmente machista, claro, reservaba esto último a los chicos, sobre todo por una cuestión práctica: hasta hace relativamente poco, las chicas - al menos, las "decentes"- no salían por ahi de noche ni a robar flores ni a nada. Y no recuerdo bien si era esta noche o la de S. Pedro (que es dentro de una semana) cuando mamá y la abuela tenían que recoger las macetas del balcón porque si no se las robaban...

En todo caso, la noche de San Juan es una noche para apurar hasta que la noche sea imperceptiblemente mañana, a ser posible al aire libre, al lado de una hoguera, y con amigos. Y yo he pasado noches de S. Juan de todos los tipos en mi vida, en el interior y a orillas del mar, felices, tristes y esperanzadas.

Ayer me acosté pronto por el madrugón inevitable de hoy, que era día de exámenes extraordinarios, sin acordarme de que era la noche de S. Juan, noite de meigas e de maxia. Y me desperté pronto, demasiado pronto, por el ruido de los truenos y el fragor intuido del agua de una tormenta intempestiva y a deshora. La mañanita de S. Juan se llenaba de fuego y de agua, como manda la tradición, y no sé si de flores, pero por una vía inusitada.


Es raro despertarse con una tormenta, cuando lo normal es que explote después de fraguarse a lo largo de un día que nos aplaste con calor, pesadez y electricidad. Y es raro despertarse ya cansada. Y que al consultar la frecuencia del urbano que tenía que coger para llegar al interurbano que me lleva a mí trabajo, leer que el próximo sería en dos minutos y el siguiente en ¡¡112 minutos!! (quizás por la tormenta, quizás por el follón en los alrededores de la estación Delicias por la visita de los Reyes y de Zp... qué poco saben de su efecto mariposa en las vidas de los pobres curritos, que dependen de trivialidades como el tráfico), y salir corriendo sin comprobar si llevaba lo necesario, ni si cerraba bien la puerta ni si dejaba luces apagadas (pequeños rituales cotidianos para ahuyentar el temor al despiste y sus pequeñas desgracias), ni nada, y pillar el bus por los pelos para llegar al trabajo con el mismo cansancio que al despertar y que no me he quitado de encima en todo el día, que ha sido largo, como corresponde, y caluroso, y pesado.

Un día raro, vamos. A lo raro se le puede llamar también extraordinario, aunque sea en el sentido estrictamente etimológico de esta palabra y obviando las connotaciones positivas que ha ido adquiriendo, que no sé si se le pueden aplicar en justicia a una tormenta al amanecer de un día en que toca viajar y trabajar. Pero supongo que en cierto modo sí, que fue esta una mañanita de S.Juan extraordinaria, lo cual tiene su mérito dado el carácter ya de por sí excepcional de la fecha.



Creo que la tradición popular en Galicia dice algo así como que el tiempo que hace el día de S. Juan marca la tónica de lo que será el tiempo ese verano. De cumplirse, este verano será también extraordinario climatológicamente, y para unos lo será para mal, pero seguro que para otros lo será para bien.


Quizás este carácter iniciático que tiene el día de S. Juan en la meteorología sea síntoma o reflejo o causa de su carácter iniciático vital, y de lo acertado de la importancia que le ha dado esa misma sabiduría popular a intentar modificar las cosas esa noche y ese día para mejor, incluso radicalmente, aunque sea a golpe de ritual. Y es que los rituales son a veces la forma más poderosa y efectiva de cambiar las cosas, por las trampas y el poder sigiloso, tozudo y peligroso de ese duende tramposo y egoísta que es nuestro inconsciente. Pero que, afortunadamente, se deja convencer e incluso manipular por el poder tramposo y sigiloso de los rituales. Y es que nada para vencer a algo (y a alguien) como utilizar sus propias armas.

En todo caso, yo no quiero tanta tormenta este verano, al menos en los viajecitos que estamos planeando, ni tanta lluvia, ni siquiera los veintipico días de encierro y condena que me esperan en Julio, ni por supuesto, tanto apuro, tanto imprevisto, tanta pesadez, ni tanto cansancio...

Ojalá que esta extraña mañanita de S. Juan sea preludio, causa y reflejo de un verano extraño, pero por extraordinario. Ojalá.

Y ojalá este post sea tan efectivo para ello como cualquier ritual, mantra o sortilegio. Ojalá. Que haberlos, haylos.

lunes, 23 de junio de 2008

Jetas


Como no tenemos tiempo para escribir ni un minipost minimamente decente(otra vez, esto parece un deja vu constante o una ejemplificación simplona del mito del eterno retorno) , y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y este dúo de humoristas geniales pasó por Zaragoza este fin de semana sin que nosotros pudiéramos ni plantearnos si íbamos a verlos, pues dejamos este clásico que reflexiona sobre una forma "sutil" (ejem) de colarse en el cine.

Estoy segura de que tod@s habéis visto situaciones similares pero que no os han hecho ni pizca de gracia. Tan clásico como este sketch y ya casi proverbial es el morro con el que las señoras mayores, que parecen profesionales de la compra y se creen que tienen algún tipo de derecho adiquirido o por la antigüedad o por la asiduidad, se cuelan en panaderías, mercados, fruterías y similares. Y pueden dar con el tímido pardillo que no les planta cara, o con otro que sí lo haga, generalmente por el rebote de que no sea la primera vez que le pasa. Yo antes era de los primeros. Pero cada vez me hago más de los segundos, sobre todo con los jetas y las jetas con los que tengo que sobrevivir en un lugar ya de por sí proceloso como el trabajo. Tal vez sea el instinto de supervivencia.

Que si lo bueno abunda, los jetas y las jetas (en esto sí que no hay discriminación) abundan más. Y no sólo en las colas, que es lo más triste.

viernes, 20 de junio de 2008

Ni una nube bajo el sol



Ni una nube bajo el sol
dormitando, qué calor.
Mi cigarro emboquillao
una radio y un helao
Nada más en qué pensar
sólo en escuchar el mar


Quién pudiera. La ola de calor ha llegado, tal como predijo ese sabio visionario que se llama Murphy, justo cuando peor me viene. Aprovechad el fin desemana para ir entrenando la galbana del verano, vos que podéis.

Julio será, claro, el mes más caluroso. Y yo debería irme a la piscina a intentar no quemarme, mientras escucho canciones horteras, avisos obvios por megafonía, charlas de las maris y las chonis, y chapoteos de los niños. Que ya sé que no es un planazo, pero de verdad que suena a música celestial comparado con el panorama desolador que se extiende ante mí: currar buscando el aula más fresca de un instituto situado en la seguro calurosísima Zaragoza de la Expo. intuyendo que las vacaciones y sus cosas suceden fuera de aquellas paredes. Allá. Lejos..

Y entre sudores seguiré esperando, con paciencia e ilusión, mis vacaciones. Que llegarán. Ays, y qué ganas de que lleguen.

Feliz fin de semana caluroso, y a entrenar para las vacaciones, vos que podéis.

martes, 17 de junio de 2008

Unidad y/o variedad




En 4º de carrera, mi profesor de literatura planteó como única pregunta de un examen una cuestión a elegir: o la variedad en el Libro de Buen Amor o la unidad en el Libro de Buen Amor. Y supongo que todos (yo al menos sí) asumimos que debíamos defender si lo esencial en el Libro de Buen Amor era lo uno o lo otro. Supongo que he de explicar -dado que la obra en cuestión no es de las lecturas voluntarias habituales en la actualidad- que este libro del siglo XIV, obra de un tal Juan Ruiz, que firmaba con su cargo eclesiástico de Arcipreste de Hita (Guadalajara), está compuesta por materiales heterogéneos, dispares y hasta incongruentes, que se mezclan sin orden ni concierto (aparente se empeñan en decir los críticos, sin más diría yo), sin una intención clara y sin el hilo argumental mínimamente coherente que, por un antiguo hábito mental, parecemos necesitar lectores y estudiosos, y que en este caso solo un crítico imaginativo (que haberlos, los ha habido, y muchos) podría llegar a establecer.

Pues vaya chorrada de pregunta, se podría decir a simple vista y desde lejos. Pero la verdad es que estaba muy bien pensada. Y es que lo de la unidad y la variedad es una cuestión de lo más interesante, y no sólo para hablar del Libro de Buen Amor, aunque no sabría bien cómo plantearla porque yo también escribo esto sin orden, ni concierto, ni rumbo fijo. No es exactamente cuál de las dos, unidad o variedad, es lo esencial en nuestro yo o en nuestra vida o en nuestra existencia (aunque algo de eso puede ser), ni tampoco qué es mejor en nuestra vida o en nuestra moral o en nuestra filosofía (aunque algo de eso también es). Unidad y variedad. Unidad o variedad. Las dos son y están, y entre las dos pululamos a lo largo y ancho de nuestra vida.

Vivimos tiempos regidos por el signo de la variedad, que se ha vuelto casi tiránica. De hecho, la variedad es la esencia de la democracia que ordena nuestro ser social y moldea de hecho nuestro sistema mental operativo: variedad de fuerzas, de clases, de personas, de individualidades, de ideologías, de formas de vivir y de ver la vida que deben alternarse, cruzarse, coexistir, solaparse y, sobre todo, respetarse. La unidad hoy se identifica con pensamiento único, y se tiñe de connotaciones muy negativas: imposición de una verdad que sería necesariamente arbitraria, homogeneización, negación traumática o hipócrita o interesada de la diferencia. Pedimos y reivindicamos y defendemos la variedad, pues, la pluralidad y que viva la diferencia.

Decía otro profesor mío que este recelo ante la unidad y esta “tiranía” de la variedad suponía la muerte de la verdad, que de ser, tiene que ser una. “Ya no hay verdad: sólo opiniones”, decía con tono de lamento. Si recelamos de la unidad, llegamos a la variedad extrema del todo vale que suele llevar, curiosamente, al nada vale (en el sentido de que nada es realmente un valor).

Así que la variedad sin unidad puede y suele suponer el caos, el desorden, el desconcierto, el relativismo, que puede y suele ir deslizándose, sibilina, o vertiginosa, o incluso bruscamente, al nihilismo. Que algo de eso puede que haya a nuestro alrededor en estos tiempos movidos por los vientos de la variedad, y no hace falta fijarse demasiado.

En épocas en que impera la variedad está claro que el ser humano busca consciente o inconscientemente la unidad. El uno absoluto que dé coherencia y sentido a la existencia abigarrada y caótica a que nos vemos abocados. Buscamos el Uno, un Uno, o lo Uno, que poner por encima de todo lo demás, y que nos sirva de Estrella Polar, de Norte, de referente, para guiarnos y para ordenar la variedad desconcertante entre la que tenemos que movernos. Unos lo buscan en la autoridad. Otros, en la bandera, sea cual sea y sea contra lo que sea. Otros, en la ideología. Otros en la Verdad a la que se puede llegar por la Filosofía. Otros, claro, en la Religión, que es lo que, desde el origen remoto de la conciencia humana y sus achaques, ha utilizado e institucionalizado el ser humano como modo de buscar (y creer encontrar) esa Unidad esencial y salvadora a la que aferrarse para no zozobrar por los vaivenes de la variedad. De hecho, religión viene etimológicamente de “religare": volver a unir, a enlazar, a dar un sentido único a la variada y desconcertante realidad.

Unidad es sentido y coherencia, y el ser humano parece necesitar eso. Porque la variedad puede y suele llevar escondido el vacío, como la libertad (ya lo dijo Sartre), con la que está tan ligada , y por eso asusta, y por eso buscamos de formas tan distintas, conscientes e inconscientesd el orden, el sentido, la unidad. La verdad, que de ser, tiene que ser una.


Y tal vez sea por algo de eso por lo que solemos exigir unidad y coherencia en todas las creaciones en las que expresamos algo de nuestra visión del mundo: libros, películas, obras de arte, incluso blogs, buscan de alguna forma, la que sea, una unidad y un sentido. Y el espectador, o lector, o lo que sea, también lo busca y también lo espera... (Aunque ahora que lo pienso, nuestro robando rosas no tiene más unidad que la que le dan sus autores, que son curiosamente dos y bastante variados para ser eso, dos, y seguramente eso sea considerado por muchos, tal vez incluso por mí misma, como un fallo).



La variedad es dionisíaca y la unidad es apolínea. Y como lo dionisíaco y lo apolíneo, como el yin y el yan, y como todas las polaridades y dualidades, unidad y variedad se necesitan y se presuponen. Necesitamos unidad porque vivimos rodeados de variedad, y necesitamos variedad para huir de la tiranía y el inmovilismo y la monotonía de la unidad, sobre todo cuando esta viene impuesta (y creo que no hace falta poner ejemplos concretos). En la unidad somos como especie, en la variedad somos como individuos.

No pretendía llegar a ninguna parte con todo esto, y, efectivamente, no he llegado. Creo que lo que esperaba mi profesor de literatura, a pesar de esa aparente variedad de opciones para elegir, era que habláramos de la unidad en el libro de Buen Amor, que era lo supuestamente “difícil” e ingenioso: que demostráramos que más allá de lo aparente, en esta enigmática obra tan variada había una unidad subrepticia y agazapada que le daba sentido, fuera del tipo que fuera. Que es lo que hacen casi todos los críticos y estudiosos que se ocupan de la obra. Y que es lo que me consta que hicieron casi todos mis compañeros de curso y de examen. Tal vez porque seguimos siendo recelosos a aceptar la variedad sin más, quizás porque esto supone aceptar el nihilismo y el caos y el absurdo de todo. Pero yo en aquella ocasión me limité a aceptar lo evidente con sencillez, y hablé de la variedad en el Libro de Buen Amor. Sin más. Y sé que al profesor no le gustó, porque no me puso demasiada buena nota.

Y casi veinte años después continúo entre resignada y entusiasmada por la variedad evidente de todo, que sigo defendiendo mientras sueño a escondidas con una unidad callada que quizás algún día se deje descubrir y que para mi sorpresa no lleve asociada ni tiranía ni exclusión ni amputación de la diferencia. La imposible síntesis feliz de contrarios, el justo medio que está en todo pero que tanto nos cuesta aceptar. Y buscar. Y lograr.

El universo (y la vida, y el ser) es uno pero está formado por cosas variadas, , y distintas, contrarias y hasta incongruentes. Y lo esencial o lo importante no es ni que sea (o seamos) uno, ni que sea (o seamos) varios, sino ambas cosas a la vez. Pero a nuestra mente, que es una, le suele costar mucho aceptar todo aquello que no encaja en los conceptos estancos y arbitrarios que nos hemos visto obligados a crear para poder ordenar y pensar y relacionar y enfrentarnos a todo, a su unidad y a su variedad. Quizás la variedad esté en el mundo, y la unidad sólo en nosotros, o sea, en nuestra forma de verlo. O viceversa...

Y paro ya, que me pierdo.

miércoles, 11 de junio de 2008

Feliz en tu día



Tal vez no siempre te he tratado
Tan bien como debería
Tal vez no te he amado
tanto como debería.

Pequeñas cosas que debería haber dicho y hecho
y simplemente nunca encontré el momento

Tú estás siempre en mi pensamiento
Tú estás siempre en mi pensamiento

Tal vez nunca te he abrazado
en todos esos momentos solitarios
Y supongo que nunca te dije
qué feliz soy porque estás conmigo
Si alguna vez te he hecho sentir como algo secundario
Cariño, siento mucho haber estado tan ciego.

Tú estás siempre en mi pensamiento
Tú estás siempre en mi pensamiento

Dime, dime que tu dulce amor no ha muerto
Dame, dame otra oportunidad
Para hacerte feliz, feliz

Pequeñas cosas que debería haber dicho y hecho
Y simplemente nunca encontré el momento

Tú estás siempre en mi pensamiento
Tú estás siempre en mi pensamiento


Desde siempre, que yo recuerde, me ha encantado esta canción, pero nunca, nunca, imaginé que pudiera llegar a ser la más adecuada para desearle feliz cumpleaños a alguien como tú, que está conmigo como sólo tú sabes estar.

Así que feliz en tu día, y todos los días demás.

Que, aunque alguna vez me pueda el mal genio, y me ponga tonta, o mimosa, o rara sin motivo, o "repunante" como una niña pequeña con sueño, tengo que robarle a Benedetti, otra vez, palabras como rosas para pedirte que no olvides nunca, sobre todo en esos momentos, pero tampoco en los demás "que el mundo y yo te queremos de verdad... pero yo siempre un poquito más que el mundo".

Felicidades, Dei.

martes, 3 de junio de 2008

Pereza fin de curso.




"Que por junio era por junio,
cuando ya el curso se acaba,
cuando el sol allá en lo alto
produçe grande galbana,
cuando los moços e moças
alixeránse de calças,
cuando los sudores reinan
por los pasillos e por aulas
e rainços olores salen
de sobacos e sandalias,
cuando ya por todas partes
la vacaçion se presagia,
cuando ni los profesores
da dar clase tienen gana
(si es que alguna vez la hubieron,
pues desto non hay constançcia).
¡Mes de junio, mes de junio,
fecha insoportable y áspera!..."



Los fines de curso llegan cada vez más rápido. Cuando vas a la escuela, o al instituto, o casi casi si me apuras, a la facultad, cada curso es una vida, cada año es cambio generacional, y creo que incluso hoy podría recordar 1º, tan distinto de 2º, y de 3º, y de 7º, y 1º de BuP, tan distinto de COU, o 1º de Filología, que tiene tan poco que ver con 3º y ya no digamos con 5º.

Cada curso era una era entonces,largo, nítido, con su propio acento, distinto, completamente distinto, tan distinto que hasta a mí me daba tiempo a ser distinta año a año. (Es lo que tiene crecer, supongo el poder cambiar, que curiosamente tiene poco que ver con los cambios que supone "envejecer"... pero eso es otra historia y debe ser tratada en otra ocasión).

Incluso al comenzar a trabajar cada año era un hito, distinto y completamente distinguible del anterior y del venideero. Recuerdo, por supuesto, mi primer año de clase, y a los alumnos casi uno por uno, y el 2º en Vigo, y el 3º en el Couto. Pero a partir de ahí, como dijo Almudena Grandes, empecé a "perder los años", y las anécdotas, y los alumnos, que giran en el tambor de la memoria en un batiburrillo que es necesario pararse a ordenar, incluso echando manos de referencias ajenas, para poder evocarlos con un mínimo de claridad.

Y cada año todo se acelera más. Ahora tres años (por ejemplo) ya no tienen la trascendencia que tenían a los 10, a los 15, a los 20 e incluso a los 25. Los cursos se sucenen cada vez más rápido y los junios se solapan vertiginosamente con los septiembres, tan sucesivos que terminan fundiéndose y confundiéndose en esa sucesión y en la memoria.

Y así, a pesar de que tengo sensación de recién llegada, de estar todavía aclimatándome al paisaje y sus figuras, ya se me va este curso, que espero sea tratado por la memoria con todo el respeto a la unicidad que merece, como año inaugural de una etapa tan tan tan nueva en mi vida.


Quizás fuera ahora, en este junio que no lo parece y que hace que el fin de curso nos pille aún más desprevenidos, el momento de hacer balance (como tanto me gustaba antes). Pero va a ser que no, porque este fin de curso se parece a la vertiginosa sucesión de sus inmediatos precedesores en el síndrome que me ataca inevitablemente: la pereza. Y ni para balances tengo ganas.

Cuando estudiaba invertía toda mi pereza en posponer e interrumpir constantemente aquello de estudiar, y en sufrir constantemente por tener que hacerlo, en vez de poder dedicarme sin remordimientos a las cientos de cosas inútiles y hasta absurdas que desde siempre me han gustado tanto. Y ahora debe de ser la perspectiva de las vacaciones lo que activa en el cerebro el chip "no tengo que hacer nada" antes de tiempo, haciendo que las labores docentes, domésticas y burocráticas que se acumulan en estas semanas de meter el pie en el estío me cuesten lo indecible. Me cuesta hacerme a la idea de que tengo que hacerlas, me cuesta ponerme a hacerlas, e incluso en plena ejecución, las interrumpo con mil excusas a cual más espúrea e injustificada (por ejemplo, poner un post), con lo cual la agonía y el estrés de tener que trabajar (y mucho) sin ganas, se estira como los días del solsticio de verano y sus horas de luz. Bueno, por lo menos eso demuestra que hay cosas que veinte años no cambian. Y apuesto a que ni cuarenta...

Mi lista de tareas para los próximos días, que ahora mismo me parecen colosales y a las que miro desde mi menudencia, apabullada por la tortícolis, son:

  • Poner todas las lavadoras que estos días no he puesto por culpa de (o gracias a :-P) la lluvia. Dei ya casi no tiene nada que ponerse. Si es que la manía de comprarse poca ropa tiene estas desventajas. ¿Ves? Eso a mí no me pasa. Me temo (y él también) que yo podría estar muy bien un mes sin poner una lavadora, y aún tendría ropa limpia que ponerme.
  • Pegarme un atracón de plancha (con lo que lo odio) de esas lavadoras que serán de golpe cuando deberían de haber sido graduadas.
  • Corregir. Lo odio, ya lo he dicho: es de las cosas que más odio en el mundo . Este año tengo pocos alumnos, pero con eso de que son pocos, me temo que he bajado la guardia y les estoy haciendo demasiados exámenes, cogiendo demasiadas notas de cuaderno, y de clase, y de tó. Qué horror. Y eso que aún no he contado los que me quedan.
  • Poner las notas medias. Un horror para una chica como yo, tan de letras y tan torpe hasta para el manejo de la calculadora, pero a la vez, tan tiquismiquis en las correcciones que tiene que hacer medias ponderadas entre cifras como 4,987 y 6'342, insólitas y supongo que ridículas en materias como la literatura o la historia. Pero para mí inevitables, de verdad.
  • Decidir en los casos entre pinto y valdemoro que si pinto o que si valdemoro. Un horror. Y yo soy indecisa, insegura y obsesiva por naturaleza. Resultado: me paso días con las notas en la cabeza, dándoles vueltas a los argumentos a favor de pinto y a favor de valdemoro, y oscilando de uno a otro a golpe de tipex que engorda horrorosa y vergonzantemente la zona clave de mi cuaderno de notas. Eso sí: cuando les doy las notas a los críos, no dejo asomar ni un atisbo de flaqueza ni una leve sombra de duda, y me disfrazo de toda la seguridad que ni tengo ni sé donde guardo. Y eso es para estar orgullosa, ¿no?, que tiene su mérito.
  • Cambiar mis armarios (sí, armarios, en plural, para desesperación de Dei): guardar la ropa de invierno (que aún estoy usando, por las rarezas de este junio camuflado que parece venir de incógnito) y sacar toda la de verano. Dei dice que aproveche y tire cosas. Como si fuera tan fácil...
  • Limpiar los cristales de casa y la terraza (aunque tengo la feliz coartada de estar esperando a que deje de llover... y el tiempo dice que el fin de mi coartada es inminente).
  • Hacer una lista de los materiales que quiero comprar para el Departamento con lo poco que me queda de presupuesto, enterarme de dónde esta la única librería en que lo puedo encargar ,porque el Instituto así lo tiene acordado, ir y encargarlo. Los títulos que tengo no me caben en el dinero, así que tengo que planificarme bien y seleccionar. ¿Mencioné ya que soy indecisa e insegura?.
  • Entregar una memoria de lo hecho con medios informáticos en clase para un Seminario permanente en que me apunté por un exceso de energía y optimismo inconsciente. Qué poco me gustan estas cosas y qué distintas parecen de lejos.
  • Poner los exámenes extraordinarios, que en Galicia se hacen en Septiembre y aquí los hacen dos días después del atracón fin de curso, por si nos había sabido a poco o no tenìamos suficiente necesidad de vacaciones. Si es que el concepto subyacente a la costumbre de "recenar" aquí lo aplican hasta a lo malo.
  • Hacer mis memorias de fin de curso, una por cada grupo, que como estoy en esto de la atención a la diversidad, tendrán que ser muy bien contextualizadas. Es decir, con mucho rollo. Menos mal que a mí rollo no me falta, aunque para estas cosas me cueste un poco más sacarlo.
  • Hacerme el pasaporte para ver si podemos irnos a Túnez en plan turista dominguero tipical hispanis que quiere viajar pero no tiene tanto dinero ni tantas fechas como le gustaría.

Y por si fuera poca cosa para encajar en tan poco tiempo, el fin de semana seguramente iré a Galicia, invirtiendo unas catorce horas en conducir indolentemente (cómo me gusta) con la radio o la música de fondo, y espero que con el sol inundándolo todo, todo y todo.


A Dei le encanta hacer listas, organizar, planificar y temporalizar todo lo que tiene que hacer, y cómo y cuándo tiene que hacerlo. Y yo acabo de descubrir que a mí me agobia. Yo nací para la improvisación y el sobre la marcha, me temo.

Así que yoy a empezar por poner la primera lavadora. Ahora mismo.

¿O me doy antes una vuelta por los blogs?

Bueno, ya veré. Sobre la marcha...

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