viernes, 29 de agosto de 2008

Allons enfants...



Se trata de una de los himnos nacionales que más me gustan (junto con el antiguo himno de la Unión Soviética, actual de Rusia hoy -con su letra modificada-). Encuentro en él, una contundencia inhabitual, no sólo en su música, si no también en su letra (absolutamente nada correcta en el mundo de hoy; en el mundo de lo políticamente correcto).

Himno nacido en 1792, en pleno fervor revolucionario, en la etapa de la Convención y del "Terror", con el "Comité de Salud Pública" dirigido por Robespierre, en su máximo apogéo. Quién sabe, será, que en mis venas -como en las de Machado- corren gotas de sangre jacobina.

Himno, que en la época de la ocupación Nazi y la Francia ocupada, era todo un símbolo de resistencia ante el alemán. Esta escena es una de mis favoritas (entre otras muchas) de la obra de arte que es Casablanca. Refleja como pocas la intensidad y la fuerza de la canción. Yo creo que hasta el imperturbable de Rick, llega a emocionarse.

Total régimen




¿Dificultades para abrochar el pantalón o entrar en la falda? ¿Tu ropa parece haberse puesto de acuerdo para encoger? ¿El verano te ha dejado unos kilitos de más? ¿Hacer dieta está entre los propósitos del nuevo curso? ¿Cada vez que terminas de comer decides que tienes que comer menos? ¿La báscula se ha convertido en un terrorífico instrumento de tortura? Pues aquí tienes la dieta ideal, que he robado sin remordimientos, que por algo somos ladrones de rosas, a Directo al paladar. Y digo ideal porque su principal ventaja es que hambre no pasas (lo de adelgazar ya es otra cosa).

Por cierto, es muy, muy parecida a la que sigue Dei. Claro que a él, como es hiper, le funciona. Y aprovecho para aclarar que el título del post hace referencia a la expresión que él utiliza para anunciar al mundo sus buenos propósitos dietéticos, siempre a partir del lunes siguiente a la fecha de la comilotada de turno, tras la cual él suele decir: "A partir del lunes, total regimen". Y así, desde hace tres años y medio, que fue cuando yo le conocí, hasta hoy, que nos vamos de cena.

DESAYUNO
-½ pomelo
-1 tostada integral
-150 ml. de leche desnatada

COMIDA
-150 gramos de pechuga de pollo cocida
-1 tazón de espinacas hervidas
-1 tazón de infusión
-1 Filipino

MERIENDA
-El resto de los Filipinos del paquete
-2 botes de helado Haagen Dazs (grandes)
-1 jarra de salsa de chocolate caliente, nueces, guinda y crema batida

CENA
-2 Rebanadas de pan de ajo con queso
-una pizza familiar de salchichón
-4 latas de refresco o de cerveza
-3 Toblerones o Kit-kats

ANTES DE ACOSTARSE
-Tarta de queso congelada comida directamente según sale del congelador

Y lo más IMPORTANTE, las reglas de esta dieta:

1 – Si comes algo y nadie te ve, no tiene calorías.

2 – Si tomas un refresco light con una chocolatina, las calorías de la chocolatina se cancelan con el refresco light.

3 – Cuando comes con alguien, si no comes más que los otros, las calorías no cuentan.

4 – La comida utilizada con fines medicinales nunca cuenta, como el chocolate caliente, leche con miel y coñac, etc.

5 – Si engordas a los que tienes a tu alrededor, tu parecerás más delgad@.

6 – Las cosas que se comen en el cine, como chocolatinas, coca-cola, palomitas, etc., no tienen calorías adicionales porque son parte del entretenimiento y no del combustible de cada uno.

7 – Los trozos de galleta no tienen calorías. El proceso de rotura produce pérdida de calorías.

8 – Chupar las cucharas y cazos cuando estamos cocinando no tiene calorías adicionales.





Retales

...y los recuerdos al aire me besan la cara
solo recuerdo lo bueno, de lo malo nada
aún queda tiempo pa'l viento
vaya donde vaya
y que me lleve volando
a tocar a otra guitarra...


Y eso es lo que vamos teniendo: retales. De una vida, de nosotros y de los que con nosotros la compartieron, aunque fuera sólo un momento.

La de cosas que se pueden hacer, y se hacen, y se han hecho, y se harán, con retales. Sólo hay que saber escogerlos, recortarlos, colocarlos, disponerlos, combinarlos, presentarlos... O dejar actuar al azar.

Porque la belleza del retal, como la de todo, suele estar en el ojo del que mira. Así que sólo hay que confiar en que el ojo que mira sepa mirar.



Feliz fin de semana que cerrará abruptamente Agosto. El lunes será ya, de repente y otra vez, Septiembre.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Agridulce vs. edulcorado



Tenía muchas ganas de ver Juno. Por varios motivos: había oído hablar de ella como una película entrañable y optimista; el tema -una embarazada adolescente y su peripecia para dar a su bebé en adopción- tratado en tono de comedia sonaba de lo más apetecible; la crítica no la ponía mal y una tal Diablo Cody (al parecer, apreciada bloguera de la blogosfera en inglés) se llevó nada más y nada menos que el Oscar al mejor guión. Y a mí me encantan las películas buenas por su guión. Pero tengo que decir que me he llevado un pequeño chasco.

Le pasa un poco lo mismo que a Little Miss Sunshine: tiene muchas cosas buenas, pero no es una película redonda. Queda claro qué es lo que pretenden los que la hicieron, y quizás ese sea su mayor problema: que queda demasiado claro porque no lo logran del todo. Lo que debería ser autenticidad suena a pose. Muchos personajes, situaciones y diálogos pretendidamente originales, excéntricos, alternativos, emotivos y rompedores se quedan en eso, en algo pretendido sin serlo de verdad, y que poduce un efecto similar al de una marioneta con hilos fluorescentes.

¿Por qué? No lo sé. No sé qué es lo que hace que a estas dos películas les pase esto y, por ejemplo, a Amelie no (siempre en mi rotundamente subjetiva, esencialmente relativa y fácilmente rebatible opinión, claro está). Hay cosas que chirrían (la reacción del padre adoptivo, por ejemplo, o el momento en que Juno les cuenta a sus padres que está embarazada, o la relación de Juno con su madrastra) y cosas que resultan directamente inverosímiles pero sin el encanto de lo increíble espontáneo, expresivo y necesario en otras obras.

Con todo, la película tiene una buena idea de fondo, momentos muy emotivos (la relación de Juno y su "novio", por ejemplo), colores vivos que le dan expresividad, viveza y calidez, muy buenas interpretaciones y una bonita banda sonora.



Pero para el tratamiento de los embarazos adolescentes y sus alrededores, me quedo sin duda, con Café Irlandes, de 1993. Película profundamente irlandesa, como deja ya claro su título, popular y entrañable, que sí logra resultar agridulce de forma auténtica, porque mezcla sabiamente lo agrio (lo sórdido del momento del embarazo, los cotilleos, la desesperación adolescente, el patético padre del bebé y su comportamiento, el realismo sin maquillaje en la recreación de personajes, ambientes y situaciónes, tanto en sentido físico como metafórico) con lo dulce (el personaje de la madre, la evolución del padre de la chica en su actitud, el momento del nacimiento que es feliz, porque un nacimiento es en sí mismo feliz, a pesar de sus circunstancias), haciendo que sea este último, el dulce, el regusto que queda en el espectador al terminar de verla.



Café Irlandés está basada en una obra literaria de Roddy Doyle, autor también de la novela a partir de la cual Alan Parker dirigióThe Commitments , que comparte ese mismo aire profundamente irlandés, ese tono agridulce y ese realismo costumbrista que ni embellece ni idealiza, pero sí sabe captar la belleza entrañable que se agazapa en lo cotidiano. Y además, Café Irlandés está dirigida por Stephen Frears, que firma también otra de las películas que no faltan en mi colección: Alta Fidelidad. (Menuda genealogía. Si no la habéis visto, os recomiendo que le deis una oportunidad).

Tengo la impresión de que, como estas, Juno también pretende ser una comedia agridulce, pero a mí me resulta simplemente un cóctel que mezcla unas cuantas buenas ideas e intenciones, que no se supo agitar y al que le quedó un sabor edulcorado artificial. Así que a quien le guste el dulce a toda costa y sea como sea, le va a encantar. A mí es que cada vez me gusta menos que se vea el azúcar. O que se note el edulcorante, que es peor.

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Mi rosa robada de hoy: haber recordado Café Irlandés y decidir que volver a verla se sitúa en un lugar preferente entre todas las cosas que quiero hacer antes de que se me acaben estas también agridulces vacaciones, que gotean ya su fatídica cuenta atrás.

sábado, 23 de agosto de 2008

¿Por qué te vas?



Hay personas que se van y personas que se quedan. Y las personas que se van pueden hacerlo por mil motivos, conscientes e inconscientes, evidentes o enterrados, confesados o inconfesables. Incluso puede uno irse y luego buscar los motivos.

Una vez leí una frase, no recuerdo dónde y no recuerdo de quién, que decía algo así como que "la persona que desea abandonar el lugar donde vive no es feliz". Una obviedad que esconde una gran verdad. Y por eso la respuesta a esa pregunta, "¿por qué te vas?", es siempre la misma: porque no puedo hacer otra cosa.

Me hace mucha gracia este videoclip de esta curiosa versión del clásico setentoide de Jeanette, y que es una mezcla muy lograda y a la española entre Cake versionando el I will survive (el mismo tono monocorde e indolente)...


y los OK go (la misma idea de chicos con traje retro bailando coreografías imposibles como si lo hubieran hecho toda la vida y con cara de estar haciendo otra cosa)


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Mi rosa robada de hoy: volver, que es también un buen motivo para irse.

jueves, 21 de agosto de 2008

Causas y azares



Un anciano cumplió 98 años
Le tocó la lotería y murió al día siguiente.
Es una mosca negra en tu Chardonne
Es el indulto de la pena de muerte dos minutos tarde
Eso es irónico... ¿no crees?

Es como la lluvia el día de tu boda
Es como una ronda gratis cuando ya has pagado
Es el buen consejo que tu acabas de no seguir
Quién lo hubiera pensado... calcula

El señor “Precauciones” tenía miedo de volar
Hizo su equipaje y dio un beso de despedida a sus hijos y su mujer.
Esperó toda su puta vida para coger ese vuelo
Y mientras el avión se estrellaba él pensaba
Bueno, no está bien esto?
Y es irónico... no crees??

La vida tiene un modo curioso de sorprenderte
Cuando tú crees que todo está bien y que todo está yendo genial
Y la vida tiene un modo curioso de ayudarte
Ccuando crees que todo ha ido mal mal y que todo te explota en la cara.

Es un atasco cuando tú ya llegas con retraso.
Es un cartel de no fumar sobre tu cigarro encendido.
Es como diez mil cucharas cuando todo lo que necesitas es un cuchillo.
Es conocer al hombre de mis sueños
Y luego conocer a su preciosa mujer.

Y eso es irónico, ¿no crees?
Un poco demasiado irónico... y yo realmente lo creo.

Los clásicos ya mezclaban ironía y tragedia, y para las tragedias clásicas se ha acuñado de hecho la categoría de “ironía trágica”: hasta los héroes con las mejores cualidades y más esforzados sucumben en sus obras a finales terribles, a veces ilógicos, injustos, inmerecidos, pero siempre anunciados. Porque los griegos achacaban esos finales aciagos, esencia de la tragedia, no a la causalidad lógica, sino a la casualidad ilógica,a la fatalidad, al fatum o destino trágico, que dependía de la voluntad caprichosa de los dioses, y que era imposible de esquivar, por muy bueno, o fuerte, o bravo que uno fuera, y por mucho que lo intentara. Aquiles moría de una herida de dardo, destino elegido para él por los dioses, y un héroe intachable como Edipo terminaría cometiendo la monstruosidad de matar a su padre y acostarse con su madre, tal y como las deidades helenas habían dicho.

Nosotros, sin la red salvadora de poder achacar a la voluntad de unos dioses, ( aunque caprichosos, impredecibles e irracionales, pero dioses al fin y al cabo), nuestros finales trágicos, nos quedamos solo con la idea de un fatum, que unos consideran destino, y otros, simplemente, azar.

Pero es que cuesta tanto aceptar que el mazazo terrible y definitivo de la tragedia, que llega sigilosa, sin anunciarse, siempre inoportuna, siempre traicionera, y siempre por la espalda, se deba al aleteo juguetón, absurdo y vacío del azar puro y duro, más duro que nunca, el más duro de todos. Cuesta tanto aceptar que todo lo que tenemos se destruya por un cúmulo de pasos inconscientes que nosotros creíamos que nos llevaban a otro lugar. Cuesta tanto aceptar que perdemos lo que más queremos con una cosa tonta, por un cruce injustificado de lo inoportuno, por una broma del destino o un despiste de las causas que nos llevan a la consecuencia más imprevista y más trágica.

Cuesta tanto creer que la muerte nos pille por irnos de vacaciones. (aunque sí, en vez del “por” irnos de vacaciones habría que saber decir simplemente “al” irnos de vacaciones). Cuesta tanto aceptar que salvar la vida pueda ser consecuencia de querer ahorrar diez euros, y perderla, de subirse a un avión, entre los millones que se podrían haber tomado y dejado de tomar, y que se convierte de pronto en “ese” avión. Cuesta tanto creer que el final terrible y el dolor más insoportable dependan de una decisión tan sujeta al azar y a mil y una circunstancias caóticas como tomar ESE avión, o coger el coche ese día para ir justo por ese lugar, o estar en ese tren justo en esa mañana, o pasar por allí justo en ese momento.

Cuesta tanto aceptar que no había una causa lógica, pesada, aplastante, inevitable. Cuesta tanto asumir que en realidad el azar es tan inevitable como si esa causa existiera, cuesta tanto, que a veces tenemos que inventar un destino para pensarlo, aunque sea sin un dios caprichoso detrás.

Y me pongo a pensar en esto porque me resulta casi insoportable hacerlo, una por una, en las 153 historias, con sus caras, y sus nombres, y sus detalles, y sus recuerdos, y sus miedos, y sus esperanzas, y sus desengaños, y sus planes, y su constelación de afectos, 153 historias, una por una, que hoy se convirten en tragedia. Sin más causa que haber cogido un avión y por el azar de que fuera ese avión.

Porque la tragedia (y la buena fortuna) llegan así: por causas que son azares y azares que se convierten en causas.


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Mi rosa robada de hoy (un día que se ha convertido más que nunca en avenida de la muerte,) es la imagen de las lágrimas de Gemma Mengual y sobre todo Andrea Fuentes, al recibir la medalla de plata por un ejercicio que según los expertos roza la perfección y que a los pobres profanos nos deja boquiabiertos.

No soy demasiada aficionada a los deportes ni siento los triunfos patrios más allá de lo razonable. Es más, a veces hasta me repatea ese triunfalismo ridículo con el que nos bombardean tras cada éxito deportivo, y con el que parecen querer hacernos pensar "qué grande es España", "qué orgullo ser españoles", y "España es la más mejor en todo y con ella, nosotros" . Seguramente, para intentar llevarnos a eso de “todo por la patria”, y en el todo se incluye, claro, aguantar, a ser posible sin rechistar, todo lo que tenemos que aguantar, que no es poco, y todo lo que nos quedará, que seguramente tampoco lo será.

Pero hoy, al verlas con el rostro completamente desencajado y sin poder reprimir las lágirmas mientras les ponían su medalla de plata, me he emocionado al pensar en lo que seguramente ellas pensaban y les hacía llorar: las horas diarias de entrenamiento, el esfuerzo constante y sin tregua día tras día, lo mejor de sus vidas entregado a esto, los sacrificios, el sudor, los fracasos, los tropiezos, el cansancio, los dolores, las renuncias, todo lo que han dejado fuera y todo lo que han dejado atrás, el precio de tantos años, pagado por ese leve minuto de gloria, en que sientes que sí, que lo has logrado, que eres bueno. Por ese minuto de gloria que es tuyo, solo tuyo, ese minúsculo pero inmenso minuto de gloria, efímero como todos los minutos, pero con el que el hombre desde siempre ha intentado rozar la eternidad.

Y tal vez también, forjar el propio destino, transformándose en héroe que convierte su esfuerzo en una causa capaz de superar al azar.


miércoles, 20 de agosto de 2008

Nos bajamos en Atocha...



...y así comenzaron cuatro días con sus cuatro noches de Agosto en Madrid, que sustituyeron aquel viaje a Turquía que el corazón y el tiroides de Dei no quisieron que hiciéramos, y que el propio Dei me ha confesado que en el fondo fondo (quizás el fondo donde están su tiroides y su corazón) no le apetecía demasiado.

Lo mejor de esos cuatro días no fue la noche de copas, con restaurante andaluz, mezcla explosiva de charlas, risas,vino, cerveza, chupitos, ron y desmemoria, y hasta un taxista borracho incluido en el menú.

Lo mejor no fue tampoco encontrarnos el Madrid más rotundo en plenas fiestas de la Paloma, con su aire de perenne verbena alegre hasta por la tarde, cuando los garitos sacaban sus barras a la calle, y las chulapas y chulapos se mezclaban con los turistas de todas partes y con nosotros.


Lo mejor no fue el recorrido por el Madrid más deslumbrante, deambulando sin prisa y con mucha pausa por la calle de Alcalá, la Plaza Mayor, los confines de la Almudena, el Palacio Real...




Lo mejor no fue encontrar cada dos por tres "rincones literarios", de esos que tanto nos gustan a los profes, emocionados de tropezar por fin con un rastro hecho carne de lo que nosotros habitualmente tenemos que imaginar, evocar y vender solo a partir de palabras, que es lo que lo hace parecer a veces tan etéreo y lejano como un dogma de fe.





Lo mejor no fue la visita a la sierra madrilena, ni descubrir Buitrago y sus rincones de piedra , también en fiestas, y sus rincones de verde y agua bordeando su muralla.






Lo mejor no fue recorrer Toledo, y todas sus piedras históricas, que son tantas, ni su encanto hecho de una mezcla aparentemente caótica de cosas árabes, y cristianas, y judías, y medievales ,y renacentistas, y señoriales, y populares ,y edificios grandiosos y callejuelas estrechas, y plazas soleadas y callejones oscuros. Ni tampoco fue lo mejor su belleza,tan innegable que parece hecha aposta, a pesar del sol aplastante y sus cuestas y más cuestas (qué bien se bajan y que buena idea lo de las escaleras mecánicas, por cierto).






Lo mejor no fue la mañana en el jardín botánico, descubriendo plantas sensibles que cierran las hojas si las tocas, plantas carnívoras más pequeñas de lo que nos hizo creer el cine y árboles centenarios arropándonos con sus sombra.

Lo mejor no fue recorrer el bulevar inmenso de la Castellana buscando las sombras y burlando al sol para llegar a casa e irnos a comer de tapas.

Lo mejor no fue disfrutar del Madrid de agosto, vacío de los de siempre y lleno, más que nunca, de encantos para dejarse descubrir y querer por los visitantes.

Lo mejor no fue ni siquiera la empanada que hace Ubalda, ni su tarta de queso, ni las caipirinhas de Ubaldo ni su bizcocho de nueces.

No, lo mejor no fue nada de eso, y mira que todo eso estuvo bien.

Lo mejor fue bajarse en Atocha y encontraros esperándonos. Lo mejor fueron las charlas y las risas, interminables y a cualquier hora, comiendo, bebiendo, caminando o dormitando en el sofá. Lo mejor fueron los paseos, y las comidas y las cenas compartidas afuera o en casa, y los desayunos ajetreados entre juegos olímpicos en la tele y aparatos para tomarnos la tensión. Lo mejor fue esa partida de Trivial que ganamos las rubias contra todo pronóstico. Lo mejor fueron las anécdotas, los recuerdos y los planes. Lo mejor fue la despedida en Atocha, con pena pero no tanta porque habrá que repetir.


(Dei supongo que añadiría que lo mejor fueron las partidas con la Play, pero si quiere añadirlo, que ponga un post, que ya va siendo hora).

Lo mejor, fuisteis, sin duda, vosotros.


Y que viva Atocha.
(



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(Mi rosa robada de hoy
: el paseo con Dei a última hora de la tarde, compartiendo viento, helado , anochecer y bus de vuelta aunque fuera a regañadientes, tras no encontrar un libro buscado en el lugar y el momento inadecuados, y llegar a casa cansados habiendo hecho ganas de cenar. )

jueves, 14 de agosto de 2008

Teruel existe



Y aunque parezca imperdonable tras más de tres años pululando por Aragón, por fin puedo dar fe de que el mito es verdad. Aunque igual de imperdonable es que no probara el también mítico jamón, pero este delito tiene dos atenuantes: que pienso volver y que sí probamos el queso tronchón y la longaniza. Así que se trata de una falta provisional, venial y purgable con una adecuada penitencia.

Pero tuvo que ser la visita de los Ubaldos lo que sirviera de excusa para, por fin, tirar hacia el sur y por una auntovía nuevecita, llegar a Teruel, a la que llamamos ciudad porque es capital de provincia y a las capitales de algo se le presupone esa condición, que sin ese prejuicio, estoy segura de que, al menos los de mi tierra, le llamaríamos villa, o pueblo grande. Porque ni la entrada, ni los edificios, ni el tamaño, encajan demasiado con lo que evocan palabras como ciudad o urbano.


Tan pronto se abandona la autovía, una se encuentra de golpe con una carretera desvencijada, que quizás en otra época fue una digna nacional, y que se adentra sin transición por entre casas y naves para repentinamente puentear entre el relieve y casas de piedra de no demasiada altura.

Y es este relieve en parte lo que da a Teruel el encanto de las ciudades de varias alturas por haber sabido entrementerse en sus vericuetos, y jugar con las posibilidades de la verticalidad, que hacen que aparezca perfectamente integrada en su entorno, como si surgiera directa y naturalmente del terreno, acomodándose suave y espontáneamente en sus recovecos.


Tampoco resulta muy urbana la facilidad para aparcar y llegar en un plis plas al centro (en todos los sentidos) de la "ciudad": la famosa y pequeña plaza del Torico. Y el –ico, diminutivo por antonomasia en Aragón, no es en este caso afectivo (como yo creía), sino completa y ajustadamente descriptivo. Porque el tal torico es una minúscula estatua situada en lo alto de una columna que parece pensada para una figura de mayor envergadura, y que desde luego, como Teruel en su etiqueta de ciudad, tampoco encaja con la imagen que evoca la palabra “toro”. Así que sí, sólo puede llamársele “torico”.



La plaza tiene la solera y el encanto de los lugares con aire claramente de otra época, aunque combine las fachadas de acento medieval, con otras de evocaciones decimonónicas, indefinidas o rotundamente modernistas. Y esto mismo ocurre también en las calles cercanas .


Pero quizás la seña de identidad más clara de Teruel es la presencia de las coloridas y minuciosas torres mudéjares, que recuerdan el esplendor que dieron a la ciudad los árabes antes de ser definitivamente vencidos, y cuya presencia más allá de la derrota supo asimilar esta tierra como pocas, hasta que ya no la dejaron.


Todo esto encajaba dentro de lo esperado por lo que había oído de Teruel, y salvo el tamaño del torico, no me sorprendió demasiado. Y entre lo más sabido y esperado estaba también encontrar algo sobre sus famosos amantes, cuya leyenda yo conocía de forma bastante superficial. Efectivamente, hay todo un edificio dedicada a ella, reconstruido sobre el escenario real allá por el siglo XIII de la historia que dio origen a la leyenda, y que se basa en el hallazgo de un documento que la narra grandes rasgos, y de dos pequeñas “momias” enterradas juntas, que hasta el siglo XIX fueron expuestas de forma vertical y bastante tétrica. Entonces alguien decidió erigirles el “mausoleo” donde se exponen actualmente, colocando los féretros debajo de dos estatuas cuyas manos se acercan sin tocarse, evocando lo imposible de aquel amor. Menos mal que alguien puso algo de sentido común y de poesía en el recuerdo físico de los trágicos enamorados, porque lo anterior difícilmente dejaba hueco al amor en la imaginación.



Como eco del regustillo tétrico que tenía la historia, aparte de las momias que se dejan entrever bajo las estatuas, se conserva el relieve de los dos esqueletos en el lugar en el que fueron hallados. Y lo que resulta más sorprendente es lo pequeñitos que eran...





En el propio mausoleo se encuentra recogida la versión “oficial” de la historia, que recuerda un poco a la de Romeo y Julieta: amor imposible por las circunstancias sociales, y muerte final de ambos amantes de forma que parece una mala broma del destino. La versión allí transcrita, basada en la que cuenda el documento del siglo XIV, es la siguiente:

"En Teruel un joven llamado Juan Martínez de Marcilla, se enamoró de Segura, hija de Pedro Segura. El padre no tenía otra hija y era muy rico. Los jóvenes se amaban mucho, hasta el punto que se hablaron. El joven le dijo que la deseaba tomar por esposa, ella respondió que el deseo de ella era el mismo, pero que supiese que nunca lo haría sin que su padre y madre se lo mandasen. Entonces, él la quiso más. El era un buen joven, pero no tenía riquezas.

El joven dijo a la doncella que, como su padre tan sólo le despreciaba por la falta de dinero, que si ella lo quería esperar cinco años él iría a trabajar por mar y por tierra, donde poder ganar dinero. Ella se lo prometió.

Peleando contra los moros, ganó pasados cinco años cien mil sueldos, por mar y por tierra.

La doncella en este tiempo fue muy importunada por el padre para que tomase marido. Su respuesta era que había votado virginidad hasta que tuviese veinte años, diciendo que las mujeres no debían casar hasta que pudiesen y supiesen regir su casa. El padre como la amaba la quiso complacer.

Pasados los cinco años el padre le dijo: Hija, mi deseo es que tomes compañía. Ella, viendo que el plazo de los cinco años había pasado y no sabía nada del enamorado, dijo que lo haría. En seguida el padre la desposó y al poco tiempo se realizaron las bodas; y el otro llegó.

El enamorado se puso tras el lecho de su amada ya desposada y le dijo: bésame que me muero y ella repuso: No quiera Dios que yo falte a mi marido. Por la pasión de Jesucristo os suplico que busquéis a otra, que de mí no hagáis cuenta, pues si ha Dios no ha complacido, tampoco me complace a mí. El dijo otra vez: bésame que me muero; repuso ella: No quiero.

Entonces el cayó muerto. Ella, que lo veía como si fuera de día por la gran luz de la habitación, se puso a temblar y despertó al marido diciendo que roncaba tanto que le hacía sentir miedo, que le contase alguna cosa. Y él contó una burla. Ella dijo que quería contar otra. Y le contó lo ocurrido y de cómo con un suspiro Juan había muerto.

Dijo el marido: Oh! Malvada, y ¿Por qué no lo has besado? Repuso ella: por no faltar a mi marido. Ciertamente, dijo él, eres digna de alabanzas.

El, todo alterado, se levantó y no sabía qué hacer. Decía: Si las gentes saben que aquí ha muerto, dirán que yo lo he matado y seré puesto en gran apuro.

Acordaron esforzarse y lo llevaron a casa de su padre. Lo hicieron con gran afán y no fueron oídos por nadie…

A la joven le vino al pensamiento cuánto la quería Juan y de cuánto había hecho por ella, y que por no quererlo besar había muerto. Acordó ir a besarlo antes que lo enterrasen; se fue a la iglesia del señor san Pedro, que allí lo tenían. Las mujeres honradas se levantaron por ella. Ella no se preocupó de otra cosa más que de ir hacia el muerto. Le descubrió la cara apartando la mortaja, le besó tan fuerte que allí murió. Las gentes que venían que ella, que no era parienta, estaba así sobre el muerto, fueron para decirle que se quitase de allí pero vieron que estaba muerta. El marido contó a todos a los que había delante el caso según ella se lo había contado. Acordaron enterrarlos juntos en una sepultura.

Los actos que aquí se hicieron fueron muchos, aquí se ha puesto tan breve como veis."

Y tras leerla una comprende la coletilla de “tonta ella y tonto él” que se le puso a los pobres amantes de Teruel, porque mueren de una forma bastante tonta (desde luego, sin la grandeza trágica de lucha contra el destino de los de Verona), y si la súplica de “Bésame que me muero” y la posterior muerte por puro dolor amoso del joven puede, si una se deja llevar, resultar tierna y conmovedora, la actitud de ella resulta un poco fría y bastante incomprensible (y la del marido ya no digamos), con lo que su muerte no tiene ni siquiera la lógica sentimental de los absurdos del amor.

En torno a los amantes ha surgido toda una Fundación que supongo que toma todo esto como pretexto para recuperar y reivindicar algo mucho más amplio que la leyenda de un amor desgraciado convertido en proverbial por la cultura y la lengua populares: ese pasado histórico de Teruel, y de paso, sus posibilidades turísticas, claro que sí. Y creo que lo están haciendo bastante bien y que nosotros los pillamos en pleno proceso todavía, porque todo estaba o nuevecito y como recién estrenado, o con andamios y cerrado por obras.

Pero lo más sorprendente sin duda es la pequeña Iglesia de San Pedro, que está pegada al mausoleo y vinculada a la historia de Juan e Isabel porque se supone que allí los velaron y a su lado los enterraron. Nada más abrir la puerta y recibir la primera impresión, a mí me llegó una emoción muy rara a la garganta, no sé si porque no me esperaba que fuera así o porque era tan bonita que su imagen casi golpeaba como una bocanada de viento.

Es una iglesia distinta a todas, porque sobre su estructura sencilla, y similar a otras iglesias, se añadió en el siglo XIX una peculiar y colorista decoración de las paredes, modernista y abigarrada como todo lo modernista, combinando colores y motivos imposibles pero que inexplicablemente, y tal vez por una acertada iluminación, logran un resultado espectacular. Lo único monocromo es, a la inversa de otras iglesias, el retablo central de madera. Pero solo por esta iglesia (que nos explicó con un también extraño entusiasmo lacónico una guía jovencita con aires de maestra) merecería la pena la visita, de verdad.



Por la tarde nos acercamos a Albarracín, pueblo rotundamente medieval, extraordinariamente conservado y completamente incrustado en la sierra con la que comparte nombre, que lo llena de cuestas y radicaliza aquel encanto de la verticalidad que en Teruel aparece de forma más suave y moderada.


Pues eso: que Teruel existe, y el que lo dude, que se acerque a comprobarlo. Dudo mucho que se arrepienta. Y si lo hace, que pruebe el jamón que nosotros no probamos, que, según dicen, seguro que se le pasa.




(Y tengo que darle mil gracias a Ubalda por las fotos maravillosas, que yo no hubiera sabido hacerlas tan bien aunque hubiera tenido en mis manos esa cámara que siempre se me olvida cuando más debería acordarme de llevarla.)

lunes, 11 de agosto de 2008

"Te joden vivo"


Yo me lancé a este libro (“Te joden vivo”, obra del psicólogo británico Oliver James) en cuando supe de su existencia, su temática y sus intenciones (demostrar la influencia determinante de la familia en la configuración de nuestro carácter para contrarrestar lo que de negativo o incluso patológico esa influencia pudiera haber conllevado), porque aborda una de las obsesiones personales que me ha acompañado tercamente durante los últimos veinte años, consecuencia de una situación también personal, supongo que difícilmente transferible y sin solucionar.

Partiendo de las teorías freudianas, pero lógicamente reformuladas, criticadas y depuradas de aquellos elementos que, a lo largo de su siglo de existencia, la mayoría de los estudiosos de la psique humana cuasiunánimamente han dado por rebatidas, el libro analiza e intenta demostrar cómo somos consecuencia del trato que recibimos por parte de nuestros progenitores en nuestra infancia. Y lo hace centrándose en varios puntos clave de nuestra personalidad (la conciencia moral, los patrones de comportamiento, la conciencia del yo, el patrón de apego), para cada uno de los cuales establece sendas tipologías que van de lo más sano, equilibrado y por tanto deseable (lo que él llama la conciencia benigna, la seguridad, la autestima, el patrón de apego seguro) a lo problemático, en toda su casuística y gradación. Aquí se sitúan las zonas oscuras del ser humano, desde trastornos más o menos leves o graves de la personalidad ( inseguridad, adicciones, depresiones, hiperactividad, insatisfacción constante, fijación oral o anal -conveniente o inconvenientemente sublimadas, claro; la fijación oral, por ejemplo, suele ser uno de los factores que hacen que una persona sea más propensa al tabaquismo-, trastornos alimentarios, conductas antisociales, patrones de apego evasivos o dependientes, conciencia débil, conciencia punitiva, perfeccionismo insaciable...), a patologías severas como el autismo, la psicopatía o la esquizofrenia.

El autor insiste sobre todo en intentar demostrar que todos estos problemas (y otras características psicoafectivas y sexuales como la homosexualidad) no son, al menos en la mayor parte de los casos, consecuencia de unas tendencias genéticas –como la mayoría de los especialistas parecen afirmar- sino del trato recibido por el niño, especialmente durante los primeros meses o años de vida.

Y todo esto lo ilustra de forma muy efectiva y amena con el repaso a los casos de personajes muy conocidos, como George Bush , Carlos de Inglaterra, Elton John, Woody Allen o Mia Farrow.



El libro es voluminoso y serio (a pesar de la impresión que en un primer momento pueda producir su título), pero se lee con facilidad (de hecho, yo me lo leí en la piscina, que es de los sitios donde más me cuesta concentrarme) y descubre, al menos a los profanos de la materia, algunas cosas que van de lo curioso, a lo deprimente o a lo esperanzador.

Así, por ejemplo para reforzar la demostración de que nuestra infancia explica muchos de nuestros rasgos psíquicos y nuestra consecuente biografía, aporta la coincidencia curiosa de que muchos de los personajes más influyentes en la historia (Napoleón, Stalin, Lenin, Gandhi, Robespierre, Danton, Ho Chi Minh), la ciencia (Newton, Darwin) o las artes y las letras( Lennon, McCartney, Rousseau, Baudelaire, Zola, Moliere. Poe, Andel, Sartre, Madonna y yo añadiría a Bécquer ahora mismo, que se me acaba e acordar) comparten el dato biográfico de la pérdida temprana de uno o ambos progenitores. Y es que la desgracia personal (o el trato “inadecuado” o más o menos traumático durante la infancia en otros casos ) suele tener como consecuencia la infelicidad sustancial y puede llevar incluso a la neurosis en sus distintos grados, pero también al desarrollo de una actividad, creativa, pública o del tipo que sea, en la que el individuo intenta inconscientemente “huir de” o compensar o acallar ese trauma, y esa actividad le lleva a veces al “triunfo social” (pero ojo: no a la felicidad). Y eso ya lo contaba muy bien Ciudadano Kane de Orson Welles.

El libro apunta que detrás de esos problemas de personalidad o incluso patologías psíquicas están lo que el autor llama cuidados poco –o nada- "empáticos" (sic) recibidos por el infante, sobre todo por parte de su madre y sobre todo durante los primeros meses y años de vida. Así, según el grado de poca empatía, según lo tempranos y prolongados de esos cuidados inadecuados (o falta de cuidados si nmás) se producirán esos trastornos proporcionalmente graves, profundos o acusados. El caso más extremo, por supuesto, será el de aquellos niños que sufren maltratos, humillaciones o abusos sexuales, que tienen todas las papeletas para terminar desarrollando las patologías psíquicas y los trastornos de la personalidad más graves.

Toda esta teoría –y sus inevitables corolarios- es peliaguda por varios motivos, y el propio Oliver James se muestra diligente en matizar o intentar limar esa “peliagudez”, consciente de cómo puede ser interpretada o incluso atacada en los tiempos en los que él la saca a la luz con la mejor de las intenciones.

En primer lugar, es peliaguda porque su teoría parece “culpar” -o al menos responsabilizar- a los progenitores de las características y trastornos de la personalidad de sus vástagos. Casi nada. Se te quitan las ganas de tener hijos de un plumazo. En este punto, el autor señala la obviedad de que esto nunca (o casi nunca) es intencionado ni conscientemente controlado –factor indispensable para que haya responsabilidad y ya no digamos culpa-, que la mayoría de los padres crían a sus hijos de la manera que ellos creen más conveniente y que no suelen ser conscientes de sus “fallos” o de por qué su trato hacia ellos resulta poco “empático” (siendo esa falta de conciencia, conocimiento y control el principal problema, claro). Es más, señala que la mayoría de los padres que dan a sus hijos un trato poco o nada “empático” es porque ellos mismos no lo recibieron en su infancia, en una especie de perpetuación y transmisión generacional de estos trastornos, por lo que algunos científicos lo achacaban a la genética, que es lo que James parece obsesionado en rebatir, recurriendo, por ejemplo, a casos de gemelos idénticos genéticamente, pero que crecieron en entornos distintos, y con cuidados por tanto distintos, lo que suele dar lugar a personalidades distintas, desmontanto así la explicación genética de esos “trastornos, sean leves o graves..


En este punto, se plantean dos cuestiones importantes y delicadas. Uno: ¿qué son cuidados “empáticos” en la práctica y hasta dónde deben llegar? El libro parece decir que si las necesidades físicas y afectivas del crío, sobre todo durante los primeros meses, no son atendidas de forma diligente y cariñosa, puede desarrollar inseguridad, ansiedad por conseguir esa satisfacción frustrada y la convicción inconsciente, oscura y tenaz de que no es merecedor de esos cuidados, y que todo eso serán sombras que se proyectarán sobre el resto de sus días, condicionando su personalidad y su comportamiento de forma incontrolable (precisamente por inconsciente). Por tanto, se plantea un difícil equilibrio entre atender a las necesidades del niño y evitar malcriarlo, equilibrio que a mí, personalmente, me parece dificilísimo tanto en la teoría como sobre todo en la práctica. James además rebate otras doctrinas psicológicas y pedagógicas que han fluctuado y se han alternado desde que el ser humano se planteó la posibilidad de sistematizar, planificar y controlar la educación de los hijos. Creo que todos hemos oído alguna vez hablar de los traumas, y hemos asistido de una forma u otra a la moda de hace unos años de no contradecir a los críos para no “traumatizarlos”, que se convirtió en un tópico absurdo e irrisorio, pero de consecuencias casi trágicas que sufrimos en la actualidad. Y también hemos oído otras teorías que defienden por ejemplo que al niño hay que acostumbrarle a horarios regulares y disciplina, y no permitir que consiga todo mediante lloros, que no se le debe coger demasiado ni hacer demasiado caso a sus numeritos (y cuyos absurdos demostraba también José Luis Sanpedro en ese libro maravilloso que es La sonrisa etrusca). ¿Qué hacer, pues? Ser madre se muestra más complicado que hacer encaje de bolillos, y no hay cursillo serio que valga, y aunque lo hubiera, serían inevitablemente efímero y contigente, porque todo es relativo y depende del color de la teoría psicológica con que se mire...

La segunda cuestión peliaguda, delicada y espinosa, es las consecuencias negativas que puede tener para el infante el ser hijo de una mamá trabajadora que, por ese mismo motivo no va a poder estar siempre para ofrecerle los cuidados físicos y afectivos completamente empáticos y que sólo una madre puede dar. Oliver James es muy consciente de las ampollas que puede levantar una afirmación como esta, corolario ineludible de toda su teoría, y se apresta a indicar que renunciar a trabajar tampoco es la solución, porque una madre que se quede con el bebé a regañadientes y sintiéndose frustrada por renunciar así a su realización personal, o a su independencia económica, o a su vida social, o a lo que sea que le aporta su vida laboral, tampoco va a ser una cuidadora demasiado empática ni que transmita al crío la sensación de que vale mucho y es merecedor de todos y los mejores cuidados del mundo. Afirma entonces James que lo fundamental es la actitud de la madre con su bebé, y recomienda elegir cuidadosa y escrupulosamente al cuidador sustitutivo para que resulte el más adecuado y que por lo que dice, no parece ser la guardería a la que la mayoría tiene que recurrir (y eso con suerte, en algunos de los casos más sangrantes ni eso es posible por circunstancias tan diversas y tan absurdas como que no hay plaza o que es demasiado cara para el nivel económico de la familia).

Y aquí llegamos al punto del que el autor es también muy consciente y que es el punto clave de todos los puntos que queramos abordar en este mundo loco en que vivimos: el dinero. Las familias que tengan el nivel socieconómicoeconómico suficiente para seleccionar, y sobre todo pagar, los mejores, más adecuados y entregados cuidadores lo tiene más fácil para criar hijos equilibrados, seguros de sí mismos, con una sólida autoestima y capaces de ser felices. Los pobres, como siempre y por si no tuvieran bastante handicap en todo lo demás, tienen muchas más papeletas en la rifa de la infelicidad, porque cada vez es más difícil que una mujer pueda no trabajar y dedicarse a criar a sus hijos a tiempo completo y de forma completa, sobre todo en las clases menos favorecidas, que son además las que tienen peores posibilidades de conciliar de una manera mínimamente adecuada maternidad y vida laboral..

Con todo, el libro ofrece un punto impoortante de optimismo, ya que plantea el análisis de todo esto como un medio para contrarrestar sus consecuencias negativas. Si algo no es genético sino ambiental, si no es innato sino adquirido, se puede, por lógica, revertir el proceso, es decir, se puede perder, modificar, atenuar. Y este parece ser el principal propósito de James, poniendo como ejemplo de superación de una infancia difícil a sus propios padres, que lo hicieron por la vía de la psicoterapia, una solución que, aun siendo imprescindible en los casos patológicos, en la práctica depende también del nivel socieconómico de la persona.



El propio libro se presenta como un medio que puede contribuir a superar esa posible influencia negativa, proponiendo una especie de “auditoría” psíquica y afectiva sistematizada sobre nuestro pasado y su proyección sobre el presente, como forma de hacernos conscientes de qué es lo que nos está condicionando y poder así modificar aquello que entorpece o incluso impide nuestra felicidad, nuestro equilibrio y nuestras relaciones con los demás, que forman parte del mismo conglomerado vital sustancial. Para ello, propone una reflexión personal que aplique los distintos aspectos que se analizan en el libro a través de preguntas muy concretas, y finalmente un ejercicio práctico a través de la escritura de un relato.


Como casi todas las teorías sobre lo humano, lo intangible, lo relativo, lo subjetivo, creo que la de Oliver James peca de reduccionista y parcial, y yo, que tengo mis sombras y mis zonas oscuras, sobre las que llevo años dando vueltas sin llegar nunca a la luz definitiva, no creo que esto explique ni solucione completamente algo tan complejo como la personalidad y sus problemas. Pero aporta cosas muy interesantes, y ya simplemente leyendo el libro yo me di cuenta de cosas que antes y sin él no se me hubieran ocurrido...

Supongo también que yo acudo a este tipo de obras buscando una especie de panacea o varita mágica que ilumine el quid de mi cuestión, y supongo que no la encuentro por el simple hecho de que no existe. Yo sé que tengo una especie de nudo dentro que me impide caminar como yo querría, y voy descubriendo los hilos que han formado la maraña, e intuyo a veces parte de lo que hizo que se enmarañara, pero sigo sin ser capaz de deshacerla.


Puede que el plantearse todo esto, y el intentar analizar el nudo, sea ya un buen síntoma y un paso en el buen camino, si es que existe o simplemente puede hacerse al andar, aunque se me pase la vida en ello y nunca parezca llegar algo así como la “paz”, la luz, la nitidez, la suavidad, la calma, el equilibrio fundamental que sé que me falta. Y sé que quizás sí, que la solución sea la psicoterapia, pero desconfío mucho de los malos psicoterapeutas, que yo sé que proliferan como las setas en otoño porque vivimos un clima de desconciertos húmedos, bosques frondosos en los que perdernos y perspectivas de negocio que son su hábitat natural idóneo. Así que, sin ánimo para buscar agujas entre tanta paja, pululo entre libros, teorías, entrevistas, páginas de internet o mis recuerdos, y me escudriño hurgando en la maraña, hilo a hilo, con torpeza a veces y no sé si con demasiado resultados, cogiendo una cosita de aquí, otra de allí, y cansándome a veces del autoanálisis, la psicología, el subconsciente, la inseguridad y sus vericuetos, y de que se me pase la vida en ello cuando sería tan fácil que se me pasara en todo lo demás, que es tan bonito y que la maldita maraña a veces me impide ver y disfrutar.

Con todo, no hay que perder la esperanza, porque James también dice que los efectos e influencia de los primeros tratos recibidos se van atenuando con los años, y no está mal que te ofrezcan alguna ventaja al cumplir años en estos tiempos de sobrevaloración atroz y cruel de la juventud , que convierte a la edad inexorable en una gran desgracia.

En fin, que el libro me ha dejado tan cansada y ahíta de tanta psicología y tanto análisis (últimamente observo a todo el mundo indagando en silencio sobre el niño que fue y que nunca dejó de ser, y dibujando hipótesis sobre el trato que debieron darle sus padres), que tengo que dejarlo reposar. Así que dejo esa auditoría personal que tanta falta me hace para un poquito más adelante. Prometo hacerla, que sé que me vendrá bien, aunque la idea me produza una mezcla de pereza y temor indefinible.

Ahora me voy a sumergir en El corazón helado de Almudena Grandes, que no pude terminar por el curso y sus ajetreos, y para el que espero que la cuenta atrás de las vacaciones –ay- sea la más adecuada oportunidad. Por cierto, la autora encabeza el libro con una cita de Ortega y Gasset muy apropiada para esto de los padres y los hijos: "Lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente"


“Las familias son comparables a una obra de teatro. Como si fuéramos personajes de ficción, a todos nos es asignado un papel estipulado en el guión y se nos dirige con mano férrea durante la interpretación, en la que lucimos el adecuado vestuario psicológico y estamos obligados a cantar y bailar al son característico de nuestra familia. Así queda patente cada vez que hay una reunión familiar... En Navidad, por ejemplo.

Durante la comida navideña, nuestros padres y hermanos exigen que interpretemos el papel que en su momento nos fue asignado.(...) Un método sencillo de comprobar esta idea es convertirnos durante la próxima representación navideña, en autores de nuestros propios diálogos, en desviarnos del guión de forma deliberada (...)

Si tenéis fama de ser tacaños a la hora de comprar regalos, haced unos presentes verdaderamente caros y ostentosos. Si sois conocidos porque nunca laváis los platos, corred raudos al fregadero después de la cena. Si os consideran un dormilón, sed los primeros en llegar a la mesa del desayuno por la mañana. Parte de la gracia de este juego radica en que los demás se esforzarán en no darse por enterados, en engar cualquier posible cambio. De la misma forma que los actores en una representación teatral se quedarían pasmados, e incluso asustados, si un miembro del reparto de pronto empezase a recitar los diálogos de otra obra, y en un principio fingirían que no pasa nada araro, así sería la reacción de vuestra famila. Cuando la diferencia resulte ya innegable, es posible que traten de aunar fuerzas e imponeros vuestro viejo papel de siempre (...) Puede que insistan en hacer referencia a episodios pasados (...) Pero, en lugar de irritarons, haced hincapié con tranquilidad en que los hechos de hoy apuntan a lo contrario. Cuando menos, la experiencia os resultará divertida. Y, ¿quién sabe?, puede que la próxima Navidad os encontréis interpretando un papel que, esta vez sí, será vuestra propia creación.


(Cualquiera que haya visto Familia, de Fernando León de Aranoa, seguramente no habrá podido evitar evocarla al leer este fragmento... )
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