domingo, 30 de noviembre de 2008

Blogger ya no me quiere


Blogger ya sólo funciona con cuentas de gmail. Yo abrí este blog (y otro anterior) con mi correo de toda la vida, de hotmail. Blogger no me ha avisado de este cambio. Simplemente, eliminó mi cuenta. Ayer no figuraba yo ni como autora ni como colaboradora ni como nada. Menos mal que está Dei, y pude crear otra cuenta, y usar el mismo nombre (en mi otro blog, como era autora única, esto ya no fue posible).

Ahora me encuentro con que todas las imágenes, todas, una a una, que he ido poniendo en mis larguísimos post a lo largo de estos dos años y medio, han desaparecido, y si quiero evitar que este sitio tenga un aspecto completamente desangelado, tengo que volver a subirlas, una a una. Y blogger es a veces lento, a veces caprichoso, a veces cabezón. Vamos, que no es tarea fácil.

Blogger empieza a caerme muy mal. Y tengo unas ganas tremendas de mudarme. Pero me da pena dejar todo esto atrás...

El amor y la lluvia


Cuando te miro a los ojos
puedo ver un amor refrenado
pero cuando te abrazo
¿no sabes que siento lo mismo?

Porque nada dura para siempre
y los dos sabemos que el corazón cambiar
y que es difícil sostener una vela
en la fría lluvia de noviembre

Llevamos tanto tiempo pasando por esto
solamente intentando matar el dolor
y los amores siempre vienen
y los amores siempre se van
y nadie está realmente seguro
de a quién está dejando irse hoy
caminando lejos

Si pudiéramos tomarnos tiempo para decir toda la verdad
podría dejar descansar a mi cabeza
simplemente sabiendo que tú eres mía
toda mía

Así que si quieres quererme
cariño, no te refrenes
o terminaré caminando en la fría lluvia de noviembre.

Necesitas algún tiempo para ti misma
completamente sola
todo el mundo necesita algún tiempo para sí mismo
¿no sabes que necesitas algún tiempo sola?

Sé que es difícil mantener abierto el corazón
cuando hasta los amigos parecen herirte
pero si puedes curart un corazón roto
no faltará tiempo para cautivarte

A veces necesito algún tiempo para mí
a veces necesito algún tiempo completamente solo
todo el mundo necesita algún tiempo para sí mismo
¿no sabes que necesito algún tiempo solo?

Cuando tus temores se calmen
y las sombras permanecen
sé que podrás amarme
cuando no quede a nadie a quien culpar

así que no importa la oscuridad
siempre se puede encontrar el camino
nada dura para siempre
nisiquiera la lluvida de noviembre

No crees que necesitas a alguien
¿no crees que necesitas a alguien?
Todo el mundo necesita a alguien
No eres el único


Mantener el amor es todo un juego de destreza y equilibrios difíciles y delicados. Entre la compañía y la independencia. Entre la costumbre y la conciencia de lo extraordinario. Entre la seguridad y la ilusión. Entre compartir y reservar. Entre decir y demostrar. Entre necesitar y dar. Entre sinceridad y delicadeza. Entre la plenitud y la necesidad. Entre compartir y guardar.Entre ser dos y no dejar de ser uno mismo.

Porque sí, tenían razón los Gun's . Mantener el amor mientras pasa el tiempo con sus problemas,es como llevar una vela en la fría lluvia de Noviembre. Porque sabemos que nada dura para siempre: ni la lluvia, ni noviembre (que hoy mismo se acaba).

Pero el amor... ¿de verdad puede durar toda la lluvia de noviembre y más allá?

viernes, 28 de noviembre de 2008

La princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?



La princesa está triste ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros escapan de su boca de fresa

Este es uno de esos principios de la literatura española tan conocidos por todo el mundo que se han convertido casi en una frase hecha. Como el “con diez cañones por banda/ viento en popa a toda vela/ no corta el mar sino vuela/ un velero bergantín”, o el “volverán las oscuras golondrinas/ en tu balcón sus nidos a colgar”, o el “Érase un hombre a una nariz pegado”, o el “¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla...” , o el “Verde que te quiero verde...” o “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...” Lo curioso es que mucha gente que conoce estos principios no tienen ni idea de cuál es su continuación y, muchas veces, ni siquiera de qué va el texto en cuestión... Pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.

Estos dos versos son el comienzo de un poema que es sonoridad pura desde su mismo título, “Sonatina”, elegido con toda premeditación y alevosía por su autor, el nicaragüense Rubén Darío, iniciador, máximo exponente e introductor en España del Modernismo, movimiento artístico y literario con que cruzamos el umbral que separaba el siglo XIX del XX, y en con el que hay que relacionar nombres como Juan Ramón Jiménez, Valle- Inclán o Machado.



Una sonata es una pieza musical, y pocos poemas hay tan musicales como éste, protagonizado por una triste princesa, melancólica, rodeada de lujos y fantasías bonitas, a la que un hada madrina alienta a esperar al príncipe que llegará para ahuyentar esa tristeza encendiéndole los labios con un beso de amor. Así que "Sonatina", palabra sonora, dulce, brillante y ligera como la libélula vana de la vana ilusión que la princesita persigue, es sin duda el mejor título para este poema, exponente acendrado del culto a la belleza formal en la poesía, y considerado como "menor" por muchos sesudos críticos oliterarios, que soportan el peso de las terribles inquietudes filosóficas e intelectuales sobre sus cabezas y lo buscan en todas partes para otorgar su aprobación.




Este poema se ha visto a veces como una pirueta meramente formal, vacía de contenido, bonita por fuera y hueca por dentro, deslumbrante forma llena de nada, anécdota estilística y muestra de la evasión extrema de aquellos poetas finiseculares, que parecían querer huir del mundo en que vivían, y de sus problemas, y de sus propios sentimientos, rehuyendo de forma radical el compromiso y el sentimentalismo para refugiarse en otro mundo, un mundo de fantasías amables y sensualidad decadente, un mundo de belleza extrema y sensorial creando en, por y con las palabras.

Y es que no está muy extendida ni la comprensión, ni el aprecio, ni siquiera la indulgencia, hacia la simple (bueno, “simple” por decir algo) búsqueda de la Belleza formal, ni hacia la creación entendida como pura creación de Belleza, en sí misma y por sí misma. Como si ese fuera un asunto menor. Que no lo es, y así nos lo demuestran los pocos estetas puros (pero solo aparentemente puros) que en el mundo han sido.

De hecho, ya Platón, quizás el primero de los grandes sabios conocidos o reconocidos, complicaba la cuestión de la Belleza y dificultaba su desprecio como algo accesorio, superficial y trivial, al situar al mismo nivel, el máximo, Belleza, Bien y Sabiduría . De todas sus “Ideas” (las realidades inmutables y eternas, invisibles pero inteligibles, ajenas a la contingecialidad y lo efímero de lo visible, que sólo se pueden aprehender directamente con el intelecto y no con los sentidos, y cuya aprehensión es la verdadera sabiduría), es la Belleza la primera. Porque la Belleza era para él también lo Bueno, o el Bien, y este sentido lo aunaba el adjetivo griego kalos, que designaba todo lo positivo: lo corporal y lo espiritual, lo bello y lo bueno.

Porque la bondad, o el bien, es la belleza espiritual, ¿o no?. Y quizás por eso la belleza sensorial pueda ser también una consecuencia, o un reflejo, o quizás hasta una parte, de la belleza moral que es el Bien. Porque, ¿puede un acto malo ser bello? ¿Puede un acto bueno ser feo? Pues ahí radica, en parte, el peso y la grandeza de la belleza, más allá del carnal, pequeño, miserable y pasajero (para algunos, ojo, no para mí) deleitede los sentidos: en que tiene sin duda un punto, quizás toda una zona de intersección, con la moral.

Ética y estética podrían estar más cerca aún que la sonoridad de las palabras que las nombran en castellano entre sí. Quien busca la Belleza, termina buscando el Bien y la Bondad. Quien busca la Bondad y el Bien, termina encontrando la Belleza. Porque "para el jazmín solo existe la estación del aroma", y quizás el jazmín sea el Bien, y la estación del aroma, la Belleza.

Y conocer la Belleza (que puede parecer una trivialidad, y algo de lo más sencillo, pero no lo es, y por eso hay horteras y horteradas y mal gusto) supone también conocer el Bien (indispensable para obrar bien, y por tanto, para ser bueno, porque si la mamá de Forrest Gump le decía aquella gran verdad de que "tonto es el que hace tonterías," bueno será el que hace cosas buenas), Por todo esto, conocer el Bien era para Platón, el colmo de la sabiduría. ¿Qué otra cosa hace falta saber? Quien conoce la Belleza y el Bien, conoce la Verdad. Aunque sí, soy consciente de que estos (Belleza, Bien, Verdad) son conceptos exóticos, desatendidos, ingenuos, contingentes y vaciados (que no vacíos) de verdadero contenido para el mundo en que nacemos, crecemos y moriremos, gobernado por la tiranía de lo efímero del usar, tirar y renovar, y el relativismo radical y salvaje que coquetea peligrosamente con el nihilismo.

Los grandes dandys del XIX fueron los primeros en reivindicar explícitamente la aspiración a la belleza formal en sí misma, porque antes se la había reivindicado como medio o excusa para otra cosa.

Por ejemplo, en el Renacimiento del XVI se impuso la búsqueda de la esencia de la Belleza del mundo, y de su plasmación por medio del arte, que debia imitar sólo la belleza de la realidad, depurándola de sus defectos, es decir, idealizada. Y era esa idealización la que daba su sentido al arte, porque ¿para qué inmortalizar los defectos, lo feo lo malo?. El arte debía ponernos en contacto con lo bello, no con lo feo, como un reflejo de la Belleza de Dios o un síntoma del orden universal. Por tanto, la Belleza era el reflejo de algo así como la verdad inmutable que rige el universo en su perfección duradera por siglos y siglos, más allá de lo perecedelo de los seres llenos de defectos y fallos que lo conforman generación tras generación. Conocer la Belleza era para ellos conocer la esencia del mundo y su orden asombroso. Porque pensaban que el mundo era, en esencia, bello. Grandes optimistas, los hombres del Renacimiento. Pero es que en su época, el mundo, su mundo, iba razonablemente bien.

Sin embargo, sólo un siglo después, en el Barroco del XVII, poetas como Góngora exageraban y retorcían la belleza de las obras de arte como una forma de sorprender al espectador y así eludir con él una realidad insoportable, la un país en sumido en una decadencia y una miseria atroces que llevaban a concebir la vida como un breve camino de sangre, sudor y lágrimas hacia la muerte.

Los dandys del XIX (como Wilde o el propio Rubén Darío) fueron, pues, los primeros en reividicar abierta y explicitamente la belleza formal en sí misma, por sí misma y para ella misma, no sólo en sus obras: también en su aspecto, y en sus actos, y en su vida ("Ama tu ritmo y ritma tus acciones", le dirá el maestro Rubén Darío al entonces joven poeta Juan Ramón Jiménez), y de ahi su obsesión, insólita hasta entonces en la masculinidad, por la elegancia de atuendo, palabras, gestos y poses, o su gusto por lo lujoso y lo aristocrático, y por todo lo calculadamente artificial, como forma de crear esa belleza de formas que buscaban. Y por ello los poetas modernistas, con Rubén Darío como insignia y bandera, fueron desprecidados y calificados de superficiales, triviales y vacíos ya en su época, pero también en épocas posteriores, incluso por algunos rigurosos estudiosos de la literatura, de los que se arrogan el derecho de colocar a cada uno en su sitio.


Sin embargo, a pesar de su voluntad, declarada hasta la saciedad de buscar y cultivar esa Belleza ajena a todo lo demás, inevitablemente hacían un poco lo mismo que habían hecho sus predecesores en el culto de la estética. Porque la búsqueda y reivindicación de la Belleza conlleva toda una actitud ante el mundo y ante la vida. Es decir, toda una metafísica y toda una ética. O sea, toda una filosofía. Como casi todas las decisiones esenciales que uno toma en la vida.

Rubén Darío, y otros dandys finiseculares que algunos calificaron de “modernistas” (la etiqueta anglosajona la desonozco, lo siento, soy víctima de la parcelación del estudio del sistema universitario que me formó y que no me he preocupado de superar) reivindicaban la belleza, quizás sin querer, como una forma de rebelión frente al mundo, su mundo, el del incipiente capitalismo industrial, y su carácter gris, prosaico, materialista, y práctico, que despreciaba todo aquello que no fuera útil o no conllevara algún beneficio o provecho material. Ellos se consideran espíritus refinados e incomprendidos en un mundo que no les gusta, y quieren utilizar su arte no para protestar contra él, ni para denunciarlo, ni siquiera para expresar su malestar. Quieren utilizarlo para crear, cada artista con su medio (el de los escritores será la palabra) un mundo de “belleza inútil”, la belleza inútil que ellos no encuentran en ese mundo prosaico y utilitarísta que no sabe ver más allá de la materia y su provecho. Y esa belleza inútil es la que eleva el espíritu más allá del provecho de la materia miserable, y le pone en contacto con una realidad mucho más elevada y eterna que la gris prosa de lo cotidiano.

Y así, en los versos de Rubén Darío no aparecen los personajes ni los lugares ni los hechos que poblaron su vida, sino que acogen un mundo de fantasía, de esa fantasía amable y naif que roza sin pudor (y a veces se sumerge en) lo cursi y lo estereotipado (un poco como mi avatar): princesas, hadas madrinas, palacios orientales, poetas renacentistas, galantes guerreros medievales, carros con alas, unicornios, lujo, refinamiento, colores, sedas, aromas, fragancias, esdrújulos, metáforas, exotismo, visones, jardines decadentes, galanteos entre damas y aristocráticos caballeros, bailes en salones ebúrneos o en terrazas fragantes, al son de violines sollozantes, lunas, pierrots, colombinas, lagos de azur y, sobre todo, cisnes, siempre cisnes, por todas partes y con cualquier excusa (de hecho, la generación posterior que quiso romper con el Modernismo en Hispanoamérica proclamaría que ya era hora de “torcerle el cuello al cisne”). Los bellos y elegantes y aristocráticos cisnes blancos cuyo cuello traza una interrogación. La gran interrogación.


Porque tras esa necesidad de la belleza, que en algunos momentos se revelará como angustiada, late la insoportable levedad del ser y la angustia por una vida que se va, y que uno nunca puede como querría, que sería sin tener en el horizonte la muerte y sus enigmas. Todos los grandes estetas fueron en el fondo (y muchos de ellos también en las formas) vitalistas atormentados por la certeza de la muerte, por la conciencia de nuestra insignificancia y sus miserias, que buscaban en su vida el mismo deleite sensorial que parecían lograr con sus poemas. Y lo buscan, claro, para huir. Para huir de lo insoportable. Para llenar o para tapar o para olvidar el vacío. Para evadirse de lo fatal.

Góngora llegó a tener problemas muy serios por su afición al juego y al vino; Darío tenía también una peligrosa inclinación al alcohol y a las mujeres. Y a todos se les escapa, a veces, entre poema y poema, la angustia cenagosa que tratan de tapar con las rosas de la belleza. El propio Rubén Darío llegó a expresar abiertamente su sentida contradicción vital entre la carne que tienta con sus frescos racimos y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos. El desenfreno de los sentidos para atrapar la vida y olvidar la muerte. El llenarlo todo de adornos e inutilidades para esconder la nada. Y lo hicieron muy muy bien. Tanto, que nos han dejado alguno de los poemas más bellos (no emotivos, no profundos, no escalofriantes, no reveladores: simplemente bellos) jamás escritos.

Y es por eso (pero no sólo por eso) que yo reivindico a estos poetas a los que muchos han criticado y despreciado por hacer aparentemente simples piruetas verbales y sonoras que no dicen ni expresan, en realidad, nada. Por solamente saber crear belleza, obviando que no todo el mundo tiene el don de poder crearla, ni todo el mundo tiene el interés o la capacidad de saber -o querer, o poder, que siempre acaban confluyendo estos verbos- contemplarla.

Y por eso, pero no sólo por eso, no quiero que falte en este blog esta rosa robada, este poema que solo se puede paladear completemente al leerlo en alto, porque es, al margen de lo que dice, música, pura música mágica, que amansa a las fieras y por algo será.

Porque a ver quién es el chulo que es capaz de hacer algo tan “simple” como esto.


Porque es bonito, y las cosas bonitas son las que hacen la vida más bonita, y una vida bonita es la única que merece la pena.

Porque no quiero dejar de saber contemplar la belleza. Porque es bonita, y porque quizás tengan razón aquellos que creían que con ella pueden venir el Bien y la Verdad. Aunque ya no estén de moda en nuestros días.


Porque el fondo se refleja en la forma, pero a veces también la forma moldea el fondo, y conseguir una bonita forma puede ser una forma de conseguir un bonito fondo. Porque sigue sin estar claro, y me temo que nunca lo estará, qué fue primero, el huevo o la gallina, la idea o la palabra, el fondo o la forma, el Bien o la Belleza.

Y porque la belleza, dicen, está en el ojo del que mira. Pero hay que saber mirar. Y para ver la belleza hay que entrenar la mirada. Y esta puede ser una buena forma de empezar:

La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconda o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las islas de las rosas fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volara a la tierra donde un príncipe existe,
?la princesa está pálida, la princesa está triste?,
más brillante que el alba, más hermoso que abril!

«Calla, calla, princesa ?dice el hada madrina;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».


domingo, 16 de noviembre de 2008

Ha de helarte el corazón



Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios,
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.


Antonio Machado


Con esta cita encabeza Almudena Grandes esta novela que habla, sobre todo, de las heridas y la mierda que dejó la Guerra Civil. Y yo al oír el título ni lo había relacionado con los versos de Machado, republicano declarado que sufrió en primera línea los embites de aquellos días tremendos del 36, año en el que moriría fuera pero cerca de España, palabra que a partir de entonces ya nunca podría volver a ser la misma.

Me gusta mucho como escribe Almudena Grandes. Me gusta como coloca las palabras una tras otra, aunque (o tal vez porque) como yo (salvando las enormes distancias, por supuesto, que no pretendo ser pretenciosa) es muy dada a llenarlo todo de adjetivos, enumeraciones, incisos, aclaraciones que alargan las frases casi hasta el paroxismo. Y esto, que en mí es defecto (lo sé, lo sé, pero no sé cómo evitarlo, lo juro) en ella se convierte en virtud. Al fin y al cabo, por algo ella es escritora. La síntesis tampoco está entre sus virtudes, porque todas sus novelas son siempre novelones, desde Malena... hasta esta, que nos presentan como la más ambiciosa, la más premiada e incluso la mejor de entre las suyas. Yo tanto no me atrevería a decir. Es que no se me da nada bien hacer rankings...

Me costó mucho terminarla, en parte porque la comencé el curso pasado, y mis lecturas durante el curso se salpican de otras lecturas obligadas, y ni mi ritmo de vida ni mis neuronas están para demasiado malabarismos con la atención. Y esta novela, necesita muuuucha atención y continuidad en la lectura, porque tiene una estructura complicada (y muy acertada para la historia que cuenta, que gana así en emoción e "impacto"), con muchísimos personajes, varias voces narrativas que se alternan y continuos saltos temporales (e incluso saltos desde el salto), que hacen que como leas con cierta discontinidad de repente no sepas situarte, no te aclares con los personajes ni con las situaciones y tengas que saltar, tú también, por si tanto salto fuera poco, hacia atrás.

Se nota que la escritora se ha documentado para contar esta gran historia, que lo es. Pero también se nota siempre y tal vez demasiado, su intención, su mirada, sus simpatías, y que los personajes son criaturas que ella crea así por una razón. El Álvaro Carrión de esta novela, en sí mismo y al margen de sus circunstancias, tampoco es tan diferente del Juan Olmedo de Los aires difíciles, y Raquel Fernández Perea es una buena chica sin más y sin fisuras. Los dos están marcados por su pasado familiar, a la vez marcado por una guerra civil que ellos conocen simplemente de oídas, pero cuya sombra llega a proyectarse, claro, sobre ellos. Julio Carrión, el padre, el cínico y el traidor, es quizás el personaje más interesante (literariamente hablando), porque todos los exiliados son, simplemente, buenos.

Tiene alguna escena de esas que te atrapan y se te quedan por lo acertadas y lo bien contadas que están (el entierro del principio, por ejemplo, o la visita de Ignacio con su nieta al traidor Carrión, contado desde la perspectiva de la niña que ve, por primera vez en su vida, llorar a su abuelo).

En fin, que es una buena historia muy bien contada y muy bien escrita. Pero no es una de las novelas de mi vida, ni creo que vuelva a leerla, y no he subrayado ni copiado ningún pasaje (que en mi caso es lo que marca la diferencia entre los libros que hago míos y los que no). Así que no puedo hacer otra cosa que aplaudirla, pero desde la distancia.

Aunque repito que me gusta mucho como escribe la Grandes.

viernes, 14 de noviembre de 2008

Visa para un sueño



Cuántos han buscado visa para un sueño, y la han encontrado, ilusionados y expectantes, sintiéndose dueños de su principio y tocados por el aura dulce de la buena fortuna. Y han tenido que asistir al proceso insólito y traidor por el que el sueño se convierte en pesadilla, en fraude, en timo. Porque han invertido todo, lo visible y lo invisible, lo que tenían y lo que querían tener, el cuerpo y el alma, en algo que se ha convertido en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada, y ahora a ver dónde encontramos visa para escapar. Porque los últimos en llegar son los primeros a por los que van cuando las cosas se ponen mal.

Hace mucho tiempo que dicen por ahí, aunque a nadie le gusta escucharlo, que hay que tener mucho cuidado con lo que se desea, porque puede hacerse realidad, y que pobre aquél cuyos deseos se cumplen, y que hay más lágrimas en el cielo por las plegarias atendidas que por las desatendidas.

Claro que no creo que los que dicen estas cosas se acuerden de los verdaderamente desesperados cuyo sueño, para el que buscaban y esperaban su visa, era simplemente vivir con dignidad. O más aún: vivir, sin más.

En todo caso, desde que la oí por primera vez, hace unos 20 años, que han pasado también como un sueño para el que no tuve que buscar visa (porque ni siquiera me creía que serían eso, un sueño), siempre me ha gustado el ritmo de esta canción y muchas noches de viernes, como esta, me hizo bailar.

Feliz fin de semana.

Pero por si acaso, tened cuidado con los sueños. Y con la realidad.

jueves, 6 de noviembre de 2008

Destino o voluntad



En la tragedia clásica, un héroe, dotado de las mejores cualidades, que le hacen superior al resto de los mortales, termina inexorablemente mal simplemente porque los dioses así lo han decidido desde su nacimiento. Ese fatum, destino riguroso e injusto dictado caprichosamente por temibles deidades desde el principio, pesará sobre el resto de sus vidas haciendo inevitable el horror incluso para ellos, que son verdaderos héroes, sin que puedan hacer nada contra el designio de los dioses, por más que lo intenten. Que lo intentan. Porque su voluntad nada podrá frente a la fuerza del destino, en su sentido más estricto y despiadado (y esto de si la voluntad puede superar o vencer al destino es una cuestión universal, interesantísima y compleja, pero que deberá ser tratada en otra ocasión...).

Así, por ejemplo Edipo, a pesar de ser noble, recto y tan sabio como para ser capaz de resolver el enigma de la Esfinge, cumplirá el destino terrible de cometer el crimen atroz de matar a su padre y casarse con su madre (convirtiendos en símbolo y nombre del conocido complejo) por una mezcla trágica de desconocimiento y azar, y Aquiles morirá por una herida de dardo, tal como le dijo el oráculo a su madre cuando nació, a pesar de que esta lo bañe en un río que le haría invulnerable, olvidando mojar en él el talón por el que lo sujetaba, que se convertirá así en su único punto débil, en el que se clavará el dardo fatídico. Los héroes griegos suelen conocer su destino, y aún así, no pueden escapar de él.

El final de la tragedia, pues, está anunciado desde el principio, y el público lo conoce, bien porque contemplan cómo los propios personajes lo descubren consultando oráculos, bien porque hay un coro o una voz narradora que comenta lo que ocurre. Y este final trágico se anuncia la mayoría de las veces desde el principio mismo de la obra, tanto en las grandes tragedias griegas como también en tragedias posteriores, en las que ya no son los dioses sino otras las fuerzas que conducen fatídicamente hacia él.


Por ejemplo, Romeo y Julieta de William Shakespeare, comienza con el coro diciendo:

En la bella Verona, lugar de la acción, dos familias, iguales en dignidad, inician nuevas guerras por antiguos odios, en las que sangre de ciudadanos mancha manos de ciudadanos. De las fatídicas entrañas de estos dos enemigos, nace una pareja de amantes con mal sino, cuyas desventuradas y lamentables desgracias sepultan con su muerte el odio de sus padres. El terrible desarrollo de su amor, marcado por la muerte, y la larga cólera de sus padres, que sólo pudo terminar con la muerte de sus hijos, ocuparán las dos próximas horas...

¿Alguna duda sobre cuál será el desenlace de la historia?

Y un poco después, en España, el prolífico Lope de Vega escribirá El Caballero de Olmedo, cuyo final aciago venía sugerido de forma contundente, para el numerosísimo público de atestaba los corrales de comedias donde se representaban sus obras, desde el mismo nombre y título de la obra, que aludía a una archiconocida seguidilla de cinco versos, que le sirvió de inspiración para construir, con la maestría que le convirtió en el primer escritor de masas (o casi) de nuestra historia, toda una obra de teatro:

Que de noche lo mataron
al caballero
la gala de Medina
la flor de Olmedo.

Y en contra de lo que pudiera parecer, este anuncio del final ya desde el mismo comienzo no restaba emoción a estas obras; al contrario, ahí residía su intríngulis, su fuerza, su gracia (aunque sí, maldita la gracia que tiene el asunto). Porque el público asistía con el corazón acongojado a ese caminar inconsciente del héroe hacia su propio destino incluso cuando intenta escapar de él. Seguramente con ganas de avisarle, de que Edipo no mate a su padre antes de saber quién es, de que descubra quién es su madre antes de casarse con ella, de que Aquiles no vengue temerariamente la muerte de Patroclo, de que la carta informándo sobre la falsa muerte de Julieta llegue a Romeo, de que éste espere un segundo más antes de beberse el veneno, de que el caballero de Olmedo no vaya esa noche de vuelta a su lugar natal tras ver a su amada.

Pero no sólo al principio de la obra se anuncia ese trágico final. A lo largo de toda ella, hay alusiones que vuelven a anunciar y a recordar lo que aguarda al héroe, resaltando su carácter inevitable, a través de referencias a él, que muchas veces los personajes hacen pero con otro sentido, sin ser conscientes de su otro significado, que el público, por supuesto, sí conoce. Esto es lo que se llama “ironía trágica.

Por ejemplo, Julieta se despide de Romeo cuando éste marcha al destierro y le dice algo así como que “le parece ver su cara como en el fondo de una tumba”. Y las metafóricas palabras que dice el propio Romeo o Alonso, el caballero de Olmedo, para expresar su amor (del tipo “muero por ti”, “prefiero la muerte antes que no verte”, "pagaré gustoso el precio de la muerte si es necesario para tener tu amor" y cosas por el estilo, comunes en el lenguaje amoroso de la época), cobran nuevo sentido, irónico y trágico, para el público que conoce ese final que el personaje ignora.

Y a lo largo de El Caballero de Olmedo se compara al mismo Alonso, para ensalzarlo, con personajes como Héctor o Leandro. Prototipo de la nobleza y la virtud el primero, del enamorado dispuesto a todo por su dama el segundo, pero muertos trágicamente víctimas de su propia grandeza los dos. Como le ocurrirá al Caballero. Y en el colmo de la ironía, a modo de último aviso inútil, la noche de su muerte, Alonso, el Caballero de Olmedo, oirá como un fantasma le canta la seguidilla que lo inmortalizará como héroe y que cuenta lo que está a punto de suceder.

La ironía trágica aparece a veces en la vida. En la nuestra, quiero decir. Sobre todo cuando la vida se convierte en tragedia. A veces, tras la desgracia, el recuerdo parece querer reconocer los signos que nos avisaban de ella reforzando su carácter fatídico, es decir, decidido previamente (aunque nunca esté claro por qué o por quién... eso ya se deja a la fe y las creencias personales, que fácilmente se confunde con la imaginación, pues son tan irracionales como ella... unos hablan de destino... otros hablan de Dios...). O circunstancias evidentes a las que en su momento no se les hizo caso. O avisos. O personas que se fueron y murieron a causa de lo que siempre temieron. O creemos recordar que en algún momento parecieron despedirse. O percibimos que tenían rasgos en común con otro al que le había pasado lo mismo antes.... En fin, cosas así. Porque insisto en que muchas veces recuerdo e imaginación no se diferencian tanto, y recordar se convierte en recrear, en su sentido etimológico de crear de nuevo.

Son días estos que los informativos visten de comienzo. Un comienzo en el que se mezclan la ilusión, la desconfianza y quizás para algunos, los más implicados, algo de miedo. Se oyen comparaciones de Obama, el héroe prometido y esperado, con Kennedy. Y se habla de la materialización del sueño de Martin Luther King. Y estas comparaciones se hacen conscientemente, por quiénes fueron, por lo que buscaban y por cual fue su final. Y han surgido ya chistes que satirizan muchas cosas del nuevo presidente (su condición de negro, el carácter “heroico” -casi “mesiánico”- con que él se nos presenta -o con el que nos lo presentan-, la desconfianza hacia lo que pueda conducir su gestión) , pero también sobre la posibilidad de un final trágico en el sentido más clásico, posibilidad nada descabellada y que no es necesario ser pitonisa para intuir (En la puertas del cielo, San Pedro está recibiendo a los recién llegados y le pregunta al siguiente en la fila: “¿Y tú quién eres y qué hiciste en la Tierra?”. “Soy Barack Obama y fui el primer presidente negro de Estados Unidos”. “¡Un presidente negro en Estados Unidos! ¿Cuándo fue eso?”. “Hace una media hora”).

¿Ironía trágica? El tiempo, y sólo el tiempo, como siempre, lo puede decir.

Hoy nuestros destinos no vienen decididos por dioses caprichosos que podemos consultar en oráculos. Pero muchas veces, los destinos de nosotros, pobres mortales, están tan decididos y son tan inexorables, aunque no seamos héroes ni tengamos tanta fuerza ni quizás tanta voluntad, como aquellos que afrontaban los clásicos.¿Y quién o qué decide y marca ese destino? Las circunstancias (y menudas circunstancias las que afrontamos ahora, y las que afronta el recién estrenado presidente). Pero también los hilos oscuros que convierten en títeres inconscientes incluso a algunos héroes que creen vivir una tragedia y terminan viviendo una farsa. Y que a a veces, hasta llegan a saberlo y se resignan a aceptar.

Todavía no sabemos si Obama puede ser un héroe o se quedará en títere. Todavía no sabemos si esto será una tragedia (cuyo final aciago puede ir desde el fracaso de sus naves frente a los elementos, a la muerte...) o una farsa protagonizada por títeres de cartón piedra mediático y maquillaje hasta en el alma, que nunca son lo que parecen y cuyos hilos mueve alguien que no se ve. Porque en estos nacimientos lo importante, el más temible de todos los fatum posibles, es "la mano que mece la cuna".

Ojalá fuera posible que esta historia no se convierta ni en tragedia ni en farsa, sino en algo distinto, nuevo, todavía sin etiqueta. Una verdadera hazaña para un verdadero héroe, que como los clásicos, intente (pero esta vez logre) vencer al destino a fuerza de voluntad.

¿Querrán? ¿Podrán? ¿Será cuestión de destino o de voluntad?



lunes, 3 de noviembre de 2008

Cuentos II. De la sabiduría.


Descubrí a Gibran hace muchos, muchos años; casi en el tiempo en el que lo descubrí todo.

Un día, un perro sabio pasó cerca de un grupo de gatos. Y viendo el perro que los gatos parecían estar absortos, hablando entre sí, y que no advertían su presencia, se detuvo a escuchar lo que decían.


Se levantó entonces, grave y circunspecto, un gran gato, observó a sus compañeros.

-Hermanos -dijo-, orad; y cuando hayáis orado una y otra vez, y vuelto a orar, sin duda alguna lloverán ratones del cielo.


Al oírlo, el perro rió para sus adentros, y se alejó de los gatos, diciendo:


-¡Ciegos e insensatos felinos! ¿No está escrito, y no lo he sabido siempre, y mis padres antes que yo que lo que llueve cuando elevamos al Cielo súplicas y plegarias son huesos, y no ratones?




K.G


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