miércoles, 31 de diciembre de 2008

He visto a la muerte como a un ave extraña...


Esta vez no planeaba en silencio sobre los caminos; no, esta vez estaba inmóvil, esperando su momento. Kevin Carter hacía esta foto en 1993 durante la gran hambruna de Sudan. Un año después recibía el premio Pulitzer. Dos meses después de recibir el premio, el fotógrafo se suicidaba. Apenas contaba 33 años. La foto le hizo famoso en el mundo entero, pero él personalmente la aborrecía: es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.

¿Por qué no la ayudo entonces? Muy posiblemente porque la niña era ya un cadáver que se arrastraba. Muy posiblemente, por la misma razón por la que nosotros tampoco lo hubiéramos hecho. Estaba, estamos anestesiados, agradeciendo todos los días la suerte de tener lo que tenemos, de procurar barreras para que no nos lo quiten, de exigir a los gobiernos que esas barreras sean cada vez más altas, más fuertes (puesto que nos han enseñado, que legítimamente lo nuestro es nuestro). Al mirar esa imagen y muchas otras, solo podemos pensar: menos mal que nosotros estamos aquí, lejos, a salvo. No se nos pasa ni por un instante por la cabeza, un sentimiento de ayuda, a no ser que no sea aquello que nos sobra y que entregamos a cualquier organización que nos lave la conciencia, siempre que no tengamos que hacer mucho esfuerzo para entregarlo. Él no ayudo a esa niña por la misma razón que nosotros. Él se compadeció de ella, nada más; lo mismo que hacemos nosotros.

Hoy, 1.000 millones de personas en el mundo, se mueren literalmente de hambre. Son los desechos de nuestra forma de organización social, los excedentes, los daños necesarios para que nosotros podamos vivir como vivimos. Nadie nos ha otorgado ningún derecho de superioridad sobre esos seres humanos, pero de manera inconsciente pensamos que sí. Que nosotros tenemos derechos que ellos no tienen, por alguna causa cósmica o religiosa de carácter superior. Que de alguna manera, nosotros somos los elegidos.

2.500 millones de personas pertenecientes a la raza humana, viven con menos de 1,50 euros al día en el mundo; es decir, casi la mitad de la población se muere de hambre y carece de la mínima dignidad que le pertenece a un ser humano. Eso lo hemos conseguido nosotros solos, hemos sido dueños de nuestra forma de organización social. Podíamos (a lo largo de la historia) haberlo hecho de otra manera, pero elegimos ésta, y ahora solo dependemos del azar, de la suerte de nacer aquí y no allí, más allá del abismo. Como dijera Groucho: partiendo de la nada, hemos alcanzado las más altas cotas de la miseria.

Pero a la pobreza le gusta viajar y quedarse en los sitios donde se encuentra cómoda. La pobreza también ha visitado y se ha quedado en mi “querido” país (rico entre los ricos, octava potencia del mundo según algunos. Orgullo de nuestros líderes). Hoy, podemos presumir que también hemos sido capaces de conseguir que haya en España 500.000 personas que viven en situación de extrema pobreza, y más de 8.000.000 millones en pobreza relativa y riesgo de exclusión. Afortunadamente yo, y vosotros, no estamos ahí. Otra vez tuvimos suerte.

Hoy, después de hacer las colas en el supermercado y de fastidiarnos porque la mujer que estaba delante en la cola, se haya llevado los últimos langostinos frescos o que no haya la marca de sidra que le gusta al abuelo, nos sentaremos a comer nuestros ricos productos, mientras oímos en el telediario que hay crisis en el mundo y que los bancos lo están pasando mal y que por consiguiente, nosotros deberemos apretarnos el cinturón.

Bien, mientras eso pase, mientras yo me lleve el tenedor a la boca, la única manera de que un crío tenga algo que beber en algún lugar del seco suelo africano, será ésta:

Yo, mientras tanto, seguiré inmóvil, sin hacer nada, ni ahora ni nunca, y seguiré pensando la suerte que tengo, de que él, no sea yo, es más, él no puedo de ninguna manera ser yo. Pensaré en el abrigo que vi el otro día, a ver si hay suerte y no me lo quitan en las rebajas. Seguiré, por lo tanto, siendo el ser más despreciable, un ser inmoral, capaz de vivir gracias a la miseria del mundo, y seguiré anestesiado para no tener que suicidarme. Eso sí, sé que no estoy solo, sé un ejercito de seres sin conciencia me acompaña en este tránsito, y eso me consuela.

Feliz año a todos y buena noche.

Yo te desafío, pobreza. Con duros versos te golpeo el rostro, te embarco y te destierro. Yo con otros, con otros, muchos otros, te vamos expulsando de la tierra a la luna para que allí te quedes fría y encarcelada mirando con un ojo el pan y los racimos que cubrirá la tierra de mañana.
P.Neruda


Año viejo


El año que hoy se nos ha quedado viejo no ha sido un año cualquiera. A pesar de que tantas cosas siguen como siempre (y a los telediarios me remito), y obviando pequeños detalles como que a Bush le ha ganado Obama, ha sido toda una inflexión en el signo de los tiempos. Del consumismo alegre, irreflexivo y obligado, hemos pasado, sin transición ni preparación, a la incertidumbre que palabras como crisis o recesión abren en el horizonte para el 2009 y casi seguro más allá.

Pero para mí, el año que hoy, de golpe, se nos queda viejo, ha sido el año en que...

… se murió mi abuelo Plácido, plácidamente,, haciendo honor al designio abierto por su nombre y apurando la vela de su vida hasta que consumió su última gota

… me consolidé en mi nueva vida a 700 kms del lugar en que nací, me acostumbré a viajar todos los días, empecé a sentir mi nuevo instituto y sus gentes como míos, y hasta cogí alguna cosilla de la forma de hablar aragonesa (sin perder, por supuesto, mi acento gallego, ahora quizás más que antes parte muy importante de mi identidad).

… cumplí 36 años.

… volví a pintar, por un arrebato loco de un Dei desconcertado por mi cumpleaños, aunque el ajetreo de hoy por una cosa y mañana por otra no me deje ser todo lo constante que haría falta para mejorar.

…nos enamoramos de Lisboa, que dos viajes en un año a la cuna del fado no los hace cualquiera.

… me tocó ser tribunal de oposición, y por tanto, vivir un verano simétrico a aquél otro, tan lejano ya, en que era yo la que opositaba.

…nos perdimos la Expo de Zaragoza, aunque arañamos allí algún que otro buen rato.

… Dei se volvió híper, dándonos a los dos y a nuestros alrededores un susto bastante gordo, y haciendo que no pudiéramos ir a Turquía a hacer el mismo recorrido, y con la misma compañía, que luego tendría un accidente de autobús, y librándonos de coger un avión unos días antes de que otro se estrellara en Barajas. Aunque a cambio comprobé, por fin, que es verdad que Teruel existe y no es sólo una leyenda urbana para vender jamón.

…se celebró la Olimpiada de Pekín, que nosotros seguimos algunos días en Madrid, en casa de los Ubaldos, que nos refugiaron gentilmente en cuanto nos convertimos en unos parias sin plan para las vacaciones por un hipertiroidismo cuyos avisos no supimos escuchar,

…decidimos formalizar nuestra situación y abandonar la ilusión de vivir en pecado, rindiéndonos a domesticarnos dando un saltito por el aro de la burocracia. Pero la propia burocracia nos paró los pies. Y así terminamos el año: esperando por el aro.

Mich llegó a nuestras vidas para, metonimia a metonimia, hacer que Dei se encaprichara con la idea insólita de tener perro, en un piso pequeño, sin tiempo para nada, con cierto interés por viajar, y cuando yo soy perezosa, y friolera, y amante de los días enteros en pijama aunque sea de vez en cuando, y de esto olvídate cuando tienes un perro que te exige paseos completa y absolutamente inaplazables.... ays, pero es que son tan monos.... En fin, ya se verá.

...volví a salir en Fin de Año, y a ponerme lo más “festivo” que tengo para ir al pub de todos los días, y dar besos a troche y moche para desear feliciano a los de siempre- pero menos, porque muchos ya no quieren ni oir hablar de salir en esta fecha-, tal vez incluso con matasuegras y guirnaldas, como en los viejos tiempos.... (el cómo resultará la experiencia , será otra historia y deberá ser contada en otra ocasión.)

... aprendí un poquito más sobre qué cosa es esa del ser feliz y la paz con uno mismo. Sigo estudiando la teoría, y sigo haciendo mis prácticas, aunque sé que en esto no soy una alumna aventajada, y lo de que esta carrera pueda tener fin y titulación me suena realmente a leyenda urbana. Pero bueno, no hay camino, se hace camino al andar, y al volver la vista atrás, se ve la senda... En fin, que ahí estamos: caminando, ladren o no.

Feliz fin de año , que pueda más la ilusión que la nostalgia, que a veces, en días como este, les da por echar un pulso, y que el año que estrenaremos en unas horas lo sea aún más.


Y para ti, este año que hoy, de golpe, se nos queda viejo, ha sido el año en que....

lunes, 29 de diciembre de 2008

Y volver, volver, volveeeeeer...


... a Lisboa, otra veeeez...

Y es que en el puente de Diciembre nos quedamos sin plan. Así que apenas cinco días antes, Dei me dijo que nos fuéramos a Lisboa (donde estuvimos en la Semana Santa de este mismo año), y como es tan persuasivo, y tiene esa labia que no sé de dónde la ha sacado, me convenció. Eso sí, esta vez, nos compramos guía y todo, y hasta planificamos un poquito previamente lo que queríamos ver.

El viaje lo hicimos el viernes, en coche y con atasco, tal y como toca en estas ocasiones diga lo que diga la crisis, y llegamos a la capital portuguesa bien entrada la noche, así que la encontramos llena de luces, emocionados, contentos y guiados por un navegador que parecía o de juguete o de broma, por lo que tuvimos que dar un par de vueltas antes de dar con el hotel, situado en la Plaza de España. Luego daríamos otras cuantas vueltas para encontrar un sitio adecuado donde dejar el coche, porque el que elegimos nada más llegar se convirtió enseguida en escenario de un botellón con churreria incluida que nos daba no sé qué. Y entre tanta vuelta y vuelta, la primera noche se nos quedó en poco más que una cenita en el hotel y un paseo por la manzana, para llenarnos bien del aire de esta ciudad de nuestros amores.

El sábado bajamos hasta el centro dando un paseíto, que pronto se convirtió en paseo bajo la lluvia, por lo que Dei tuvo que comprarse su primer paraguas (a sus años... ser maño es lo que tiene). La Avenida da Liberdade, amplísimo bulevar decimonónico de suelo “estampado”, fue el primer lugar emblemático con el que nos reencontramos.
Luego ya, las calles, plazas y callejas, las subidas, paseos y bajadas, los azulejos, los tranvías y los balcones, los bares, las vendedores y el bullicio. Y los turistas españoles, claro, que abundaban por tooooodas partes. La lluvia que iba y venía, pero se quedaba siempre como amenaza, hizo más que tentadora la idea de coger el bus o el tranvía turístico. Tan tan tentadora, que los cogimos todos (hay cuatro), porque además tienen la ventaja de que te dan una visión global y comentada de lo que es la ciudad.

El primero en que decidimos subirnos fue en el autobús que hacía la ruta que no habíamos cogido en Semana Santa, y que nos descubrió que la zona de la Expo, dedicada al mar, tiene muchos más atractivos de lo que nos parecía de lejos y de oídas, aunque lo apretado de nuestra agenda turística nos hizo dejarla para otra ocasión, sirviendo así de óptima excusa para que haya otra ocasión (que la habrá, sin duda, y la habría incluso sin una excusa). Es una zona de Lisboa completamente distinta de Alfama, Barrio Alto, Chiado o incluso a Baixa, que tienen ese encanto de lo viejo y lo decadente acogiendo lo nuevo y sosteniendo la vida. Aquí solo hay edificios nuevos y tremendamente modernos, en los que predominan los tonos blancos, azules y verdosos dominantes en cualquier paisaje marítimo. Por ejemplo, un acuario oceanográfico enorme, un inmenso centro comercial, un auditorio, o la estación de tren diseñada por Calatrava.




Este fue uno de los hallazgos de este viaje. Pero hubo algunos descubrimientos y momentos memorables más. Por ejemplo...

-El paseo en uno de los tranvías turísticos, el que hacía una especie de ruta gastronómica a la hora de comer, pero que nosotros cogimos a media tarde, y el único que no tenía audio, sino una guía que debía explicar lo que íbamos recorriendo. Aparten de la guía y de nosotros, sólo iban un grupo de corredores brasileiros que habían venido para participar en la maratón que se celebraría el domingo, que haría que se cortaran la mayor parte de las calles del centro y que amenazaba con dificultar nuestra proyectada visita a Belem y sus museos. El recorrido se convirtió en una agradable charla con la guía, Susana, que desatendió a los pobres viajeros brasileiros por intercambiar con nosotros impresiones sobre su país y el nuestro.

-El sábado queríamos cenar por Lisboa centro, para disfrutar de algún sitio típico o con ese encanto tan singular que tienen los sitios con encanto portugueses. Susana nos recomendaba algún lugar del Barrio Alto en el que hubiera espectáculo de fado, pero quedaba a una buena tiradita de donde estábamos (la zona de la Baixa), y a esas horas y tras deambular todo el día por la ciudad no teníamos el cuerpo para excesos. Así que nos fuimos por la zona de restaurantes más próxima, en cuyas puertas estaban los camareros (o metres, o lo que fuera), provistos de la carta de su restaurante, abordando diligentemente a cualquier transeúnte que pareciera buscar un lugar donde cenar. Nosotros, haciendo caso de guías y recomendaciones de internautas buscamos uno llamado O Alentejano, del que ya estábamos avisados de que por fuera no invita ni a suponer que se trata de un restaurante ni a entrar.

Descubrimos el cartel, enorme y desproporcionado en tamaño, pero bastante gris y poco llamativo, encima de lo que parecía una puerta de entrada a un portal de un edificio de viviendas. Titubeamos sin saber si entrar o no, pero un viejo que venía detrñas de nosotros nos instó con cierta agresividad a que entráramos. Lo que descubrimos fue, más que sorprendente, desconcertante, porque era como una especie de patio árabe interior con fuente y todo, en el que no había carteles ni señalizaciones, pero sí puertas, arcadas y hasta una tienda de artesanía. Un poco intuitivamente, y con el mismo viejo apremiándonos a entrar aunque sin indicarnos por dónde, subimos por una escalera doble que nos llevó a una especie de piso con habitaciones enormes, de techos altísimos, aspecto entre antiguo y viejo, y paredes y techos decoradas con frescos de colores oscuros y gastados. En una de las habitaciones al fondo había mesas y sillones rococó y una barra, por lo que supusimos que sería la cafetería (que también recomendaba algún internauta); en otra, vimos a mucha gente comiendo, así que pedimos mesa a un hombre que servís pero que iba vestido normalmente, sin ningún signo que indicara cuál era su oficio, y rápidamente nos acomodó. La pena es que yo creo que habían metido allí más gente de la que podían atender dignamente, así que la espera entre carta y plato y plato fue casi eterna, lo cual chafó el encanto de descubrir un sitio tan sorprendente y tan distinto a cualquier otro. Tendremos que volver sin turistas, a ver qué pasa.

-El domingo fuimos a Belem, corriendo para dar con la primera parada de tranvía en un tramo sin cortar por la maratón, en un juego de preguntar a un guardia, y a otro, y a otro entre turistas deconcertados que buscaban lo mismo que nosotros y de vez en cuando animaban a grupos de esforzados atletas con los que nos íbamos cruzando. Nuestra primera parada (bueno, la segunda: la primera fue un bar de la zona donde volvimos a probar los famosísimos pasteles de Belem) fue el museo de los carruajes, donde, en un edificio de por sí precioso (antigua cochera real) tienen expuesta una gran cantidad de carruajes de todas las épocas, desde la Edad Media al XIX, de los que estamos acostumbrados a ver solo en películas y libros, y que hacen del lugar una delicia parecida a colarse en un cuento:

Aparte de los coches para viaje, más o menos lujosos, que eran los más numerosos









había otros más elaborados para desfiles, que contaban con toda una ornamentación alegórica en forma de "estatuas" que representan a cosas como la Justicia, la Victoria o la Fortuna

otros de aquellos para ser que dos pajes llevaran al rey u otro señor importante, especialmente en tramos cortos o en los que las caballerías no pueden pasar

o preciosas calesas de paseo, utilizadas sobre todo por las damas:


-Nuestra segunda parada fue el monasterio de los Jerónimos, impresionante edificio del siglo XVI, construido en pleno fervor y entusiasmo por los descubrimientos portugueses a través del océano, en estilo manuelino (en Lisboa casi todo es o manuelino o pombalino), que en Semana Santa no habíamos podido ver, entre otras cosas, por las colas. Y aunque ahora, atestado de turistas, estoy segura de que tampoco ofrecía su mejor estampa, sin duda sólo por su claustro, merece la pena.











En el monasterio está el museo arqueológico cuya visita resulta también muy interesante.

-Luego nos fuijmos al Monumento a los Descubrimientos,



donde vimos un emotivo documental sobre la historia de Lisboa, que obviaba elegantemente la tensa relación de Portugal con el estado español, que en alguna ocasión se comportó como un invasor con el país irmao, y que explicaba muy bien lo que supuso el terrible terremoto del siglo XVIII y la reconstrucción impulsada por el marqués de Pombal. Terminaba animándonos a todos a ser lisboetas. Y como lisboetas convencidos y emocionados salimos de allí, para subir por las escaleras (valientes que somos, que a Dei le han quitado el gimnasio y ahí lo tenías) los seis pisos (que resulta que eran dobles) que nos llevarían a un mirador alargado, lleno de españokes (cómo no), desde el que el mar y el Tejo y Lisboa lucían esplendorosos como nunca.




Terminamos el domingo recorriendo Lisboa en el último trayecto de tranvía, de noche y con el fado de fondo y nos volvimos a España, soñando con tener algún día dinero suficiente como para poder tener en Lisboa una casa a la que volver (que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son).

Porque eso sí, aún sin casa, ya sabemos que tendremos que volver.












domingo, 28 de diciembre de 2008

Sin salida


El pueblo palestino no tiene humor, ni siquiera el humor de los humillados. El pesar es nuetra fotaleza -dicen-, la tristeza, el motor de nuestra rebelión.




Después de 50 años, pocas cosas han cambiado en Palestina. Desde la primera guerra árabe-israelí, solo ha habido un perdedor: la población civil árabe de palestina. Condenada en un inmenso campo de refugiados, aislada y asediada en la franja de Gaza, con un gobierno que ha jurado muerte al Estado de Israel y separada y perdida en la Cisjordania, con un gobierno moderado que mendiga los favores de occidente y del resto de países árabes. En el medio de la nada, traicionados a lo largo del tiempo por toda la comunidad internacional, e incluso por los propios estados árabes, que han usado cuando les ha interesado a los palestinos, como mercancía con la que negociar.

Después de 50 años, no hay camino. Solo se abre el camino a golpe de radicalidad, de destrucción y de muerte. Los jóvenes palestinos educados en el odio por sus mayores y por las acciones israelíes, viven esperando tener fuerza, crecer y sustituir a su hermano ya muerto o preso en las cárceles judías. Crecer para coger un arma, en el mejor de los caso una piedra, y en el peor, un cinturón de explosivos atado a su cuerpo, para volarse en Israel.

Ayer Israel lanzó un nuevo ataque, que lógicamente tendrá respuesta en esta espiral macabra. Poco importan ya los orígenes del conflicto desde la finalización del mandato británico. Hoy todo se reduce a la frase de un palestino: "mientras quede una mujer que siga teniendo hijos, el pueblo palestino continuará luchando".


Como ayer, como hoy, como siempre; en Palestina están heridas de muerte las palabras.



viernes, 26 de diciembre de 2008

Lobo.



La niebla cala hasta los huesos, y su pesado manto te abraza hasta helarte en lo más profundo. Solo la luz de la luna llena, y los débiles focos de las linternas, permiten atravesar débilmente la brumosa capa y hacer menos duro el avance en esta noche fría. Los perros parecen ajenos a todo, saltando y ladrando alborotados cerca de sus amos, que todavía les mantienen sujetos con las correas. Por poco tiempo: los canes ya han olido presa. Nerviosos, no ven el momento en que la mano de sus amos los liberen.

Los ladridos rebotan en todas partes, apagando cualquier otro sonido, de aquellos que puede producir el bosque. Los hombres van en silencio, prestos, saltando un tronco aquí y una raíz allá, con las botas mojadas por la escarcha y por los pequeños arroyos que ya en esta época de comienzos de la primavera, empiezan a recibir el agua de los neveros.

Lejos de la escena, a centenares de metros, la luna llena se refleja en unos ojos brillantes, huidizos, tristes. Ojos que miran en la distancia, patas que arañan el suelo, orejas que lo oyen todo. El joven lobo tiene que alejar a los cazadores lo bastante como para no comprometer a sus crías. Su instinto de supervivencia de la propia especie, está actuando a pleno rendimiento. Otro aullido; corto, pero lo suficientemente sonoro para que la jauría humana y perruna, pueda sentirlo.

El joven lobo vuelve a correr entre la espesura, siente a los perros ya sueltos acercarse. El animal conoce bien su territorio; hace ya dos años que abandonó la manada original para crear la suya y sabe el terreno que pisa. Última parada; su mirada atraviesa la noche y siente que están cerca, y que él ya está lejos de su guarida, de sus cachorros, de su loba. La última mirada a la luna, la última vez que la luna se mecerá en sus ojos. Un aullido, eterno, profundo, sin eco, que rasga la noche y que incluso hiela la sangre de los cazadores. Un aullido que atraviesa el espacio, que recorre el bosque buscando su destino.

Es la señal aprendida durante generaciones. La señal ya está dada. La loba debe partir al alba con las crías. Segundos después de que se haga el silencio, la bala cruza la niebla. A la mañana siguiente, el cuerpo de un joven lobo apareció decapitado y colgado de un viaducto en una carretera de España.

Siempre ha habido razones para matar al lobo. Razones viejas y razones nuevas que se sumaban o que sustituían a las anteriores, y cuando estas razones nuevas desaparezcan, vendrán otras a sustituirlas. El lobo, solo su nombre era objeto de terror. A veces, ni siquiera se podía nombrar. Recuerdo cuando mi abuela me contaba que en las noches de invierno, cuando ella era pequeña, oían a los lobos rondando el pueblo. Nombra al lobo delante de un niño pequeño y sentirás su llanto.

El lobo es hoy por hoy, quizás junto con el oso pardo, el último gran depredador europeo. Lleva compitiendo con el hombre durante miles de años por el mismo espacio y los dos comparten la cima de la cadena alimenticia. Por consiguiente, el lobo ha sido a lo largo de la historia: el enemigo. Ha formado parte de leyendas y mitos, y permanece en lo más profundo de nuestros ritos. A punto de ser exterminado más de una vez en España y en Europa, el lobo hoy sobrevive como gran depredador en el continente más poblado y más industrializado del mundo. Solo su sentido de la manada y de la supervivencia, junto con una adaptabilidad sin límites, han podido obrar el milagro, de momento.

Es tanto lo que nos han contado sobre el lobo. Es tan contrario a la realidad. Felix Rodríguez de la Fuente, no pudo expresarlo mejor: después de convivir dos años con lobos y estudiar detenidamente su comportamiento y lenguaje, pude ya sopesar `las razones del lobo' y las razones de mis semejantes. Hasta ahora, los hombres me habían contado una sarta de falsedades. En cambio, cuanto los lobos me han dicho es una verdad inconmovible. El lobo 'cruel' es un protector incondicional de los débiles y las hembras de su especie; el lobo 'traicionero' es capaz de morir por fidelidad; el lobo 'asesino' es un cazador que mata para comer.

El lobo es un ser absolutamente social, incluso se han visto lobos en Polonia ayudando a caminar a otros. Su aullido, ese sonido tan característico, mezcla de melancolía y llanto, forma parte de esa sociabilidad y actúa como vínculo, pues muchas veces no tiene un significado de territorialidad o llamada.

Un día acabaremos con todos los lobos. El último ejemplar, no sabrá que lo es. Tratará de aferrarse a la vida y defenderá a su prole hasta el final, sin saber que su prole ya no existe. Ese último ejemplar clavará su mirada en nosotros y desaparecerá. Su último aullido, muy posiblemente será la señal de inicio de nuestra cuenta atrás.

Feliz Navidad.

video

En un tiempo sin tiempo, cerca de uno de los principios, la luna era siempre redonda y lejana, atada detrás del cielo y colgada de la nada entre vacíos. Miraba el mundo a sus pies coronada de plata y olvido. Y estaba bien mirando en la distancia. Pero una noche, distraída, se acercó demasiado a la Tierra y se le enredaron los dedos en las ramas de un árbol. Cayó de pie sobre la hierba y de repente le salió al paso una sombra oscura: pelo crespo, ojos negros y una sonrisa lobuna. Cabriolas de luz de luna enmarañada de lobo jugando entre arbustos y colinas. Aullidos y risas y rumor de estrellas entre las hojas. Pero todo lo que empieza acaba y el lobo volvió al bosque y la luna al cielo. Cuenta la leyenda que antes de separarse, la luna le robó al lobo su sombra para vestirse de noche el rostro y recordar el aroma de bosque.


Y que desde entonces el lobo le aúlla a la luna llena que le devuelva su sombra...







Aullidos de lobos -

martes, 23 de diciembre de 2008

Tu estación del aroma


"¿Podrías practicar lo que predicas?
¿Pondrías la otra mejilla?
...¿Dónde está el amor?...
"


Ya sé que estamos en Navidad, y que la pobre está tan llena de tópicos tan tópicos que ya no tienen ni sentido, de tanta alegría manchada de consumismo termina pesando como una máscara pintada, de tantos buenos sentimientos obligatorios que acaba congelados como poses inútiles, de tantos buenos deseos aprendidos que se confunden con esloganes publicitarios, y de tantas bonitas palabras huecas (paz, amor, familia, hogar, solidaridad, ayuda, felicidad, los demás, ilusión, etc. etc. etc.) que se nos rompen sin estrenar de tanto usarlas.



Navidad que se compra y se vende y se aprende y se utiliza, y se mancha de de negocio y de repelús y de kitsch.


Ya lo sé. Pero como siempre, nos queda el poder del ojo que mira, el mismo poder del Quijote ridículo que, a fuerza de empeño o tal vez locura, era caballero andante en el más prosaico y antiheroico de los mundos posibles.

Así que yo te deseo, de corazón, y no porque lo diga la tele, que tu Navidad (pero no sólo tu Navidad) sea lo que tú hagas de ella porque eso es lo que quieres que sea. Que signifique lo que tú quieras hacer que signifique para ti, y solo para ti, y los que contigo tú quieras que la compartan. Como si no quieres que signifique nada. Que estos (pero no solo estos) sean momentos bonitos, y que estés contento, y los pases como tú quieras, con quien tú quieras, estén lejos o cerca. Que sepas y puedas y quieras estar contento. Y que tengas mucho amor, del bonito, del bueno, del auténtico, del que no necesita regalos,en todos sus tipos y todas sus formas y con todas sus cosas. Mucho, mucho amor, por dentro y por fuera.

Porque "para el jazmín solo existe la estación del aroma", te deseo de corazón que tú seas capaz de ser jazmín, y estos días, también, tu estación del aroma.

O sea, feliz navidad, y todo eso...

Y un beso muy especial y agradecido a los que, de vez en cuando, nos leen.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Sol de la infancia

Estos días azules
y este sol de la infancia


Antonio Machado
(seguramente, estos versos, encontrados en un papel arrugado en un bolsillo de su gabán, fueron los últimos que escribió)

La infelicidad, ¿Dónde estaba cuando yo era joven
y no nos importaba nada?
Porque fuimos criados
para ver la vida como diversión y tomarla como podíamos
Mi madre, mi madre me abrazaba
me abrazaría cuando estuviera allá fuera
Mi padre, a mi padre yo le gustaba
yo le gustaba,
¿a alguien le importa?

Entiende que me he convertido que algo
que no era lo que poryecté
y en todas las partes la gente
me cree mejor de lo que soy
algo mejor de lo que soy


El espumillón, el musgo para el Belén, los primeros polvorones, las cajas de pascuas, las luces en las calles, la chimenea en casa, la función de navidad el último día de cole, villancicos por todas partes, se hace de noche tan pronto, no tener que madrugar, el gordo ha sido muy repartido, esperamos a última hora porque seguro que el Cortés nos regala un pavo, no te olvides de los guantes, los interminables anuncios de juguetes y de cava, cenamos con unos abuelos y comemos con los otros, vinde ve-lo neno, que está deitadiño, la bandeja para los dulces de todos los años, a pelearse por el turrón de chocolate, papá repite que él prefiere las pasas, los higos y las nueces, que para él sin eso no son pascuas, mamá que está cansada de estar en la cocina, el programa de Martes y Trece, que ya no son tan buenos como antes, las doce campanadas, todavía no, que son los cuartos, para año nuevo marisco, ya vienen los reyes, falade a modiño, pra que non esperte o noso meniño, las muñecas de famosa se dirigen al portal, y el almendro vuelve a casa por Navidad.

Vuelve a casa por Navidad.

Tú que puedes, vuélvete, me dijo el río llorando...

viernes, 19 de diciembre de 2008

Estar contentos



Hay que reconocer que los publicistas eligen muy muy bien la música (sobre todo algunos). No me digas que no te habías quedado con esta. Yo sí. Y así he descubierto que la chica que está detrás de esta canción, que a mí me pone contenta y que se llama "Neopolitan dreams", es una cantante australiana muy jovencita, Lisa Mitchell, que casi gana un concurso tipo Operación Triunfo en su país.

Y como a mí me pone contenta, me parece la mejor canción para desearos un sinceramente feliz fin de semana prenavideño. Estad contentos, pero no porque lo mande la tele o lo diga el corte inglés y parezca obligatorio.

Estad contentos, porque siempre hay motivos para estar contento, aunque sólo los verdaderamente sabios lo sepan de verdad y con todas sus consecuencias (y yo soy muy burra, y soy muy mala alumna, y cabezota en lo mío como pocas), y saber estar contento, incluso cuando tenemos también motivos para no estarlo, es lo que yo más admiro en el mundo.

Así que además de una cobarde con suerte, soy una ceniza con suerte, porque tengo cerca a mucha gente que admirar.

Estad contentos porque tenéis tantos motivos para estar contentos, que no podéis estar de otra manera.

Feliz fin de semana.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Una cobarde con suerte





Un hombre está enamorado. ¿Cómo lo sé?
Vino a dar un paseo conmigo y me lo dijo
en una canción que cantaba, y entonces supe
que un hombre está enamorado de ti.

Un hombre está enamorado. ¿Cómo lo oí?
Le oí hablar demasiado siempre que tú estás cerca.
Susurraba tu nombre cuando sus ojos se cerraron.
Un hombre está enamorado, y lo sabe.

Un hombre está enamorado. ¿Cómo lo he adivinado?
Lo adiviné mientras él estaba mirándote vestirte .
Te lo daría todo, sólo con que tú quisieras.
Un hombre está enamorado
y soy yo.


The Waterboys

“Los amores más convulsos suelen llevarse dentro mucho tiempo, como las tormentas en los mares calientes, antes de manifestarse”
Manuel Vicent: Son de Mar.


Pocas cosas hay tan difíciles de decir como ese te quiero tembloroso, que apenas se atreve a salir de los labios tras todo el tiempo que lleva creciendo en silencio, dentro . Pocas palabras salen del pecho con tanta incertudumbre como aquellas que arropan un sentimiento cuya correspondencia se ignora. Pocos interrogantes producen una mezcla tan extraña de pavor y emoción como el que abre una declaración de amor.

Yo nunca he tenido que declararme, por una mezcla curiosa (y en mi caso efectiva) de circunstancias: soy muy cobarde (y vivo bajo la tiranía estúpida de preferir no ganar antes que atreverme a perder: cosas de la inseguridad y sus parálisis) y muy afortunada: cuando he estado enamorada, o bien he sido correspondida y el otro ha dado el primer paso, dejándome a mí el confortable papel de responder, o bien no lo he sido y se me ha pasado antes de verme en la necesidad de declararme (mi amor en esos casos nunca era más fuerte que la tozudez de mi inseguridad y su cobardía).



Para declarars ea quien se conoce hace tiempo y con quien se tiene una relación ajena al amor, hace falta ser valiente y conviene ser ingenioso, porque en este caso la sorpresa siempre va a jugar a nuestro favor. Lo malo es que la variedad de medios posibles están casi todos tan explotados (en la realidad o en la ficción) que constituyen ya un repertorio de clásicos y es muy difícil ser verdaderamente original.



En el colegio, por ejemplo, teníamos como recurso por excelencia el jueguecito aquel del beso, atrevimiento o verdad , que servía de marco y excusa para algunas de nuestras más inocentes (y ridículas) escenitas de amor novato, que contaban con el handicap de la exhibición pública y los seguros comentarios burlones del nutrido auditorio que participaba del jueguecito.

Luego, y manteniéndose muy luego en el tiempo, llegaban las notitas, y hasta las cartas de amor. Ah, las cartas de amor. Qué sería de la vida, la literatura y la memoria sin ellas. Y ahora,además, la tecnología nos proporciona variantes tan atractivas y adaptables a distintas situaciones y talantes como los email, los sms, o, incluso, los posts en un blog. Yo conocí a un chico que con quince años se lo escribió a lo grande, a la que luego seria su novia, en la pared de enfrente de su casa, que era lo primero que ella veía por la mañana al levantar la ventana de su habitación. Por aquel entonces, existía también el recurso de las dedicatorias en la radio, medio reservado solo a los más audaces, porque el exceso de publicidad es siempre un riesgo añadido.

Otra posibilidad consiste en contárselo a un amigo, con la intención, explícita o sutil, de que haga de intermediario y tantee el terreno para definitivamente empujarnos a tirarnos a la piscina, o disuadirnos para que nos quedemos el borde y desechemos incluso la idea del flotador. Una variante para los más cobardes y/o tímidos consistía en decírselo a alguien muy cotilla, para que así llegara con todas seguridad a oídos de la persona interesada... Este método tenía además la (rastrera) ventaja de, en caso de no correspondencia, poder negarlo todo y dejar la dignidad más o menos alta (pero esto es solo para los muy muy cobardes a los que importe más esa supuesta dignidad que la poesía).

Otro forma de declararse es el regalo especial y revelador, desde las clasiquísimas flores, hasta ese detalle único, personal e intransferible que apela a la complicidad que pueda ya haber entre los dos y queremos que se convierta en otra cosa, y que puede hacerse con cualquier excusa: el cumpleaños, las navidades, la vuelta de un viaje, una fiesta... Qué sé yo.

También está el recurso clásico de calcular -o en su caso preparar- la ocasión y el momento, y tener las palabras y los detalles cuidadosamente ensayados, paladeados y vividos con el pensamiento. Aquí caben toda una gama de aderezos y posibilidades adaptables al carácter del objeto de nuestro amor.... Desde el bar ruidoso que nos obligaba a acercarnos, hablar al oído o coger por la cintura, a la cena, las velas, las flores, la piscina, la playa o un paseo por el parque... Claro que también se puede dejar hacer al tiempo o la ocasión, y dejar que la declaración surja cuando menos lo esperramos y más inoportuna parezca (este suele ser el caso frecuente y prosaico de cuando nos suelta la lengua el alcohol).

Y está también esa otra forma, tan usada que ya no resulta original y que poetiza esta canción: la de hablarle del amor de otra persona y terminar revelando que quien te quiere, soy yo.

Desde que la escuché por primera vez, hace tantos años, cuando me enamoré sin silencios de los Waterboys, siempre he pensado que si yo tuviera el valor de declararme, lo haría utilizando, de la manera quue fuera, ya se me ocuriría cómo, esta canción.

Pero claro, la ocasión nunca llegó, porque siempre he sido una cobarde con mucha, mucha suerte.

sábado, 13 de diciembre de 2008

El artista del alambre

La mayoría del tiempo lo descubro observándome, escudriñándome, hasta tal punto, que pareciera querer atravesarme con esa mirada. No hay mirada como esa en toda la ciudad. Creo que no hay mirada como esa en el mundo. Es una mirada animal, salvaje, sin afecto, que normalmente no expresa nada, que casi siempre es hielo. Mirada que ve cuando yo no veo. Nadie te mira así. Hay veces, en el silencio de la casa, que algo instintivo me lleva a mover la cabeza en una dirección y ahí está, mirándome, mirándonos desde hace mucho rato, quizás desde hace siglos. Quizás desde siempre.

No es un ser agradecido. Su mirada, a diferencia de la de otros, dista mucho de ser compasiva o servil. Siempre te mira de igual a igual, jamás te reconoce ni un ápice de superioridad y te lo recuerda a cada instante. Su reino sí es de este mundo, y parece recordártelo en cada movimiento. No para de decirte que tú eres el invitado.

Su mundo es un mundo contradictorio. Él, es el Señor del silencio, de lo pausado, de la calma en medio de la tormenta. Su caminar almohadillado, invisible, sus movimientos gráciles y exactos, sus escasos sonidos corporales así parecen atestiguarlo. Sin embargo estoy convencido de que vive en una permanente tormenta; el ritmo acelerado de su corazón, su vigilia permanente, su movimiento incesante de cabeza, de orejas, su pertinaz estado de guardia, me hacen pensar en su agitación interior, en su lucha en un mundo absolutamente hostil. Sí, definitivamente, él es un superviviente, el Artista del Alambre. Es auténtico, tan auténtico como solo pueden serlo los seres que no renuncian a su propia esencia. Los seres que se mueven guiados por lo más puro de su acervo genético. Aquellos que nunca cambiaron y a los que el hombre teme. Aquellos que jamás fueron domesticados.

Sé que despierta temor, un temor extraño, ancestral. Nunca ha sido el preferido, el elegido. Quizás porque con él te sientes igual de solo. Estar con él, es como estar al lado de esa persona con la que vas sentada en el autobús. Juntos, pero solos. Quizás sea eso el origen del temor. Quizás, esa actitud indolente, altiva. Quizás, ese silencio que lo envuelve y lo protege. O quizás, porque conserve en su interior todo ese espíritu salvaje, indomable a través de los milenios, que una y otra vez se nos escapa. Después de todo, tememos lo que no controlamos.


A veces, me gusta no pensar mirando sus ojos fríos; sus ojos delgados y cortantes como una navaja durante el día, y redondos como la más hermosa luna negra, durante la noche.
Porque después de todo, ¿quién no se ha quedado parado, mudo, ante la mirada de un gato en la noche?.




viernes, 12 de diciembre de 2008

El sabor de lo efímero



Me voy de cena con unos cuantos (pocos pero bien avenidos) compañeros de instituto. Y a pesar de que dicen en la radio que hoy es el día por excelencia de las cenas de empresa, y todos los locales estarán llenos de empleados, compañeros y jefes desbocados y desfogados al son de música pachanguera y/o navideña, con toda su parafernaria de lamentables excesos, y el nuestro será el grupo más pequeño y con menos sitio, cómo me gustan las cenas.

Hubo un tiempo -más lejano de lo que mi conciencia se cree- en que todos los viernes noche eran noches de fiesta, y por eso ya ni me molestaba en esperarlos. Y mi vuelta a los viernes noche será como la vuelta de Débora Harry a Blondie y a la música: fugaz y pasajera, porque ya no tiene sentido que sea de otra manera.

Pero espero que sea también divertida y con la intensidad especial de lo efímero, que siempre, siempre, sabe mejor.

Feliz fin de semana, y a abrigarse, que el frío viene arrogante y con ganas. Tendremos que bailar mucho, qué remedio. Aunque sea con música de pachanga o de Navidad, que me da lo mismo y tanto me da.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Oportunidad



Lorenzo Silva llegó a mi instituto a eso de las 12 menos algo, con la mejor de sus sonrisas, a pesar de estar en plena promoción de su último libro ("El blog del inquisidor"), llegar desde Suiza, pasar por otros dos institutos y tener en perspectiva un viaje a Almería en el mismo día.

El "Plan Lector" incluye la visita a centros escolares de autores cuyos libros son leídos por los chicos. En nuestro caso, se eligieron distintas obras según el nivel. Los de 2º y 3º de ESO leyeron "El cazador del desierto", novela juvenil que forma parte de una trilogía; los de 4º, novelas policíacas de la serie protagonizada por los agentes de la guardia civil Bevilacqua y Chamorro, entre las cuales la más conocida es "El alquimista impaciente", que ha sido adaptada al cine (y pronto lo serán las demás, según él mismo nos contaría).

Como siempre, fue trabajoso traer desde sus clases a los bulliciosos (por emplear un término suave, pero que en este caso resulta poco fiel a la realidad, precisamente por suave) alumnos de 3º y sobre todo 2º de la ESO (para los por edad profanos en el sistema de la LOGSE, aclaro que corresponden a las edades que en mis tiempos cursaban 1º de BUP y 8º de EGB, respectivamente). Fue trabajoso también lograr el silencio necesario para que Lorenzo Silva, sin perder en ningún momento la sonrisa, empezara a hablar. Fue necesario incluso el expulsar a unos cuantos que parecían más preocupados por mantener el papel de gamberrete rebelde y montuno que por estar mínimamente a la altura de nuestro invitado, que tantos esfuerzos había hecho por estar una hora con nosotros, que vete tú a saber por qué lo hacía, porque cobrar no cobra ni un duro, y este reducido grupo de jóvenes están muy lejos de aumentar sustancialmente su volumen de ventas, al menos a corto plazo.


Este tipo de visitas de literatos a institutos y colegios, que en Aragón se potencian mucho institucionalmente, suelen realizarlas escritores noveles o no demasiado consagrados, o escritores protegidos por ser de la región, o escritores especializados en literatura juvenil que viven prácticamente de lo que se les lee en los institutos, Ninguno de estos es el caso de Lorenzo Silva, escritor de obra variada, dirigida a un público amplio, conocido, reconocido, exitoso y premiado.


Con un tono desenfadado, amable y cercano, sin ningún tipo de pose, ni divismo, ni la pretenciosidad que algunos otros menos aplaudidos, premiados y adaptados sí adoptan, les contó algunos entresijos del su oficio, de las novelas juveniles por él escritas (en especial la que el movido auditorio había leído) y del sutil y siempre fascinante manejo de la realidad para convertirla en ficción que hace el escritor. Luego los invitó a que le preguntaran lo que quisieran. Y efectivamente, un par de chicas se animaron a preguntar ("¿Cuánto tardas en escribir un libro?" "¿Cuándo decidiste ser escritor?" "¿Hay en tus libros algún personaje real?"), pero hete aquí que a las 12 y 20 sonó el timbre que anunciaba el recreo, que es la asignatura preferida de muchos de nuestros alumnos y la única que les interesa.


Asi que un nutrido (yo diría que mayoritario) grupo de cafres empezaron a aplaudir sin venir a cuento mientras Silva todavía estaba hablando, para dar por zanjada la charla (que según lo programado debía durar hasta y media), se levantaron en manada y se precipitaron hacia la puerta sin que los tres profesores que les acompañábamos pudiéramos hacer nada (de hecho, a mí, que además no les doy ni clase -el colmo de la “desautoridad” para ellos- me aplastaron vilmente contra la pared al correr hacia la salida).

Indignación, cabreo, rabia, vergüenza y decepción son también palabras suaves y poco ajustadas a lo que una siente en momentos como este, que por desgracia, no son pocos en el día a día del profesor de Secundaria. Una siempre piensa que organizar este tipo de cosas merece la pena. Que vale más una hora con Lorenzo Silva que todo un mes de explicaciones sobre literatura. Que hay que darles una oportunidad a estos chicos, sobre todo cuando viven en un entorno en el que ver a un escritor fuera de una contraportada o un libro de texto es algo exótico e insólito. Que hay que sembrar, incluso en terreno inhóspito, porque siempre puede ser que alguna semilla prenda.

Pero entonces llega la realidad y te demuestra que los refranes -malditos refranes- más ciertos son aquellos de “No se hizo la miel para la boca del asno” y “es inútil echar margaritas a los cerdos”, y se te quitan las ganas de hacer nada, y se convierte en irrefrenable el deseo y propósito de limitarte a las explicaciones, los ejercicios, los exámenes, los horarios, las obligaciones, las amonestaciones, los aprobados y los suspensos.


Y entonces una, que estaba comentando con otros compañeros sucedido, con estupor y fiereza , mira por casualidad al escenario de nuestro salón de actos, y ve a un grupo de críos (mayoritariamente chicas, la verdad), agolpándose junto a la mesa en la que Lorenzo Silva les firmaba los libros, salir entusiasmadas, preguntarle cosas, comentarles lo que más les había gustado, leer y releer sonriendo la dedicatoria, para todos la misma, con una letra alargada por tantas y tantas y tantas dedicatorias y firmas, y vuelve la convicción de que merece la pena, de que con que hubiera solo uno con ese interés o ese entusiasmo o esa sonrisa ya merecería la pena, y que no tenemos que dejar que pierdan siempre los buenos -que haberlos haylos, y menos mal- y nos ganen siempre los malos metiéndonos las ganas de quedarnos a su nivel.

Y entonces bajamos con los de 4º de la ESO, a por la segunda media hora de charla, en un aula más reducida. 4º de la ESO es el equivalente (por edad, que no por características) al antiguo 2º de BUP. Es el último curso de la ESO, al que muchos cafres y/o "desertores escolares" ya no llegan, y por eso es, dentro del panorama actual de la enseñanza, un verdadero bombón que una ni puede impartir todos los años, pero que cuando tiene la suerte de darlo, lo aprovecha.


Yo doy 4º, pero de Diversificación, es decir, para chavales con problemas de aprendizaje pero cierto interés por aprender (o al menos, sacarse el título) a los que es necesario incluir en grupos reducidos, y darles una enseñanza más práctica y personalizada para que puedan adquirir las destrezas básicas que el sistema educativo debe garantizar. En el resto de los grupos, los profesores dieron una lista con los libros policíacos de Silva, para que eligieran el que quisieran. Yo, como quería leerlo en clase con mis ocho alumnos, elegí “Nadie vale más que otro”, un grupo de cuatro historias breves, correspondientes a otros tantos asesinatos, muy similares a los que vemos en los telediarios, protagonizados por el caústico Rubén Bevilacqua y su compañera y ayudante Virginia Chamorro.





Quería leerlo con ellos en clase, porque entre mis alumnos hay algunos que leen titubeando, o palabra por palabra suelta, o con tantas dificultades que parece que tienen problemas de visión ( llega a tanto la cosa que incluso que he hecho que se la revisaran), y no conocen el significado de palabras como “cáustico”, “sorna”, “azorado”, “uxoricida” o“alienación”, ni de muchos giros, expresiones y alusiones serias o irónicas que la precisa prosa de Silva incluye de forma abundante. Así que dejarles leer un libro suyo por su cuenta puede ser tan arriesgado como soltarles en un laberinto desconocido sin mapa pretendiendo que den con el camino por el método del continuo ensayo y error, y los chicos de hoy no están para esos esfuerzos. Y cuando la lectura de una novela cuesta tanto esfuerzo pierde por completo su esencia, que es el disfrute, y el mandarles leer así se convierte en que miren el dedo y se pierdan la luna.

Así que dedicamos algunas clases a leer. Y van leyendo, en voz alta, por turnos, y cada poco vamos parando y comentando lo leído, y me preguntan todo aquello que no entienden, y relacionamos lo que leemos con lo que hemos visto, y vivido, y hasta imaginado, y salen mil temas de debate, y mil anécdotas, y así, paso a paso, con calma y sin prisas, vamos leyendo. Y cuando menos lo pensamos, estamos disfrutando. No todo el rato, la verdad. Pero sí de vez en cuando, un de vez en cuando que con la práctica y la paciencia va siendo cada vez mas frecuente. Tanto, que especulan sobre lo que vamos sabiendo de Bevilacqua y Chamorro, y elucubrando sobre quién puede ser el asesino, y sobre la labor de los policías, e incluso la curiosidad hace que algunos vayan avanzando la lectura en casa y por su cuenta (y sin que nadie les obligue, que es lo más difícil de lograr en estos casos).

Hasta hoy, que era el día esperado en que venía Lorenzo Silva a hablar con ellos. Por supuesto, yo había avisado a mis ocho alumnos (que son un encanto, todo sea dicho, pero adolescentes, y como dicen en mi tierra -malditos refranes- xente nova e leña verde, todo é fume) de que esperaba de ellos un comportamiento adecuado, y, a ser posible, cierto interés y participación. Y como suele ocurrir, en cuanto sugerí que lo tendría en cuenta para la nota, empezaron a pensar qué le podrían preguntar.

Tras el mal comportamiento de los cafres de 2º yo entré insistiendo en el aviso de lo que esperaba de ellos. E. estaba muy nervioso, porque decía que no sabía qué preguntarle, y que le daba vergüenza, y sus compañeros hacían bromas sobre ello. Yo les dije que preguntar no era obligatorio, que simplemente escucharan y se portaran bien, nada más. Y entró de nuevo Silva con su sonrisa y su sencillez, y habló un buen rato sobre sus novelas policíacas, su génesis, la relación entre ellas y con la realidad, cada vez más animado porque la actitud atenta y sinceramente interesada de su auditorio flotaba en el silencio cálido con que eran acogidas sus palabras, solo roto por algún que otro murmullo suscitado por alguna referencia al libro concreto que cada uno había leído.

Cuando llegó el turno de las preguntas, no faltaron las manos alzadas. Preguntas mayoritariamente sencillas y seguramente mil veces respondidas por él, pero a las que contestaba con el mismo entusiasmo que si fueran completamente nuevas, y de una forma divertida, espontánea, salpicada de anécdotas personales que incluso consiguieron alguna carcajada.

Contó, por ejemplo:
... que sólo una de las historias de Bevilacqua y Chamorro es completamente real (“Un asunto rutinario”, que es la primera de als cuatro incluidas en “Nadie vale más que otro”, para regocijo orgulloso de mis chicos, encantados e importantes porque se hablara de “su” libro), pero que muchos de los detalles más sorprendentes o ironicos de sus novelas son reales aunque se incrusten en un argumento ficticio,
...que una de sus manías es fijarse muchísimo en los guardias civiles -cómo visten, cómo hablan, cómo llevan el arma-,
...que le gusta escribir a partir de las 5 de la mañana,
...que empezó a escribir con 17 años pero estudió Derecho porque no creía que pudiera ganarse la vida como escritor,
---que la gente no le suele reconocer pero una vez, en un aeropuerto, vio venir a una masa enfervorizada de mujeres hacia él, lo cual le extrañó mucho, y le dio algo de miedo, que se alivio al mirar hacia atrás y ver que trás él venía Alejandro Sanz,
...que Bevilacqua nació a partir de un guardia civil del que le hablaron (que se vestía de mendigo para sus labores de vigilancia),
...que tardaba mucho más en preparar una novela que en escribirla, porque es de los que le gusta tenerlo todo claro en la cabeza antes de lanzarse a escribir, y aprovechó para contar anécdotas sobre los despistes de un escritor...

En fin, muchas, muchas preguntas y muchos comentarios (hasta los míos se animaron, incluso E., que se olvidó de su timidez y sus nervios), y muchas otras que se quedaron en el limbo de lo que pudo ser y no fue, porque aunque en teoría el escritor tendría que haberse ido a la 1, a y media tuvo que cortar un profesor porque seguramente agenda del escritor no podía esperar más.

Le despedimos con un aplauso prolongado, afectuoso y sincero, y allí se quedaron los chicos, apelotonados con sus libros para lograr una firma y entusiasmados al irse con ella en el libro. Silva no rehusó ni protestó a pesar del retraso y yo, que tenía clase, le dejé el mío a un compañero para que me lo firmara (mañana me lo dará), no tanto por el fetichismo o la mitomanía de aficionada a la literatura, como por saber que esa firma en ese libro me recordará algo que ningún profesor debe olvidar: que no hay que desistir jamás. Que a veces las cosas salen bien. Pero hay que darles la oportunidad de que salgan. La oportunidad de que merezcan la pena.

Y hoy ha salido el concurso de traslados, y me he dado cuenta de que a pesar de los kilómetros diarios, las horas de autobús, los madrugones y el caos omnipresente y todopoderoso que reina a sus anchas en mi instituto, arrastrándonos a todos (y demostrando de paso que las cosas pueden funcionar por sí solas, porque mi instituto marcha solo, por increíble que pueda parecer, y parece),a pesar de todo eso, no tengo tantas ganas de irme como creía. Y que el día que me vaya me va a dar mucha, mucha pena, aunque lleve tan poco tiempo en él.

Quien me lo iba a decir. Y es que sí, es verdad que a las cosas hay que darles la oportunidad de que pasen.

martes, 9 de diciembre de 2008

Gafas




A los cinco años me pusieron gafas.

Fue mi maestra la que detectó que yo metía demasiado la nariz en los libros, y mamá decidió llevarme rápidamente al oculista. Y puedo recordar que hasta me hizo gracia ir a elegir la montura (y elegí unas redonditas, que me daban todavía más aire de niña repollo del que ya tenía por mí misma, que no era poco). La ilusión duró hasta que vi a mis primas mayores que, al saber la noticia, empezaron con las burlas y chascarrillos que habrían de acompañarme durante años, y años, y años.

Y es que durante años, y años, y años, yo fui la niña de gafas, la chica de gafas, la de gafas sin más. Porque el poder de las gafas era, sin duda, sorprendente, tiránico, injusto y maléfico: daba igual cómo fueras, daba igual lo que llevaras, daba igual lo que hicieras, ellas siempre terminaban siendo lo que te definía, lo que te identificaba y hasta lo que te nombraba, como si el resto de tus características desaparecieran eclipsadas por esa pieza ortopédica que un día, un oculista ceñudo y aséptico colocó en tu cara, como si tal cosa, como si no pasara nada, como si no fuera algo que iba a cambiar de forma sustancial tu imagen, que sobre todo a determinadas edades pesa tanto, tanto, tanto. Tanto, que puede llegar a modificar lo que eres.Sé que puede sonar exagerado, pero yo sé que yo sería sustancialmente distinta si no hubiera llevado gafas. De verdad.

Durante años, he odiado apasionada, rabiosa y convencidamente las gafas de las que dependía. Porque sin ellas me he sabido siempre indefensa. ¿Puede haber una paradoja que dé más rabia?

Mi trauma personal empezó a empequeñecerse , a los 20 años y con los ojos hundidos por 15 años de escaparates en la cara, con la irrupción en mi vida del maravilloso invento de las lentillas, que me permitieron ver en el espejo, por primera vez, mi propia cara nítida y con los ojos sin empequeñecer por las dioptrías en los cristales. Y ese mismo trauma sufrió una mengua considerable cuando conocí a Dei, y resulta que le gustaban las gafas (por más que a mí me costara entenderlo). Y bueno, también se va debilitando con el cumplir años, que será una putada, pero te hace sacudirte muchas "tonterías".

Aunque desaparecer, lo que se dice desaparecer, creo que no desaparecerá jamás (y eso que no me opero, pero es por una mezcla de temor y desconfianza).

Por eso esta chica me ha parecido siempre sorprendentemente valiente y decidida; por saber llevar gafas contundentes con tanta gracia y tanto estilo, y por atreverse a hacerlas parte fundamental del aspecto que uno recuerda de ella.

Claro que a lo mejor fue cosa de sus estilistas y asesores de imagen... Que ahora, con la sofisticación de la industria discográfica, una ni siquiera puede forjarse mitos o creerse personalidades de los artistas a gusto, sin el riesgo de ser una pardilla que se traga la pildorita que el marketing ha dorado.

Feliz semana corta que nos ha librado de un lunes.

Llega el esplendor de las cenas y comidas y compras y películas y adornos de Navidad.

Ánimo. Que no puedan con nosotros.


lunes, 8 de diciembre de 2008

¿Quién mezcló Madrid y cielo?


Quien fuera que mezcló Madrid y cielo en la misma frase, desde luego no tuvo que atravesar nuestra centradísima capital en inicio o final de puente. Doce horitas de viaje para recorrer los 900 kms que separan Zaragoza de Lisboa a la ida; a la vuelta, unas diez (sin parar nada de nada de nada, qué aguante tiene el Dei al volante, oyes, alucinadita me deja), aderezadas con lluvia cegadora y accidente de camión en la A2 a la entrada de Zaragoza: ese fue el precio por pasar dos días, que como siempre saben a poco, en la capital lusa, que en este viaje hemos hecho un poco más nuestra; tanto, que hemos decidido que si algún día nos compráramos algo así como "una segunda residencia", es decir, una casa en un lugar al que nos guste viajar a menudo, será en Lisboa (en tiempos de crisis y sin tener ni primera vivienda en propiedad, lo único gratis y sin riesgos es soñar).

Esa fue una de las decisiones que tomamos. La otra fue volver a Lisboa pero cuando no haya turistas (al menos, no tantos), y la otra no volver a viajar en puentes y fechas "punta" de vacaciones cuando haya que pasar por Madrid. Aunque será muy difícil, porque está en el medio y medio y de camino para casi todo, y mi trabajo no me permite viajar más o menos cuando viaja tooooodo el mundo, madrileños incluidos.

Como hicimos el viaje solos (bueno, acompañados de un navegador loco e inútil, al que tuvimos que terminar quitando el volumen para que no nos despistara), y como Dei y yo tenemos conversación pero todo tiene un límite, buscamos la compañía de la radio para las largas horas, una tras otra, que nos pasamos metidos en el Alfa, rodeados de coches parados (¿nadie se ha enterado de lo de la crisis?), avisos de retenciones, lluvia, nubes y luces. Así que oímos las pocas noticias de un día festivo por lo menos diez veces, las deportivas incluídas. Y por coger una de entre todas las de este día de fiesta católica celebrando la virginidad (qué risa), fiesta de musulmanes que comen cordero para celebrar que Abraham prefirió matar un animalito similar en lugar de a su hijo para aplacar a un Dios exigente y tiránico, fiesta democrática celebrando que podemos votar, en la que la gente hace cola para entrar en el congreso para ver dónde discuten los políticos (?????? como si no llegara con las colas que no te queda más remedio que hacer... anda qué...), fiesta capitalista de centros comerciales abiertos para que podamos comprar todo lo que la navidad nos obliga (insisto, ¿dónde se mete en estas fechas la crisis protagonista de cifras y telediarios?), me quedo con el 28º aniversario de la muerte a tiros de John Lennon.

El mismo Lennon que invitó a imaginar el mundo cómo debería ser pero inexplicablemente no es, el mismo Lennon que cantó a la mujer y al amor, y pidió perdón por ser celoso, el mismo Lennon que reivindicaba el poder para el pueblo y una oportunidad para la paz, el mismo Lennon que para protestar se desnudaba o se metía públicamente en una cama con su mujer, murió abatido, según contaba algún locutor de radio cuando yo era todavía adolescente y estaba descubriendo a los Beatles, por los disparos de un fanático perturbado cuyo nombre se negaba a decir para no permitir que lograra lo que quería. Porque según la versión de aquel locutor (que no sé si será verdad o leyenda), el que disparó era un fan apasionado de Lennon que quería figurar en su biografía.

De Lennon, sólo o con los Beatles -con los que acabó tan mal, al parecer por la aparición de la controvertida Yoko Ono, aunque vete tú a saber cómo fueron en realidad las cosas-, me gustan muchas canciones. Casi todas, en realidad. Así que pongo la primera que me ofrece Youtube, que me encanta.

Amar es querer ser amado.
Amar es pedir ser amado.
Amar es necesitar ser amado.



jueves, 4 de diciembre de 2008

Del dolor a la solidaridad


Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que soy malo; y no saben
del diciembre de este enero.

Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hay un vacío
en mi aire metafísico
que nadie ha de palpar:
el claustro de un silencio
que habló a flor de fuego.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Hermano, escucha, escucha...
Bueno. Y que no me vaya
sin llevar diciembres,
sin dejar eneros.

Pues yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.

Todos saben que vivo,
que mastico... Y no saben
por qué en mi verso chirrían,
oscuro sinsabor de féretro,
luyidos vientos
desenroscados de la Esfinge
preguntona del Desierto.

Todos saben... Y no saben
que la Luz es tísica,
y la Sombra gorda...
Y no saben que el Misterio sintetiza...
que él es la joroba
musical y triste que a distancia denuncia
el paso meridiano de las lindes a las Lindes.

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo,
grave.

Para leer a Vallejo hay que usar el corazón. Olvídate de la cabeza, sus razonamientos, su lógica y sus conceptos. Deja que los sentimientos afloren a los ojos y no pienses. Lee sin pensar, con la razón cerrada para percibir el aroma de las palabras y los ecos que nos traen sin querer y sin buscarlos. Porque seguro que entonces vas a sentir. Aunque no entiendas. Porque en literatura no siempre se trata de entender en el sentido estricto de esta palabra. A veces podemos saltarnos ese paso y llegar directamente a la emoción pura de lo que se siente en forma de intuición, ilógica, infundada, sin asideros. Pero cierta. Fuerte. Auténtica. Tan cierta, fuerte y auténtica como lo que se sabe con el corazón y no se puede explicar y por eso no queda más remedio que escribir (o leer) poesías. Y quien lo probó lo sabe.

Tengo la impresión (pero ojalá me equivoque) de que César Vallejo, tan venerado por todas partes como hombre y como poeta, no es demasiado conocido en España. No me refiero, claro está, a los estudiosos de la literatura o a los aficionados a la poesía. Me refiero a en general, a los poetas proverbiales que a todo el mundo les suenan, como Neruda, Lorca o Machado . Yo, por ejemplo, no había oído hablar de él cuando tuve que estudiar (y así descubrí) su obra en la carrera. Y sin embargo, algunos han comparado su aportación a la poesía hispana en particular, y universal en general, con la de Dante y, Bryce Echenique, que prologa al volumen a él dedicado dentro de la colección que vende los miércoles El País, lo considera “a su entender” el más grande poeta de Hispanoamérica. Ahí es nada y ahí se quedan Neruda, Huidobro, Borges, Rubén Darío u Octavio Paz.



Su biografía nos habla de un peruano, profundamente peruano, nacido en 1892, con rasgos y raíces marcadamente mestizos que parecieron también marcarle: sus abuelas eran indias y uno de sus abuelos era un sacerdote gallego . Es decir, que era lo que allí se conoce como “cholo”: el que hunde sus pies en una tierra que mezcla la cultura colonizadora y trasplantada desde Europa que aquí se convierte en otra cosa con el barro mágico del pensar y el sentir indígena. Y tal vez sus raíces sean las que hacen que Dios y la familia afloren una y otra vez en sus versos. Sobre todo en los más doloridos.

Porque Vallejo es el poeta del dolor, un dolor tan antiguo y tan perenne que ya parece no tener causa sino ser parte de uno mismo, y de la solidaridad salvadora.

Dolor profundamente arraigado, tanto, que forma ya parte de la propia identidad (como expresa en el poema de arriba: yo nací un día que Dios estuvo enfermo... En esto Vallejo me recuerda mucho a otro de mis poetas preferidos Miguel Hernández, que había nacido, como el toro, para el luto, que tenía la pena de una sola pena,los huesos hechos a las penas, no encontraba tijeras para cortar el dolor , que había nacido en una una mala luna, y se sentía el más descorazonado de los hombres, tanto que quería descorazonarse para dejar de sentir el dolor... , y a Rosalía, que habló de la negra sombra y del clavo en el corazón que no podemos arrancarnos porque sin él no sabemos sentir. Y a mí, claro, que conozco el dolor absurdo pero no sé ponerle nombre ni convertirlo en verso y que entreno cada día para acallarlo y guardarlo tan dentro que llegue a olvidarme de él..

El dolor aflora desde las entrañas, en la obra de Vallejo, sobre todo en “Los heraldos negros”, su primer libro, en el que utiliza ecos de los gorgoritos modernistas pero mezclándolos con la profundidad de un sentimiento tan desgarrado como pocos (por no decir ninguno) estetas del modernismo se atreverían a dejar traslucir. Hay que ser un genio para seguir una corriente pero desmarcándose así. A este libro pertenece el poema de arriba, y este otro, que da título al poemario. Dolor en estado puro. Y sólo incertidumbre ante tanto dolor, en el que anda mezclado, siempre, Dios:

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!


La familia es otro de los motivos recurrentes de los versos de Vallejo, y de la familia habla siempre con un acento de nostalgia dolorida que evoca sin duda una adulta pero sentida orfandad sentimental. De hecho, se sabe que la muerte de su madre, en 1917 le marcó profundamente y en 1923 Vallejo parte hacia Europa (de la que no volverá) y en Paris se enterará de la muerte de su padre. Nunca podrá (ni seguramente querrá) sacudirse esa nostalgia dolorida hacia el Perú que ha dejado porque lo tenía que dejar, ni hacia la familia que quiso dejar, pero queriendo querer no dejarla, y a la que ya no puede volver jamás porque ya no estará allí esperándole.

Cuando yo tuve que estudiar a Vallejo, en la carrera, me costaba llegar a la emoción de sus poemas, porque todavía no sabía leer sólo con el corazón, con la parte del corazón más en las antípodas de la cabeza, ni tenía todavía capacidad para percibir la emoción pura, no filtrada por la racionalidad, con la que Vallejo cada una de las imágenes de sus versos. Y sin embargo, el final de este poema se quedó ya entonces conmigo en esa parte del alma donde sólo te tocan algunos, quizás porque intuía que algún día yo conocería la nostalgia de la familia, las raíces, la infancia que se ha quedado y que he dejado atrás, una nostalgia en la que se mezclan el cariño, la memoria, la pena y la culpa, tan tan parecida a la suya:

Los padres lejanos

Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce...
si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;
y no hay noticias de los hijos hoy.
Mi padre se despierta, ausculta
la huida a Egipto, el restañante adiós.
Está ahora tan cerca;
si hay algo en él de lejos, seré yo.

Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie.



También la muerte prematura de su hermano Miguel ,a causa de una neumonía traicionera, en 1915, le marcó profundamente y alimentó el dolor intrínseco que late en sus poesía, como testimonian algunos de sus amigos y poemas comoo este, elegía soñadora sobre la figura del hermano y de un tiempo que no volverán, que yo no puedo leer sin un escalofrío

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo.
Me acuerdo que jugábamos a esta hora, y que
mamá
nos acariciaba: "Pero hijos..."

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.

Vallejo vino a la vieja Europa con la esperanza de encontrar terreno más acogedor para sus versos, que anticipaban en su libro "Trilce" los procedimientos que en nuestro continente desplegarían en la década de los veinte como radicalemnte innovadores las Vanguardias, y que en su Perú natal no fueron demasiado bien acogidos. Se vino casi con lo puesto, y tuvo que malvivir un par de años.

En Paris conoció a su Esposa, Georgette Marie Philippart Travers, con la que vivió una historia que no deja de llamarme la atención, por las versiones tan diferentes a las que ha dado pie.



Su historia es descrita por algunos con tintes románticos y esotéricos: incluso se cuenta que a ella, que lo conoció con unos 15 años cuando el tenía 33, le había anunciado el encuentro una vidente), y su forma de enamorarse fue bastante curiosa, a través de las ventanas de sus casas, que eran vecinas.


Pero otros (entre ellos los amigos del poeta) la describen como una mujer tiránica y aprovechada que “se pegó” a Vallejo consciente de su genialidad, pero con la pretensión de dominarlo y empaparse a su costa de su grandeza y de gloria. De hecho, Bryce Echenique, que la conoció por haber sido ella su profesora de francés, le hace un retrato nada amable en el prólogo a sus poemas, describiéndola como una racista de rostro concienzudamente emblanquecido que en realidad despreciaba a Vallejo, y adjudicándole sin ambages ni diplomacia ni correción política el calificativo de “insoportable” .

El caso es que tras la muerte del poeta, ella ejerció activa y entregadamente de viuda, publicó la obra póstuma de su marido "Poemas humanos" y se dedicó en cuerpo y alma a la propaganda de la figura y la obra de Vallejo. Parece ser que hubo también bastante follón con los restos mortales del poeta, que Georgette luchó porque no se llevaran a Perú y porque terminaran en un determinado cementerio de París, que no todos consideran el más adecuado, por distintos motivos. Y ella hizo que en el epitafio del poeta estuviera ella misma: “He nevado tanto para que duermas” (que Echenique interpreta como “estás aquí por todo lo que yo he hecho por ti”), cuando muchos creen que el mejor epitafio lo habría escrito, como el poema de recuerdo de su muerte, el propio Vallejo: “Yo nací un día que Dios estuvo enfermo. Grave”

Pero antes de todo esto, Vallejo, aparte de implicarse activamente en la vida cultural y literaria de su época, vívida como pocas en este sentido (imaginaos el París de la Vanguardia, con su ilusión, su fe en el futuro y en lo radicalmente nuevo, su creencia de estar explorando territorios ignotos para la humanidad, su efervescencia artística y literaria, sus vuelos de bohemia e intelectualidad), no dudó en hundir sus manos hasta el fondo en el compromiso y la política. Estudió con interés el marxismo y viajó a Rusia en 1928. Y él, preocupado por la injusticia social y la atroz explotación del hombre por el hombre ya desde su experiencia de juventud que le había marcado, allá en el Perú de sus nostalgias, en la hacienda azucarera "Roma", encontró en el comunismo mucho más que una doctrina que podía cambiar el mundo por otro en el que no hubiera injusticias ni desigualdades: encontró una salida, un alivio, una respuesta, a su propio dolor personal, a través de la solidaridad, la conciencia de ser uno más dentro de la “masa”, de ser como el otro y comprender que luchar por el otro y con el otro (en el sentido de "junto a", no en el de "en contra de") es luchar también por uno mismo.

Y el compromiso social y político, la apertura hacia la realidad humana, que es la de los demás pero es también la propia, teñirá sus últimos poemas, tanto los póstumos "Poemas humanos", publicados tras su muerte por su esposa, como los dedicados a la contienda española, que él vivió en primera fila y en la que se implicó con los versos y con la maza, participando en comités de defensa y en la lucha antifascista, y fundando con Neruda el “Grupo Hispanoamericano de ayuda a España”.

Este viaje de Vallejo "del yo a nosotros" es común a casi todos los poetas de la Vanguardia, e inevitable en el paso de los felices veinte a la crisis de los años 30, en los que resultaba cínico seguir hablando, como se había hecho desde Ortega hasta las Vanguardias, de la deshumanización del arte ,y del arte por el arte, y de la finalidad sin fin, y de que el arte es juego, y creación pura y radicalmente libre, y expresión pura y radicalmente libre, e intuición pura, que no tiene por qué hablar de la realidad ni siquiera seguir su lógica, porque en nuestra mente hay más que pensamiento, y a veces los pensamientos falsean nuestro sentir, nuestra emoción, nuestra autenticidad y nuestro yo.

Porque en los años 30, la realidad y su lógica golpeaban la conciencia, e impedían mirar hacia otro lado y volar en las alturas de las preocupaciones puramente intelectuales, estéticas y artísticas, y hacían necesario volver al pensamiento y al mundo, a manchar el arte con la realidad y sus impurezas, a hablar de ella, a gritar si es necesario, para que no quedara sin denuncia y sin protesta, y para intentar cambiarla, antes de que nos aplastara con su contundencia.

Pero este camino del arte al compromiso, mucho mejor que yo lo expresó, sin duda, el propio Vallejo. Porque ellos querían deshumanizar el arte, y entonces, un hombre pasa...;

Un hombre pasa con un pan al hombro
¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?

Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?

Otro ha entrado a mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?

Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?

Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después, del infinito?

Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?

Un comerciante roba un grama en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?

Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?

Un paría duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?

Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?

Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más alla?

Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

La poesía se transforma en grito y los poemas, que una vez estos poetas quisieron deshumanizados y vaciados de sentimentalismo, se llenan de humanidad y sentimiento. Se empieza considerando al hombre en frío, imparcialmente, pero el camino de acercamiento a lo humano, a todo lo humano, que nunca nos es ajeno, termina, claro, en la emoción, y el sentimiento, la emoción de comprender que somos pequeños, y miserables, y frágiles, y necesitados de todo, y necesitados unos de otros, y de que asumir de verdad esto muestra que sólo sirven la mano tendida, el abrazo y el perdón. La solidaridad, la compañía, lo que el cristianismo llamó amor al prójimo y luego lo llenó de hipocresías, intereses, manipulaciones y culpa, pero que ajeno a leyes, supersticiones e imposiciones, muchos saben que es el bálsamo más efectivo contra el dolor:

Considerando en frío, imparcialmente,
que el hombre es triste, tose y, sin embargo,
se complace en su pecho colorado;
que lo único que hace es componerse
de días;
que es lóbrego mamífero y se peina...

Considerando
que el hombre procede suavemente del trabajo
y repercute jefe, suena subordinado;
que el diagrama del tiempo
es constante diorama en sus medallas
y, a medio abrir, sus ojos estudiaron,
desde lejanos tiempos,
su fórmula famélica de masa...

Comprendiendo sin esfuerzo
que el hombre se queda, a veces, pensando,
como queriendo llorar,
y, sujeto a tenderse como objeto,
se hace buen carpintero, suda, mata
y luego canta, almuerza, se abotona...

Considerando también
que el hombre es en verdad un animal
y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza...

Examinando, en fin,
sus encontradas piezas, su retrete,
su desesperación, al terminar su día atroz, borrándolo...

Comprendiendo
que él sabe que le quiero,
que le odio con afecto y me es, en suma, indiferente...

Considerando sus documentos generales
y mirando con lentes aquel certificado
que prueba que nació muy pequeñito...

le hago una seña,
viene,
y le doy un abrazo, emocionado.
¡Qué mas da! Emocionado... Emocionado...


Vallejo no llegó a ver el final de la contienda española que tanto le afectó (a España dedica todo un libro, de título elocuente, dolorido y con ecos religioso, como aquellos primeros poemas del dolor con los comenzó a dar sus pasos a la solidaridad: "España, aparta de mí este cáliz"). Murió en París en 1938, un día de lluvia, tal como él predijo en un poema que escribió un jueves pensando que moriría en jueves, aunque el día de su muerte fue viernes., y no fue otoño sino primavera.


Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.


César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro


también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...


Murió víctima de una enfermedad (parece ser que un paludismo que habría contraido 20 años atrás y que se había traído soterrado de su Perú natal, como la nostalgia, y que habría rebrotado fieramente en un momento de debilidad) Tal vez esa enfermedad soterrada estuviera en alguna de las raíces inconscientes del dolor constante que impregnó su vida y sus versos., Tal vez la poética coincidencia del Paris con aguacero tenga algo de premonición mágica. O tal vez el Vallejo enfermo aguardó a un día de lluvia para morirse, porque él, que había hecho sus versos con su vida, decidió que su último gesto fuera hacer su vida a partir de sus versos. O tal vez porque cuando escribió este poema, Vallejo estaba decidiendo, queriendo o son querer, dónde y cuándo moriría, un día tan cierto que lo tenía ya en el recuerdo.

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