lunes, 26 de enero de 2009

El espejo de lo no dicho


¡Quién hubiera tal ventura
sobre las aguas del mar
como hubo el infante Arnaldos
la mañana de San Juan!
Andando a buscar la caza
para su falcón cebar,
vio venir una galera
que a tierra quiere llegar;
las velas trae de seda,
la jarcia de oro torzal,
áncoras tiene de plata,
tablas de fino coral.
Marinero que la guía,
diciendo viene un cantar,
que la mar ponía en calma,
los vientos hace amainar;
los peces que andan al hondo,
arriba los hace andar;
las aves que van volando,
al mástil vienen posar.
Allí habló el infante Arnaldos,
bien oiréis lo que dirá:
-Por mi vida, el marinero,
dígasme ora ese cantar.
Respondióle el marinero,
tal respuesta le fue a dar:
-Yo no digo mi canción
sino a quien conmigo va.


Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas,
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.

Cayó sobre mi espíritu la noche
en ira y en piedad se anegó el alma
¡y entonces comprendí por qué se llora!
¡y entonces comprendí por qué se mata!

Pasó la nube de dolor... con pena
logré balbucear breves palabras...
¿Quién me dio la noticia?... Un fiel amigo...
Me hacía un gran favor... Le di las gracias.

¿Qué tienen en común estos dos textos tan lejanos en temas, formas y épocas?

Piensa...



Pues sí: que lo más importante en ellos es lo que no se dice. El gran Borges indicó que muchas veces la mejor forma de destacar algo es no nombrarlo, haciendo explícita en la teoría y retorciendo deslumbrantemente en la práctica esta técnica literaria, expresiva y quizás metafísica: la de convertir en lo más importante la ausencia, la carencia. La de no decir.

Lo no dicho queda destacado porque para descubrirlo hay que hacer un pequeño esfuerzo y pensar antes sobre ello, y seguramente pocas focalizaciones son tan eficaces como ésta. Es difícil pensar en una llamada de atención más poderosa que la de tener que esforzarnos para descubrir algo.

El primer poema es un romance. El romance rd la forma métrica "natural" del castellano. Si un profano se pone a escribir poesía, espontáneamente y sin ninguna idea sobre versos ni otra pretensión, casi seguro que sin querer le saldrá un romance, o una forma similar: una sucesión de versos en los que riman las vocales de los versos pares mientras los impares quedan sueltos.

Esta forma métrica surgió allá por el siglo XIV, cuando las narraciones eran obligatoriamente orales, porque casi nadie sabía leer. Siendo su único soporte la memoria, para recordarlas era, sin duda, mucho mejor el verso que la prosa, y tanto la mnemotecnia como su carácter popular y espontáneo exigían unos versos sencillos y sin complicaciones, condiciones que los romances cumplen a la perfección.

Por tanto, los romances eran poemas, en origen, narrativos (o eso dicen al menos las teorías más aceptadas), es decir, que contaban una historia. Y así circularon durante los siglos XIV, XV y XVI, de una manera muy similar a como circulan hoy los chistes: por el boca a boca, de generación en generación, Y con variantes, improvisaciones, errores de transmisión, imposibilidad de ser firmados, y, por tanto, obligadamente anónimos.

Su carácter sencillo, espontáneo y oral propiciaba la elipsis, porque era necesario evitar rodeos innecesarios, y convenía reducirlos a los elementos mínimos requeridos para contar bien una historia, estimular la imaginación del oyente o darle más expresividad. La tendencia a la omisión de elementos se veía además reforzada por la memoria, sus carencias, sus preferencias y su economía: tendemos a recordar especialmente (y a veces únicamente) aquello que nos resulta más interesante, olvidando u obviando todo lo demás.

En el Romance del infante Arnaldos, pues, la técnica del no decir aparece a modo de final abrupto, que la crítica denomina “fragmentarismo”, y surge, probablemente del azar de la memoria, es decir, involuntariamente y por las circunstancias del transmisión del poema. Hay quien dice que este fragmentarismo, muy común en los romances, aunque no en todos resulte tan sugestivo como en este, está en el origen mismo de estos poemas, que según ellos nacieron al empezar a recitarse por separado los fragmentos que al público resultaban más llamativos o memorables de otras narraciones mas largas en verso (los Cantares de Gesta, que recitaban los juglares hasta poco antes de que surgieran los romances)

En este romance, pues, la elipsis, la asuencia de lo más importante (el desenlace o la explicación de lo que ocurre en el poema) surge probablemente sin intención y por azar, porque además de este mismo poema, como ocurre con toda la literatura popular, tenemos otras versiones y variantes, y en alguna de ellas el final no es abrupto, sino que se nos cuenta quién es el marinero, y como Arnaldos se va con él y viven alguna que otra aventura. Quizás gane como narración, pero pierde fuerza lírica.

Y es que el azar, o tal vez la desmemoria, o tal vez la pereza, hizo que alguno de los recitadores que participaban en la transmisión, no se acordara o no quisiera acordarse del final, Y alguien lo escuchó así, abruptamente cortado, y así lo transmitió, descubriendo que el enigma azuzaba la imaginación y la evocación sentimental, y hacendo que los elementos narrativos (el barco maravilloso, el canto de efectos mágicos, el marinero misterioso, el propio infante Arnnaldos, su halcón, su caballo, la propuesta, el mar) se llenaran de simbolismo y posibles significados, precisamente al no ser explicados y explicitados.

Bécquer, por el contrario, ya procura intencionadamente que sea el lector el que evoque, con más intensidad que si la dijera directamente, qué noticia puede producir ese dolor profundo que casi hace perder la consciencia y despertar el deseo de matar. Pero también rodea de ambigüedad la reacción aparentemente fría del poeta al final, e incluso la identidad del amigo informante, o el verdadero sentido (¿positivo? ¿negativo?)del hecho de conocer la fatal noticia que intuimos y adivinamos.

Es curioso leer estos poemas con los críos en clase y azuzar sus interpretaciones. La mayoría se repiten de año a año, pero hay algunas curiosas. Para el Romance del infante Arnaldos, muchos descubren, como algunos críticos, en la figura del marinero a la muerte. Otros lo interpretan como un poema sobre la amistad, que exige ese compromiso vital de irse o “mojarse” con quien es amigo; otros, como un poema sobre el amor; otros, como un relato de fantasmas.

El poema de Bécquer, curiosamente, suele despertar otra interpretación recurrente: no sólo se percibe ese orgullo de la voz poética, que recubre de gelidez exterior el cataclismo emocional interior,sino que muchas veces dicen que el amigo que le da la noticia es en realidad el que lo traiciona con la amada. Sin mis chicos, a mí no se me habría ocurrido esa intepretación que siempre me ha parecido demasiado retorcida, complicada y mal pensada.

(¿Y tú? ¿Cómo los interpretas? ¿Qué interpretación te convence más? )

La obra literaria, como toda obra artística, es una abstracción que deja algunos huecos abiertos a la concreción personal que cada uno hará, que es precisamente lo que permite la identificación, la conexión emocional con la obra de arte. Algunos críticos llaman a estos huecos por concretar la “zona de indeterminación”. Es como los test proyectivos, esas manchas que no representan nada concreto y en las que cada uno cree ver imágenes en las que se revela a uno mismo. La obra de arte se convierte así en un espejo en el que cada uno se ve a sí mismo.

Toda la crítica fenomenológica de la segunda mitad del siglo XX se centró en este papel del lector (en la literatura, el espectador en el resto de las artes) como actualizador, completador y hasta cierto punto cocreador de la obra de arte. Y cuantos más huecos deje para rellenar el autor (es decir, cuanto más “abstracta” o ambigua sea la obra de arte), más habrá de poner el lector de su parte y más campo abierto y libre queda para que haya distintas y hasta dispares interpretaciones. Por eso el no decir, que contribuye a la indeterminación, a la abstracción, a la ambgüedad, invita a imaginar, sentir e interpretar.

No decir puede ser una forma extremadamente eficaz de expresar. Quizás porque lo más importante, profundo e intenso sea aquello a lo que nos cuesta poner nombre o encajar con palabras, y tenemos que limitarnos a señalarlo con el dedo, como en la época primigenia que soñó García Márquez al principio de sus Cien años de soledad. Y tenemos que usar como dedo todo lo demás: lo que se dice, lo que aparece, que señala lo no dicho sin ponerle nombre y deja que sea el espectador el que lo descubra sin el filtro conceptual del lenguaje. Es decir, directamente con el corazón, o con las tripas, o con lo que quiera que sea que hacemos esa cosa que llaman sentir.

Por eso la elipsis, lo no dicho, puede ser, además de la mejor forma de expresar algunas cosas que no caben bien en las palabras, un espejo del ojo que mira.

4 comentarios:

Liz dijo...

una clase magistral kamala!

sea como sea Bécquer es un genio. Me encanta. Quizá porque te deja rellenar los huecos con lo que tú quieres y hacer tuyo lo leído, por hablar de manera sencilla y directa de algo tan habitual como la poesía, la vida, el amor, la muerte, lo humano desde otro punto de vista.
La interpretación de tus chicos no va desencaminada del todo...

Besos

kamala dijo...

Yo también soy fan de Bécquer. Y seguro que no es la última vez que lo traigo por aquí.

Un beso

NoSurrender dijo...

No tengo los conocimientos ni la capacidad interpretativa que tú, pero en mi modestia bruta nunca me gustó demasiado Bécquer. Sus contemporáneos ingleses o alemanes siempre me pareció que jugaban en otra división. El romantcismo español siempre lo percibí como menor. Pero me sentaré a aprender cuando quieras :)

kamala dijo...

El gusto no se aprende. Para que un autor te guste tiene que conectar contigo, y punto.

Y sí, el Romanticismo español es un romanticismo "menor" comparado con el alemán o el inglés. Pero a los que nos gusta Bécquer, no es como representante del romanticismo... Es por otra cosa.

Quizás me equivoque, pero tengo la impresión de que lo que a ti te gusta del Romanticismo es algo que no está en Bécquer, y que lo que en Bécquer hay de romántico (en el sentido histórico-literario del término) a ti no te interesa demasiado...

Pues eso, que un autor conecta contigo o no, y hay cuestiones del gusto que no dependen de que uno aprenda o no (otras sí, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión)

Un saludo.

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