martes, 13 de enero de 2009

Re-visiones: "Después de una noche"


Después de una noche” es el -desafortunado- título que se dio en España a una película hoy bastante olvidada (y que en su momento creo recordar que pasó sin pena ni gloria) del director Mike Figgis, conocido, reconocido y premiado por ser el director de “Leaving las Vegas”. El título original era “One night stand”, expresión empleada en inglés para designar los “rollos de una noche”, las relaciones esporádicas entre dos personas que se encuentran y no pretender volver a encontrarse más allá de unas horas de amor -o de sexo, o de lo que sea- compartidas, sin planes, ni promesas, ni futuro, ni esperanzas, ni reproches.

Yo me encontré con esta película por puritita casualidad (que dirían los mexicanos), cuando estaba en casa de mis padres y disfrutaba del Canal Satélite que ellos pagaban,.Y tengo que reconocer que aquel era un medio fantástico para descubrir películas que de otra manera una no llegaría a ver, porque no todas las que más promocionan, o llegan a las teles generalistas, o cuyo título-actores-director nos suena (o cualquier otro criterio por el que nos decidimos por intentar ver un título determinado) son las películas destinadas a encontrarnos a nosotros y quedarse, que fue lo que a mí me pasó con esta.

La empecé a ver simplemente porque en aquel momento no había otra cosa, pero me atrapó desde el primer fotograma hasta el último (que sí, reconozco que, como indican las escasas críticas que he encontrado sobre ella, decepciona, chirria y desentona con el resto de la película). Aviso que voy a hablar del argumento, por si hubiera algún antispoiler en la sala, para que la abandone inmediatamente, porque tal vez se la destripe más de lo que él quisiera. Es que a mí no me importa que me hablen de lo que pasa en las películas antes de verlas (salvo excepciones en que para disfrutarla es absolutamente imprescindible desconocerlo). Es más: soy de las que revé películas, prueba evidente de que lo que más me interesa de ellas, aunque también, no es el argumento o la intriga sin más.

La película cuenta la historia de un rollo de una noche y sus alrededores. Dos desconocidos, Max (un negrísimo Wesley Snipes) y Karen (una rubísima Nastassia Kinski) se encuentran fuera de sus vidas habituales, surge cierta atracción entre ellos y un poco por esa atracción, otro poco por ciertas circunstancias también excepcionales e intensas, terminan compartiendo una noche llena de silencios en la que no hay ni sombra ni de futuro ni de trascendencia. Y sin embargo, la tendrá.

Quizás, porque no hay tanta diferencia entre un momento y toda la vida. Porque hoy es siempre todavía. Y quizás lo que queremos simplemente para hoy, sea en realidad lo que queremos y/o necesitamos para siempre, aunque el bosque de nuestra vida no nos deje apreciar el árbol del momento. Y eso dice el Carpe Diem: agarra el momento, atrápalo, déjate llevar por él. Porque la vida es una sucesión de momentos, y cuantos más momentos felices, uno a uno, vivas, más feliz será, en lógica consecuencia, tu vida. Porque a veces olvidamos esto, y vivimos una vida global que ya no nos planteamos, que ya no recordamos si es la que queríamos, y que acaba condicionando nuestros momentos.

Eso, precisamente, es lo que tiene Max: una vida estable y montada, con mujer hipermoderna, megacool, que incluso sigue modas en algo tan íntimo como el sexo, una vida de publicista, llena de convenciones y falsas “amistades”(elocuente la cena que dan en casa para sus "amigos"), en la que no es desgraciado pero está claro que tampoco feliz, como le recuerda su amigo Charlie, homosexual enfermo de Sida, que tiene los días contados y que cumple en la película una doble función. Una, ser la encarnación descarnada y atroz de la verdad apremiante del Carpe Diem, de aprovechar la vida, agarrarla y no aplazar ni posponer nunca la verdadera e intensa felicidad de vivir como uno realmente quiere, o al menos intentarlo, en cada momento, de no conformarse, no rendirse, no resignarse. Y dos, ser el vículo azaroso que haga que se reencuentren Max y Karen, haciedo que el rollo de una noche se convierta en la frontera entre vivir de verdad y atrapar el momento, o dejar que la vida montada, que ya no te molestas en querer o elegir ,te robe tu oportunidad y tu tiempo. Aunque sí, el final resulta poco verosímil e incluso chirría un poco....

Es una película irregular, no es una obra maestra y redonda, pero como los grandes amores que surgen de un flechazo, yo la quiero con todas sus defectos, porque hay en ella muchas cosas maravillosas y conmovedoras, que como siempre me pasa en estos casos, enumeraré sin orden ni concierto, tal como me vienen a la mente y tal como me tocaron en su momento:

  • El personaje de Charlie, víctima del Sida, al que su hermano (interpretado por Kyle Maclachlan, un actor que nació mayor y nunca fue joven, pues desde Twin Peaks hasta ahora sigue teniendo la misma pinta) responsabiliza de su enfermedad y muerte, terribles y prematuras, por “la vida que llevaba”. Pero que en realidad era la única vida que merecía la pena. Ya digo que este personaje es la encarnación descarnada del espíritu del Carpe diem, sin maquillajes ni falsas estilizaciónes que primen la vida sobre el reverso que le da sentido, la muerte, con sus terribles alrededores: la enfermedad, el dolor, la soledad, intesamente expresados por ese Charlie en el hospital, rodeado de respiradores, tubos, amigos , camillas, cariño y fiesta, pero siempre solo, terriblemente solo ante el horror de las madrugadas.
  • El funeral de Charlie, que él quiere que sea una fiesta de celebración de su vida, presidida por una enorme foto suya, que no hace más que recordar a los personajes la necesidad de vivir de verdad y ya, antes de que la muerte venga, tan callando.
  • La música, que parece ser que es del propio Mike Figgis, y que combina piezas clásicas con originales arreglos y otras originales.
  • La intensidad con que se expresa lo que ocurre la “noche del rollo”: lo que supone el atraco compartido, lo innecesario de las palabras para una comunicación íntima y su contraposición con la escena de sexo acróbata pero profundamente solitario que tendrá Max con su mujer a su vuelta.
  • El reencuentro de Max con su mujer y como, a pesar de su determinación por volver a su vida sin rastro de su fallo, este se empeña en alargar su sombra sobre su vida: en la tinta derramada en el pecho y el comentario sobre el corazón negro, en la actitud del perro, que parece “oler” lo que ha pasado, las sospechas sobre lo ocurrido que “la culpa” hace que el propio Max casi se delate.
  • La interpretación de Wesley Snipes, al que estamos acostumbrados a ver en películas de acción (que no son precisamente mis preferidas), pero que en este caso encaja a las mil maravillas con el carácter contenido y aparentemente desapasionado de Max, por el que el propio Charlie moribundo (interpretado también inolvidablemente por Robert Downey Jr.) parece “estar preocupado” (ironía vital y preciosa).
  • La idea que late detrás de esta historia: la de que el instinto no está tan lejos del corazón, y de que a veces es la razón, y sus convenciones, la que, al mismo tiempo, nos aleja y se interpone entre ambos. Y de que en la vida hay que saber escuchar a las intuiciones, a los impulsos, a la primera vista.
Creo que esta era la idea que cuando vi por primera vez esta película me fascinó, porque afirmaba rotundamente algo que yo entonces tal vez intuía (aunque la razón no me dejara darle forma estable), tal vez quería creer. Y curiosamente, diez años después, he vuelto a verla, y me he dado cuenta de que, hasta cierto punto y con serias dificultades, he aprendido a utilizar la razón para las cosas que hay que utilizarla, el tiempo no ha hecho más que fortalecer mi fe en el instinto y el sentimiento como motor y guía más apropiado para ciertas cosas de la vida, de las que depende esa felicidad basada en saber agarrar con fuerza los momentos felices, aparezcan como aparezcan y digan lo que digan las convenciones y todo lo que nos han echado encima desde antes de nacer (y las mujeres en esto lo tenemos especialmente difícil, porque llevamos siglos en que la educación no ha hecho más que enterrar nuestro corazón pero sobre todo nuestro insinto bajo montañas de convenciones, normas, y juicios y prejuicios morales y sociales muchas veces absurdos, pero demasiado sólidos y fuertes). Y es que a veces es difícil distinguir lo que realmente queremos entre tanta cosa que nos han enseñado (o incluso obligado) a querer.

Confesión y reflexión personal e intransferible: yo nunca he tenido rollos estrictamente de una noche, aunqué sí he tenido historias que no llegaron a ser exactamente una “relación seria o estable” (qué coñazo las etiquetas... ays, si es que ya digo que para estas cosas, la mayoría de las veces la razón es un estorbo). Pero siempre se repitieron. Porque el impulso que me llevaba a tener un rollo que en principio no sabía si iría a más es básicamente el mismo que me llevaba a conocer a alguien con quien, por causas o por azares, llegaría a tener algo más. Y porque nunca se me ha dado bien eso de separar instinto y sentimiento, cabeza y corazón, sexo y amor. Sobre todo cuando estamos al principio, y son solo embriones, y los embriones son todos tan parecidos, que es difícil saber lo que pasará “después de una noche”...

Y ahí radica también el peligro de las historias de una noche que mezclan a dos personas, que quizás no esperen lo mismo, no sientan lo mismo, ni piensen lo mismo. Porque el mismo hecho puede (y suele) significar tantas cosas distintas como personas en él participan. Claro que a veces ocurre el milagro, y todo encaja y parece ponerse de acuerdo. Y entonces, y siempre, carpe diem., y que no importe lo que ocurra después.. ¿o no?

¿Es siempre mejor intentarlo? ¿O puede ser un riesgo peligroso? ¿Merece siempre la pena la felicidad del momento, aún a riesgo de un posible dolor después? ¿Compensa el disfrute del ahora cualquier posible decepción en el mañana? ¿Puede el impulso y el sentimiento puro convertirse en simple precipitación? Esa es la cuestión.

Aunque me temo que no existe respuesta que pueda ser enseñada y aprendida, y que sea mínimamente válida para todas las personas, y ni siquiera para todos los momentos de la vida de una misma persona, que tantas veces olvidamos que no es más que una sucesión de momentos, que como tales deben ser valorados y vividos. Uno, a uno, a uno. Porque hoy es siempre todavía, , y tenemos que aprender a dejar que siempre sea hoy.


5 comentarios:

observer dijo...

"y tenemos que aprender a dejar que siempre sea hoy"

es una cuestión muy complicada, ¿conoces a Henri Bergson? un amigo mío muy fan suyo, y que es un tío que sabe muchísimo, suele decir que vivir el presente implica anular toda forma de idea trascendente (el amor, la moral, la identidad) porque alienan el presente, lo desnaturalizan al remitirlo a algo que está "fuera del tiempo" y que aparentemente marca un recorrido y, por tanto, impide liberar el presente de ataduras.
Yo no tengo ese culto al presente, que es una ficción horrorosa. es mucho mejor disfrutar el futuro! pero weno, son coisas un pouco abstractas y peregrinas...
¡Un bico!

kamala dijo...

Me suena Bergson como filósofo sobre el tiempo porque influía en Machado y otros noventayochistas, pero no tengo demasiada idea de lo que decía.

En realidad, yo tampoco tengo culto al presente, yo soy una inconsciente total. Es al mirar atrás cuando me doy cuenta de lo bien que estaba aquel presente que se me escapó, como un globo, y por eso querría saber apreciar el presente de ahora, antes de que se me escape, porque siempre se me llena de nostalgias.

Lo que yo no sé es disfrutar el futuro. Lo intenté una vez, hace muchos años, pero en vez de disfrutarlo le tenía miedo, y me llené de ansiedad... Supongo que de ahí viene mi afán de aferrarme al presente, para evitar el vértigo y la incertidumbre, que a mí me mata, de querer mirar más allá.

Supongo que como siempre y como todo, lo importante sería una especie de equilibrio sereno, que es algo para lo que yo soy completamente disléxica.

Y me encantan las cosas abstractas y peregrinas.

Anónimo dijo...

me ha encantado..gracias...me hago una y otra vez esas preguntas...y estoy de acuerdo en que la incertidumbre es lo que ahoga..

Liz dijo...

no la he visto y no tiene mala pinta, y a pesar del aviso me he leído el post enterito. Me la apunto.

Con respecto al tema del presente y el futuro, creo que no se trata de rendir culto ni al uno ni al otro. No sabemos qué pasará mañana así que mejor no preocuparse de ello, pero saber disfrutar el momento a pesar de ser un tema trilladísimo cuesta.

Desilusiones aparte, compensa disfrutar de hoy, son los pequeños o grandes momentos (eso se sabe después) los que escriben nuestra historia y a fin de cuentas es preferible arrepentirse de haberlo hecho que de habérselo perdido.
Pero como bien dices es una cuestión muy personal.

Un beso

kamala dijo...

Gracias a ti por venir y comentar. Me alegro mucho de que te haya gustado, porque cuando me sale uno de estos tocho-post (que sí, sé que es la mayoría de las veces), siempre dudo de que alguien (incluida yo) llegue a leérselo entero. Y la angustia por la incertidumbre es un mal que compartimos todos los inseguros, que sufrimos mucho, aunque la inseguridad tenga también sus cosas buenas (pero esta es otra historia, y deberá ser contada en otra ocasión).

Un saludo.

Liz, esta es una película que yo no me atrevería a recomendar, porque repito tiene sus fallos, que yo le perdono porque me dice cosas para mí muy importantes y habla de cosas a las que yo siempre les he dado mucha vueltas.

En todo caso, si te decides a verla, ya me contarás que te parece.

En cuanto lo del presente, además de lo personal de la cuestión, está el abismo entre la teoría y la práctica, entre lo bonito del carpe diemp y el peso luego, a la hora de la verad, de las consecuencias del presente en el futuro, cuando este viene y se convierte en presente.

Lo malo del presente, supongo, es que no hay presente sin más. Que viene traído por el pasado, y nos traerá, a su vez un futuro.

Siempre que me pongo a hablar de esto, me entran ganas de gritar lo mismo: más vivir y menos pensar. Ays, si fuera un poco más fácil...

Muchos besos

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