jueves, 30 de abril de 2009

Herederos del viento


Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma, ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor. (...)

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma ¿quién
quién amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma:
¿de quién, de quién
son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.


MIGUEL HERNÁNDEZ


El drama de los trabajadores de este mundo que vivimos (o algo así) es que todos son aceituneros que amamantan con su sangre olivos que no les pertenecen.

Que viven y mueren presos de esos siglos de aceituna que parecen imposibles de cambiar, según dicen algunos que dice la Historia. Es de hierro su destino y no hay martillo para esta cadena. Hay que dejar el trabajo y el sudor y la sangre en y para los olivos, golpe a golpe, verso a verso. En los olivos de otro. Siempre de otro. Para siempre de otro.

Pero el drama de los trabajadores en este tiempo que vivimos (o algo así) y al que sólo nos atrevemos a nombrar con un eufemismo (eso de "crisis"), es que se ven expulsados del olivar. Que sigue estando, y sigue siendo de otro. Siempre de otro. De otro que se queja, y pide ayuda , para no perder el olivar. Para que los trabajadores puedan volver a tener el privilegio de dejar en él su sangre. Para que el trabajador pueda seguir siendo.

El drama de los trabajadores de todos los tiempos es que un día, alguien que decía hablar en nombre de Dios les llamó bienaventurados por poseer la esperanza de que otro día, algún día, en otro mundo, en otra vida, heredarían la tierra. Y la sangre entregada al olivo de otro parecía (qué falacia) entonces merecer la pena.

Pero cuando el barco se hunde, al trabajador no le queda ni olivar, ni salvavidas, ni balsa. Y aquella esperanza de algún día, en algún mundo, heredar la tierra, empieza a recortar sus perfiles crueles de estafa, de broma absurda, de timo canalla.

Porque cuando llega el invierno, este invierno, y el frío, este frío, los trabajadores no heredan la tierra. Heredan el viento.

Pero no el viento de la libertad que parecía sonar en los poemas, sino el viento de la intemperie. Del invierno. Del frío. Del no tener casa, ni olivar, ni esperanza. El viento de la nada.

Y mañana es el día de los trabajadores, que son todos. Los que trabajan y, ay, los que trabajaban.

Y qué frío, y qué miedo, intentar conjugar el futuro...


4 comentarios:

NoSurrender dijo...

Tom Joad está más vivo que nunca. Nada se mueve.

Salud!

kamala dijo...

Efectivamente: más vivo que nunca. Todo se mueve, pero en círculos. Todo vuelve: los buenos tiempos, los malos tiempos...

Salud

Anónimo dijo...

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