martes, 14 de julio de 2009

Crónicas del casarse (y 5): Y así fue




Dicen que los nervios de la novia son proverbiales e inevitables, lo cual me parece normal, teniendo el cuenta el tiempo y la energía que inviertes en preparar y esperar ese díado. Y sin embargo, yo no estaba especialmente nerviosa los días antes: era más bien un estado de euforia, ilusión y emoción constante, que sí, resultaba extraña por la falta de costumbre.

Fueron días dulces y soleados, de llamadas y mensajes de los que no iban a estar pero estaban, de cuenta atrás y celebración, con compañeros del instituto, que me habían acompañado en la locura que fueron los preparativos, y también alumnos, que llevaban tiempo elucubrando a qué se podía deber mi anunciada ausencia, y que se sorprendieron (¿por qué todo el mundo se sorprendía? ¿tan poco “casadera” se me ve?) y alegraron mucho (incluso empezaron a hablar de que el viernes se escaparían en autobús hasta Zaragoza ¡en horas de clase! para verme en el juzgado, pero yo puse el grito en el cielo y les amenacé con todos los males a mano de un profesor).

Fue emocionante y alegre recibir a mi familia la tarde previa, encontrarnos con la de Dei, irnos todos a cenar, y quedarnos charlando un ratito en casa antes de irnos a dormir. Y el caso es que me dormí enseguida, pero por alguna extraña razón -quizás algún nervio escondido que me remordía por dentro, pero juro que yo no sabía de él- me desperté sobre las cuatro de la mañana, y por curiosidad, miré el reloj. Cuando quise volver a dormir, ví que no me dormía. Y que seguía sin dormirme. Y otro rato más, y otra vuelta... Y ahí sí que me puse un poco nerviosa, pensando que iba a estar hecha polvo, que ya no aguanto como antes, y etc. etc. etc. Y con estos pensamientos -nada dulces, la verdad- me dormí sin darme cuenta un ratito antes de que sonara el despertador, sobre las ocho.

Bueno, por fin era 20 de marzo. Parecía que no iba a llegar nunca y que nunca iba a pasar. Pero sí: ya había amanecido, y en unas tres horas tenía que estar en un taxi camino del juzgado. Me levanté de un soplo, me duché, me lavé la cabeza, me pinté como buenamente pude y salí pitando hacia la pelu, tras rogarle a Dei que fuera a coger el ramo de novia que tantos desvelos había costado -a mí, y a la florista- y que por favor me lo dejara en casa antes de irse a la de su madre a vestirse. Me costó convencerlo, pero al final accedió. Si es que es un sol cuando quiere.

La peluquería estaba recién abierta cuando yo llegué, y estuve lo que me pareció un buen rato esperando a que se instalaran y me dijeran que ya podía pasar, con las uñas entre los dientes, las piernas traqueteando y mensajes cariñosos, que me llegaban al móvil de cuando en cuando, de algunos que sin poder estar, estaban conmigo.

Mientras me peinaba con la tenacilla, la peluquera, que es muy dicharachera y amable, comentaba el día tan maravilloso que hacía (porque hacía un día estupendo, a pesar de no haber llevado ni huevos ni dinero ni nada al convento de Santa Clara y de no haberme encomendado, como buena atea, a más santo que la página del INM que llevaba una semana consultando, y que conmigo fue más maja que un San Antonio), lo poco pintada que yo iba y lo deprimentes que eran las bodas en el juzgado (¿seguro que esta muchacha me había oído bien cuando le dije que me casaba por lo civil y en el juzgado?), donde según ella tenías que hacer cola entre inmigrantes con ramos de novia, donde tu familia corría serio peligro de meterse en la boda que no era y donde el juez apresuraba tu boda para poder gritar cuanto antes "el siguiente", como en la carnicéría.

Llena de los buenos deseos -a pesar de todo- de peluqueras y clientas acontecidas, corrí a casa con la manecilla del reloj en contra, y allí me vestí con la ayuda inestimable de mi hermana para abrocharme (el vestido tenía tooooda la espalda llena de presillas) y de mi hermano para inmortalizar el momento y comentar la jugada. Ramo, carnet, alianzas (sé que no es normal una novia con bolsito, peeero...) ¡Nos vamos!

Enseguida descubrí que bajar las escaleras con taconazo y vestido largo de un par de capas no resulta tan fácil como yo me prometía. Teniendo en cuenta mi natural patoso ,el día pinta de lo más entretenido.

Concentración y nada de despistes, Teresa, que no es buena ocasión para caerse ni para proporcionar a familiares y amigos anécdotas inoportunas que te mezclen a ti con palabras como suelo, tropezón,escaleras, y que resultarán imborrables durante años, y años, y años.

A las 11 llamamos al taxi. Estuvimos unos 10 minutos esperando al sol mientras el corazón se me subía a la garganta y preguntaba la hora sin poder evitarlo una y otra vez. Indicamos al taxista con entusiasmo y apremio que nos llevara a los juzgados de la plaza del Pilar por la zona de la muralla (parecía que yo lo tenía muy claro, pero en realidad no tenía ni idea, y esa era la consigna que me había dado Dei). Y todo iba bien hasta que nos encontramos de bruces con el atasco del Paseo de Teruel. Las once y veinte.

Cuando le decimos al taxista que la boda es a las once y cuarenta, él, que era profundamente maño, desde el acento hasta la cordialidad, no sólo despotricó enérgicamente contra el atasco y el tráfico de Zaragoza a media mañana, sino que se metió por el carril que no le correspondía y todo para que pudiéramos llegar a tiempo. Y a tiempo, gracias a él, llegamos.

Entre la sonrisa y la risa nerviosa divisé a Dei, y a los míos, y a los suyos, todos guapos... Y mi tía y mi madre que quieren hacerse fotos conmigo.... Y hay un chico alto que no conozco -todavía- con una cámara de vídeo. Y todo son piropos para el vestido -como todas las novias, qué menos-, y besos, y mi madre que me mira y me remira y no me suelta...Y amigos acicalados y otros que se han escapado del trabajo sin acicalar para estar estos minutos... Y las niñas que me ven tan rara que no se acercan ni a darme un beso... Y que ya casi son menos veinte, y nosotros allí de cháchara y fotos y sin saber siquiera adónde tenemos que ir.

Así que nos metimos en el juzgado para descubrir que aquella puerta no era, e indicados por un funcionario dimos la vuelta en comitiva atropellada y despistada hasta que dimos con la puerta que sí era. Nos recibe una juez afable, de voz pausada y suave, que hizo de la sencilla ceremonia -yo hubiera leído el “Todavía” de Benedetti, pero como sabía que Dei no quería, me limité a tenerlo en el corazón- un ratito emotivo, de palabras dulces y torpe intercambio de anillos en el que -como era yo la que llevaba todo- no sabía bien qué hacer con la cajita de las alianzas, el bolsito, el ramo, y en el que todos (padrino, madrina y Dei) acabaron con alguno de mis bártulos en la mano (visto a posteriori en vídeo parece un número de mímica).

Luego vinieron los besos y abrazos de todos con todos, y tal y como entramos, en atropellada y despistada comitiva, nos fuimos a la plaza del Pilar a hacernos fotos, y fotos. Y más fotos. Y en atropellada y despistada comitiva nos fuimos a una cervecería, de donde algunos que yo me sé -ejem, ejem- salieron ya ligeramente perfumados-, y en atropellada y despistada comitiva acudimos luego al restaurante donde comíamos sólo con la familia.

El Txalupa nos reservó y acondicionó un saloncito aparte para nosotros con todo mimo y detalle, que sólo se vio tocado por un despiste inaudito por parte de los anfitriones, es decir, los novios, es decir, nosotros, que con tanto mimo y detalle creíamos haber preparado todo. Porque hete aquí que en la gran mesa exquisitamente decorada faltaban dos sitios. Los nuestros, claro. Porque la única explicación que se me ocurre para haber encargado para doce comensales en lugar de catorce fue que sólo habíamos contado a los invitados y no nos habíamos contado a nosotros mismos.

La comida fue exquisita, cordial y divertida. Corrieron el vino, el marisco, el ternasco, los postres, las charlas, la risa, el Moet, los cantos y los juegos de las niñas.

Al acabar nos fuimos al Parque Grande a tomar algo a una terracita y a apurar la tarde sonriente y soleada. Yo, por supuesto, con mi vestido y mi ramo (quería llevarlo a la cena, para regalársel a mi mejor amiga, a la que dejé allá en Galicia), mientras divertidos desconocidos me felicitaban, y hasta me vi obligada a meterme en el aseo portátil con la ayuda de mi madre y sorteando por enésima vez mi proverbial torpeza. En la terraza, eso sí, corrieron alguna copa y hasta algún helado en alguna chaqueta, pero son cosas de las fiestas y dicen que traen buena suerte.

Antes de que anocheciera, subimos a casa un ratito, a descansar. Poco a poco se fueron todos, y llegó la hora de bajar a la cena. Ahí sí que no sé por qué, me puse nerviosa. Seguramente estarían ya todos esperando mientras Dei y yo nos retocábamos, nos sacudíamos el cansancio y cogíamos un taxi hacia el restaurante.

En la puerta divisé una cabeza que se asomaba mirando a todos lados, y que al vernos echó a correr hacia nosotros. Belén me abrazaba emocionada y me emocionaba aún más, mientras abría la puerta del Goyesco de la mano de Dei para verlos a todos aplaudir y gritar.

Allí estaban, los venidos desde Verín, y desde Valencia, y desde Alcañiz, y desde Navarra, y desde Madrid, y desde donde fuera. No estaban todos los que eran, pero sí eran todos los que estaban. Y lo que importaba era que estaban allí para estar con nosotros, y verlos por fin aquí y juntos era por lo que todo esto merecia la pena.

Y luego ya, pues lo de cualquier boda, supongo. Mucho vivan los novios (mi cuñado, que venía con resaca de la comida, y llevaba copas y copas de ventaja al resto, nos deleitó varias veces con gritos desaforados dignos de un tenor baturro venido a menos), algún que se besen , que se besen, vinito, entrantes, ternasco, charlas, risas, le doy el ramo a Belén -¡por fin merecieron la pena mis desvelos y los de la florista-, se me emociona y me emociono, más vino, más charlas, más risas, reparto de los detalles, acogidos con entusiasmo, reparto de los tickets para las copas, acogidos con más entusiasmo, fotos, más charlas, cambio de mesas, los gallegos acabamos en una todos juntos y cantamos la rianxeira -oliñas veñen, oliñas veñen, oliñas veñen e vaaaaan .....- lo que es prueba de que aquello era una fiesta de verDad, Dei y yo bailamos un vals sin música para "abrir el baile" e irnos al pub(con lo que había temido él este momento cuando pensábamos hacer baile con diskjockey... milagros del alcohol, la noche yla fiesta...), y aunque el camino hacia allí se hizo largo, mereció la pena, porque todo el mundo estuvo animadisimo, la música fue genial, hubo moscas de las gordas, charlas de las de madrugada y copas, besos, abrazos y retirada remolona sólo por cierre del local a altas horas de la madrugada.

Mientras me quitaba el vestido, solo podía pensar en lo rápido que había pasado todo, después de tanto esperar. Bueno, eso, y que la noche de bodas está muy mitificada ;-)...

Desde ese día, yo me he convertido en una apóstola de las bodas. Pero no por la institución, sino por la fiesta.

Porque es muy difícil reunirlos a todos para celebrar que compartimos vida, y una boda es simplemente la excusa perfecta para que pasen cosas que sin ella no pasarían jamás.


Ahí estás
Tu belleza me consuela
Me he ido lejos
y por poco no te encuentro
y por poco hubiera vivido sin ti
No hay nada en el mundo que prefiriera
a vivir en ti.
Allá vamos.
Nuestra aventura favorita.
Deberias saber que nunca me he sentido más completa
y que nunca pensé que vería
el signficado de mi vida
envuelto en ti
a mí lado.
Si alguna vez temes
que algún día podamos perder esto
vuelve aquí
a este momento
que durará
y puede el tiempo pasar muy rápido
cuando todo está exactamente donde está.
Es lo mejor.

3 comentarios:

Liz dijo...

No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría

palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa

sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía

pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido

y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía


Que los besos y las sonrisas no se acaben.
Un abrazo.

Ah! y felicidades por el cumple-blog. Espero que sigas por aquí otra temporada.

kamala dijo...

Gracias y gracias.

¿Ya de vuelta de las vacaciones? ¿Qué tal todo? Bueno, estaré pendiente de tu ático, a ver qué nos cuentas...

Muchos besos y bienvenida!!

Liz dijo...

de nada!

en realidad no, pero te lo cuento por mail.

Otros tantos para ti,
gracias!

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...