jueves, 2 de julio de 2009

Feos



Si la belleza está en el ojo del que mira, la fealdad también. Y cada época enseña a sus hijos a mirar de una manera determinada, y a ver belleza y fealdad para aplicar esas categorías de forma contundente. Y cruel con el que le toca la de la fealdad, claro.

"Feo" es una categoría tal vez y hasta cierto punto relativa, pero aplastante una vez que la aplicamos obviando su relatividad, que es como se aplica. Y resulta especialmente aplastante y cruel cuando esa persona la asume y la fealdad se convierte no en una caracteristica, sino en un sentimiento que puede obstaculizar gravemente el poder llevar una vida mínimamente feliz o sensatamente tranquila.

¿Y por qué? Porque en el imaginario popular que constituye el terreno en el que echamos nuestras raíces, hay una asociación implícita -y por tanto, peligrosa y difícilmente desmontable- entre belleza, bondad y amor. . En poemas, canciones, cuentos, novelas y películas, los buenos son guapos y los malos son feos (a veces, la maldad surge del resentimiento por la propia fealdad... pensad, por ejemplo, en las hermanas de Cenicienta), y todos los que se enamoran, se enamoran de la belleza. Y siempre entre ellos: los guapos con los guapos; los feos con los feos.

Por tanto, nos inculcan que los feos tienen menos posiblidades de ser queridos, y claro, "all you need is love". Todos necesitamos amor. Los feos también.

Pero el asunto va mucho más allá, porque la persona que asume su fealdad, la siente y sufre por ella, no sufre en realidad porque efectivamente sea menos querido (aunque existen por ahí estudios que demuestran que los feos tienen más dificultades y la vida de los guapos está llena de ventajas, por la actitud inconsciente que todos, los propios padres incluidos, adoptamos ante unos y otros), sino porque se siente menos digna de ser querida. Y esto es un problema que puede llegar a ser terriblemente grave y creciente, porque la persona que se siente así puede llegar a despreciar a las personas que le quieren, al considerar -inconscientemente, claro, que es la forma más peligrosa y solida de consideración- erróneo o injustificado ese amor. La frase de Groucho de “nunca querría formar parte de un club que me quisiera como socio” define esto muy bien. O sea, que asumir la propia fealdad puede llegar a ser toda una condena de por vida a la soledad.

Y aunque no se llegue a este punto, suele ser duro asumir que se es feo. Porque la belleza está en la órbita de lo positivo, y la fealdad de lo negativo, y parece ser que esto incluso tiene bases biológicas (según Punset, la belleza humana surge de la ausencia de enfermedad y la idoneidad genética), y por si esto fuera poco, nuestra cultura le ha añadido sibilinamente implicaciones cuasimorales.

Pero feo y guapo están lejos de ser categorías absolutas marcadas con un más o un menos, un "si" o un "no". Aparte de la relatividad de los criterios o cánones de belleza, y de que belleza y fealdad están como dijimos, en el ojo del que mira (quién no ha discutido con otro porque a mí fulanito me parece guapo y a ti te parece feo, y/o viceversa), está claro que esto es una cuestión de grado. Me explico.

Todos tenemos cosas bonitas, y todos tenemos cosas feas (termino relativo, vale, pero ya me entendéis). El “problema” (también para entendernos) surge cuando alguien empieza a sentir que son sus cosas feas las que le caracterizan, le marcan y le definen, sobre todo frente a los demás. Es lo que denominamos “complejo”: la conciencia dolorosa de un defecto que crece y crece hasta amargarnos la existencia. Si alguna vez has ocultado compulsivamente una parte de tu cuerpo; si te has quitado la ropa que tanto te gustaba en el último momento; si una crítica en principio trivial te ha dolido como una puñalada y ya no te la has podido quitar de la cabeza; si te has sentido de repente triste por una forma de tu cuerpo, si hasta has dejado de salir, o de quedar con alguien, o hacer cualquier otra cosa apetecible por ello, sabes de lo que te hablo en primera persona. Si no, eres gran afortunado. O afortunada.

Existe una gama amplísima de complejos posibles, porque no dependen de la realidad objetiva, sino de la percepción que uno tiene de sí mismo (nunca objetiva, claro, sino subjetivísima por definición, que somos juez y parte). Unas orejas de soplillo, unos dientes desiguales,unas cartucheras, un michelín en la cintura, una nariz grande o aguileña, unos muslos gordos, unas piernas con varices, el acné, la calvicie incipiente o consolidada, unos músculos distendidos, unos labios finos, unos pechos pequeños, una estatura demasiado larga o demasiado corta, unos kilos de más o las arrugas inevitables que son el rastro de lo vivido.

Cualquier rasgo que para uno no es más es una anécdota, para otro puede ser un drama, porque lo siente como su rasgo más poderoso, el que le define, y por tanto, a partir de rechazar ese rasgo con pasión y entrega, puede llegar a recharzarse a sí mismo. Con la misma pasión y entrega. La anorexia, por ejemplo, a pesar de que suele implicar más factores, suele ser un ejemplo elocuente de este proceso, pero también están ahí la tendencia al aislamiento o directamente la misantropía, y casos hay para la historia y para el arte. (Por ejemplo, Quevedo, del que ya hablamos aquí, misántropo y misógino, era un gran acomplejado).

Contra este “sentimiento del defecto” se puede luchar intentando modificar el rasgo de nuestros desvelos (ahí están los potingues, las dietas, la cirugía estética, los aparatos de gimnasia las ortodoncias), se puede disimular (ahí están las posibilidades de vestuario y peinado, las postures corporales, los gestos) o directamente esconder (ahí está internet y la posiblidad de relacionarse ocultando el físico, germen de tantas historias frecuentemente trágicas, tantas esquizofrenias y tantos problemas).

O se pueden asumir, y pasar de ellos (y hasta dicen que hay terapias para eso, pero no sé yo). Ahí están esos gorditos felices, esas chicas (sobre todo sudamericanas, no sé por qué) que ciñen sus caderas o sus vientres mucho más redondeados de lo que nos acostumbra las televisión, esos feos que se ríen de sí mismos y esas personas poco agraciadas que se ocupan y preocupan afortunadamente en otras cosas, como la simpatía, la inteligencia o el arte... Sabina, por ejemplo, decía que él hacía canciones para ligar, y que si hubiera sido guapo no le habría hecho falta. Es decir, la fealdad puede ser la base y el riego para que florezcan el ingenio, el arte, la cultura o la simpatía...

No es fácil vencer los complejos, aunque si de verdad buscas esa victoria, son obvias algunas pautas. No conviene ver demasiada tele y son contraproducentes las revistas de belleza. Son más que nunca odiosas las comparaciones y escuchar comentarios de compañeros de trabajo o “amienemigos” que buscan meter el dedo en la llaga fingiendo no darse cuenta. Conviene ocuparse mucho del interior, recordar que alguien (no recuerdo quién) dijo que "el ansia de perfección mata los afectos", fijarse bien en el alrededor y observar dónde reside el verdadero afecto, aunque todos percibimos que mientras oímos pregoneros de que eso de que lo importante es el interior y bla bla bla, en el ambiente respiramos que en la práctica el funcionamiento de las cosas es otro.

Es un tópico, pero no por ello es menos real, que vivimos en un mundo tiranizado por la imagen y un ideal de belleza perfecta que además responde a unos cánones muy determinados, rígidos y completamente artificales (o sea: inexistentes en la realidad) que condenan al ostracismo casi de la realidad,( es decir, de la imagen ofrecida por los medios de comunicación – actual dios creador de lo que debe existir) a todo el que no encaje en ellos. Así que no voy a redundar en ello.

Lo que me importa de todo esto es que nacemos y crecemos en un ambiente hostil, extremadamente hostil, que fomenta los complejos y sus consecuencias (y ahí están las anorexias, vigorexias y demás palabras nuevas y horribles, surgidas al arrimo de esta cruel realidad) y hay que estar preparados. Pero no es fácil.

Los complejos, pues, son un sentimiento: la conciencia emotiva y dolorosa de la propia fealdad. Y como todos los sentimientos, han sido expresados por la literatura. Porque la preocupación por la imagen ha existido siempre, aunque ahora dos factores han contribuido a su crecimiento desmesurado:

1.- Los medios de comunicación:
vivimos en un mundo de imágenes como nunca antes había sucedido, imágenes ideales y creadas artificialmente pero que parecen reales y naturales, y se convierten en modelo y referencia de lo que debemos ser (y nunca seremos: ahí está el filón para un negocio inagotable)

2.- La democratización de las aspiraciones: en principio, nos venden que todos podemos ser ricos, guapos, y famosos. Antes se asumía lo que uno era, y había pocas posiblidadesdes de cambio, y por la vía de la resignación se llgaba al conformismo, y ya decían los estoicos que la falta de “afectos” o ansias, bien utilizada, puede ser un pasaporte a la “felicidad” o al menos la serenidad del ánimo (que no es poco) . Hoy nos venden (otra vez el negocio) que todos podemos llegar a ser aunque no seamos. Y por tanto, si no eres, es culpa tuya. Así que si eres feo, o gordo, o tienes tal cosa fea, no sólo tienes un defecto físico, también moral: eres un fracasado. Qué horror, ¿verdad?

Pero insisto en que, aunque hoy vivamos un paroxismo comercial de todo esto, desde siempre ha habido preocupación por la imagen, y los cánones estéticos han sido igual de rígidos e implacables con aquellos a los que en cada época les tocaba ser “feos”. Desde la Antigüedad Clásica (con su ideal de proporción y equilibrio, conservado en la belleza clara, serena y eterna de sus estatuas) hasta la actualidad.

Curiosamente, en la la Edad Media, la preferencia por la abstracción y el rechazo y desconfianza por todo lo terrenal (y ya no digamos lo carnal: pecado, pecado, que lleva a la condena eterna)les hacia referirse a la belleza casi siempre en abstracto, sin dar rasgos físicos conretos . Y en esto, la literatura española muestra el mismo carácter realista que la ha definido frente a otras a lo largo de su historia, y así, la descripción del ideal femenino de belleza aparece en dos títulos medievales hasta cierto puno insólitos, peculiares y excepcionales ya en su época: la Celestina y El libro de buen amor. Este último incluye una especie de “manual para ligar”, en el que se describe a la mujer idónea a buscar en los siguientes términos: Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillos, no teñidos de alheña,
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancheta de caderas, ésta es talla de dueña


En todo caso, en la Edad Media, y en el resto de los tiempos, es una constante la belleza física como requisito para el amor. Así, en el Renacimiento los poetas adoraban a una dama prototipica, igual en todos los poemas, fueran del poeta que fueran, que terminó siendo un tópico que parodiará el desentaño del siglo siguiente, el XVII: ojos claros, pelo rubio como el oro, cuello esbelto, labios y mejillas rojos, y sobre todo, tez muy muy blanca .

Esto último rasgo corrobora también otra constante del modelo de belleza (y por oposición, del de fealdad), que se vincula al dinero: por aquel entonces, las ricas (es decir, las nobles) no curraban, y eran las únicas que podían permanecer blancas recluidas en sus palacios y bajo sus carrozas y sombrillas; las campesinas se ponían morenas sin querer trabajando en el campo y teniendo que andar por la calle, y en España a esto se mezclaba el asociar tez oscura y antepasados musulmanes, lo cual llevaba ya un par de siglos estando muy mal visto y reportando desventajas socioeconómicas.

En el siglo XVIII se llevó al paroxismo la obsesión de de la tez blanca, utilizando polvos de arroz como maquillaje, y al mismo tiempo que nacían las modas, se exageraba también el requisito de una cintura estrecha frente a una cadera ancha, que obligaba a las mujeres a utilizar corsés a lo bestia, lo provocaban frecuentes desvanecimientos entre las más bellas damas. La preferencia por la tez blanca se mantendrá prácticamente hasta el siglo XX, en que cambian las tornas y las que se ponen morenas son las que tienen dinero para ir a tomar el sol o rayos UVA, y que son las que también pueden operarse de cirugía estética y comer sano y no grasa industrial.

Pero volviendo a la literatura, la belleza aparece siempre como causa y requisito para el enamoramiento, pero... ¿qué ocurre con la “fealdad? ¿Y con su conciencia dolorida?

La fealdad aparece, claro, frecuentemente como motivo de burla, escarnio y caricatura. Así, por ejemplo, en El libro de Buen Amor, que nos cuenta casos amorosos con una serie de damas, aparecen cuatro "serranas" (muchachas campesinas), descritas de forma caricaturesca (y paródica de un género de la época, que describía a las serranillas como seres bellísimos y delicados) con todos los rasgos antitéticos del ideal de belleza. La más fea de todas es Aldara,la serranda de Tablada, a la que no le falta detalle:
Desde que yo nací no pasé tal peligro:
llegando al pie del puerto me encontré con un vestiglo
el más grande fantasma que se ha visto en el siglo,
yegüeriza membruda, talle de mal ceñiglo.

Con la cuita del frío y de la gran helada,
le rogué que aquel día me otorgase posada.
Díjome que lo haría si le fuese pagada;
di las gracias a Dios, nos fuimos a Tablada.

Sus miembros y su talle no son para callar,
me podéis creer, era gran yegua caballar;
quien con ella luchase mal se habría de hallar,
si ella no quiere, nunca la podrán derribar.

En el Apocalipsis, San Juan Evangelista
no vio una tal figura, de tan horrible vista;
a muchos costaría gran lucha su conquista,
¡no sé de qué diablo tal fantasma es bienquista!

Tenía la cabeza mucho grande y sin guisa,
cabellos cortos, negros, como corneja lisa,
ojos hundidos, rojos; ve poco y mal divisa;
mayor es que de osa su huella, cuando pisa.

Las orejas, mayores que las del añal borrico,
el su pescuezo, negro, ancho, velludo, chico,
las narices muy gordas, largas, de zarapico,
¡sorbería bien pronto un caudal de hombre rico!

Su boca es de alano, grandes labios muy gordos,
dientes anchos y largos, caballunos, moxmordos;
sus cejas eran anchas y más negras que tordos.
¡Los que quieran casarse, procuren no estar sordos!

Mayores que las mías tiene sus negras barbas;
yo no vi más en ella, pero si más escarbas,
hallarás, según creo, lugar de bromas largas,
aunque más te valdrá trillar en las tus parvas.

Mas en verdad yo pude ver hasta la rodilla,
los huesos mucho grandes, zanca no chiquitilla;
de cabrillas del fuego una gran manadilla,
sus tobillos, mayores que los de una añal novilla.

Más anchas que mi mano tiene la su muñeca,
velluda, pelos grandes y que nunca está seca;
voz profunda y gangosa que al hombre da jaqueca,
tardía, enronquecida, muy destemplada y hueca.

Es su dedo meñique mayor que mi pulgar,
son los dedos mayores que puedes encontrar,
que, si algún día ella te quiere espulgar,
dañarán tu cabeça cual vigas de lagar.

Tenía en el justillo las sus tetas colgadas,
dábanle en la cintura porque estaban dobladas,
que, de no estar sujetas, diéranle en las ijadas; d
e la cítara al son bailan, aún no enseñadas.

Costillas muy marcadas en su negro costado,
tres veces las conté, mirando acobardado.
Ya no vi más, te digo, ni te será contado,
porque mozo chismoso no hace bien el recado.


La fealdad también aparece caricaturizada hasta la crueldad en toda la poesía satírica de Quevedo, compendio de casi todos los defectos físicos (y morales) posibles,desde la nariz grande del proverbial soneto "a una nariz pegado", hasta la delgadez extrema, pasando por la calvicie, la baja estaura, la fealdad, la vejez, la ausencia de dientes,y etc. etc. etc. Pero como sobre ella hace tiempo que quiero escribir algo, no voy a contar nada más ahora.

En literatura (y en cine, claro), la fealdad es un obstáculo para el amor, y esto puede generar el mal y/o la tragedia. Así ocurre, por ejemplo, en la Fábula de Polifemo y Galatea, tema mitológico clásico recreado luego por poetas como Góngora o por dramaturgos del XVII, en la que el monstruoso cíclope se enamora de la bella ninfa, a su vez enamorada del bello Acis, al que el , despechado y rabioso, mata aplastándolo con una piedra.

Ya en el siglo XX el Fantasma de la ópera, de Gastón Leroux, cuenta una historia parecida ampliamente recreada por teatro y cine.

Fealdad enamorada de la belleza y final trágico aparecían también en la historia del jorobado de Notre Dame, surgida de la pluma del gran Víctor Hugo en el XIX, recreada varias veces en cine y TV, y edulcorada y popularizada por Disney a finales del XX.


Claro que también hay historias de feos con final feliz, como la de El patito feo o La bella y la bestia.... pero ojo, que aqui el final feliz, por mucho que prediquen lo de la belleza interior y bla bla bla, llega por la transformación del feo en guapo (¡traidores!).

Y algo parecido ocurre el cine en Shrek, que en principio se pregona como una reivindicación de los feos y el desmonte de tópicos, pero que se pervierte cuando nos meten que para poder querer a Shrek, Fiona tiene que volverse fea (es decir. los feos con los feos, los guapos con los guapso,... ays, los mensajes subliminales, que chungos) Hubiera sido mejor ver a una princesa preciosa enfrentándose al mundo por su amor a un horrible ogro... pero no se le pueden pedir peras al olmo. Y el imaginario popular al que responden estas historias y estas películas sigue siendo, me temo, un olmo que ha crecido sobre el terreno del mito de la belleza.

Así pues, generalmente el feo produce lástima, se vuelve rencoroso, termina mal o se transforma en bello, y entonces tiene el final feliz que solo los bellos parecen merecer.

Un enfoque más complejo y menos maniqueo lo ofrece el gran Benito Pérez Galdós, uno de los grandes nombres del realismo español, en Marianela. Cuenta allí la historia de una niña fea y raquítica debido a la vida miserable, y falta de atención y afecto con la que el mundo la ha condenado a crecer, que tiene que cuidar y guiar a un chico ciego, el único que no la mira condicionado por su aspecto físico (Exupery dirá medio siglo largo más tarde aquello de que solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos, y de esto hablaba ya este libro). El chico ciego se enamora de ella por su bondad, humildad, candor y simpatía, y por los maravillosos ratos que pasan juntos. Es más, el ciego la considera bonita, y argumenta esta afirmación en dulces párrafos llenos de una lógica aplastante, pero que todos sabemos que se puede desmontar con sólo una imagen... Y Marianela, feliz como una perdiz, hasta que llega un médico inoportuno, que mediante una operación devolverá la vista al joven ciego y.... hasta aquí puedo contar. Porque quiero haceros como a mis alumnos de 4º, con los que suelo leer fragmentos de esta novela. Imaginad lo que ocurrirá cuando el joven ciego recupere la vista. Se admiten apuestas sobre cuál creéis que es el final.

Ahora bien, el tratamiento de los “complejos” en literatura es otra cosa y es menos frecuente.

La primera gran acomplejada que se me ocurre es la madrastra de Blancanieves: esa insistencia en preguntar todos los días al espejo, y el no soportar nadie más bello revela en el fondo una gran inseguridad y un complejo, a pesar de la supuesta belleza objetiva ¿o no?



Los complejos en forma de lamentos por el propio físico son menos frecuentes. Recuerdo una poesía popular del s XV en el que una campesina se quejaba del color moreno de su piel (pero no consigo localizar el poema ahora mismo), y en el XIX Bécquer recrimina dulcemente (como era él) a una chica que se quejaba de tener los ojos verdes:
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.

El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.

Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del océano,
y el laurel de los poetas.

Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve a través de las perlas.

Y sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.

Que parecen sus pupilas
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.

Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.

Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.

Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.

Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.

Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.

Que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.

Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
quizás si negros o azules
se tornasen, lo sintieras.



Pero la gran obra sobre un complejo es Cyrano de Bergerac, que se ha convertido en mito y es objeto de constantes versiones por la actualidad (y tal vez universalidad) de su tema : el complejo físico como obstáculo para el amor. Todo un universal de la vida y el sentimiento. Y el cine, claro, lo ha recreado profusamente, ya en 1950, o en la maravillosa adaptación de la novela de Ronstad protagonizada por Depardieu, como en “actualizaciones” o adaptaciones contemporáneas, como Roxanne protagonizada por Steve Martin, bombero narigudo enamorado de una dulce Roxanne encarnada por Daryl Hanna, o La verdad sobre perros y gatos , versión mucho más libre y femenina del mito.

Con todo, donde el tema es tratado con más profusión es, claro está, en la poesía popular actual, que sin entrar en valoraciones sobre su calidad literaria, está conformada por las letras de canciones que escuchamos la gran masa.

Así, tenemos el Feo, de Fito y Fitipaldis, que afronta el tema desde la reflexión, la serenidad y la sabiduría que sólo da la experiencia:

o el Unpretty de las TLC, que habla del complejo y la inseguridad que puede provocar el enamorarse de alguien que no parece más que ver nuestros defectos y hasta pretende cambiarlos:


o el Ugly de Jon Bon Jovi, que trata de convencer a su chica (en el vídeo, Demie Moore), que al parecer se siente fea, de lo bella que se vería si pudiera verse con los ojos con que él a mira:


y el Beautiful de Christina Aguilera, que anima a todos a sentirse bellos digan lo que digan. Y eso, con una voz maravillosa y descomunal, sorprendente en una chica menuda y chiquitilla como ella. Si es que el tópico de que el físico es un envoltorio a veces injusto de nuestro interior es una verdad tan contundente como desatendida... y poco efectiva en la práctica


Yo, como gran insegura casi profesional que soy, he tenido muchos complejos a lo largo de mi vida y en ocasiones me han amargados la vida, y escribirlos aquí supongo que es otro granito en la superación en la que estoy empeñada y para la que el paso del tiempo es sin duda un gran aliado: hubo temporadas e que me pesaban algunos kilos de más, que se me ponen siempre en la cadera y en los brazos (odio la forma de mis brazos y he llegado a estar años sin poner ropa sin mangas); en la adolescencia aborrecía mis gafas y estaba obsesionada por su aumento (de hecho hay gente que jamás me ha visto con gafas, aunque Dei ha sido mi gran terapia para sacudirme ese complejo... pero fue tan fuerte durante tanto tiempo, que inevitablemente algo queda todavía); hubo una época en que me parecían horrorosos mis pies y llevaba calzado cerrado hasta en verano; me acompleja también mi torpeza, mi propensión a caerme y tirar o manchar cosas, y siempre que me pasa algo de eso me pongo a la defensiva y soy incapaz de reírme.

En cuanto percibo alguna de estas actitudes, indicios de complejos, en mis alumons, intento mitigarla (supongo que inútilment, pero yo lo intento). Es el síndrome del redentor. Porque los que han tenido complejos (como los que han sufrido algún trauma) suelen tener dos patrones de respuesta: el del vampiro (burlarse de los demás o criticar defectos... Quevedo sería un ejemplo extremo de esto; ya os contaré) o el del redentor (intentar "salvar" a los demás como nos hubiera gustado salvarnos a nosotros mismos). Y me parece que yo me he ido por la segunda vía. Mejor, ¿no?


Pues si tú tienes también algún complejo, pasado o presente, confesado u oculto, y quieres hacer terapia, o conoces algún ejemplo ilustrativo del tema, o quieres hacer defensa o escarnio o disertación o lo que sea acerca de la fealdad y sus alrededores. aquí estaríamos encantados de leerte. Que lo sepas.

8 comentarios:

NoSurrender dijo...

La verdad es que yo no he tenido complejos de ese tipo nunca. No porque sea un lagarto guapísimo, ni mucho menos. Pero es que creo que la tiranía de la belleza se ha cebado más con las mujeres que con los hombres, como parte del machismo ancestral que ha definido la convivencia entre sexos. Los hombres, tradicionalmente, han tenido la oportunidad de hacer valer otras virtudes aparte de su belleza y quizás eso nos ha dejado una herencia cultural a los chicos que nos permite tener más autoconfianza en otras cosas (desde el sentido del humor hasta el dinero, desde el poder hasta la dialéctica).

Cyrano es una obra maravillosa y emocionante. El final siempre me deja con lágrimas en los ojos. Pero creo que todos amamos a Cyrano, que queremos ser como Cyrano, aunque no se lleve a la chica. No sé si me explico...

Siempre he pensado lo mismo que tú sobre el Patito Feo: me parece una historia cruel y dañina, como la propia sociedad que ha institucionalizado esta tiranía de la belleza. Una vez escribí algo sobre ello, quizás lo recupere un día.

Y Creo que Punset, por cierto, también iba un poco más allá, y hablaba de la Simetría facial como expresión de ausencia de enfermedad, ergo, de belleza. Vamos, que dice encontrar en la simetría facial un modelo que permanece en el tiempo, por encima de modas y culturas.

En cuanto a canciones, me quedo con esa de Cohen que termina diciendo:

We are ugly
but we have the music


Besos!

Antígona dijo...

En efecto, la tiranía de la belleza ha existido en todas las épocas y todas las culturas. El plus de crueldad de nuestro tiempo radica en su tremenda capacidad de difusión de los modelos de belleza que le son característicos, tanto vía televisión como publicidad como las revistas que citas.

Sin embargo, creo que una buena forma de relativizar los propios complejos es percatarse de la temporalidad y sujeción a modas puramente arbitrarias de esos modelos, al menos en lo relativo a ciertos rasgos. Rubens consideró como un modelo de belleza a sus tres celulíticas Gracias. Un recorrido por la historia de la pintura muestra que los labios finos, los pechos pequeños o los vientres prominentes fueron también en otras épocas signos de belleza. Posiblemente, el prototipo actual de belleza de mujer delgada, con labios carnosos y pechos grandes hubiera sido calificada de fea en otros tiempos y hasta es posible que lo sea en un futuro. La belleza también está sujeta en buena medida a las modas y ya sabemos que las modas son siempre caprichosas.

Por otra parte, a mí me consuela comprobar que pese a esa tiranía de los patrones de belleza de nuestro tiempo o del de cualquiera, los sujetos de a pie conservan una mirada bastante más libre y flexible que la que el constante bombardeo de imágenes ideales podría hacer pensar. Cuando asisto a discusiones sobre si tal o cual modelo o actor o actriz considerada como guapa o guapo realmente lo es, siempre se me impone la sensación de que la percepción de la belleza es, en el fondo, y por mucho que nos quieran vender, asombrosamente subjetiva. Personalmente, no me parecen nada guapos actores que están catalogados de sex-symbols, y sí otros muchos que no lo están. Y constato en esas discusiones que a muchas otras personas les pasa exactamente lo mismo.

Un saludo

kamala dijo...

Pero la tiranía de la belleza está empezando a cernirse sobre el hombre, precisamente por el cambio en el status socioeconómico de la mujer (la independencia económica) que abre su margen de elección y criterios para elegir pareja. Pero tienes razón en que nos lleváis siglos de ventaja y que el poso de una educación menos tiránica en ese sentido se nota en vuestra actitud hacia estos temas. Y no sabéis la gran suerte que tenéis.

Cyrano es maravilloso, y la grandeza de la historia es precisamente que no se lleva a la chica por su complejo, porque al final queda claro que Roxanne le amaba a él, y que si ella hubiera sabido que quien le hablaba era él, la habría conseguido. Por eso me parece la gran obra sobre un complejo. Porque está claro que en el amor funciona algo más, o mejor dicho, otra cosa, que la mera atracción por la belleza, y que la atracción física, incluso la más pura, no se produce ni exacta ni simplemente por la belleza física fría y perfecta. Ni mucho menos, y por suerte.

El patito feo, como la bella y la bestia son perversos: no son más que un afianzamiento de la cuasinecesidad de la belleza para ser feliz. Y los niños que crecen con esos cuentos, son carne de cañon para el sufrimiento por algo tan tonto y contingente si se le mira en perspectiva.

Lo de la simetría, su relación con la belleza y la salud está comprobado. Una vez vi un interesante documental sobre ello, y ya los clásicos grecolatinos (obsesos por encontrar el quid de la belleza) la cifraron en la simetría, la proporción, la armonía, que podemos considerar como universales de la belleza, por encima de las contingencias temporales y las modas de las que habla Antígona.

Buena elección la canción de Cohen. Gracias por traerla y muchos besos.

kamala dijo...

Completamente de acuerdo, Antígona. lo malo es que cuando se ha interiorizado la sensación de ser "feo", es difícil desmontar el sentimiento por la vía del conocimiento. Pero sí, yo también creo que ayuda, y como estoy sensibilizada con el tema y trabajo en educación, siempre procuro mostrarles a los alumnos esa reflexión, porque además ellos están abosolutamente mediatizados (yo casi diría que deformados) por la tiranía poderosa de la imagen que nos imponen los medios de comunicación. Pero ya te digo que no es nada fácil.

Y sí, por suerte, la mirada de las personas de a pie es mucho más indulgente, abierta e incluso imprevisible que los cánones oficiales. La nuestra también. A mí por ejemplo, no me gustan los chicos depilados ni excesivamente musculados ni con sonrisa profidén. Y muchos de los guapos oficiales tampoco me gustan nada.

Y a esa libertad creo que tenemos que aferrarnos con uñas y dientes, y fomentarla, cuidarla y mimarla. Porque si dejamos que nos quiten el gusto propio, seguramente será el principio de que nos quiten casi todo lo que nos es propio. Y ellos buscan la uniformidad de pensamiento, que es más fácil de controlar. Y en el fondo, esta imposición de los cánones estétiso ha sido siempre, y es hoy más que nunca, un mecanismo de control.

Un saludo, y gracias por escribir

kamala dijo...

(Y gracias también a Dei, que es el que se empeña en empaparme de las teorías de Punset... para que vea que le hago más caso de lo que él cree)

Dei dijo...

Yo, la verdad es que nunca he tenido complejos. La verdad es que en mi caso es sencillo porque siempre me he considerado guapo (no digo que lo haya sido, digo que me he considerado, que es lo realmente importante). Uno solo es feo, si los demás le ven feo, y si los demás te ven feo, tienes dos opciones: creerles o no. Yo, siempre la opinión que he tenido más en cuenta ha sido la mía y la de mi madre, y he tendido a considerar erróneas o propias del mal gusto, aquellas que no veían en mí a un ser atractivo, por lo que mis problemas en ese sentido han sido nulos. Ahora me considero menos guapo, pero porque también soy menos joven, y creo que ambas cosas van bastante aparejadas. Tampoco me importa mucho, sigue sin causarme demasiado problemas. Después de todo, casi todo el mundo es bastante feo (y más, desnudos). Creo que me voy a sentirme cómodo en esta inmensa mayoría. :-)

Anónimo dijo...

Pues yo soy un enamorado de la belleza, me encanta la gente guapa, teniendo en cuenta por supuesto que lo que entiendo por belleza es algo muy personal e intrasferible. Los chicos guapos acorde con el canon oficial no suelen gustarme.
Yo he tenido muchos complejos, que he superado sin darme cuenta, cuando en mí se produjo un cambio absolutamente fundamental: de repente, me dí cuenta de que no siento la necesidad de ser como los demás, ni la tiranía de la masa, que prefiero ser como soy y buscar espacios y personas afines a mi forma de ver las cosas.
El único problema de la fealdad, seamos sinceros, es que cuando estás soltero te dificulta el tema ligoteo (y eso, sólo si uno tiene pocas tablas en dicho menester). En el resto de asuntos de la vida, la belleza o fealdad resultan indiferentes.
Yo hace ya tiempo que perdí el pudor que a muchos les impide bajar a comprar el pan en zapatillas, o tomar el café con un jersey medio raído. Pero el tema "belleza" es un asunto muuuuuuuy complejo (no por nada la estética es una rama filosófica con muchísima tradición) que en el fondo no importa apenas para la vida cotidiana.


cesarillo

kamala dijo...

Hay estudios que dicen que la belleza (o su ausencia) sí condiciona, porque todos (o la mayoría, vamos) adoptamos una actitud distinta ante guapos y feos de manera inconsciente. Y yo creo que sobre todo condiciona en aquellos casos en que la conciencia de ser guapo o feo afecta a la conformación de la propia personalidad, que era un poco por donde iba el post en un principio (luego, como siempre, se me fue de las manos y ya no sé por dónde va).

En todo caso, yo creo que en casos de belleza o fealdad "extremas" sí que condiciona la vida cotidiana aunque sea un poco. Los que estamos en la media (ni muy guapos ni muy feos) desde luego estamos mucho menos condicionados.

Para ligar, estoy de acuerdo que es una ventaja, pero desde luego no es para nada imprescindible. Y para enamorarse o encontrar una relación duradera, ya ni te cuento.

Y claro que es compleja. ¿Por qué te crees que me la planteo tantas veces?

Muchos besos, y a ver si nos vemos pronto!!

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