lunes, 7 de septiembre de 2009

Julieta (1)



Hace ya más de un año que el (cada-vez-menos) pequeño Mich llegó a nuestras vidas por la terraza, desde la terraza de la vecina de abajo, y desde entonces han pasado muchas cosas: el pequeño Mich se ha convertidoen un gato grande, hermoso y cada vez más tranquilo y sensato, la vecina -muy sensatamente y sin sentimentalismos inútiles- ha optado por quitarle el collar y comprarse un perro, y nosotros nos hemos hecho a él -y él a nosotros- hasta extremos increíbles: sabe cuándo estamos en casa, cuándo no, acude raudo con solo tocar la persiana, sabe que cuando suena mi despertador me levanto y se pone a maullar para recordarme que está allí fuera y que le abra, sabe que si abrimos la puerta superior del armario del salón puede caerle una gominola (no sé que les echarán a esas cosas para gatos, pero Mich tiene verdadera pasión y se las comoe ávido como un Gremlin casi con el envoltorio), sabe cuándo volvemos de fuera -y así cuando abrimos la puerta de la calle él está alli, pegado, sereno, sin intentar siquiera salir (ya digo que está hecho un dechado de sensatez)-, y, como buen gato moderno, sabe que la comida viene en envoltorios de plástico, así que en cuanto oye un crujido, se pone en guardia por si toca mover la mandíbula.

Él tiene ya sus rincones preferidos para dormir (que es la actividad a la que se dedica concentradamente el 99% del tiempo) y le hemos comprado una bandeja con arena, para que haga sus cositas allí y no en nuestra bañera (que durante un tiempo pareció confundir con la caja que seguramente le ponía su dueña), y ha adquirido sus costumbres y su forma de comunicarse con nosotros: maulla casi siempre para pedir algo y alguna vez para protestar, a veces nos pide mimos frotándose y siguiéndonos, o levantando las patitas panza arriba, y a veces simplemente se limita a estar con nosotros sentándose cerca, silencioso y tranquilo, y a ser posible desde un lugar en que nos pueda ver a los dos.

Le encanta mirar por la ventana, como un abuelo cotilla, y todo lo quiere ver, oler, tocar y saber. Nosotros nos preocupamos de que su curiosidad no le mate, como al del refrán, nos lo rifamos para darle mimos y gominolas, y tenemos mil y una variaciones de su nombre: Mich, Pichiflús, Pichifluski, Pichi, Bucanan, Pedacito (estos dos son de Dei), keriño, micari...

Este verano caluroso, el pobre, que no puede quitarse su precioso y densísimo abrigo de piel, se lo ha pasado prácticamente entero durmiendo, la mayor parte del tiempo encima de la mesa, que está fresquita, claro, y se ha puesto ya en los 6 kilos. Un gatazo, vaya...

Como Dei descubrió de la patita de Mich cuánto le gustan los gatos, y yo me di cuenta de lo fácil que es tenerlos en un piso (los de mi adolescencia los teníamos en la enorme casa con huerto de mis padres), alguna vez nos planteamos tener un gatito completamente propio (porque oficialmente Mich sigue siendo de la vecina de abajo, la del perro, la que no le abre nunca su casa), y ocasiones no nos han faltado, porque en el mundo sobran muchos, pero muchos, muchísmos gatitos sin hogar. Nunca nos decidimos, en gran parte porque no sabíamos qué pasaría entonces con Mich. O con el posible nuevo gatito, si Mich se enfadaba... La idea de otro gatito se perdió como lágrima en la lluvia, y así nos estabilizamos los tres, Dei, Mich y yo, con el proyecto de algún día, en una casa más grande, tener también un perro. Porque eso sí: Dei dice que quiere tener siempre “pedacitos” (él llama así a los gatos, y todo empezó porque cogió la rara costumbre de llamar a Mich “pedazo de Mich”), que son más graciosos, más achuchables, y bla bla bla. Pero es que Dei nunca había tenido gato y nunca ha tenido perro.

En fin, al lío que me lío. Hace un par de semanas, cuando nuestra amiga Ana estaba de visita por aquí, vimos un pequeño gatito blanco y gris rondar nuestra calle debajo de los coches, maullando lastimeramente hasta que alguien se le acercaba, momento en que volvía al sigilo con que los mininos se ocultan de cualquier peligro real o potencial.

Un día, al llegar a casa ya tarde (casi de noche), le vi en la acera, bebiendo apresurado un minúsculo charco de agua que a saber de dónde había salido y cómo había sobrevivido a la sofocante chicharrina con que agosto nos ha regalado este año. A mí me dio tanta penita pensar cómo se las apañaría para sobrevivir ese gatito mínimo tan grande como un ratón (así que cómo soñar con cazar uno), que en un arrebato irrefrentable le bajé un poquito de la comida de Mich. La dejé en la acera y me fui. En cuanto me alejé, corrió a comerla también apresurado.

Ana me decía que si quería cogerlo tenía que ponerle comida y cada vez estar más cerca. Pero en realidad yo no quería cogerlo. Solo quería que no sufriese, al menos hasta que fuera algo más grande que un ratón grande y pudiera valérselas mínimamente por sí mismo.

No vimos al gatito durante días, y claro, ojos que no ven, corazón que no siente. Hasta hace unos diez días, sábado , a última hora de la tarde, que habíamos quedado para tomar algo, y al bajar dispuestos a dar un paseito hasta el centro, nos salió de debajo de un coche el gatito, flacucho (era todo ojos, orejas y huesos), maullando desesperado a cuanto viandante se cruzaba por su trocito de acera. Se me partió el corazón en dos (lo oí, lo juro), y se me desgarró al ver cómo, cuando se le hacía caso, se frotaba nervioso contra la acera (como Mich cuando llega y quiere mimos), poniéndose negro de mugre, claro, y se tumbaba boca arriba, con las patitas abiertas y plegadas,mostrando indefensión (como Mich cuando quiere mimos).

Expresé mi inquietud por la desesperación evidente del gatito a Dei, quien me dijo que lo cogiera, e incluso me arrimó la cazadora vaquera (que yo le había dado para intentar acariciarlo) para que lo envolviera con ella. Por supuesto, el gatito no se dejaba coger (ni siquiera tocar). Y además yo no quería cogerlo: sólo quería que no sufriera.

Así que subí corriendo a casa, a por comida, ante la desesperación y la sensatez de Dei, que veía que íbamos a llegar tarde, y que me advirtió que si sólo le iba a dar comida no le hacía ningún favor al animalito, que incluso podría llegar a ser un problema, para él y para el vecindario, si otros felinos acudían raudos al ver que en León Moyano la comida gatuna surge de las aceras. Tenía razón ,claro.

Pero el corazón tiene razones que la razón no entiende (y si el título de mi vida es Procastinación, el subtitulo podría ser perfectísimamente este), así que, aunque al volver esa noche no vimos al gatito y sí otro cuenco con comida que alguien le había dejado, y supusimos que quizás ese alguien sí se hubiera decidido a cogerlo, al día siguiente por la tarde no pude evitar mirar por la ventana cada poco rato. Y fue Dei el que lo vio ,mientras yo estaba en el sofá. Su aviso me hizo bajar corriendo con mi cuenco de comida.

Esta vez, el gatito me dejó estar más cerca de él, mientras maullaba entre el miedo de mi proximidad y el hambre que azuzaba. Y en sucesivas ocasiones (porque estuve toda la tarde y gran parte de la noche bajando y subiendo, agachándome junto al coche con el brazo extendido, hablándole al gatito, para sorpresa y curiosidad de tooooodos los peatones que se pasean por nuestro barrio, que son muchos), hasta se dejó acariciar un poquito, y me siguió casi casi hasta la puerta de casa.

Dei me decía, cada vez que yo subía a casa para volver a bajar al poco rato, que lo cogiera si quería. Pero yo no me atrevía y todo eran inconvenientes: cómo llevarlo a casa, cómo llevarlo al veterinario sin transportín ni nada, cómo y dónde pasaría la noche (dejarlo suelto por casa no me parecía muy sensato ni siquiera a mí, que ya digo que soy más de las razones que la razón no entiende,) qué haría Mich... Una pareja que me vio, intentando que se acercara el minino en una ocasión que se había metido debajo del coche, se paró a hablar conmigo, y me dijeron que era gata (porque era tricolor), y que sus hermanos pululaban por su jardín, y qué qué mono, y que si quería cogerlo me ayudarían. Pero yo le conté mis cuitas con los problemas prácticos: que si cómo llevarlo al veterinario, que si en mi vida hay ya otro gato (por supuesto, no les dije que en realidad ese otro gato era el gato de la vecina, porque sin los detalles, la de Mich es una historia que no se entiende, y no quería parecer una loca que va cogiendo gatos de donde puede), y lo entendieron.

Así que subí a marear un poco a Dei con mi dilema, y a seguir vigilando al gatito, que pronto se perdió por el fondo de la calle detrás de un gato negro que antes también venía a nuestra terraza y que se juntaba mucho con Mich (aunque Dei decía que era una mala influencia). Nos dormimos elucubrando sobre cómo podríamos coger el gatito, dejarlo solo en casa con Mich allí, ir a comprar un transportin y llevarlo al veterinario. Y luego, cómo le explicaríamos al veterinario que teníamos otro gato que nunca llevamos al veterinario porque no es nuestro... En fin, todo eso.

A la mañana siguiente, lo segundo que hice al levantarme fue mirar por la ventana (lo primero no os lo voy a contar). El gatito no estaba.

Y lo que pasó después, os lo contaré mañana. Que este post, como siempre, se me ha salido de madre y es ya demasiado largo.

2 comentarios:

Mariajo dijo...

Y así me dejas????

Dime por favor que la tienes en casa, que lo de Julieta es porque ya le has puesto nombre y es vuestra , y que no vais a coger más gatos de la calle, que veo que ya no tenemos hueco en vuestra casa con tanto gatito jejeje.

Bss

kamala dijo...

Sí, sí y no, no vamos a coger más gatitos de la calle, que nuestros sesenta metros están ya superpoblados, y con otro gato ya serían mayoría los mininos, y eso en una democracia sería peligroso.

Eso sí, vuestro hueco sigue intacto, y Julieta está deseando conoceros ;-)

Biquiños

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