miércoles, 9 de septiembre de 2009

Julieta (y 2)



Siempre he tenido mucha suerte, especialmente cuando más la he necesitado. Podría contar muchos detalles de mi vida en que la Fortuna (la buena) parece ponerse caprichosamente, como hace ella siempre las cosas, de mi parte. Y el lunes pasado no fue menos.

Porque allí estaba yo, por la mañana temprano (teniendo en cuenta que todavía estaba de vacaciones), con las rodillas doloridas de tanto agacharme para llegar a la gatita escondida bajo el coche, con mi platito de pienso en la acera, cuando oigo a mi espalda “¿Se deja tocar ya?”, y me giro para ver a una chica bajita de ojos claros, con uniforme sanitario y una chapa de las de tomar nota en la mano. “Sí”, le contesté “si yo podía haberla cogido ya, pero es que no sé...” Y le solté mi retahíla de quejas y dudas (tengo otro gatito, no sé bien qué hacer con ella, cómo meterla en mi casa sin más, comprar un transportín, buscar un veterinario para llevarla cuanto antes...) “Creo que hay una clínica veterinaria ahí abajo”, dije, buscando un poco de asesoramiento que me empujara hacia la decisión definitiva. “Yo soy veterinaria”, me dijo.

No podía creerlo. No había ninguna otra cosa que necesitara más en aquellos momentos, y surgía de la nada, y venía hacia mí, y me hablaba. ¿Puede haber un regalo mayor de la oportunidad? ¿Había caído del cielo? ¿O era la señal definitiva de que yo tenía que coger a la gatita?

"Si quieres, yo te dejo un transportín", me dice. "Espera un momento, que vivo aquí". Y se metió en la casita que está justo al lado de la nuestra. ¡Al lado de la nuestra! ¡Así que surge una veterinaria de la nada, y resulta que vive a cinco metros! ¿Es un sueño? ¿Hay una cámara oculta o algo? ¿Tengo que empezar a jugar a la lotería ya?

Salió enseguida con un transportín, un saco de pienso para gatitos y una caja que parecía de medicina en la mano. Me explicó que llevaba días preocupada por la gatita (así que ella era la que le ponía también comida), y luego me preguntó como diez veces si estaba segura de que me la quería quedar. Yo le expliqué que “tenía otro gato”. “A los gatitos les encanta tener a otro con el que jugar... Pero eso sí, tendrás que presentarlos poco a poco para que no se rechacen” Me explicó un poco lo que debería hacer, y se ofreció a pasar luego por casa para ver si tenia algún problema y a ayudarme en cualquier momento, porque vivía al lado.

Y todo esto mientras metíamos a la pequeña gatita en el transportín y empezaba a maullar con tanta pena y tanto miedo que oírla congelaba el corazón.

Al entrar en casa, Mich estaba en la puerta, como siempre, esperando, y se llevó un buen sofocón cuando me vio aparecer con el transportín del que salía un maullido. Echó las orejas hacia atrás completamente, y se puso a andar delante de mí, mirando hacia atrás nervioso y con los ojos como platos.

Solté a la gatita en el baño y cerré la puerta. Para tranquilizar a Mich, le di una gominola de las que suele engullir vorazmente, pero se le congelaba la mandíbula tratando de escuchar lo que ocurría en el baño. Luego, entré para intentar tranquilizar a la gatita, que se escondía donde podía. La cogi en el regazo, la acaricié despacito y pareció calmarse. Tanto, que cuando quise salir empezó a maullar de nuevo lastimeramente, tan pequeña, tan pálida, con su hociquito rosa y con los ojos verdes transparentes de par en par.

Cuando empezamos a acariciar la idea de cogerla, Dei y yo habíamos pensado llamarla "Lúa "(luna en gallego), por lo blanca y gris, y porque seria un nombre muy chulo, y por la morriña un poco. Pero en cuanto la vi de cerca, supe que se llamaba Julieta.

Me fui a comprar otra bandeja de arena y dejé a Mich pegadito a la puerta del baño, mirando nervioso por las rendijas. Luego, la veterinaria pasó por casa y nos dejó instrucciones, muy parecidas a lo que pude leer por internet sobre la cuestión. Porque para traer un nuevo gatito a un territorio en el que ya hay otro, es necesario seguir una serie de pautas y tener muuuucha paciencia, si se quieren evitar días de enfrentamientos en el salón y, quizás, alguna que otra herida. Así que cerré a Julieta en una habitación, con su bandeja, su comida y su agua, para dejar que ella y Mich se olieran mutuamente bajo la puerta, y dejaran de percibir el olor del otro como algo extraño.

Juli se escondió enseguida debajo de la cama que está debajo de la otra cama, es decir, en una rendija de unos cinco centímetros de ancho por la que a duras penas cabe mi mano y por la que no la puedo coger. Qué derroche de paciencia...


Fueron un par de días un poco duros, por la habitación cerrada, por el dolor de piernas y rodilas de tanto agacharme -y hasta arrastrarme- para llegar a Julieta, y por el estrés de tener que intentar mimar a una para que vaya cogiendo confianza, y a otro para que no se cele ni se sienta extraño. Por suerte, conté con la ayuda de Ana, la veterinaria, que además de vivir al lado de casa resulta que trabaja a domicilio (y a la que pusimos al corriente de la historia de Mich, que le hizo mucha gracia).

Tal y como dicen las pautas, intercamibé sus bandejas, le puse a uno la mantita del otro, los dejé verse por el cristal, les abrí un momento para que se olieran, y luego, poco a poco, fui ampliando los ratos en que están juntos.

La reacción no fue demasiado hostil, aunque entre ellos hay ratos de larga indiferencia, carreras, persecuciones, emboscadas, miradas de curiosidad, miradas de recelo y algún que otro bufido. Eso sí, Mich está raro, entra mucho menos e incluso llega a rechazar nuestras caricias. Yo me agobio un poco, pero confío en que el tiempo vaya normalizando las cosas, y que él, Dei y yo nos acostumbremos pronto a Julieta. Y ella a nosotros, claro.

Y en esas estamos.

(Julieta acaba de romper un jarrón)

3 comentarios:

Liz dijo...

qué bonita Julieta!

Hace unos meses que adopté a Lola y al principio sólo se acercaba a la comida y se sentaba y miraba "de lejos", pero ahora ya se deja achuchar, y hasta lo pide!
Seguro que Mich le hace sitio, es cuestión de tiempo, si fuese gato sería peor pero las gatitas parecen tenerlo más fácil; al menos al mío no le costó mucho, aunque hay días que no la deja parar y hay que reñirle...

Esas imágenes de Julieta en sus escondites imposibles son geniales.

Buen fin de semana!
Besos

Ubaldo dijo...

Qué chula la historia, estaba claro que al final teníais que adoptarla, y mira por donde la Providencia apareció en forma de veterinaria.

Espero que terminen aceptándose sin reservas.



Bss

kamala dijo...

¡Es guapísima! Dei dice que es una orejotas, pero es por lo delgaducha que está (aunque en una semana ya se ha engordado un poquito).

No sabía que tú tb tuvieras "una parejita", Liz. Entonces seguro que me entiendes. Julieta es ya muy cariñosa, aunque tiene sus recelos y aunque ahora tengo que darle dos veces al día una medicina que no le gusta nada y que hace que se enfade conmigo un rato. Pero yo estoy tonta con ella.

Y con Mich... pues paciencia. Conste que a mí me preocupa más él, porque está como tristón y apagado. Con lo majo que es...

La Providencia aparece donde menos te lo esperas y cuando más la necesitas, Ubaldo... ´Pero te juro que fue de chiste.

Besos a ambos!!

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