miércoles, 16 de diciembre de 2009

Azúcar y mierda

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Le critica un guión imperfecto, con fallos que muchos no perdonan; por ejemplo, reacciones y cambios de actitud no explicadas de algunos personajes. Y es verdad.

La critican por ser demasiado cruda (e incluso ofensiva) en su retrato de la realidad de la India y esa miseria proverbial que tantos dicen que te cautiva y hasta te cambia si te acercas. Y la critican por echar demasiado azucara en la historia extraordinaria que nos presenta, dibujándose en los contornos ásperos y sucios de esa realidad: la peripecia increíble de un pobre chico, atravesando unas circunstancias tan terribles que rozan la hipérbole, hacia una fortuna tan maravillosa que la roza también (pero ¿no es el baile final, homenaje al cine también “fantásitico” de Bollywood, una declaración de que su propósito no es única ni tal vez esencialmente “realista”, al menos en el sentido más estricto y generalizado del término?).

Una historia tan maravillosa y tan extraordinaria que sólo puede ser fruto del azar también más extraordinario, que Boyle insiste en mostrarnos disfrazado de destino. Pero claro... cuando de azar y destino se trata, lo único claro es que es muy difícil distinguirlos y muy fácil confundirlos. Y de ejemplos de esto están la literatura, el cine, la vida, y hasta la filosofía, llenos.

Un poco al estilo de películas como el Romeo y Julieta o el Moulin Rouge de Bazz Lurham -aunque sin su histrionismo-, con las que comparte además esas escenas  deudoras de la estética video-clip y el acento puesto en la banda sonora, la película tiene algo de “barroco” (por la hipérbole, por los extremos, por los contrastes, por lo abigarrado de las imágenes y los sonidos, por la deliberada originalidad del planteamiento narrativo, y porque apela a la emoción directamente, pirueteando por encima de la verosimilitud y la lógica), y es verdad que soporta mal el filtro del realismo racional  que taaantos críticos y taaaantos espectadores aplican implacablemente para enjuiciar cualquier película.

Alguien dijo que “la belleza que atrae raramente coincide con la belleza que enamora”. Y creo que algo parecido me sucede a mí con estas cosas: que aquello que me gusta razonablemente (y puedo explicar largamente -no podía ser de otra manera en mí- por qué) raramente me enamora (por ejemplo, Ágora, de Amenabar.)

Y con Slumdog Millinaire me ha pasado justo lo contrario: que yo la vi, y me enamoré. Porque tiene cosas que enamoran, y las cosas que enamoran suelen ser las razones que la razón (y muchas veces la crítica) no entiende. Y ya sabemos lo que pasa cuando te enamoras: que lo perdonas todo, que te vuelves ciega y que amas con (o tal vez por) todos los defectos.

Así que yo declaro abierta y públicamente mi amor incondicional por esta película, y como buena enamorada, haré oídos sordos incluso a las críticas con las que estaré razonablemente de acuerdo.

Sólo destacar un par de cosas más: lo maravilloso de las interpretaciones, sobre todo la de Jamal joven,, el que está en el concurso (¿puede haber un personaje masculino más conmovedor?), y la escena del Jamal niño bañándose en mierda, como el drogata aquel de Trainspotting. Queda claro que Boyle sabe que la mierda está en todas partes, pero tiene fe en que de una forma o de otra, por causa, azar o destino, se puede salir de ella. Y yo también quiero creerlo. Es decir, que lo creo.

Y quizás sea precisamente mi ingenuidad lo que hace que me guste el azúcar. Aunque no todo el azúcar, conste. Porque no todo el azúcar es igual de bueno. Quiero decir: no todo el azúcar me gusta como me gusta el que rezuma Slumdog Millionaire.




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