viernes, 31 de julio de 2009

Papel absorbente



Me habían hablado de noches sin dormir, de ansiedad por llegar a casa, de necesidad de leer en el bus y hasta en el retrete, de dolores en la espalda por permanecer tantas horas en la misma posición, atrapados en un libro que, sobre todo en su segunda mitad, literalmente, no puedes dejar de leer. Y ayer yo misma a punto de coger una insolación en la piscina.

Pero eso sí: lo terminé. Y por la tarde corrí, bajo el bochorno zaragozano de estos días, a por la segunda parte, que he empezado con deleite esta mañana y que me llevaré a Bretaña el domingo.

¿Qué es lo que tiene este libro de casi 700 páginas? Intriga, suspense, agilidad. Una muy buena historia extraordinariamente bien contada. Unos temas espinosos, extremos, pero de plena actualidad. Los que asaltan cada día nuestros telediarios. Y unos personajes peculiares, entrañables, a los que puedes casi ver, conocer e incluso coger cariño, con unas relaciones entre ellos vivas, complejas, dinámicas, llenas de grises y matices.

No me extraña el éxito del libro. No me extraña nada. Pero claro, los que se precian de amantes y/o conocedores de la buena literatura, de eso que algunos intentan acotar como Literatura con mayúscula, aislada y al margen de la morralla que gusta al populacho de este país tan inculto, están desconcertados. Creo que porque a ellos también les engancha. Y también he oído y leído cosas como "literariamente no tiene nada", "puf, ni un solo recurso estiístico" , "solo es una historia muy buena", "estilo descuidado, sin una sola frase brillante", "argumento lleno de tópicos" "recurso al morbo y descripciones explícitas de crímenes, violencia y sexo"...

Bueno. Es cierto que tiene fallos. Para mí, los principales son algunos (bueno, bastantes) detalles poco verosímiles o metidos con calzador, tanto de los hechos investigados ,como de los pasos de la investigación, como de los hechos que se cuentan. Y el éxito con las mujeres del protagonista Mikael Blomkvist, con el que el autor tiene tantas concomitancias biográficas que podrían hacer pensar en una especie de alter ego, parece responder más a un guiño a los sueños de Larsson que a la configuración narrativa de su personaje...

Y también es cierto que como novela policíaca no es buena, porque no da al lector pistas que puedan permitirle adivinar la resolución del caso, sino que esta aparece de forma imprevisible. Pero es que no creo que la intención de Larsson fuera hacer una novela polícíaca, sino un thriller de suspense de los que estamos acostumbrados a ver en el cine, y en los cuales esta premisa no siempre (es más, casi nunca) se cumple.

Sin embargo, hay que tener mucho cuidado a la hora de juzgar el estilo, o sea, el uso de la lengua, de una obra que es una traducción. Y además, una novela puede ser buenísima y no tener ni un solo alarde estilístico (por ejemplo, el propio Pio Baroja fue acusado ya en su tiempo de "descuido" o "desaliño estilístico).

Y por lo demás, es una buena historia extraordinariamente bien contada, y sólo eso bastaría para considerarlo una buena novela: Larsson maneja con muchísima habilidad y eficacia los distintos hilos paralelos de una trama muy compleja, en la que hay que encajar todas las piezas con el mimo de un relojero, y consigue que en ningún momento se convierta en una maraña incomprensible para un lector un poco despistado, como yo. Que yo haya logrado seguir una trama con componentes económico-financieros sin perderme ni tener que releer, de verdad que tiene mucho mérito. Pero la forma en que sumerge, incluso al lector despistado, en los pasos de la investigación es de quitarse el sombrero.

Es una novela muy cinematográfica, incluso "peliculera", tanto por el argumento como por la forma de contarlo, y un ejemplo elocuente sería toda la descripción de la investigación de las fotografías o como se resuelven las escenas de más acción. Pero es que uno de los grandes aciertos de Larsson es atreverse a hacer una novela con la misma receta que se hacen las (buenas) películas de suspense con algo de acción, y permitiéndose todas las licencias -sobre todo en cuanto a la "verosimilitud" estricta de algún que otro pasaje- que sobre la pantalla aceptamos sin problemas, pero que en literatura parece que hay todavía lectores, escritores y críticos reacios a aceptar.

Y yo solo puedo decir que ellos se lo pierden. Y que precisamente por lo cinematográfica que es esta novela, su adaptación al cine me parece especialmente innecesaria, pero bueno, la veré aunque sólo sea para poder opinar.

Espero tener algo más que decir cuando termine de leer los tres libros (que a este paso, será enseguida). De momento solo os digo que no os los perdáis. Pasaréis muy buenos ratos y sin sentir. Y os lo dice alguien que fue incapaz de terminar "Los pilares de la tierra", para sopresa de todos aquellos a los que se lo digo -cuando me atrevo-, que no leyó el antes omnialabado y ahor omnivilipendiado Código da Vinci, y que se está replanteando su actitud reacia a los best-sellers. A ver si me voy a estar perdiendo algo más...

jueves, 23 de julio de 2009

La otra cara de la luna




La luna se puede tomar a cucharadas
o como una cápsula cada dos horas.
Es buena como hipnótico y sedante
y también alivia
a los que se han intoxicado de filosofía
Un pedazo de luna en el bolsillo
es el mejor amuleto que la pata de conejo:
sirve para encontrar a quien se ama,
y para alejar a los médicos y las clínicas.
Se puede dar de postre a los niños
cuando no se han dormido,
y unas gotas de luna en los ojos de los ancianos
ayudan a bien morir


Pon una hoja tierna de la luna
debajo de tu almohada
y mirarás lo que quieras ver.
Lleva siempre un frasquito del aire de la luna
para cuando te ahogues,
y dale la llave de la luna
a los presos y a los desencantados.
Para los condenados a muerte
y para los condenados a vida
no hay mejor estimulante que la luna
en dosis precisas y controladas

Jaime Sabines


La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.

Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando
Federico García Lorca


La maravilla es acaso incomunicable: la luna de Bengala no es igual a la luna del Yemen, pero se deja describir con las mismas voces
Jorge Luis Borges ("La busca de Averroes")


Luna que se quiebra
sobre las tinieblas
de mi soledad...
¿Adónde vas?
Dime si esta noche
tú te vas de ronda
como ella se fue...
¿Con quién está?
Dile que la quiero,
dile que me muero
de tanto esperar,
que vuelva ya,
que las rondas no son buenas,
que hacen daño,
que dan pena
y se acaba por llorar.

Maria Teresa Lara (Noche de ronda, famosísimo bolero interpretado por muchos, desde los Panchos hasta Julio Iglesias)


Cuando aún no estaba la luna, y afuera
Como un corazón poético y sombrío
Palpitaba el cielo de primavera,
La noche, sin ti, no era
Más que un oscuro frío.
Perdida toda forma, entre tanta
Obscuridad, era sólo un aroma;
y el arrullo amoroso ponía en tu garganta
Una ronca dulzura de paloma.
En una puerilidad de tactos quedos,
La mirada perdida en una estrella,
Me extravié en el roce de tus dedos.
(...)
La luna fraternal, con su secreta
Intimidad de encanto femenino,
Al definirte hermosa te ha vuelto coqueta,
Sutiliza tus maneras un complicado tino;
En la lunar presencia,
No hay ya ósculo que el labio al labio suelde;
Y sólo tu seno de audaz incipiencia,
Con generosidad rebelde,
Continúa el ritmo de la dulce violencia.(...)
La luna enemiga
Que te sugiere tanta mala cosa,
Y de mi brazo cordial te desliga,
Pone un detalle trágico en tu intriga
De pequeño mamífero rosa.
Mas, al amoroso reclamo
De la tentación, en tu jardín alerta,
Tu grácil juventud despierta
Golosa de caricia y de «Yoteamo».
En el albaricoque
Un tanto marchito de tu mejilla,
Pone el amor un leve toque
De carmín, como una lucecilla.
Lucecilla que a medias con la luna
Th rostro excava en escultura inerte,
y con sugestión oportuna
De pronto nos advierte
No sé qué próximo estrago,
Como el rizo anacrónico de un lago
Anuncia a veces el soplo de la muerte.

LEOPOLDO LUGONES: Lunario sentimental


Ya sé que hace cuarenta años que Amstrong pisó la luna, y que su pequeño paso fue un gran paso para la humanidad, y qué grandes somos, y cómo hemos avanzado, y bla bla bla.

Ya sé que por fin podemos ponerle una bandera, recorrerla, medirla, pesarla, escudriñarla y etiquetarla con palabras frías y exactas. Ya sé que tal vez termine la pobre vendida en parcelas o en fragmentos convertidos en souvenirs y siempre en negocio.

Y mientras tanto ella sigue ahí, sutil, ajena e imperturbable, siempre una y siempre muchas, actuando sobre mareas y lunáticos, con su lado oculto y con su ritmo exacto de fases, entradas, salidas y eclipses, con el que nos regala la ilusión de poderla predecir, incluso cuando se esconde, y otra vez sentirnos racionales, grandes y poderosos.

Pues yo me sigo quedando en y con la otra cara de la luna. La que nos hace pequeños, ignorantes, vacilantes, visionarios, incompletos, inquisidores -en el sentido etimológico del término-, filósofos, entregados a lo inútil y perseguidores de lo invisible. Perros ladrando a la luna.

Tú ya me entiendes, ¿verdad?


Joan Miró: "El perro ladrando a la luna"

miércoles, 15 de julio de 2009

Tres años robando rosas: el donoso escrutinio



El pasado 12 de Julio este sitio cumplió tres añitos (¡ya!), y para celebrarlo, o recordarlo, o para satisfacer mi arraigadísimo instinto fetichista con las fechas y mi tendencia a la nostalgia, los balances y el vagabundeo por la senda que nunca he de volver a pisar, hemos decidido hacer una selección personalísima e intransferible de nuestras entradas favoritas, o sea, de las entradas que correríamos a salvar en una hipotética quema.

Y así, hemos dado un paseo por los pasos recorridos a través de algo menos de 500 entradas (no son muchas para tres años... pero es que algunas son larguísimas, que yo tengo más rollo que el papel higiénico), y hemos visto con pena la cantidad de entradas que blogger dejó sin imagen cuando decidió -sin consultarme- eliminar mi antigua cuenta, y yo me he tenido que morder las ganas de corregir, pulir y modificar alguno de mis textos (si supiérais la cantidad de veces que lo hago con cada uno antes de publicarlo... ays, la inseguridad... ays, la indecisión), y nos hemos mirado con sonrisa y algún sonrojo, como se miran las fotos de la infancia, en las que puede que no estemos demasiado favorecidos, pero que despiertan un cariño dulce e indulgente por aquellos que fuimos y por el tiempo que vivimos.

Porque nos han pasado muchas cosas en estos tres años, y casi todas han tenido su reflejo, más directo o más indirecto, más nítido o más críptico, en nuestro robar rosas.

Así que de Dei, que escribe muuuuuuucho menos que yo, nos quedamos con:
A todos mis extraños
A terra dos mil verdes
En lo más profundo
La temida libertad
¿1º de qué?
 Demasiado corazón
Los últimos extraterrestres
He visto a la muerte como un ave extraña
Lobo
 El artista del alambre
Mi meme

Y de lo que yo he escrito, de forma progresivamente más farragosa, divagante y extensa, por motivos personales, sentimentales, impulsivos y no siempre argumentables,me quedo con:
 Donde habite el recuerdo
Y encontré la verdad en la mentira
Recuerdo enmarcado
Amantes o amados
Amar la imperfección
Estar mal
Creer o no creer
Y no estás tú
De caras, monedas y tragedias
Y nosotros nos iremos, y no volveremos más
 Libertad (II)
 Entroido
Máikel
Apuesta
Paso por Parla
Destino
No
¿Futuro perfecto de amar?
Certeza
Mi vida sin mí
Jajajaja
No era yo
Equipaje
Poetas muertos y versos del capitán
Yamirah y el velo
Ahora que ya no estoy yo
Durmiendo con tu enemigo
Miss you
Vida vivida y vida pensada
Frikis
Dieciocho cosas que me encantan de Zaragoza
Abriles robados
Amor, tiempo, coincidencias y finales
Para olvidar
Unidad y/o variedad
Habemus gato
Silbar mi melodía
Escribir
¿Belleza o utilidad?
Hermosísimo invierno de mi vida
Ángeles castrados
"Es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre"
El cielo, la tierra y la cruz
Una cobarde con suerte
Mi primer meme
Buenos entendedores
Herederos del viento
Credo
Problema y solución

Y por último, y a modo de curiosidad (porque a mí me resulta muy curioso, la verdad), las dos entradas por las que más gente ha llegado a este blog poniendo palabras en google u otro buscador, que les llevan de bruces con:
-Lo dionisíaco y lo apolíneo
-Reivindicación

En todo caso, lo que yo quería celebrar en realidad es que aquí seguimos, todavía. Robando rosas.
Todas las rosas son la misma rosa,
amor, la única rosa.
y todo queda contenido en ella,
breve imagen del mundo,
¡amor!, la única rosa.

Rosa, la rosa... Pero aquella rosa...
La primavera vuelve
con la rosa
grana, rosa amarilla, blanca, grana;
y todos se embriagan con la rosa,
la rosa igual a la otra rosa.
¿Igual es una rosa que otra rosa?
¿Todas las rosas son la misma rosa?
Sí. Pero aquella rosa...

La rosa que se aísla en una mano,
que se huele hasta el fondo de ella y uno,
la rosa para el seno del amor,
para la boca del amor y el alma,
...Y para el alma era aquella rosa
que se escondía, dulce entre las rosas,
y que una tarde ya no se vio más.
¿De qué amarillo aquella fresca rosa?

Todo, de rosa en rosa, loco vive,
la luz, el ala, el aire,
la honda y la mujer,
y el hombre, y la mujer y el hombre.
La rosa pende, bella
y delicada, para todos,
su cuerpo sin penumbra y sin secreto,
a un tiempo lleno y suave,
íntimo y evidente, ardiente y dulce.
Esta rosa, esa rosa, la otra rosa...
Sí. Pero aquella rosa...
Juan Ramón Jiménez


Ay, aquellas rosas...

martes, 14 de julio de 2009

Crónicas del casarse (y 5): Y así fue




Dicen que los nervios de la novia son proverbiales e inevitables, lo cual me parece normal, teniendo el cuenta el tiempo y la energía que inviertes en preparar y esperar ese díado. Y sin embargo, yo no estaba especialmente nerviosa los días antes: era más bien un estado de euforia, ilusión y emoción constante, que sí, resultaba extraña por la falta de costumbre.

Fueron días dulces y soleados, de llamadas y mensajes de los que no iban a estar pero estaban, de cuenta atrás y celebración, con compañeros del instituto, que me habían acompañado en la locura que fueron los preparativos, y también alumnos, que llevaban tiempo elucubrando a qué se podía deber mi anunciada ausencia, y que se sorprendieron (¿por qué todo el mundo se sorprendía? ¿tan poco “casadera” se me ve?) y alegraron mucho (incluso empezaron a hablar de que el viernes se escaparían en autobús hasta Zaragoza ¡en horas de clase! para verme en el juzgado, pero yo puse el grito en el cielo y les amenacé con todos los males a mano de un profesor).

Fue emocionante y alegre recibir a mi familia la tarde previa, encontrarnos con la de Dei, irnos todos a cenar, y quedarnos charlando un ratito en casa antes de irnos a dormir. Y el caso es que me dormí enseguida, pero por alguna extraña razón -quizás algún nervio escondido que me remordía por dentro, pero juro que yo no sabía de él- me desperté sobre las cuatro de la mañana, y por curiosidad, miré el reloj. Cuando quise volver a dormir, ví que no me dormía. Y que seguía sin dormirme. Y otro rato más, y otra vuelta... Y ahí sí que me puse un poco nerviosa, pensando que iba a estar hecha polvo, que ya no aguanto como antes, y etc. etc. etc. Y con estos pensamientos -nada dulces, la verdad- me dormí sin darme cuenta un ratito antes de que sonara el despertador, sobre las ocho.

Bueno, por fin era 20 de marzo. Parecía que no iba a llegar nunca y que nunca iba a pasar. Pero sí: ya había amanecido, y en unas tres horas tenía que estar en un taxi camino del juzgado. Me levanté de un soplo, me duché, me lavé la cabeza, me pinté como buenamente pude y salí pitando hacia la pelu, tras rogarle a Dei que fuera a coger el ramo de novia que tantos desvelos había costado -a mí, y a la florista- y que por favor me lo dejara en casa antes de irse a la de su madre a vestirse. Me costó convencerlo, pero al final accedió. Si es que es un sol cuando quiere.

La peluquería estaba recién abierta cuando yo llegué, y estuve lo que me pareció un buen rato esperando a que se instalaran y me dijeran que ya podía pasar, con las uñas entre los dientes, las piernas traqueteando y mensajes cariñosos, que me llegaban al móvil de cuando en cuando, de algunos que sin poder estar, estaban conmigo.

Mientras me peinaba con la tenacilla, la peluquera, que es muy dicharachera y amable, comentaba el día tan maravilloso que hacía (porque hacía un día estupendo, a pesar de no haber llevado ni huevos ni dinero ni nada al convento de Santa Clara y de no haberme encomendado, como buena atea, a más santo que la página del INM que llevaba una semana consultando, y que conmigo fue más maja que un San Antonio), lo poco pintada que yo iba y lo deprimentes que eran las bodas en el juzgado (¿seguro que esta muchacha me había oído bien cuando le dije que me casaba por lo civil y en el juzgado?), donde según ella tenías que hacer cola entre inmigrantes con ramos de novia, donde tu familia corría serio peligro de meterse en la boda que no era y donde el juez apresuraba tu boda para poder gritar cuanto antes "el siguiente", como en la carnicéría.

Llena de los buenos deseos -a pesar de todo- de peluqueras y clientas acontecidas, corrí a casa con la manecilla del reloj en contra, y allí me vestí con la ayuda inestimable de mi hermana para abrocharme (el vestido tenía tooooda la espalda llena de presillas) y de mi hermano para inmortalizar el momento y comentar la jugada. Ramo, carnet, alianzas (sé que no es normal una novia con bolsito, peeero...) ¡Nos vamos!

Enseguida descubrí que bajar las escaleras con taconazo y vestido largo de un par de capas no resulta tan fácil como yo me prometía. Teniendo en cuenta mi natural patoso ,el día pinta de lo más entretenido.

Concentración y nada de despistes, Teresa, que no es buena ocasión para caerse ni para proporcionar a familiares y amigos anécdotas inoportunas que te mezclen a ti con palabras como suelo, tropezón,escaleras, y que resultarán imborrables durante años, y años, y años.

A las 11 llamamos al taxi. Estuvimos unos 10 minutos esperando al sol mientras el corazón se me subía a la garganta y preguntaba la hora sin poder evitarlo una y otra vez. Indicamos al taxista con entusiasmo y apremio que nos llevara a los juzgados de la plaza del Pilar por la zona de la muralla (parecía que yo lo tenía muy claro, pero en realidad no tenía ni idea, y esa era la consigna que me había dado Dei). Y todo iba bien hasta que nos encontramos de bruces con el atasco del Paseo de Teruel. Las once y veinte.

Cuando le decimos al taxista que la boda es a las once y cuarenta, él, que era profundamente maño, desde el acento hasta la cordialidad, no sólo despotricó enérgicamente contra el atasco y el tráfico de Zaragoza a media mañana, sino que se metió por el carril que no le correspondía y todo para que pudiéramos llegar a tiempo. Y a tiempo, gracias a él, llegamos.

Entre la sonrisa y la risa nerviosa divisé a Dei, y a los míos, y a los suyos, todos guapos... Y mi tía y mi madre que quieren hacerse fotos conmigo.... Y hay un chico alto que no conozco -todavía- con una cámara de vídeo. Y todo son piropos para el vestido -como todas las novias, qué menos-, y besos, y mi madre que me mira y me remira y no me suelta...Y amigos acicalados y otros que se han escapado del trabajo sin acicalar para estar estos minutos... Y las niñas que me ven tan rara que no se acercan ni a darme un beso... Y que ya casi son menos veinte, y nosotros allí de cháchara y fotos y sin saber siquiera adónde tenemos que ir.

Así que nos metimos en el juzgado para descubrir que aquella puerta no era, e indicados por un funcionario dimos la vuelta en comitiva atropellada y despistada hasta que dimos con la puerta que sí era. Nos recibe una juez afable, de voz pausada y suave, que hizo de la sencilla ceremonia -yo hubiera leído el “Todavía” de Benedetti, pero como sabía que Dei no quería, me limité a tenerlo en el corazón- un ratito emotivo, de palabras dulces y torpe intercambio de anillos en el que -como era yo la que llevaba todo- no sabía bien qué hacer con la cajita de las alianzas, el bolsito, el ramo, y en el que todos (padrino, madrina y Dei) acabaron con alguno de mis bártulos en la mano (visto a posteriori en vídeo parece un número de mímica).

Luego vinieron los besos y abrazos de todos con todos, y tal y como entramos, en atropellada y despistada comitiva, nos fuimos a la plaza del Pilar a hacernos fotos, y fotos. Y más fotos. Y en atropellada y despistada comitiva nos fuimos a una cervecería, de donde algunos que yo me sé -ejem, ejem- salieron ya ligeramente perfumados-, y en atropellada y despistada comitiva acudimos luego al restaurante donde comíamos sólo con la familia.

El Txalupa nos reservó y acondicionó un saloncito aparte para nosotros con todo mimo y detalle, que sólo se vio tocado por un despiste inaudito por parte de los anfitriones, es decir, los novios, es decir, nosotros, que con tanto mimo y detalle creíamos haber preparado todo. Porque hete aquí que en la gran mesa exquisitamente decorada faltaban dos sitios. Los nuestros, claro. Porque la única explicación que se me ocurre para haber encargado para doce comensales en lugar de catorce fue que sólo habíamos contado a los invitados y no nos habíamos contado a nosotros mismos.

La comida fue exquisita, cordial y divertida. Corrieron el vino, el marisco, el ternasco, los postres, las charlas, la risa, el Moet, los cantos y los juegos de las niñas.

Al acabar nos fuimos al Parque Grande a tomar algo a una terracita y a apurar la tarde sonriente y soleada. Yo, por supuesto, con mi vestido y mi ramo (quería llevarlo a la cena, para regalársel a mi mejor amiga, a la que dejé allá en Galicia), mientras divertidos desconocidos me felicitaban, y hasta me vi obligada a meterme en el aseo portátil con la ayuda de mi madre y sorteando por enésima vez mi proverbial torpeza. En la terraza, eso sí, corrieron alguna copa y hasta algún helado en alguna chaqueta, pero son cosas de las fiestas y dicen que traen buena suerte.

Antes de que anocheciera, subimos a casa un ratito, a descansar. Poco a poco se fueron todos, y llegó la hora de bajar a la cena. Ahí sí que no sé por qué, me puse nerviosa. Seguramente estarían ya todos esperando mientras Dei y yo nos retocábamos, nos sacudíamos el cansancio y cogíamos un taxi hacia el restaurante.

En la puerta divisé una cabeza que se asomaba mirando a todos lados, y que al vernos echó a correr hacia nosotros. Belén me abrazaba emocionada y me emocionaba aún más, mientras abría la puerta del Goyesco de la mano de Dei para verlos a todos aplaudir y gritar.

Allí estaban, los venidos desde Verín, y desde Valencia, y desde Alcañiz, y desde Navarra, y desde Madrid, y desde donde fuera. No estaban todos los que eran, pero sí eran todos los que estaban. Y lo que importaba era que estaban allí para estar con nosotros, y verlos por fin aquí y juntos era por lo que todo esto merecia la pena.

Y luego ya, pues lo de cualquier boda, supongo. Mucho vivan los novios (mi cuñado, que venía con resaca de la comida, y llevaba copas y copas de ventaja al resto, nos deleitó varias veces con gritos desaforados dignos de un tenor baturro venido a menos), algún que se besen , que se besen, vinito, entrantes, ternasco, charlas, risas, le doy el ramo a Belén -¡por fin merecieron la pena mis desvelos y los de la florista-, se me emociona y me emociono, más vino, más charlas, más risas, reparto de los detalles, acogidos con entusiasmo, reparto de los tickets para las copas, acogidos con más entusiasmo, fotos, más charlas, cambio de mesas, los gallegos acabamos en una todos juntos y cantamos la rianxeira -oliñas veñen, oliñas veñen, oliñas veñen e vaaaaan .....- lo que es prueba de que aquello era una fiesta de verDad, Dei y yo bailamos un vals sin música para "abrir el baile" e irnos al pub(con lo que había temido él este momento cuando pensábamos hacer baile con diskjockey... milagros del alcohol, la noche yla fiesta...), y aunque el camino hacia allí se hizo largo, mereció la pena, porque todo el mundo estuvo animadisimo, la música fue genial, hubo moscas de las gordas, charlas de las de madrugada y copas, besos, abrazos y retirada remolona sólo por cierre del local a altas horas de la madrugada.

Mientras me quitaba el vestido, solo podía pensar en lo rápido que había pasado todo, después de tanto esperar. Bueno, eso, y que la noche de bodas está muy mitificada ;-)...

Desde ese día, yo me he convertido en una apóstola de las bodas. Pero no por la institución, sino por la fiesta.

Porque es muy difícil reunirlos a todos para celebrar que compartimos vida, y una boda es simplemente la excusa perfecta para que pasen cosas que sin ella no pasarían jamás.


Ahí estás
Tu belleza me consuela
Me he ido lejos
y por poco no te encuentro
y por poco hubiera vivido sin ti
No hay nada en el mundo que prefiriera
a vivir en ti.
Allá vamos.
Nuestra aventura favorita.
Deberias saber que nunca me he sentido más completa
y que nunca pensé que vería
el signficado de mi vida
envuelto en ti
a mí lado.
Si alguna vez temes
que algún día podamos perder esto
vuelve aquí
a este momento
que durará
y puede el tiempo pasar muy rápido
cuando todo está exactamente donde está.
Es lo mejor.

viernes, 10 de julio de 2009

Cosas de niños


La niña sonríe: ¡Espera,
voy a cojer la muleta!

Sol y rosas.
La arboleda movida y fresca,
dardea limpias luces verdes.
Gresca de pájaros, brisas nuevas.
La niña sonríe: ¡Espera,
voy a coger la muleta!

Un cielo de ensueño y seda,
hasta el corazón se entra.
Los niños, de blanco, juegan,
chillan, sudan, llegan:
¡Nenaaa!
La niña sonríe: ¡Espeeera,
voy a coger la muleta!

Saltan sus ojos. Le cuelga
girando, falsa, la pierna.
Le duele el hombro.
Jadea contra los chopos. Se sienta.
Ríe y llora y ríe: ¡Espera,
voy a coger la muleta!

¡Mas los pájaros no esperan;
los niños no esperan!
Yerra la primavera.
Es la fiesta del que corre
y del que vuela...
La niña sonríe: Espera,
voy a coger la muleta!


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Hay cosas de niños que sólo puedes comprender bien cuando ya no lo eres. Como los chistes de Mafalda. O El Principito.

Hay cosas de la infancia que sólo pueden verse desde fuera.

Y me pregunto si esto será así con algo más que todavía no puedo ver. Ni comprender.

jueves, 2 de julio de 2009

Feos



Si la belleza está en el ojo del que mira, la fealdad también. Y cada época enseña a sus hijos a mirar de una manera determinada, y a ver belleza y fealdad para aplicar esas categorías de forma contundente. Y cruel con el que le toca la de la fealdad, claro.

"Feo" es una categoría tal vez y hasta cierto punto relativa, pero aplastante una vez que la aplicamos obviando su relatividad, que es como se aplica. Y resulta especialmente aplastante y cruel cuando esa persona la asume y la fealdad se convierte no en una caracteristica, sino en un sentimiento que puede obstaculizar gravemente el poder llevar una vida mínimamente feliz o sensatamente tranquila.

¿Y por qué? Porque en el imaginario popular que constituye el terreno en el que echamos nuestras raíces, hay una asociación implícita -y por tanto, peligrosa y difícilmente desmontable- entre belleza, bondad y amor. . En poemas, canciones, cuentos, novelas y películas, los buenos son guapos y los malos son feos (a veces, la maldad surge del resentimiento por la propia fealdad... pensad, por ejemplo, en las hermanas de Cenicienta), y todos los que se enamoran, se enamoran de la belleza. Y siempre entre ellos: los guapos con los guapos; los feos con los feos.

Por tanto, nos inculcan que los feos tienen menos posiblidades de ser queridos, y claro, "all you need is love". Todos necesitamos amor. Los feos también.

Pero el asunto va mucho más allá, porque la persona que asume su fealdad, la siente y sufre por ella, no sufre en realidad porque efectivamente sea menos querido (aunque existen por ahí estudios que demuestran que los feos tienen más dificultades y la vida de los guapos está llena de ventajas, por la actitud inconsciente que todos, los propios padres incluidos, adoptamos ante unos y otros), sino porque se siente menos digna de ser querida. Y esto es un problema que puede llegar a ser terriblemente grave y creciente, porque la persona que se siente así puede llegar a despreciar a las personas que le quieren, al considerar -inconscientemente, claro, que es la forma más peligrosa y solida de consideración- erróneo o injustificado ese amor. La frase de Groucho de “nunca querría formar parte de un club que me quisiera como socio” define esto muy bien. O sea, que asumir la propia fealdad puede llegar a ser toda una condena de por vida a la soledad.

Y aunque no se llegue a este punto, suele ser duro asumir que se es feo. Porque la belleza está en la órbita de lo positivo, y la fealdad de lo negativo, y parece ser que esto incluso tiene bases biológicas (según Punset, la belleza humana surge de la ausencia de enfermedad y la idoneidad genética), y por si esto fuera poco, nuestra cultura le ha añadido sibilinamente implicaciones cuasimorales.

Pero feo y guapo están lejos de ser categorías absolutas marcadas con un más o un menos, un "si" o un "no". Aparte de la relatividad de los criterios o cánones de belleza, y de que belleza y fealdad están como dijimos, en el ojo del que mira (quién no ha discutido con otro porque a mí fulanito me parece guapo y a ti te parece feo, y/o viceversa), está claro que esto es una cuestión de grado. Me explico.

Todos tenemos cosas bonitas, y todos tenemos cosas feas (termino relativo, vale, pero ya me entendéis). El “problema” (también para entendernos) surge cuando alguien empieza a sentir que son sus cosas feas las que le caracterizan, le marcan y le definen, sobre todo frente a los demás. Es lo que denominamos “complejo”: la conciencia dolorosa de un defecto que crece y crece hasta amargarnos la existencia. Si alguna vez has ocultado compulsivamente una parte de tu cuerpo; si te has quitado la ropa que tanto te gustaba en el último momento; si una crítica en principio trivial te ha dolido como una puñalada y ya no te la has podido quitar de la cabeza; si te has sentido de repente triste por una forma de tu cuerpo, si hasta has dejado de salir, o de quedar con alguien, o hacer cualquier otra cosa apetecible por ello, sabes de lo que te hablo en primera persona. Si no, eres gran afortunado. O afortunada.

Existe una gama amplísima de complejos posibles, porque no dependen de la realidad objetiva, sino de la percepción que uno tiene de sí mismo (nunca objetiva, claro, sino subjetivísima por definición, que somos juez y parte). Unas orejas de soplillo, unos dientes desiguales,unas cartucheras, un michelín en la cintura, una nariz grande o aguileña, unos muslos gordos, unas piernas con varices, el acné, la calvicie incipiente o consolidada, unos músculos distendidos, unos labios finos, unos pechos pequeños, una estatura demasiado larga o demasiado corta, unos kilos de más o las arrugas inevitables que son el rastro de lo vivido.

Cualquier rasgo que para uno no es más es una anécdota, para otro puede ser un drama, porque lo siente como su rasgo más poderoso, el que le define, y por tanto, a partir de rechazar ese rasgo con pasión y entrega, puede llegar a recharzarse a sí mismo. Con la misma pasión y entrega. La anorexia, por ejemplo, a pesar de que suele implicar más factores, suele ser un ejemplo elocuente de este proceso, pero también están ahí la tendencia al aislamiento o directamente la misantropía, y casos hay para la historia y para el arte. (Por ejemplo, Quevedo, del que ya hablamos aquí, misántropo y misógino, era un gran acomplejado).

Contra este “sentimiento del defecto” se puede luchar intentando modificar el rasgo de nuestros desvelos (ahí están los potingues, las dietas, la cirugía estética, los aparatos de gimnasia las ortodoncias), se puede disimular (ahí están las posibilidades de vestuario y peinado, las postures corporales, los gestos) o directamente esconder (ahí está internet y la posiblidad de relacionarse ocultando el físico, germen de tantas historias frecuentemente trágicas, tantas esquizofrenias y tantos problemas).

O se pueden asumir, y pasar de ellos (y hasta dicen que hay terapias para eso, pero no sé yo). Ahí están esos gorditos felices, esas chicas (sobre todo sudamericanas, no sé por qué) que ciñen sus caderas o sus vientres mucho más redondeados de lo que nos acostumbra las televisión, esos feos que se ríen de sí mismos y esas personas poco agraciadas que se ocupan y preocupan afortunadamente en otras cosas, como la simpatía, la inteligencia o el arte... Sabina, por ejemplo, decía que él hacía canciones para ligar, y que si hubiera sido guapo no le habría hecho falta. Es decir, la fealdad puede ser la base y el riego para que florezcan el ingenio, el arte, la cultura o la simpatía...

No es fácil vencer los complejos, aunque si de verdad buscas esa victoria, son obvias algunas pautas. No conviene ver demasiada tele y son contraproducentes las revistas de belleza. Son más que nunca odiosas las comparaciones y escuchar comentarios de compañeros de trabajo o “amienemigos” que buscan meter el dedo en la llaga fingiendo no darse cuenta. Conviene ocuparse mucho del interior, recordar que alguien (no recuerdo quién) dijo que "el ansia de perfección mata los afectos", fijarse bien en el alrededor y observar dónde reside el verdadero afecto, aunque todos percibimos que mientras oímos pregoneros de que eso de que lo importante es el interior y bla bla bla, en el ambiente respiramos que en la práctica el funcionamiento de las cosas es otro.

Es un tópico, pero no por ello es menos real, que vivimos en un mundo tiranizado por la imagen y un ideal de belleza perfecta que además responde a unos cánones muy determinados, rígidos y completamente artificales (o sea: inexistentes en la realidad) que condenan al ostracismo casi de la realidad,( es decir, de la imagen ofrecida por los medios de comunicación – actual dios creador de lo que debe existir) a todo el que no encaje en ellos. Así que no voy a redundar en ello.

Lo que me importa de todo esto es que nacemos y crecemos en un ambiente hostil, extremadamente hostil, que fomenta los complejos y sus consecuencias (y ahí están las anorexias, vigorexias y demás palabras nuevas y horribles, surgidas al arrimo de esta cruel realidad) y hay que estar preparados. Pero no es fácil.

Los complejos, pues, son un sentimiento: la conciencia emotiva y dolorosa de la propia fealdad. Y como todos los sentimientos, han sido expresados por la literatura. Porque la preocupación por la imagen ha existido siempre, aunque ahora dos factores han contribuido a su crecimiento desmesurado:

1.- Los medios de comunicación:
vivimos en un mundo de imágenes como nunca antes había sucedido, imágenes ideales y creadas artificialmente pero que parecen reales y naturales, y se convierten en modelo y referencia de lo que debemos ser (y nunca seremos: ahí está el filón para un negocio inagotable)

2.- La democratización de las aspiraciones: en principio, nos venden que todos podemos ser ricos, guapos, y famosos. Antes se asumía lo que uno era, y había pocas posiblidadesdes de cambio, y por la vía de la resignación se llgaba al conformismo, y ya decían los estoicos que la falta de “afectos” o ansias, bien utilizada, puede ser un pasaporte a la “felicidad” o al menos la serenidad del ánimo (que no es poco) . Hoy nos venden (otra vez el negocio) que todos podemos llegar a ser aunque no seamos. Y por tanto, si no eres, es culpa tuya. Así que si eres feo, o gordo, o tienes tal cosa fea, no sólo tienes un defecto físico, también moral: eres un fracasado. Qué horror, ¿verdad?

Pero insisto en que, aunque hoy vivamos un paroxismo comercial de todo esto, desde siempre ha habido preocupación por la imagen, y los cánones estéticos han sido igual de rígidos e implacables con aquellos a los que en cada época les tocaba ser “feos”. Desde la Antigüedad Clásica (con su ideal de proporción y equilibrio, conservado en la belleza clara, serena y eterna de sus estatuas) hasta la actualidad.

Curiosamente, en la la Edad Media, la preferencia por la abstracción y el rechazo y desconfianza por todo lo terrenal (y ya no digamos lo carnal: pecado, pecado, que lleva a la condena eterna)les hacia referirse a la belleza casi siempre en abstracto, sin dar rasgos físicos conretos . Y en esto, la literatura española muestra el mismo carácter realista que la ha definido frente a otras a lo largo de su historia, y así, la descripción del ideal femenino de belleza aparece en dos títulos medievales hasta cierto puno insólitos, peculiares y excepcionales ya en su época: la Celestina y El libro de buen amor. Este último incluye una especie de “manual para ligar”, en el que se describe a la mujer idónea a buscar en los siguientes términos: Busca mujer esbelta, de cabeza pequeña,
cabellos amarillos, no teñidos de alheña,
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancheta de caderas, ésta es talla de dueña


En todo caso, en la Edad Media, y en el resto de los tiempos, es una constante la belleza física como requisito para el amor. Así, en el Renacimiento los poetas adoraban a una dama prototipica, igual en todos los poemas, fueran del poeta que fueran, que terminó siendo un tópico que parodiará el desentaño del siglo siguiente, el XVII: ojos claros, pelo rubio como el oro, cuello esbelto, labios y mejillas rojos, y sobre todo, tez muy muy blanca .

Esto último rasgo corrobora también otra constante del modelo de belleza (y por oposición, del de fealdad), que se vincula al dinero: por aquel entonces, las ricas (es decir, las nobles) no curraban, y eran las únicas que podían permanecer blancas recluidas en sus palacios y bajo sus carrozas y sombrillas; las campesinas se ponían morenas sin querer trabajando en el campo y teniendo que andar por la calle, y en España a esto se mezclaba el asociar tez oscura y antepasados musulmanes, lo cual llevaba ya un par de siglos estando muy mal visto y reportando desventajas socioeconómicas.

En el siglo XVIII se llevó al paroxismo la obsesión de de la tez blanca, utilizando polvos de arroz como maquillaje, y al mismo tiempo que nacían las modas, se exageraba también el requisito de una cintura estrecha frente a una cadera ancha, que obligaba a las mujeres a utilizar corsés a lo bestia, lo provocaban frecuentes desvanecimientos entre las más bellas damas. La preferencia por la tez blanca se mantendrá prácticamente hasta el siglo XX, en que cambian las tornas y las que se ponen morenas son las que tienen dinero para ir a tomar el sol o rayos UVA, y que son las que también pueden operarse de cirugía estética y comer sano y no grasa industrial.

Pero volviendo a la literatura, la belleza aparece siempre como causa y requisito para el enamoramiento, pero... ¿qué ocurre con la “fealdad? ¿Y con su conciencia dolorida?

La fealdad aparece, claro, frecuentemente como motivo de burla, escarnio y caricatura. Así, por ejemplo, en El libro de Buen Amor, que nos cuenta casos amorosos con una serie de damas, aparecen cuatro "serranas" (muchachas campesinas), descritas de forma caricaturesca (y paródica de un género de la época, que describía a las serranillas como seres bellísimos y delicados) con todos los rasgos antitéticos del ideal de belleza. La más fea de todas es Aldara,la serranda de Tablada, a la que no le falta detalle:
Desde que yo nací no pasé tal peligro:
llegando al pie del puerto me encontré con un vestiglo
el más grande fantasma que se ha visto en el siglo,
yegüeriza membruda, talle de mal ceñiglo.

Con la cuita del frío y de la gran helada,
le rogué que aquel día me otorgase posada.
Díjome que lo haría si le fuese pagada;
di las gracias a Dios, nos fuimos a Tablada.

Sus miembros y su talle no son para callar,
me podéis creer, era gran yegua caballar;
quien con ella luchase mal se habría de hallar,
si ella no quiere, nunca la podrán derribar.

En el Apocalipsis, San Juan Evangelista
no vio una tal figura, de tan horrible vista;
a muchos costaría gran lucha su conquista,
¡no sé de qué diablo tal fantasma es bienquista!

Tenía la cabeza mucho grande y sin guisa,
cabellos cortos, negros, como corneja lisa,
ojos hundidos, rojos; ve poco y mal divisa;
mayor es que de osa su huella, cuando pisa.

Las orejas, mayores que las del añal borrico,
el su pescuezo, negro, ancho, velludo, chico,
las narices muy gordas, largas, de zarapico,
¡sorbería bien pronto un caudal de hombre rico!

Su boca es de alano, grandes labios muy gordos,
dientes anchos y largos, caballunos, moxmordos;
sus cejas eran anchas y más negras que tordos.
¡Los que quieran casarse, procuren no estar sordos!

Mayores que las mías tiene sus negras barbas;
yo no vi más en ella, pero si más escarbas,
hallarás, según creo, lugar de bromas largas,
aunque más te valdrá trillar en las tus parvas.

Mas en verdad yo pude ver hasta la rodilla,
los huesos mucho grandes, zanca no chiquitilla;
de cabrillas del fuego una gran manadilla,
sus tobillos, mayores que los de una añal novilla.

Más anchas que mi mano tiene la su muñeca,
velluda, pelos grandes y que nunca está seca;
voz profunda y gangosa que al hombre da jaqueca,
tardía, enronquecida, muy destemplada y hueca.

Es su dedo meñique mayor que mi pulgar,
son los dedos mayores que puedes encontrar,
que, si algún día ella te quiere espulgar,
dañarán tu cabeça cual vigas de lagar.

Tenía en el justillo las sus tetas colgadas,
dábanle en la cintura porque estaban dobladas,
que, de no estar sujetas, diéranle en las ijadas; d
e la cítara al son bailan, aún no enseñadas.

Costillas muy marcadas en su negro costado,
tres veces las conté, mirando acobardado.
Ya no vi más, te digo, ni te será contado,
porque mozo chismoso no hace bien el recado.


La fealdad también aparece caricaturizada hasta la crueldad en toda la poesía satírica de Quevedo, compendio de casi todos los defectos físicos (y morales) posibles,desde la nariz grande del proverbial soneto "a una nariz pegado", hasta la delgadez extrema, pasando por la calvicie, la baja estaura, la fealdad, la vejez, la ausencia de dientes,y etc. etc. etc. Pero como sobre ella hace tiempo que quiero escribir algo, no voy a contar nada más ahora.

En literatura (y en cine, claro), la fealdad es un obstáculo para el amor, y esto puede generar el mal y/o la tragedia. Así ocurre, por ejemplo, en la Fábula de Polifemo y Galatea, tema mitológico clásico recreado luego por poetas como Góngora o por dramaturgos del XVII, en la que el monstruoso cíclope se enamora de la bella ninfa, a su vez enamorada del bello Acis, al que el , despechado y rabioso, mata aplastándolo con una piedra.

Ya en el siglo XX el Fantasma de la ópera, de Gastón Leroux, cuenta una historia parecida ampliamente recreada por teatro y cine.

Fealdad enamorada de la belleza y final trágico aparecían también en la historia del jorobado de Notre Dame, surgida de la pluma del gran Víctor Hugo en el XIX, recreada varias veces en cine y TV, y edulcorada y popularizada por Disney a finales del XX.


Claro que también hay historias de feos con final feliz, como la de El patito feo o La bella y la bestia.... pero ojo, que aqui el final feliz, por mucho que prediquen lo de la belleza interior y bla bla bla, llega por la transformación del feo en guapo (¡traidores!).

Y algo parecido ocurre el cine en Shrek, que en principio se pregona como una reivindicación de los feos y el desmonte de tópicos, pero que se pervierte cuando nos meten que para poder querer a Shrek, Fiona tiene que volverse fea (es decir. los feos con los feos, los guapos con los guapso,... ays, los mensajes subliminales, que chungos) Hubiera sido mejor ver a una princesa preciosa enfrentándose al mundo por su amor a un horrible ogro... pero no se le pueden pedir peras al olmo. Y el imaginario popular al que responden estas historias y estas películas sigue siendo, me temo, un olmo que ha crecido sobre el terreno del mito de la belleza.

Así pues, generalmente el feo produce lástima, se vuelve rencoroso, termina mal o se transforma en bello, y entonces tiene el final feliz que solo los bellos parecen merecer.

Un enfoque más complejo y menos maniqueo lo ofrece el gran Benito Pérez Galdós, uno de los grandes nombres del realismo español, en Marianela. Cuenta allí la historia de una niña fea y raquítica debido a la vida miserable, y falta de atención y afecto con la que el mundo la ha condenado a crecer, que tiene que cuidar y guiar a un chico ciego, el único que no la mira condicionado por su aspecto físico (Exupery dirá medio siglo largo más tarde aquello de que solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos, y de esto hablaba ya este libro). El chico ciego se enamora de ella por su bondad, humildad, candor y simpatía, y por los maravillosos ratos que pasan juntos. Es más, el ciego la considera bonita, y argumenta esta afirmación en dulces párrafos llenos de una lógica aplastante, pero que todos sabemos que se puede desmontar con sólo una imagen... Y Marianela, feliz como una perdiz, hasta que llega un médico inoportuno, que mediante una operación devolverá la vista al joven ciego y.... hasta aquí puedo contar. Porque quiero haceros como a mis alumnos de 4º, con los que suelo leer fragmentos de esta novela. Imaginad lo que ocurrirá cuando el joven ciego recupere la vista. Se admiten apuestas sobre cuál creéis que es el final.

Ahora bien, el tratamiento de los “complejos” en literatura es otra cosa y es menos frecuente.

La primera gran acomplejada que se me ocurre es la madrastra de Blancanieves: esa insistencia en preguntar todos los días al espejo, y el no soportar nadie más bello revela en el fondo una gran inseguridad y un complejo, a pesar de la supuesta belleza objetiva ¿o no?



Los complejos en forma de lamentos por el propio físico son menos frecuentes. Recuerdo una poesía popular del s XV en el que una campesina se quejaba del color moreno de su piel (pero no consigo localizar el poema ahora mismo), y en el XIX Bécquer recrimina dulcemente (como era él) a una chica que se quejaba de tener los ojos verdes:
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.

El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera.
Entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta.

Las esmeraldas son verdes,
verde el color del que espera,
y las ondas del océano,
y el laurel de los poetas.

Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve a través de las perlas.

Y sin embargo,
sé que te quejas,
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.

Que parecen sus pupilas
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.

Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta,
que en el estío convida
a apagar la sed en ella.

Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.

Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.

Es tu frente que corona
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.

Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean.
Pues no lo creas.

Que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes, semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.

Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
quizás si negros o azules
se tornasen, lo sintieras.



Pero la gran obra sobre un complejo es Cyrano de Bergerac, que se ha convertido en mito y es objeto de constantes versiones por la actualidad (y tal vez universalidad) de su tema : el complejo físico como obstáculo para el amor. Todo un universal de la vida y el sentimiento. Y el cine, claro, lo ha recreado profusamente, ya en 1950, o en la maravillosa adaptación de la novela de Ronstad protagonizada por Depardieu, como en “actualizaciones” o adaptaciones contemporáneas, como Roxanne protagonizada por Steve Martin, bombero narigudo enamorado de una dulce Roxanne encarnada por Daryl Hanna, o La verdad sobre perros y gatos , versión mucho más libre y femenina del mito.

Con todo, donde el tema es tratado con más profusión es, claro está, en la poesía popular actual, que sin entrar en valoraciones sobre su calidad literaria, está conformada por las letras de canciones que escuchamos la gran masa.

Así, tenemos el Feo, de Fito y Fitipaldis, que afronta el tema desde la reflexión, la serenidad y la sabiduría que sólo da la experiencia:

o el Unpretty de las TLC, que habla del complejo y la inseguridad que puede provocar el enamorarse de alguien que no parece más que ver nuestros defectos y hasta pretende cambiarlos:


o el Ugly de Jon Bon Jovi, que trata de convencer a su chica (en el vídeo, Demie Moore), que al parecer se siente fea, de lo bella que se vería si pudiera verse con los ojos con que él a mira:


y el Beautiful de Christina Aguilera, que anima a todos a sentirse bellos digan lo que digan. Y eso, con una voz maravillosa y descomunal, sorprendente en una chica menuda y chiquitilla como ella. Si es que el tópico de que el físico es un envoltorio a veces injusto de nuestro interior es una verdad tan contundente como desatendida... y poco efectiva en la práctica


Yo, como gran insegura casi profesional que soy, he tenido muchos complejos a lo largo de mi vida y en ocasiones me han amargados la vida, y escribirlos aquí supongo que es otro granito en la superación en la que estoy empeñada y para la que el paso del tiempo es sin duda un gran aliado: hubo temporadas e que me pesaban algunos kilos de más, que se me ponen siempre en la cadera y en los brazos (odio la forma de mis brazos y he llegado a estar años sin poner ropa sin mangas); en la adolescencia aborrecía mis gafas y estaba obsesionada por su aumento (de hecho hay gente que jamás me ha visto con gafas, aunque Dei ha sido mi gran terapia para sacudirme ese complejo... pero fue tan fuerte durante tanto tiempo, que inevitablemente algo queda todavía); hubo una época en que me parecían horrorosos mis pies y llevaba calzado cerrado hasta en verano; me acompleja también mi torpeza, mi propensión a caerme y tirar o manchar cosas, y siempre que me pasa algo de eso me pongo a la defensiva y soy incapaz de reírme.

En cuanto percibo alguna de estas actitudes, indicios de complejos, en mis alumons, intento mitigarla (supongo que inútilment, pero yo lo intento). Es el síndrome del redentor. Porque los que han tenido complejos (como los que han sufrido algún trauma) suelen tener dos patrones de respuesta: el del vampiro (burlarse de los demás o criticar defectos... Quevedo sería un ejemplo extremo de esto; ya os contaré) o el del redentor (intentar "salvar" a los demás como nos hubiera gustado salvarnos a nosotros mismos). Y me parece que yo me he ido por la segunda vía. Mejor, ¿no?


Pues si tú tienes también algún complejo, pasado o presente, confesado u oculto, y quieres hacer terapia, o conoces algún ejemplo ilustrativo del tema, o quieres hacer defensa o escarnio o disertación o lo que sea acerca de la fealdad y sus alrededores. aquí estaríamos encantados de leerte. Que lo sepas.

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