jueves, 28 de enero de 2010

Raros y necesarios

"Los raros somos un archipiélago, y yo soy una isla".
ANA Mª MATUTE

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco.

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Si seguía clavado al suelo, era por ver si me entraba una sensación de despedida. Lo que quiero decir es que me he ido de un montón de colegios y de sitios sin darme cuenta siquiera de que me marchaba. Y eso me revienta. No importa que la sensación sea triste o hasta desagradable, pero cuando me voy de un sitio me gusta darme cuenta de que me marcho. Si no luego da más pena todavía.
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-La vida es una partida, muchacho. La vida es una partida y hay que vivirla de acuerdo con las reglas del juego.
-Si, señor. Ya lo sé. Ya lo sé.
De partida un cuerno. Menuda partida. Si te toca del lado de los que cortan el bacalao, desde luego que es una partida, eso lo reconozco. Pero si te toca del otro lado, no veo dónde está la partida. En ninguna parte. Lo que es de partida, nada.

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Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas.
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Lo malo que yo tengo es que siempre tengo que pensar que la chica a la que estoy besando es inteligente. Ya sé que no tiene nada que ver una cosa con otra, pero no puedo evitarlo. No hay manera.
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La mayoría se casarán con cretinos, tipos de esos que se pasan el día hablando de cuántos kilómetros pueden sacarle a un litro de gasolina, tipos que se enfadan como niños cuando pierden al golf o a algún juego tan estúpido como el ping-pong, tipos mala gente de verdad, tipos que en su vida han leído un libro, tipos aburridos.
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... lo que hice fue describir el guante de béisbol de mi hermano Allie, que era un tema estupendo para una redacción. De verdad. Era un guante para la mano izquierda, porque mi hermano era zurdo. Lo lindo es que tenía poemas escritos en tinta verde en los dedos y por todas partes. Allie los escribió para tener algo que leer cuando estaba en el campo esperando. Ahora Allie está muerto. Murió de leucemia el 18 de julio de 1946 mientras pasábamos el verano en Maine. Les hubiera gustado conocerlo. Tenía dos años menos que yo y era cincuenta veces más inteligente. Sus profesores escribían continuamente a mi madre para decirle que era un placer tener en clase a un alumno como mi hermano. Y no lo decían porque sí. Lo decían de verdad. Pero no sólo era el más inteligente de la familia. Era también el mejor en muchos otros aspectos. Nunca se enfadaba con nadie. Dicen que los pelirrojos tienen mal genio, pero Allie era una excepción, y eso que tenía el pelo más rojo que nadie. Les contaré un caso para que se hagan una idea de lo pelirrojo que era. Yo empecé a jugar al golf cuando tenía sólo diez años. Recuerdo una vez, el verano en que cumplí los doce años, que estaba jugando y de repente tuve el presentimiento de que si me volvía vería a Allie. Me volví y ahí estaba mi hermano, montado en su bicicleta, al otro lado de la cerca que rodeaba el campo de golf. Estaba nada menos que a unas ciento cincuenta yardas de distancia, pero le vi claramente. Tan rojo tenía el pelo. ¡Dios, qué buen chico era! A veces en la mesa se ponía a pensar en alguna cosa y se reía tanto que poco le faltaba para caerse de la silla. Cuando murió tenía sólo trece años y pensaron en psicoanalizarme y todo porque hice añicos todas las ventanas del garaje. Comprendo que se asustaran. De verdad. La noche que murió dormí en el garaje y rompí todos los cristales con el puño sólo de la rabia que me dio. Hasta quise romper las ventanillas del coche que teníamos aquel verano, pero me había roto la mano y no pude hacerlo. Pensarán que fue una estupidez pero es que no me daba cuenta de lo que hacía y además ustedes no conocían a Allie. Todavía me duele la mano algunas veces cuando llueve y no puedo cerrar muy bien el puño, pero no me importa mucho porque no pienso dedicarme a cirujano, ni a violinista ni a ninguna de esas cosas.
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Recuerdo que una vez le pregunté a Childs si creía que Judas, el traidor, había ido al infierno. Childs me dijo que naturalmente lo creía. Ese era exactamente el tipo de cosas sobre el que nunca coincidía con él. Le dije que apostaría mil dólares a que Cristo no había mandado a Judas al infierno, y hoy los seguiría apostando si los tuviera. Estoy seguro de que cualquiera de los discípulos habría mandado a Judas al infierno -y a todo correr- pero Cristo no.
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Nunca puedo rezar cuando quiero. En primer lugar porque soy un poco ateo. Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Esos discípulos, por ejemplo. Si quieren que les diga la verdad no les tengo ninguna simpatía. Cuando Jesucristo murió no se portaron tan mal, pero lo que es mientras estuvo vivo, le ayudaron como un tiro en la cabeza.
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Pero lo que más me gustaba de aquel museo era que todo estaba siempre en el mismo sitio. No cambiaba nada. Podías ir cien mil veces distintas y el esquimal seguía pescando, y los pájaros seguían volando hacia el sur, y los ciervos seguían bebiendo en las charcas con esas patas tan finas y tan bonitas que tenían, y la india del pecho al aire seguía tejiendo su manta. Nada cambiaba. Lo único que cambiaba era uno mismo. No es que fueras mucho mayor. No era exactamente eso. Sólo que eras diferente. Eso es todo. Llevabas un abrigo distinto, o tu compañera tenía escarlatina, o la señorita Aigletinger no había podido venir y nos llevaba una sustituta, o aquella mañana habías oído a tus padres pelearse en el baño, o acababas de pasar en la calle junto a uno de esos charcos llenos del arcoiris de la gasolina. Vamos, que siempre pasaba algo que te hacía diferente. No puedo explicar muy bien lo que quiero decir. Y aunque pudiera, creo que no querría. [...] Mientras seguía andando pensé que Phoebe iba a ese museo todos los sábados como había ido yo. Pensé que vería las mismas cosas que yo había visto, y que sería distinta cada vez que fuera. Y no es que la idea me deprimiera, pero tampoco me puso como unas castañuelas. Hay cosas que no deberían cambiar, cosas que uno debería poder meter en una de esas vitrinas de cristal y dejarlas allí tranquilas. Sé que es imposible, pero es una pena.
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Cuando ya había cerrado la puerta y volvía hacia el salón me gritó algo, pero no le oí muy bien. Creo que dijo "buena suerte". Ojalá me equivoque. Ojalá. Yo nunca diré a nadie "buena suerte". Si uno lo piensa bien, suena horrible.
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Todos los que lloran como cosacos con esa imbecilidad de películas suelen ser luego unos cabrones de mucho cuidado.
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Lo que más me gusta de un libro es que te haga reir de vez en cuando. Leo un montón de clásicos como la vuelta del indígena y no están mal, y leo también muchos libros de guerra y de misterio, pero no me vuelven loco. Los que de verdad me gustan son esos que cuando terminas de leerlos piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarle por teléfono cuando quisieras. No hay muchos libros de esos.
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Entre otras cosas, verás que no eres la primera persona a quien la conducta humana ha confundido, asustado, y hasta asqueado. Te alegrará y te animará saber que no estás solo en ese sentido. Son muchos los hombres que han sufrido moral y espiritualemente del mismo modo que tú. Felizmente, algunos de lellos han dejado constancia de su sufrimiento. Y de ellos aprenderás si lo deseas. Del mismo modo que alguien aprenderá algún día de ti si sabes dejar una huella. Se trata de un hermoso intercambio que no tiene nada que ver con la educación. Es historia. Es poesía.
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-Papá va a matarte. Va a matarte -me dijo.
Pero no la oí. Estaba pensando en otra cosa. En una cosa absurda.
-¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir?
-¿Qué?
-¿Te acuerdas de esa canción que dice, "Si un cuerpo atrapa a otro cuerpo, cuando van entre el centeno…"? Me gustaría…
-Es "si un cuerpo encuentra a otro cuerpo, cuando van entre el centeno" -dijo Phoebe-. Y es un poema. Un poema de Robert Burns.
-Ya sé que es un poema de Robert Burns. Creí que era, "si un cuerpo atrapa a otro cuerpo, cuando van entre el centeno" -le dije-, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los agarro. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.
Phoebe se quedó callada mucho tiempo. Luego, cuando al fin habló, sólo dijo:
-Papá va a matarte.

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No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo.



El guardián entre el centeno.
J.D SALINGER (1 de Enero de 1919-28 de Enero de 2010)

Se ha ido definitivamente el raro entre los raros, creador de Holden Caulfield, el inadaptado, inadaptable y desconcertado adolescente abocado a vivir en un mundo que le asquea y del que sólo se quedaría con cuatro cosas: los niños, su hermana Phoebe, el guante lleno de poemas de su hermano muerto y los libros que al terminar de ser leídos te dejan con el deseo de poder charlar con el autor. Un poco, quizás, como el propio Salinger, que tras el éxito de su novela se apartó en un universo propio de rareza del que sólo nos llegaban rumores y en el que ha vivido hasta hoy.

Hay quien dice que El guardián entre el centeno, al leerlo, decepciona,  y que está sobrevalorado, y mitificado tal vez sin demasiada razón en sí mismo, sobre todo gracias a  curiosidades como que ha sido citado como libro favorito por varios psicópatas o asesinos en serie.  Hay quien dice que es un libro apto solo para ser leído en la adolescencia y con el que es difícil identificarse (o incluso releerlo) después. Durante años fue un libro muy leído en clase de Lengua en los Institutos (fue lo que me pasó a mí), y curiosamente, yo, como profesora, sólo lo he propuesto una vez  y con bastante poco éxito, lo que me quitó de la cabeza la idea de insistir. Porque me parece que la mayoría de nuestros adolescentes viven en un universo demasiado alejado al de Holden. Aunque siempre existe, claro, alguna excepción. Algún raro, hoy más raro -y necesario- que nunca.

Sin embargo, a mí me pasó con este libro un poco como con El principito. Leí ambos en el momento que retratan (la adolescencia y la niñez) sin que me parecieran gran cosa. Tuvo que pasar el tiempo, tal vez con su perspectiva, para que llegaran, de verdad, a mí, y pudiera reconocerlos como los libros necesarios, imprescindibles, que dicen las cosas que alguien tenía que decir y cuyo eco se te queda dentro, agazapado, acompañándote siempre incluso cuando no lo escuchas. Libros de esos por los que es de justicia decir, y repetir, "gracias".

Pues eso. Gracias.


2 comentarios:

observer dijo...

Se dice, se comenta, que el resto de su producción está muy bien, tengo ganas de echarle un vistazo. oye, suerte con la gata, ya verás cómo todo sale bien, no hay nada que los mimos no curen!! achuchones para tutti

kamala dijo...

Eso dicen. Yo tb tengo ganas de echarle un vistazo.

Gracias!! Todo ha salido estupendamente; la operamos esta noche y ahora está aquí, con su heridita, suuuupermimosa, con lo que me gusta a mí empacharla a mimos....

Muchos achuchones para ti tb!!!

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