lunes, 8 de febrero de 2010

Mirada mora empañada de lágrimas

Hacía mucho tiempo que yo quería conocer Granada y hacer un viaje la primera semana de Enero, y aprovechar así una de las pocas oportunidades que tengo de viajar cuando no todo el mundo viaja. Así que Dei encargo casi por sorpresa y en el último momento tres noches en Granada para empezar el 2010. Imaginaos mi alegría y mi ilusión .

Sin embargo, fue un viaje que casi desde el principio se dibujó lleno de avatares: las previsiones decían que el día que nos tocaba volver (el 7 de Enero) habría una gran nevada por toda España, que seguramente dificultaría mucho el viaje por carretera, que es como nosotros lo hacíamos. Pero para demostrar que todo puede empeorar, la primera noche, justo después del único tapeo que pudimos hacer, nada más llegar Dei se puso no malo, malísimo, con vomitona, fiebre y demás síntomas asociados a esos odiosos y feroces virus invernales, que los días previos habían estado pululando por su hermana y su cuñado.

Así que nos vinimos antes de tiempo, con solo un paseo por Granada y la visita a la Alhambra en la memoria. Y aún así, y con todo, el viaje mereció la pena.

Granada nos recibió vestida de noche, luces y fiesta, y nos dio tiempo a pasear y tapear como manda su fama. Porque es una de las ciudades españolas donde las tapas cortesía de la casa son más abuntandes, variadas y generosas. Aunque nosotros no tuvimos tiempo ni ocasión propicia para comprobarlo...

Tras la fatídica noche que el pobre Dei se pasó vomitando, vino una mañana de incertidumbre en el hotel, tras la cual él, todo un héroe, se empeñó en acudir a la visita a la Alhambra para la que ya teníamos entradas, sin comer, ojeroso y con mal cuerpo. Ya digo: o heroísmo, o cabezonería maña (que a veces pueden llegar a parecerse y hasta confundirse).

De camino al autobús, comprobamos que los alrededores de la catedral tienen de día tanto encanto como mostraban la noche anterior.


Pero aún así, está claro que lo que da a Granada su nombre, y en gran medida su encanto, es la Alhambra, su compañía y su espejo, que la contempla y la guarda allá, en lo alto, asentada en la montaña, emergiendo majestuosa y serena entre los árboles oscuros con los que parece llevarse tan bien.

El viaje hacia ella es, precisamente, una subida sinuosa entre esos árboles ocuros hasta el pequeño muro de piedra que la circunda y que, con lo ecos míticos con que suena su nombre, anuncian ya la maravilla que guardan. Nó sé si es cosa de la edad,  de los años de espera tontamente aplazada, o  de los años de estudio del Romancero y Lorca, o simplemente de que últimamente estoy muy ñoña, pero yo me emocioné al llegar.


Tras ella, aparace enseguida  la mezcla de elementos árabes y occidentales  que la configuran, en la que ganan por goleada los primeros. Lo cristiano aparece solo como contraste y subrayado austero para la belleza delicada, preciosista y soñadora de las construcciones musulmanas, a la que nunca supieron los toscos recién españoles acercarse ni de lejos.

Por eso, tal vez, aquella victoria que convirtió a Granada  en cristiana no la hizo ganar, sino empezar a perder el esplendor que solo los moros supieron darle. Porque la Alhambra era una reina mora y hechicera, que ahora muestra sus galas ajadas para hacernos saber que, si hoy sigue siendo bella, entonces lo fue más. Mucho mucho más. Y si hoy es imposible verla sin, al menos, exclamar o asombrarse o sobrecogerse en algún momento, no puedo imaginar lo que debió ser cuando los años de abandono y descuido cristinano no habían hecho todavía su mella.

Y es que la visita a la Alhambra se hace con los ojos, pero también, inevitablemente, con la imaginación, que  tiene que reconstruir torpemente lo que las piezas que quedan esbozan que pudo ser. Y en eso nadie le gana a Dei, que siempre que visita un monumento se emocina evocando no solo su fisonomía pasada, sino también las personas que allí pisaron, hablaron. tocaron y vieron.

Y a primer golpe de vista te encuentras ya con la clara iglesia renacentista, construida sobre lo que había sido una mezquita árabe,
y al lado, los baños, en los que ya aparecen las pinceladas del estilo detallista y delicado con la que los musulmanes construían sus entornos, lleno de ingenionos espejos, simetrías. dualidades, relieve, profundidad y pequeños detalles sin tregua , y donde las paredes y los techos se convierten en un imaginativo marco tallado en forma de estrella, o de bordado, o de onda, o de repujada geometría) para la luz o el paisaje que entra de fuera, como un homenaje del edificio a su entorno,  o una forma de que el entorno forme parte del ornato del edificio, lo que revela, sin duda, toda una forma de estar y de contemplar el mundo, y de manejar lo natural, lo artificial y nuestra mirada.



Luego llegamos al palacio de Carlos V,  sólido edificio de piedra ocre, lleno de las rectas, las  simetrías y las líneas puras que tanto gustaban a los renacentistas, que quizás en otro lugar luciera más, pero que aquí, a pesar del juego con la geometría de ser cuadrado por fuera para albergar dentro un enorme patio circular rodeado de columnas y de curiosa acústica, no logra pasar de ser un mazacote  que subraya y resalta por contraste la delicada belleza deslumbrante de los otros palacios: los Palacios Nazaríes que perdieron los perdedores cuando tuvieron que llorar a Granada. Su reina mora, hechicera refinada, que tenían que dejar e manos de aquellos toscos cristianos que no parecían entender nada. 
Y aquí se entiende, como en ningún sitio, lo que lloraban. 

Junto al palacio asoma ya otro de los encantos de la Alhambra: la vista del Albaicín, el barrio de Granada típicamente árabe, lleno de casitas blancas de oscuros tejados y líneas rectas y salpicado por oscuros árboles puntiagudos, que deslumbra y asombra porque parece un refinado cuadro naif.


Dicen que es precisamente desde el Albaicín desde donde se disfruta de la mejor vista de la Alhambra, como una pirueta más del gusto por la simetría y los espejos con que los árabes disponían su entorno, desde la sala más pequeña, o el palacio que se mira en el estanque, o las fachadas opuestas que bordean un mismo patio, hasta llegar a esto: la fortaleza que se mira en la ciudad que guarda, y la ciudad que se mira en en su fortaleza.

A nosotros no nos dio tiempo a subir al Albaicín a buscar esa vista. Pero algún día subiremos, seguro.

Accedimos a la zona de los Palacios Nazaries por la Puerta del Vino, tan cuidada como todas las puertas, ventanas y accesos de luz de las construcciones árabes
y tras una breve cola (ventajas de la visita reservada, a pesar de lo poco indicado que estaba todo y de la necesidad de estar antes con cierta antelación en un punto cuya ubicación exacta no era demasiado sencillo descubrir) accedimos, por fin, a los palacios Nazaríes. La primera estancia, que sirve como aperitivo, es el Mexuar, sala de audiencia y justicia con los árabes, que los cristianos modificarían para convertirla en capilla.


Los techos y capiteles de las columnas son una preciosidad de armonia, detalle y mimo en formas colores.




y las ventanas añadidas por los cristianos sirven de marco tosco para ver la Alcazaba, recordándonos así que lo que vemos de la Alhambra es lo que ellos, los vencedores cristianos que se apropiaron de ella, nos dejaron ver,
aunque nunca consiguieron que la viéramos solo con sus ojos. Porque donde menos te lo esperas aparece la mirada árabe, en forma de marco de herradura y ondas para la vista blanca del Albaicín.

Después, te encuentras con el Patio del Mexuar o del Cuarto dorado, con dos fachadas enfrentadas, una más exhuberante, la otra más discreta. Lástima que hubiera tanta gente y tan poco tiempo para recorrerlo y paladearlo todo.


Allá donde mires hay un nuevo motivo para abrir la boca: los captiteles a los que no le falta detalle,  las paredes del Palacio de Comares, llenas de mocárabes, de mosaicos y azulejos en armonía o contraste s, las columnas, los arcos que se superponen en abigarrada competencia, o los delicados techos de madera labrada, como los de la Sala de la Barca, llamada así por su forma de casco de barco, o el de la Sala de los Embajadores donde el sultán realizaba sus audiencias privadas, que representa de forma alegórica los Siete Cielos de la fe islámica..
El patio de los Arrayanes, presidido por la vista de la Torre de Comares, muestra una vez más el gusto musulmán por los palacios que se miran en las aguas, duplicándose y definiéndose como mitad incompleta de la belleza que se realiza en el reflejo, esa maestría árabe en el manejo de los espejos y las simetrías, curioso en una cultura que prohíbe la iconografía y que, tal vez por ello, lleva al paroxismo las posibilidades de multiplicación de imágenes que la naturaleza y la óptica nos ofrecen.

Por uno de sus laterales accedemos al Patio más famoso, el de los Leones, que nosotros tuvimos que ver sin leones, porque la proverbial fuente que le da nombre estaba ausente por su restauración. Un prosaico armazón ocupaba su lugar y subrayaba su ausencia, y más en un entorno como este, un derroche de superposiciones, y de luz (incluso en un día gris como aquel),  y de columnas,  y de geometrías, y de tallas finas, delicadas y sin tregua.


Por si no bastaba con tanta maravilla, aparece blanca y radiante la sala de los Abencerrajes seguida de la de los Reyes, de la de las dos Hermanas... Lo dicho: pena de tiempo, pena de gente y pena de palabras, que son demasiado pequeñas, todas, para describir esto.
De golpe aparecen, acopladas, las zonas cristianas, de fisonomía tan distinta y austera.

Una placa homenajea a Washington Irving, escritor del Romanticismo estadounidense que encontró en la por entonces abandonada fortaleza, el  escenario idóneo para las ensoñaciones, el exotismo, el historicismo y el misterio propios de su sensibilidad romántica (estrictu sensu, es decir, el que alude al gusto de los escritores del Romanticismo como movimiento literario que inundó Europa durante algunos años de la 1ª mitad del XIX).

Dicen que vivió un tiempo aquí, y que fue su guía granadino, Mateo, el que le contó las historias y leyendas populares que inmortalizaría en sus Cuentos de la Alhambra, que contribuyeron a hacer de este lugar cita obligada para todo aquel que no quiera morirse sin ver los lugares más bellos a nuestro alcance.





La mirada occidental y cristiana sobre el Albaicín asoma a los corredores del palacio, de nuevo, para contrastar con el apenas recuerdo de  las delicadas ventanas árabes que dejamos atrás.
Al salir, todavía nos queda El Partal, la zona de vivienda de los antiguos criados, mucho más modesto pero con los mismos rasgos esenciales y el mismo acento delicado que sus hermanos mayores:





Todavía nos quedaba la Alcazaba, la zona militar, que seguramente contribuyó mucho al nombre de la fortaleza (Alhambra quiere decir "La Roja"), desde la que se percibe perfectamente la forma de barco asentado en la colina que tiene la fortaleza y desde la cual se divisa, en todo su esplendor, Granada.


Y también nos quedaban los jardines del Generalife, la villa de descanso y retiro de los reyes musulmanes de Granada.
Desde los jardines se contempla también una hermosa vista de la Alhambra. Sin duda, los musulmanes (por lo menos, aquellos musulmanes) eran los reyes magos de la perspectiva. Sin duda, sabian mirar. Sin duda aquí se entrena y se descubre la importancia de saber mirar y de la mirada.

Y a la vuelta, antes de nuestra precipitada despedida, nos esperaba otra vez, Granada.

Y yo espero que todavía nos espere. Porque si yo llevaba años queriendo ir, no sé cuánto me queda queriendo volver.

Eso sí, por lo menos nos libramos de la nevada monumental que nos tocaba al volver.Que sí, que no hay mal que por bien no venga.


El año de cuatrocientos
que noventa y dos corría,
el rey Chico de Granada
perdió el reino que tenía.
Salióse de la ciudad
un lunes a mediodía
rodeado de caballeros,
la flor de la morería.
Su madre lleva consigo
que le tiene compañía
Por ese Genil abajo
el rey Chico se salía.
Pasó por medio del agua
lo que hacer no solía;
los estribos se han mojado,
que eran de grande valía.
Por mostrar más su dolor
que en el corazón tenía,
ya que esa áspera Alpujarra
era su jornada y vía,
desde una cuesta muy alta
Granada se parecía.
Volvió a mirar a Granada
desta manera decía:
¡Oh Granada, la famosa,
mi consuelo y mi alegría,
oh mi alto Albayzin
y mi rica Alcaicería,
oh mi Alhambra y Alijares
y mezquita de valía
mis baños, huertas y ríos
donde holgar me solía!
¿Quién os ha de mí apartado
que jamás yo vos vería?
Ahora te estoy mirando
desde lejos, ciudad mía;
mas presto no te veré
pues ya de ti me partía
¡Oh rueda de la fortuna,
loco es quien en ti fía;
que ayer era rey famoso
y hoy no tengo cosa mía -.
Siempre el triste corazón
lloraba su cobardía,
y estas palabras diciendo
de desmayo se caía.
Iba su madre delante
con otra caballería,
viendo la gente parada
la reina se detenía,
y la causa preguntaba
porque ella no lo sabía.
Respondiole un moro viejo,
con honesta cortesía,
- Tu hijo mira a Granada
y la pena le afligía -
Respondido había la madre
, Desta manera decía:
- Bien es que como mujer
llore con grande agonía
el que como caballero
su estado no defendía

—¡Abenámar, Abenámar,
moro de la morería,
el día que tú naciste
grandes señales había!
Estaba la mar en calma,
la luna estaba crecida;
moro que en tal signo nace,
no debe decir mentira.»
Allí respondiera el moro,
bien oiréis lo que decía:
Yo te la diré, señor,
aunque me cueste la vida,
porque soy hijo de un moro
y una cristiana cautiva;
siendo yo niño y muchacho
mi madre me lo decía:
que mentira no dijese,
que era grande villanía:
por tanto pregunta, rey,
que la verdad te diría.
—Yo te agradezco, Abenámar,
aquesta tu cortesía.
¿Qué castillos son aquéllos?
¡Altos son y relucían!»
—El Alhambra era, señor,
y la otra la mezquita;
los otros los Alixares,
labrados a maravilla.
El moro que los labraba
cien doblas ganaba al día
y el día que no los labra
otras tantas se perdía.
El otro es Generalife,
huerta que par no tenía;
el otro Torres Bermejas,
castillo de gran valía.»
Allí habló el rey don Juan,
bien oiréis lo que decía:
—Si tú quisieras, Granada,
contigo me casaría;
daréte en arras y dote
a Córdoba y a Sevilla.»
—Casada soy, rey don Juan,
casada soy, que no viuda;
el moro que a mí me tiene
muy grande bien me quería.»


1 comentario:

J.A. dijo...

Vaya hombre, menuda mala suerte, ponerse malo en medio del viaje.

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