viernes, 12 de marzo de 2010

Fondo gris



Nos ha dejado uno de los grandes. De los realmente grandes.

 Nos ha dejado el último miembro del triunvirato de la narrativa española de posguerra (a saber, el formado por él, y Torrente Ballester, y Camilo José Cela). Los tres vieron evolucionar sus obras acunadas por los tiempos, desde el existencialismo triste y desesperanzado de los años 40 (La sombra del ciprés es alargada), al realismo de los 50 con El Camino, Mi idolatrado hijo Sisí o Las ratas, para pasar, mediados los 60,  a la experimentación formal en el monólogo que mantiene una mujer pequeño burquesa, cargada con todas las miserias de su época, educación y clase,  frente al féretro de su marido.

Luego, a partir de los ochenta,  se sumaría a una generalizada  dispersión de tendencias, y con ella llegaron algunos de sus libros más conocidos (lo de mejores, ya no me atrevo a decirlo): la mirada tremenda sobre el caciquismo rural de Los santos inocentes; el reflejo de su personal amor por la caza y la naturaleza con sus leyes, de las que el buen cazador forma parte, en Diario de un cazador; el intimismo anecdóticamente autobiográfico de Señora de rojo sobre fondo gris  (en la que evoca  la figura y la pérdida irreparable de su esposa, que fue la que lo animó a leer y escribir, y  su compañera fiel hasta  la muerte... y desde El ciprés o El camino ... sabemos lo mucho que aterraban a Delibes las pérdidas...); o la novela histórica en la que homenajea a su Valladolid natal, El hereje.

Dicen que ha recibido todos los premios importantes a excepción del Nobel, y a pesar de su vida discreta y de ser poco dado a la farándula literaria y sus empachos de ego, ha contado y cuenta con la admiración y el cariño de un público muy fiel. Un cariño y una admiración constante, sosegada y discreta, como él mismo, cuyo mayor alarde (aparte de leerlo siempre y no solo lo último,  recordarlo incluso en estos diez años de apartamiento por el empeño de un cáncer y recomendarlo en el boca a boca, donde solo se mantienen unos pocos elegidos, incluso cuando la publicidad y el cine parecían haberlo olvidado), este largo día de duelo en el que no han parado de desfilar personas para despedirse, arroparle y homenajearle.

Se nos va un escritor que habló mucho de niños, y de viejos, y de existencias grises,  y del mundo rural cuya alma supo captar en toda su grandeza, su dureza y sus matices. 

Se nos va un escritor de prosa recia , exacta y sustantiva, que solo se adorna con la precisión asombrosa de su léxico, lon la fluidez de una sintaxis sencilla y perfecta, y con la maestría para introducir junto a  la palabra precisa e intachable, con total naturalidad, el eco y la expresión que sabe a pueblo, a ese pueblo que según él es el verdadero dueño  de la lengua..

Se nos va un escritor para cuyas novelas ha sabido encontrar una maravillosa colección de títulos ("Señora de rojo sobre fondo gris", por ejemplo,  me parece uno de los más acertados y elocuentes que pudo pensar nunca nadie; "La sombra del ciprés es alargada" es casi un proverbio, "Cinco horas con Mario" forma parte del acerbo incluso de los que no le han leído... )

Pero se nos va ante todo un escritor que supo impregnar sus obras, siempre, de una intensísima ternura. Y eso, no todos pueden hacerlo. Solo los que tienen ternura en la mirada, y son capaces de  ver, y captar, y contar, los brillos sutiles de las existencias que transcurren sobre un fondo gris.

Entre los nueve y los quince años, yo me debí de leer El Camino unas quince veces, y siempre terminaba con un nudo en la garganta. porque,  en esa noche de insomnio en que Daniel, el Mochuelo, evoca la vida en el pueblo que está a punto de abanonar para cumplir el designio marcado por su padre y estudiar en la ciudad,  reconocía ya ese dolor dulce que ha llegado a ser un viejo amigo para mí: el dolor de las despedidas. De la consciencia de las últimas veces. De la inminencia en la garganta de la nostalgia. Del último paso sobre la senda que nunca se ha de volver a pisar.

Y este año en que Delibes nos ha dejado, se han convertido en inaplazables para mí dos cosas: subsanar una tacha imperdonable en mi perfil de aficionada a la literatura y leer, por fin , La sombra del ciprés es alargada, que de la que Dei tanto me ha hablado y tanto me ha recomendado (y sobre la que él , por cierto, debería también escribir algo), y volver a leer El camino....

A la Mariuca-uca, como la llamaban en el pueblo para indicar que era una consecuencia de la Mariuca difunta, la querían todos a excepción de Daniel, el Mochuelo. Era una niña de ojos azules, con los cabellos dorados y la parte superior del rostro tachonado de pecas. […]

La niña despertaba en la madre de Daniel, el Mochuelo, el instinto de la maternidad prematuramente truncada. Ella deseaba una niña, aunque hubiera tenido la carita llena de pecas como la Mariuca-uca. Pero eso ya no podía ser. Don Ricardo, el médico, le dijo que después del aborto le había quedado el vientre seco. […]

Tal vez influyera en Daniel, el Mochuelo, este cariño desmedido de su madre hacia la Mariuca-uca para que esta no fuese santo de su devoción. Pero no; lo que enojaba a Daniel, el Mochuelo, era que la pequeña Uca quisiera meter la nariz en todas las salsas e intervenir en asuntos impropios de una mujer y que no le concernían. […]
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Desde el frustrado robo de las manzanas, Daniel, el Mochuelo, comprendió que la Mica era muy hermosa, pero, además, que la hermosura de la Mica había encendido en su pecho una viva llama desconocida. Una llama que le abrasaba materialmente el rostro cuando alguien mentaba a la Mica en su presencia. Eso constituía en él algo insólito, algo que rompía el hasta ahora despreocupado e independiente curso de su vida.

Daniel, el Mochuelo, aceptó este fenómeno con la resignación con la que se aceptan las cosas ineluctables. Él no podía evitar acordarse de la Mica todas las noches al acostarse, o los domingos y días festivos si comía boruga. Esto le llevó a deducir que la Mica significaría para el feliz mortal que la conquistase un muy dulce remanso de paz.

Al principio Daniel, el Mochuelo, intentó zafarse de la presión interior que enervaba su insobornable autonomía, pero acabó admitiendo el constante pensamiento de la Mica como algo consustancial a él mismo, algo que formaba parte muy íntima de su ser. […]

También sus amigos admiraban a la Mica. La admiraban en su belleza, lo mismo que admiraban al herrero en su vigor físico, o a don José, el cura, que era un gran santo, en su piedad, o a Quino, el manco –antes de enterarse Moñigo de que había llorado a la muerte de su mujer–, en su muñón. La admiraban, sí, pero como se admira a las cosas bonitas o poderosas que luego no dejan huella. Sentían, sin duda, en su presencia, a la manera de una nueva emoción estética que inmediatamente se disipaba ante un tordo abatido con el tirachinas o un regletazo de don Moisés, el maestro. Su arrobo no perduraba; era efímero y decadente como una explosión. […]

Una tarde, en el prado de la Encina, hablaron de la Mica. […] Germán, el Tiñoso, desvió la conversación. Hacía tan solo dos semanas del asalto a la finca del Indiano. Entornó los ojos para hablar. Le costaba grandes esfuerzos expresarse. Su padre, el zapatero, aseguraba que se le escapaban las ideas por las calvas:

–¿Os fijasteis… os fijasteis –preguntó de pronto– en la piel de la Mica? Parece como que la tiene de seda.

–Eso se llama cutis… tener cutis –aclaró Roque, el Moñigo, y añadió…– De todo el pueblo es la Mica la única que tiene cutis.

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–¿Por qué has tardado tanto en dejarle los quesos a la Mica, Mochuelo? –inquirió la niña.

Le dolió que la Uca-uca vulnerase con ese desparpajo su intimidad, que no le dejase tranquilo ni para madurar y reflexionar sobre su porvenir.

Adoptó un gracioso aire de superioridad.

–¿Vas a dejarme en paz de una vez, mocosa? Andaba de prisa y la Mariuca-uca casi corría a su lado, bajando la varga.

–¿Por qué te pusiste el traje nuevo para subirle los quesos, Mochuelo? Di –insistió ella.

Él se detuvo en medio de la carretera, exasperado. Dudó, por un momento, si abofetear a la niña.

–A ti no te importa nada de lo mío, ¿entiendes? –dijo finalmente.

Le tembló la voz a la Uca-uca al indagar:

–¿Es que te gusta más la Mica que yo?

El Mochuelo soltó una carcajada. Se aproximó mucho a la niña para gritarle:

–¡Óyeme! La Mica es la chica más guapa del valle y tiene cutis y tú eres fea como un cuco de luz y tienes la cara llena de pecas. ¿No ves la diferencia?

Reanudó la marcha hacia su casa. La Mariuca-uca ya no le seguía. Se había sentado en la cuneta derecha del camino y, ocultando la pecosa carita entre las manos, lloraba con un hipo atroz.

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Comprendió que entre él y la Uca-uca surgía de repente un punto común de rara afinidad. Y que no lo pasaba mal charlando con la niña, y que los dos se asemejaban en que tenían que acatar lo que más convenía a sus padres sin que a ellos se les pidiera opinión. Y advirtió también que estando así, charlando de unas cosas y otras, se estaba bien y no se acordaba para nada de la Mica. Y, sobre todo, que la idea de marchar a la ciudad a progresar volvía a hacérsele ardua e insoportable. Cuando quisiera volver de la ciudad de progresar, la Mica, de seguro, habría perdido el cutis y tendría, a cambio, una docena de chiquillos.

Ahora se encontraba con la Uca-uca con más frecuencia y ya no la rehuía con la hosquedad que lo hacía antes.

–Uca-uca, ¿cuándo es la boda?
–Para julio.
–Y tú, ¿qué dices?
–Nada.
–Y ella, ¿qué dice?
–Que me llevará a la ciudad, cuando sea mi madre, para que me quiten las pecas.
–Y tú, ¿quieres?

Se azoraba la Uca-uca y bajaba los ojos:

–Claro.

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En torno a Daniel, el Mochuelo, se hacía la luz de un modo imperceptible. Se borraban las estrellas del cuadrado de cielo delimitado por el marco de la ventana y sobre el fondo blanquecino del firmamento la cumbre del Pico Rando comenzaba a verdear. Al mismo tiempo, los mirlos, los ruiseñores, los verderones y los rendajos iniciaban sus melodiosos conciertos matutinos entre la maleza. Las cosas adquirían precisión en derredor; definían, paulatinamente, sus volúmenes, sus tonalidades y sus contrastes. El valle despertaba al nuevo día con una fruición aromática y vegetal. Los olores se intensificaban, cobraban densidad y consistencia en la atmósfera circundante, reposada y queda.


Entonces se dio cuenta Daniel, el Mochuelo, de que no había pegado un ojo en toda la noche. De que la pequeña y próxima historia del valle se reconstruía en su mente con un sorprendente lujo de pormenores. […]

A Daniel, el Mochuelo, le dolía esta despedida como nunca sospechara. Él no tenía la culpa de ser un sentimental. Ni de que el valle estuviera ligado a él de aquella manera absorbente y dolorosa. […]

De repente, se sobresaltó. Aún no se sentía movimiento en el valle y, sin embargo, acababa de oír una voz humana. Escuchó. La voz le llegó de nuevo, intencionadamente amortiguada:

–¡Mochuelo!

Se arrojó de la cama, exaltado, y se asomó a la carretera.

Allí abajo, sobre el asfalto, con una cantarilla vacía en la mano, estaba la Uca-uca. Le brillaban los ojos de una manera extraña.

–Mochuelo, ¿sabes? Voy a La Cullera a por la leche. No te podré decir adiós en la estación.

Daniel, el Mochuelo, al escuchar la voz grave y dulce de la niña, notó que algo muy íntimo se le desgarraba dentro del pecho. La niña hacía pendulear la cacharra de la leche sin cesar de mirarle. Sus trenzas brillaban al sol.

–Adiós, Uca-uca –dijo el Mochuelo. Y su voz tenía unos trémolos inusitados.
–Mochuelo, ¿te acordarás de mí?

Daniel apoyó los codos en el alféizar y se sujetó la cabeza con las manos. Le daba mucha vergüenza decir aquello, pero era esta su última oportunidad.

–Uca-uca… –dijo, al fin–. No dejes a la Guindilla que te quite las pecas, ¿me oyes? ¡No quiero que te las quite!

Y se retiró de la ventana violentamente, porque sabía que iba a llorar y no quería que la Uca-uca le viese. Y cuando empezó a vestirse le invadió una sensación muy vívida y clara de que tomaba un camino distinto del que el Señor le había marcado. Y lloró, al fin.


MIGUEL DELIBES: El camino

4 comentarios:

Liz dijo...

Me sumo a la recomendación sobre la lectura de La sombra del ciprés es alargada. Me gusta, quizá es el único argumento que pueda darte.

Según su propio autor, es una novela capaz de meterte el frío en los huesos. Y es que la novela es triste, muy triste... pero, después de leerla, son inevitables muchas preguntas que a veces es necesario plantearse. Al final puede que sean dos.

Se ha ido Miguel Delibes, pero su magnífica obra se queda para siempre. Descanse en paz.

observer dijo...

... un señor muy de su época, completamente superado por los tiempos: si para algo ha servido el siglo XX es para desmontar las perversiones subyacentes a todo arte que se vende a sí mismo como "realista". Yo creo que desde las vanguardias nadie puede creer en lo "realista", que no es más que "la visión que la clase en el poder tiene de lo real".
Y máxime, en el caso de estos intelectuales españoles de moral heredada del catolicismo: "modestos", "sencillos", "amigos de sus amigos", "emotivos", "secos"... Historietas de costumbrismo populista para urbanitas con nostalgia de una arcadia pastoral inexistente. Y con el paternalismo intelectual del académico que describe los dramitas familiares de unos "desfavorecidos" de cartón piedra.
¡Que vivan las vanguardias! A los niños habría que dejar de hablarles de Delibes y ponerlos a leer a Pynchon y Sebald ahora, y no dentro de cuatro décadas.
(perdón por el comentario, pero siempre viene bien un poco de controversia jeje. )
Un besazo chica y chico! (y gato y gata)

kamala dijo...

El arte que se vende a sí mismo como "vanguardista" también tiene sus perversiones, y el "afán" de modernidad, novedad, alternatividad, de ser distinto,el desprecio a la "chusma" y al ayer también es propio de aquellos que se ven superados por los tiempos.

Aquí se podría aplicar perfectamente la frase de Wilde,
("El rechazo decimonónico del realismo es la rabia de Calibán al ver su cara en el espejo. El rechazo decimonónico del romanticismo es la rabia de Calibán al no ver su cara en el espejo"), quitando decimonónico y poniendo humano, y quitando Romanticismo y poniendo Vanguardia.

Vanguardia y Realismo no son más que dos extremos de un péndulo que lleva siglos oscilando, que sigue oscilando y del que tú formas parte, lo creas o no, eso da igual. Y seguirá oscilando, y hasta puede que tú osciles.

A los niños no hay que dejar de hablarles de nada. Hay que hablarles de muchas cosas, cuantas más mejor, para que ellos encuentren lo suyo.

Y gracias por el comentario. ¡Me encantan las controversias!

Besos, y te llamo, que tengo que hablar contigo.

kamala dijo...

Liz, por lo que te he leído hasta ahora, que te guste a ti es el mejor argumento para la recomendación. La leeré y ya os contaré.

Un beso

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