martes, 8 de marzo de 2016

Mujeres y letras


¡Oh género femíneo, encogido y frágil! ¿Por qué no fue también a las hembras concedido poder descubrir su congojoso y ardiente amor, como a los varones? Que ni Calisto viviera quejoso ni yo penada.


Agonizaba ya la Edad Media cuando la enérgica voz de Melibea se alzaba, por primera vez en lengua castellana -al menos, hasta donde yo sé- contra el papel de mero objeto de deseo pasivo y dependiente, y nunca de sujeto deseante, que la vida en sociedad parecía haber asignado implacable e inexorablemente a las mujeres.

Y no solo de palabra: también Melibea, personaje insólito de nuestra literatura durante siglos y siglos, romperá con convenciones, ataduras y sentimentalismos impuestos para disfrutar de la vida (concretamente, del sexo) sin tener en cuenta  nada más, y cuando su amante Calisto muere, ella sólo lamentará no haber gozado más del gozo. Claro que el judío converso Fernando de Rojas hacía que esta actitud fuera consecuencia de la intervención demoníaca de una bruja, y el argumento de su obra era  una durísima diatriba contra la sociedad hipócrita que había obligado a convertirse a los judíos por una cuestión religiosa y ahora seguía relegándoles a la posición de ciudadanos de segunda, mostrándonos un mundo en que los valores no son más que cáscaras vacías que esconden las pasiones de unos seres que conviven aislados entre sí por su profundo egoísmo.


Pero ahí está la voz de Melibea, quejándose por primera vez en nuestra lengua por la injusta situación que vivía la mujer en el plano privado y sentimental. Porque lo del plano social y económico, a nadie se le ocurría ni nombrarlo.

Pasarán  siglos (creo yo, si alguien sabe que me equivoco, por favor que me corrija) antes de que vuelva a   oírse (mejor dicho, leerse) una queja semejante. Ni siquiera ligeramente semejante. Y sin embargo, sí hubo en literatura protesta y reivindicación sobre la desventajosísima situación de la mujer: la de las mujeres que se atrevieron a escribir. Porque durante siglos, el simple hecho de escribir, si era una mujer la que lo hacía, era ya una protesta, y una reivindicación, y una salida del tono monocorde e impuesto que hacía que un nombre femenino en la solapa de un libro fuera mirado con desconfianza, con escepticismo, con escándalo, con recelo, con desprecio.

Así, en el XVI fue mi tocaya y patrona, Teresa de Cepeda y Ahumada, o Santa Teresa de Jesús, la que se dedicó a escribir su autobiografía (que sería denunciada como sospechosa y peligrosa ante la Inquisición), mística y poetisa, pero eso sí: con la coartada de la religión como excusa y escudo.


En la primera mitad del XVII será María de Zayas, autora de las elegantes y pícaras Novelas amorosas y ejemplares o Decamerón español, que elogiaron contemporáneos suyos como el gran Lope de Vega. Y fue doblemente valiente: por dedicarse a escribir siendo mujer, y por utilizar un estilo sencillo y ágil, preocupado sobre todo por contar bien una historia, en una época, el Barroco, en que los escritores estaban obsesionados por ser ingeniosos, cultísimos, retorcidos, oscuros y difíciles.


En su obra, (que en los 80 la televisión adaptó en parte en una serie sobre la picaresca) los personajes femeninos se comportan muchas veces deshaciéndose de la atadura del “decoro” que exigía la moral social de la época, sin que se cargue excesivamente la moralización contra ellas, lo cual era otro atrevimiento en la España de la Contrarreforma y la Inquisición, en la que las historias se contaban siempre como ejemplo de moralidad cristiana, y los comportamientos que se salían de ella eran castigados con alguna desgracia argumental.

Además, la autora vierte también algunas afirmaciones precursoras de las ideas feministas y muy valientes para su época, como que “las almas no son hombres ni mujeres” (recordemos que la Iglesia mantendría vivo muchos años más el debate sobre si la mujer tenía o no un alma de la misma “categoría” que el hombre) o la protesta contra lo injusto y castrador de la educación que se daba, y también la que no se daba, a las mujeres:
En la era que corre estamos con tan adversa opinión con los hombres, que ni con el sufrimiento los vencemos ni con la conciencia los obligamos. (...) ¿Por qué, vanos legisladores del mundo, atáis nuestras manos para la venganza, imposibilitando nuestras fuerzas con vuestras falsas opiniones, pues nos negáis letras y armas? ¿Nuestra alma no es la misma que la de los hombres? (...) Por tenernos sujetas desde que nacimos, vais enflaqueciendo nuestras fuerzas con temores de la honra, y el entendimiento con el recato de la vergüenza, dándonos por espadas ruecas, y por libros almohadillas.
Y reivindica además un derecho fundamenta, muchas veces negado al sexo femenino, y que es precisamente el hilo que une a todas estas valientes mujeres escritoras y redoma de la que surge el milagro salvador: la afición por la lectura:

¿Qué razón hay para que no tengamos promptitud para los libros? Y más si todas tienen mi inclinación, que en viendo cualquiera nuevo o antiguo dexo la almohadilla y no sosiego hasta que le paso.
También en el siglo XVII, pero ya en su segunda mitad, una escritora de las Indias, nacida en México, Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, conocida luego como Sor Juana Inés de la Cruz, aprendió a leer precozmente, estudiaba a escondidas con su hermana (si le cuento esto a mis alumnos no me creen... incapaces serían de entenderlo, seguro), leía vorazmente la biblioteca de su abuelo y llegó a proponerle a su madre disfrazarse de hombre para poder asistir a la Universidad.

Entró en la corte de los virreyes, donde enseguida fue conocida y admirada por una inteligencia deslumbrante (dicen que incluso el virrey mandó reunir a un grupo de cuarenta sabios para que la interrogaran, y que salió más que airosa del encuentro, dejándolos boquiabiertos), y entró en una orden religiosa por consejo de su confesor, como única forma de escapar al matrimonio que no deseaba. Dicen últimamente algunos rumores, basándose de su buena relación -y algún que otro poema más apasionado de lo esperable- hacia alguna virreina, que era homosexual, aunque esto está muy lejos de estar comprobado o siquiera ser importante para comprender y valorar su figura (pero qué queréis, a mí me interesan mucho los detalles personales, qué voy a hacerle... ya hablé alguna vez de lo mucho que me gusta analizar las obras literarias en relación con la vida y personalidad de sus autores... aunque puede que haya quien piense que en realidad me gusta el cotilleo.... por ser mujer, precisamente, dirán algunos).



Instalada en el convento de las Jerónimas, que no eran especialmente duras en cuanto a disciplina monacal,  se dedicó a escribir teatro, y poemas religiosos y profanos (lo cual incomodó a alguno de sus confesores, claro), y en respuesta a un religioso que, movido por la rabieta de una mala crítica de Sor Juana Inés,  la atacaba animándola a ocuparse solo de lo religioso, reivindicó el derecho de las mujeres a la educación.

Dejó de escribir repentinamente, dicen unos que para entregarse plenamente a cuestiones místicas y religiosas (aunque viendo sus motivaciones para ingresar en un convento, y su tendencia a dedicarle mucha atención a lo mundano, me cuesta creerlo), y dicen otros que como consecuencia de una conspiración que conseguiría que la iglesia le prohibiera  escribir para que pudiera dedicarse a cosas más propias de una monja. Hasta se la obligó a desprenderse de su biblioteca y sus instrumentos musicales y científicos. Qué tiempos tan duros e injustos le tocaron.

 No me extraña nada que escribiera sus famosas redondillas reprochando a los hombres (un poco como Melibea, de la que un abismo de tiempo y situación parecía separarla) la dificilísima tesitura y la absurda contradicción en que pone a la mujer la moral convencional: objeto del amor de los hombres, que la incitan y galantean intentando conquistarla, pero ¡ay de la que acceda a esos deseos y pretensiones!. Porque será duramente condenada por sociedad y religión, señalada con el estigma escarlata e indeleble del pecado, y  convertida incluso en ofensa para los suyos con todo el tema aquel de la "honra", que perdía no ella, sino su familia.

[Y algo de esto queda todavía por ahí, que aún oigo a mis alumnos y alumnas comentarios despectivos y hasta crueles dirigidos a las chicas que encajan en el adjetivos como  "fácil" y otros de peor sonoridad, y aún se sigue oyendo eso de "darse a valer" o "hacerse respetar". Así que muchas siguen obligadas a tener cuidado con la sinceridad y los impulsos, y condenadas al sutil arte del disimulo, la represión y la ocultación de los propios deseos. ¿Creéis que no? Pues qué suerte tenéis, vosotros que podéis creerlo.]

En fin, decía Sor Juana Inés....

Hombres necios que acusáis
a la mujer, sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis;

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis
para prentendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos, si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.

Opinión, ninguna gana,
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
¿si la que es ingrata ofende,
y la que es fácil enfada?

Mas, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es de más culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

¿Pues, para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.


En el siglo XVIII, el siglo de la razón y las luces que tamizaban y alumbraban la mirada humana sobre el mundo y sobre sí mismo, se trató la cuestión, pero fueron sobre todo hombres los que protestaron -de la forma razonable y razonada, decorosa y amable que exigía el signo de los tiempos- por la situación de la mujer, claramente irracional e ilógica.

Curiosamente, uno de sus mayores defensores será un miembro de la Iglesia (institución tan poco amable con la mujer, cuando esta ha sido, creo yo, históricamente su mayor sustento): el padre Feijoo, orensano pero que pasó la mayor parte de su vida en Oviedo, y muy popular ya en su época, que dedicó uno de los artículos de su monumental "Teatro crítico universal" a defender a las mujeres de los ataques  de los que tradicionalmente habían sido objeto, y a abogar por la igualdad en uno de los aspectos que ellos consideraban fundamentales para la felicidad humana: la educación y el acceso al conocimiento, que les era sistemáticamente negado.

Y él mismo comenzaba reconociendo lo difícil de la tarea de convencer de lo contrario a unos hombres convencidos por siglos de prejuicios y tradición. O sea: de demostrarles que la mujer no era intelectualmente inferior al hombre, idea con la cual sabía que casi todos los hombres se iban a sentir atacados.

En grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo ignorante con quien entro en la contienda: defender a todas las mujeres, viene a ser lo mismo que ofender a casi todos los hombres: pues raro hay que no se interese en la precedencia de su sexo con desestimación del otro. A tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. En lo moral las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones. Pero donde más fuerza hace, es en la limitación de sus entendimientos. Y por esta razón, después de defenderlas con alguna brevedad sobre otros capítulos, discurriré más largamente sobre su aptitud para todo género de ciencias, y conocimientos sublimes.
Y efectivamente, dedicará gran parte de sus razonamientos, llenos de sensatez y lógica, a desmontar gran parte de los prejuicios negativos sobre las mujeres, que se sustentaban sobre enormes argumentos de autoridad, para luego defender que si alguna vez el sexo femenino muestra menos capacidad intelectual es simplemente porque no se le ha dado oportunidad de desarrollarla. Qué riquiño, el padre Feijoo, aunque en la práctica no le hicieran demasiado caso.



Y a finales de siglo, Leandro Fernández de Moratín defenderá también un cambio en la situación de la mujer, concretamente, intentará demostrar con sus obras de teatro la conveniencia de que se les permita elegir marido y se deje de concertar matrimonios convenientes para el bolsillo y la situación social, pero descabellados en cuanto al corazón, y asi puedan dejar de fingir, reprimir, engañar y sufrir, como él sufrió, porque a la chica de la que estaba enamorado la casaron con un hombre mucho mayor. Protesta similar a la de Melibea y Sor Juana, pero desde el otro lado y también de la forma serena, sensata y comedida de los ilustrados, que nunca se rebelan, ni se enfadan ni casi se despeinan. Ni cuando protestan. Argumentan para convencer, que es más práctico. Pero aunque fueran convincentes, insisto en que no se les hizo mucho caso, porque la situación se mantuvo algún siglo más.

Ya en el XIX, la hija de un embajador alemán, Cecilia Bohl de Faber, firmará sus libros de relatos y sobre todo su novela La Gaviota (que se cita siempre como obra de transición entre dos estilos tan aparentemente alejados y antitéticos como el Romanticismo y el Realismo) con el masculinísimo pseudónimo de Fernán Caballero, y de esos dos estilos serán sendas representantes los dos grandes nombres femeninos vinculados a la pluma literaria de la segunda mitad del XIX.

Las dos gallegas, las dos hijas de distintas circunstancias personales, ventajosas por distintos motivos para su dedicación a la literatura, que supieron aprovechar armadas con su indudable talento y su valentía. Pero a la vez, las dos tan distintas en su perfil y su obra.

Una, la dulce Rosalía de Castro, icono y musa del galleguismo de corazón ajeno a etiqueta y a ira, creadora de las imágenes geniales de la negra sombra que me asombra y el cravo no corazón, que duele pero sin el cual no se siente el corazón, y portavoz melodiosa de ese estado de ánimo que el imaginerío popular y los tópicos (que como la leyenda de las meigas, puede que algo tengan de razón) vinculan al talante gallego y que solo es posible nombrar con palabras como saudade o morriña.

La otra, la enérgica Emilia Pardo Bazán, siempre en la primera línea de fuego y en la última polémica intelectual, peleando entre hombres por las mujeres, entre otras cosas.


La valentía de Rosalía, apacible y musical como su obra, es, como poco, triple, tal vez heredada de su madre, que sin duda tuvo que ser  muy valiente, porque era madre soltera cuando serlo era uno de los peores estigmas con los que una mujer ir por la vida, y por si esto fuera poco, con la sospecha de que el padre de su Rosalía fuera un cura.

Rosalia es valiente por escribir siendo mujer en un mundo donde solo escriben los hombres.

Rosalía es valiente por escribir en gallego en un mundo literario (o simplemente escrito) en el que sólo se escribía en  castellano, y en un momento en que la lengua del noroeste llevaba siglos -desde el reinado de los  Reyes Católicos en los que vio la luz la queja de Melibea- siendo una lengua de gente pobre e inculta. Y tuvo que ser precisamente una mujer cargada de pena, una de las primeras  voces en atreverse a llevar la lengua gallega los versos que le salían del corazón, escribiendo como ese mismo corazón le dictaba en el fondo y en la forma, porque por no tener, el gallego no tenía ni ortografía. Tal vez porque la falta de pretensión literaria y el tenerlo todo en contra  liberaba a Rosalía de muchos yugos que pesaban sobre los venerables hombros masculinos con muchas más expectativas a la hora de escribir.

Y Rosalía es valiente también por atreverse, como Bécquer, a hacer poesía sincera ,que brota sin artificio del fondo del alma, cuando este género se ahogaba bajo siglos de convenciones y pautas establecidas que fijaban cómo tenía que ser la forma, la métrica, la lengua poética, pero también los sentimientos que la poesía debía expresar (siempre el mismo amor no correspondido, siempre el mismo amor puramente espiritual, siempre las mismas metáforas que ya no podían decir nada auténtico). Bécquer y Rosalía arrastraron sendas vidas llenas de desgracias, acechadas por la enfermedad y las muertes: la propia, temprana e implacable, pero antes y dolorosas, las ajenas (Bécquer era huérfano de padres y enterró a su hermano pequeño, Valeriano, autor del famoso retrato del poeta que aparece en todos los libros, antes de morir con 34 años; Rosalía, que murió de cáncer con 48, enterró a todos sus hijos);  Y solo estos dos seres dolientes fueron capaces de romper con tanta convención y artificio, tal vez por pura necesidad de desahogo, iniciando así el camino de lo que entendemos hoy por poesía.

Claro que Rosalía contaba con el apoyo y la protección de su marido, Manuel Murguía, que fue el que la convenció para que publicara sus obras, que ella parecía escribir por sincera necesidad, no por aspirar ni al reconocimiento ni a la fama. Pero es bonito que una cultura como la gallega, tan asentada en mujeres fuertes y trabajadoras, que no dudan en remangarse lo que haga falta para hacer además de lo suyo lo que secularmente hacía el hombre, tenga su Rexurdimento, su renacer, en el pecho de una mujer que la arropa como cuna y como madre. Como una madre dulce, suave y melodiosa, con la fortaleza, construida a base de necesidad y supervivencia, de los que tienen débil la salud y la suerte, y con la empatía especial, que tal vez solo podían tener aquellas mujeres que nacían inevitablemente el lado desvalido del mundo, con los pobres y los desheredados.

Y es que eran (y serían durante décadas después) muchos los gallegos pobres, necesitados, desheredados y despreciados,  emigrantes condenados al trabajo hostil y a la morriña sin cura ni alivio, a los que ella dio arropo y señas con su voz. Cantares Gallegos y Follas Novas son obras fundacionales de la segunda etapa de la literatura en gallego, tras siglos de silencio desde el esplendor medieval, y el 17 de mayo es el Día de las Letras Gallegas porque es el día de publicación del primero. Pero aún así, su poesía en castellano es una de las cimas del Romanticismo intimista y una de los primeros pasos, como dijimos, de la poesía moderna. Para hacerlo sin querer, no está nada mal.


Emilia Pardo Bazán, por el contrario, era hija de una familia muy noble y pudiente, y fue su propia madre la que la animó desde pequeña a la lectura, que repito, aparece en la biografía de todas estas mujeres como el rayo de luz y la balsa salvadora del destino escrito para ellas por una historia cruel e implacable. El que en su casa hubiera una gran biblioteca le permitió leer grandes clásicos y libros de historia, estudió en buenos colegios y llegó a tener algo tan excepcional como instructores privados, pudiendo hasta negarse a aprender música y a tocar el piano, que era algo obligado en la formación de las jóvenes de alta sociedad.

Pronto se metió en círucuos intelectuales y entró en la quizás más famosa polémica literaria de su época: la surgida en torno al Naturalismo del francés Emile Zola, quien con sus obras intentaba demostrar sus teorías deterministas, que afirmaban que los seres humanos están completamente condicionados por la herencia genética y el medio en que viven. El determinismo era muy controvertido porque chocaba con la mentalidad católica tradicional, al debilitar conceptos clave para su influjo como el libre albedrío o la culpa (estamos en la misma época en que Concepción Arenal, otra mujer excepcional iniciadora de la lucha femenina por su dignidad, afirmara aquello de “Odia el delito pero compadece al delincuente”).

La Pardo Bazán se posicionó como principal representante de las ideas de Zola, en la práctica con sus obras, y en la teoría defendiéndolas con algún matiz en ensayos, artículos y debates, y el escándalo fue tan grande que su propio marido le exigió que abandonara la escritura y se retractase públicamente de lo escrito hasta entonces. Por supuesto, doña Emilia no lo hizo. Lo que hizo fue separarse de su marido. (plas, plas, plas, y más plas, por favor, que en 1882 quedaban cien larguísimos años para que en España hubiera una ley del divorcio).

Quizás fue la primera escritora con una conciencia feminista clara y con una fundamentación teórica sólida al respecto. Es autora de numerosos ensayos y participó en congresos donde aborda esta cuestión, e incluso creó una Biblioteca de la Mujer, porque ella atribuía la falta de conciencia feminista de la mujer española (frente a otros países europeos) a la educación que las féminas recibían en el mejor de los casos, que era esa "cultura de adorno"  que ella se negó a recibir. Y consecuentemente,  situó a la educación y la cultura  como pieza clave para cambiar la situación de la mujer (qué razón tenía.... y tiene). Sí, como Feijoo, de cuyo pensamiento y obra fue también defensora y divulgadora.

Fue además la primera en defender la entrada de  mujeres en la ilustrísma, y evidentemente masculinísima, Real Academia de La Lengua Española: Concepción Arenal, la poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda y ella misma. Las tres rechazadas, ella por tres veces. Y no será hasta 1978 (!!!!), con Carmen Conde, cuando acceda por primera vez una mujer a uno de esos sillones con letra que oficializan y dan esplendor a esta nuestra lengua. Sí consiguió ser la primera mujer en ocupar una cátedra de literatura en España Y cuando lo fue, sólo un estudiante se dignó a acudir  a sus clases.

Vivió la Pardo Bázán en una época en que  el Realismo cumplía a través de la literatura el papel de denuncia como motor de cambio que a veces (cada vez menos) tiene en la actualidad el periodismo. El Realismo era un movimiento literario que quería reflejar fiel y completamente la realidad, sobre todo en sus aspectos más negativos, que son los que hay que cambiar. Y por eso los realistas, todos, hablaron tanto de la mujer y su injusta situación en la sociedad, que la condenaba a la infelicidad, la injusticia y en muchos casos, la tragedia: ahí estaban la Mme. Bovary de Flaubert o la Ana Karenina de Tolstoi, y aquí en España, Ana Ozores, La Regenta de Clarín, o la Benigna de Misericordia, o las maravillosas Fortunata y Jacinta, de  Galdós (del que fue amante durante años la Pardo Bazán... perdón otra vez por el cotilleo), enferentadas por el amor de un hombre y unidas finalmente por un hilo precioso e indisoluble en el que él ya no tiene nada que ver. Todas estas novelas de nombre femenino eran una forma de inevitable denuncia porque se atrevían a hablar, y muy largo y tendido, de lo que llevaba siglos silenciado. Pero la Pardo Bazán fue más allá. Ella protestó con su pluma, con su palabra y con su vida, toda. Grande, muy grande, Doña Emilia.

Y después llegaría el siglo XX, y las cosas empezaron a cambiar, lentamente, es verdad, y seguimos trabajando en ello, pero empezaron a cambiar, y a la estela de estas mujeres valientes y rompedoras, se fueron sumando otras que fueron grandes, por mujeres y por escritoras.

Ahí tuvimos y tenemos a Carolina Coronado, Juana de Ibarbourou, Carmen Laforet, Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Josefina Aldecoa, Gloria Fuertes, Ana María Matute, Montserrat Roig, Soledad Puértolas, Rosa Montero, Ana Rossetti, Almudena Grandes, Ángeles Caso, Fanny Rubio, Maruja Torres o Lucía Etxebarria.

Ahí las tenemos, a ellas, y a tantas otras, que cada vez son más, por fin, hasta el punto que hay quien ha querido empezar a hablar de una "literatura femenina", aunque la etiqueta y la perspectiva de análisis choque con el recelo de los que buscan la igualdad a toda costa y temen a la diferencia porque la creen discriminatoria. Yo no estoy de acuerdo, ya lo he dicho.

Puede ser que las mujeres tengamos un modo especial de hacer literatura, porque yo creo que también tenemos un modo especial y distinto de hacer muchas otras cosas. Y es posible que ese modo distinto (que por supuesto no tiene por qué ser común a todas las mujeres ni una etiqueta absoluta o matemática) sea heredado de esos siglos de educación sexista. No lo sé, Pero es que somos hijas de una historia innegable, que nos ha hecho distintas a los hombres porque arrastramos siglos de circunstancias dolorosamente distintas a ellos.

Y si la diferencia sirvió de excusa para ponernos un grillete, y por eso la fomentaron, también nos hizo fuertes, y valientes (doble y triplemente valientes, ya lo hemos visto), y flexibles, y comprensivas, y luchadoras. Y quizás tuvimos que desarrollar más la intuición porque durante mucho tiempo nos negaron la razón... Pero es que la intuición, o la delicadeza, o el sentimentalismo, no son peores que lo otro, ya sabéis. Y puede que "lo femenino" vaya cambiando si siguen cambiando el signo de los tiempos. Eso no es lo importante.

Puede que no haya hoy una "literatura femenina", puede que sí, puede que si la hay pronto o tarde deje de haberla. Eso no es lo importante.

Lo importante es que hoy las mujeres leen, y escriben, y algunas, como algunos hombres, lo hacen muy bien. Porque pueden por fin hacerlo, sin saltar tantas barreras como antes.

Vamos, que yo ni tengo ningún interés en ser como los hombres ni creo que el avance de la mujer radique en intentar ser como los hombres, sino en tener sus mismos derechos, libertades y dignidad. Pero derecho, libertad y dignidad para ser una misma. Con lo que quiera que eso implique.

 Yo quiero que podemos ser mujeres, sea eso lo que sea, sea fruto de lo que sea y tenga las concreciones particulares e infinitas que tenga. Y que nadie se crea más ni quiera hacernos menos simplemente por eso.

Pero ojo: a mí no me gusta toda la literatura femenina, del mismo modo que no me gusta toda la literatura masculina. Y esto es fundamental para que la igualdad, la verdadera igualdad, la que importa, la que se construye desde la diferencia porque no la teme ni la desprecia, de verdad exista. Y funcione.

Y que vive la difference, que haberla, hayla... al menos de momento. ¿O no? ¿Tú que opinas?

3 comentarios:

observer dijo...

Muy interesante el tema... he de escribir pronto sobre mamá, porque su historia a mí me parece muy fuerte como ejemplo de la "violencia simbólica" de la que habla Bourdieu, y que aún colea.
El tema feminista me interesa muchísimo por su similitud a la liberación gay, y por responsabilidad social. el problema es cierta literatura femenina que juguetea entre rechazar el estereotipo, pero al mismo tiempo utilizarlo a conveniencia. Tipo "exo en Nueva York". Luego están filósofas beligerantes a lo Judith Butler, muy serias y comprometidas, y que están haciendo mucho por una racionalización (o al menos "actualización sensata") de los roles masculino y femenino.

Besos.
Apunte: hay posters chulísimos de la liberación femenina, quizás te hagan gracia, en el emule puedes encontrar colecciones enteras.

kamala dijo...

A ver, es que eso que llaman el "estereotipo" forma parte por nosotras, porque con ese estereotipo hemos sido moldeadas directa o sutilmente, y no es fácil sacárselo de encima (o de dentro, yo no sé). Hay quien puede, y hay quien no. Lo importante, más que huir obsesivamente de todo lo que suene a "femenino esterotipado", es ir logrando una igualdad en oportunidades, derechos y circunstancias socioeconómicas, y mucha educación para ser todos muy conscientes de lo que es cada cosa. lo demás caerá por su propio peso.

Y la literatura no tiene más deber con el feminismo que con el compromiso social o político. Es decir, no es obligatorio. Yo sólo he querido recordar cuatro obviedades sobre como se produjo el acceso de la mujer a este mundo, y la valentía de las pioneras y los pioneros que se atrevieron a intentarlo y apoyarlo cuando la ideología oficial lo consideraba descabellado.

Pero una escritora no tiene que ser feminista, ni su literatura contribuir a la causa (repitoque solo con escribir ya contribuye, aunque sea sin querer) como no tiene que tener ninguan ideología determinada.

Personalmente, me cuesta entender a una mujer que no sea feminista. El problema, creo yo, es que hoy se entiende mal lo que significa "feminismo", porque a la ideología oficial le venía bien boicotearlo...

La historia de mamá a mí me resulta completamente inconprensible y descorazonadora. Pero me gustaría mucho leer tu visión.

Besitos

observer dijo...

Sí, lo curioso es que muchas de esas señoras no tenían un programa político de tipo "quiero que mi arte ayude a subvertir el mundo", sino que simplemente actuaban en plan "hago esto así porque me apetece", que al final son las revoluciones más provechosas. De siempre me han gustado mucho las chicas científicas y especialmente las viajeras de principios de siglo xx, aristócratas alocadas que subían el everest o se iban emocionadísimas al polo norte. era un rollo muy genuíno, muy bonito.

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