jueves, 1 de julio de 2010

El encanto del caos

Estoy tan cansada de despedidas que no tengo fuerzas ni para las nostalgias. Pero si me gustaría robar la gracia verdecida de este momento que se escapa, de esta despedida agria (iba a decir agridulce, pero no, no sería justo) en que abandono con pena insólita un lugar que, contra todo pronóstico, terminó revelándose como mi casa.

Mi viejo instituto (el que dejo ahora, quiero decir) era un caos cuando llegué, y eso, que me sorprendía y me irritaba tanto, ha sido la clave de su encanto. En un barco sin timón ni ruta sientes que tienes que tomar las riendas. Que es importante -tal vez imprescindible- que tomes las riendas. Y claro, tomas las riendas, tú y muchos de los que te rodean, que notas, de pronto, que empiezan a estar contigo. O tú con ellos, vete tú a saber.

En un barco sin timón ni ruta es necesario como en ningún otro remar juntos, y se nota más tu fuerza, y es más fácil, porque es más necesario, acompasar el ritmo, y ser importante, y sentirse acompañado.

En un barco sin timón ni ruta es más fácil navegar como tú quieres. Y eso he hecho yo en estos tres años: navegar, con total libertad, y ahora me doy cuenta de lo lejos que he llegado, de lo mucho que he aprendido y de cuánto he llegado a querer a aquellos que ahora dejo allí, aquellos a los que, mientras remaba y sin que yo me diera cuenta, he convertido en míos.

Quedan atrás, aunque no me lo crea, las mañanas de autobús, el quedar en Plaza, el té con el agua caliente de la máquina, el suelo de ajedrez ensombrecido por el tiempo,. la enorme escalera y los techos altos que huelen a edificio viejo, muy viejo, las aulas desvencijadas, las ventanas dejando colarse el aire helado de la neblina bilbinitana, el follón en el departamente de Orientación, siempre con su aire inconfundible de camarote de los hermanos Marx que me expulsaba a la sala, los saludos por el pasillo, las charlas de ordenadador a ordenador, el olor a tabaco inevitable del servicio de las chicas, los problemas de fotocopiadora, la locura -literal- del conserje, la amabilidad inquebrantable de Pili, la del bar, merecedora de un puesto preferente en el paraíso si lo hubiera por afrontar cada recreo la avalancha precipitada de exigencias maleducadas de los niños de la ESO. Los niños difíciles de la ESO. El caos de las pendientes.El ritmo extraño de los valores y prioridades de aquellos alumnos y sus papás. Los compañeros, uno a uno, cada uno con sus cadaunadas irreemplazables.

Sería una despedida agridulce si no fuera porque es de esas en las que sabes que no podrás volver, aunque es mejor -creo- que te vayas.

Tengo una pena muy rara.

(Y me gustaría saber hacer una defensa razonada del caos pero no tengo más argumentos que los del corazón, y ya sé que esos la razón no los entiende).

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