lunes, 2 de agosto de 2010

De ramas y adjetivos


(Posible test psicológico -tontorrón, como todos, pero es agosto- para filólogos, escribientes y raras avis amantes de la lengua y sus cosas:)
Si tuvieras que decir qué clase de palabras te gusta más, ¿cuál elegirías? ¿El sustantivo? ¿El adjetivo? ¿El verbo, tal vez? ¿El adverbio? ¿La preposición? ¿La conjunción? ¿Los determinantes? ¿Los pronombres? ¿Las interjecciones?



Yo lo tengo muy claro. Mis palabras preferidas son los adjetivos. Por eso nunca seré escritora, y mucho menos buena. Porque casi todos los escritores, y casi todos los manuales de escritura, si alguna vez se atreven a dar un consejo concreto y práctico, recomiendan eliminar adjetivos "innecesarios", seleccionarlos, utilizar solo los imprescindibles. Y yo no puedo evitar llenarlo todo de adjetivos, en superposición, enumeración o acumulación abigarrada, y cuando quiero eliminar alguno, ninguno me parece imprescindible.

Una frase cree que lo tiene todo definido, esencializado, clasificado, dicho, y de repente llega un adejtivo, y lo cambian todo. El sustantivo busca la esencia intelectual, la clasficación objetiva, la claridad conceptual, la generalización. El adjetivo nos lleva al reino de lo intuitivo, lo descriptivo, lo particular, la impresión cambiante, dinámica, tal vez confusa. El sustantivo busca la idea, lo profundo, lo esencial; el adjetivo encuentra las sensaciones, las características, lo aparente, lo superficial. El sustantivo es rotundo y categórico. El adjetivo es discutible y personal. Los insultos, los elogios, las palabras de amor, cariño  y afectos varios son adjetivos, o tienen vocación de serlo.

El sustativo informa, el adjetivo expresa y adorna. Llena el vacío y la desnudez de la página y la frase escueta y fría. Hace olvidar a la lengua el fin aquel, práctico, gris y comunicativo con el que seguramente nació y la eleva a otros fines que tienen que ver con la belleza, el sentimiento, el encanto de lo inútil, el llenar el tiempo, el detenerse por el camino atrapado en el detalle.

Mi gusto por el adjetivo tal vez tenga que ver con mi huida del silencio y mi tendencia a llenarlo todo, mi casa, mis cosas, mi vida, mis páginas. y con mi necesidad de decirlo todo, de contarlo todo, de no dejar nada fuera por si acaso.

Los adjetivos convierten la frase sencilla y contundente en un suave fluir en que la realidad va surgiendo poco a poco, a través de sus rasgos sensoriales y sentimentales, escondiendo y dejando a la imaginación la esencia, que se dejará así intuir, elaborar y crear.

El nombre es el rey para los que creen tenerlo todo claro. Para los que creen conocer la sustancia. Los que vivimos en la confusión, en la consciencia de la duda y el relativismo de la percepción y sus espejismos, veneramos al adjetivo como el portador y revelador indiscutible de nuestra relación con la realidad, o lo que sea esto que somos y donde estamos. Los que consideramos esencial lo que otros consideran accesorio. Los que vivimos a gusto con la radical subjetividad de todo y de todos, y no pretendemos huir , ni combatirla, sino disfrutarla. Los que hemos renunciado a la objetividad y a la unidad. Los que nos instalamos en la variedad y su caos porque sabemos que la verdad se intuye, se siente, se vive, se busca, pero dificilmente se nombra. Y desconfiamos de aquellos que dicen conocer su nombre, porque sabemos que la abstracción no es más que otra forma de espejismo mucho más engañoso, y a veces peligroso, que los de la percepción.

Yo no creo en el nombre exacto de las cosas que Juan Ramón le pedía a la inteligencia. Yo creo que la exactitud nunca la va a dar un nombre. Podría acercarse mucho más una lista de adjetivos.

Los adjetivos son la clase de palabra adorada e imprescindible para los que nos gusta irnos por las ramas, porque sin ramas no hay sombra ni bosque, solo árboles desnudos que seguramente no nos dejan ver

El adjetivo es dionisíaco, dinámico, prescindible, dicen, pero yo no me lo creo, porque la cuestión es ¿prescindible para qué?
 
Yo soy incapaz de escribir sin abusar del adjetivo. Y por eso, insisto, nunca seré escritora. Como le pasaba al pobre escorpión flotando sobre la rana a la que acababa de envenenar, es mi naturaleza.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha encantado tu comentario, que he encontrado por casualidad y comparto totalmente. Puesto que eres amante de la lengua, me permito corregirte (que conste que con humildad, y porque a mí misma me gusta que me digan qué cosas puedo hacer mejor): detrás de los signos de exclamación y de interrogación no se escribe punto, digamos que se considera ya incluido en el signo.
Un saludo.

kamala dijo...

¡Gracias por la corrección! Ya lo he cambiado.

A veces soy un poco descuidada con estas cosas... la mente es más rápida que la mano y el ojo a veces se despista...

Gracias por venir y comentar.

Un saludo.

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