miércoles, 13 de octubre de 2010

Los últimos salmones







Ayer, volviendo de Asturias, se nos coló no sé bien por qué extraño fenómeno de las ondas, una emisora madrileña cruzando Santander, y escuché con un asombro que enseguida se convirtió en algo muy parecido al miedo, un anuncio de sensibilización que pedía "respeto y apoyo para los profesores" (si queréis leer más sobre esta campaña de la Comunidad de Madrid, pinchad aquí. Como las que piden apadrinamiento para los niños del Tercer Mundo. O solidaridad para las víctimas de las grandes catástrofes. O prudencia en la carretera. U oportunidades para los discapacitados. O precaución y control en el consumo de drogas.

Claro,cómo no sentir pavor. Este tipo de campañas vienen a promover lo que nadie hace cuando la situación es preocupante, y son  siempre síntomas elocuentes de la salud "ética" de nuestra sociedad.. Es decir, de sus carencias y sus problemas. Se han hecho campañas por conducción responsable, para alertar sobre abuso de drogas y alcohol, a favor del reciclaje, para el consumo racional de agua y energía, contra el abandono animal, contra los prejuicios sexistas o racistas... Y sí, por fin es oficial y supongo que alarmante: los profesores necesitamos una campaña así para que se nos tenga apoyo y respeto. Ni los camareros, ni los médicos, ni los policías, ni los curas, ni siquiera los funcionarios en general, los banqueros o los políticos necesitan una campaña que promueva los mínimos que cualquier profesional necesita para ejercer con dignidad su profesión. Sólo los profesores. Y sí, la campaña solo demuestra que esto está por fin observado, registrado, tasado por la estadística y oficializado. Porque los profes, la verdad, convivimos con ello hace tiempo.

Creo que todos los docentes hemos sido testigos o víctimas de situaciones de agresión, violencia, insulto, falta de respeto e incapacidad para ejercer la autoridad. Todos podríamos contar cientos de anécdotas en este sentido (y el que quiera, tiene este post para contar cuantas quiera) y todos hemos visto algún caso extremo en el telediario. Y creo que todos sabemos que la solución a esto no es una campaña institucional, que se hace solo para lavarse la cara y las manos, y tener alguna coartada frente a una verdadera tara social de la que nadie quiere ser responsable. Una tara. Un fallo. Una carencia. Algo que va mal pero cuyas causas y consecuencias son mucho más profundas y por tanto, deberían de ser atajadas también desde una profundidad a la que no se puede o no se quiere -cuánto cuesta distinguir estos verbos en la práctica- llegar.

En el aire que respiramos flotan continuamente las ideas que alimentan al monstruo. Por ejemplo, la idea de que para lo que ganamos vivimos estupendamente, porque tenemos dos meses en verano, y dos semanas en Navidades, y muchos puentes, y Semana Santa, y bla bla bla.  O la de que nuestra única función es atender -o aguantar- a niños y adolescentes mientras sus sufridos padres, que trabajan "de verdad", pues eso, trabajan. Bueno, que  nuestra función es esa, y dejar que consigan su título. No que aprendan, no que sepan, no que trabajen, no, no: que tengan un título.

Yo digo a menudo, porque es algo que he constatado en numerosas ocasiones en carnes propias y ajenas (pero siempre docentes) que la mayoría de los padres  firmarían sin dudar si se les garantizara que tras los cuatro años de la ESO su hijo saliera con el famoso título, aunque no aprendiera nada (y los hijos firmarían también sin titubear). Los padres se alarman solo y en el mejor de los casos. cuando las notas parecen hacer peligrar ese título prometido al final del camino. No se alarman por la incultura evidente, la mala educación escandalosa, ni por la  carencia descarada de destrezas, hábitos de estudio, capacidades, intereses o nociones culturales mínimas, no. La mayoría vienen a hablar con los profesores simplemente para conseguir aprobados, sean o no merecidos, signifiquen o no algo. Y los profesores no somos más que un medio o un obstáculo para conseguirlos.

He visto padres suplicar, amenazar o intentar sobornar por una nota. He visto padres buscar y alardear de "enchufes" para sus hijos en edad escolar. He visto padres llamar al instituto para justificar "todas" las faltas de asistencia de su niña, que tenía más de setenta. He visto a un grupo de  padres venir amenazantes a buscar a un profesor porque "para lo que le pagan, aprueba muy poco". He visto a padres llevarse a sus hijos del colegio para ir a las rebajas o para que se hicieran un tatuaje (y hasta enfrentarse con el profesor para ello). He visto a un padre acudir al centro porque a su hijo se le había sancionado por llamar "puta", a gritos y por costumbre, a una profesora, pero curiosamente, el papá en cuestión no venía ni cabreado, ni avergonzado, ni preocupado, como yo esperaría: venía exigiendo que esa profesora tuviera pruebas contra su angelito. He visto a un padre reclamar contra la expulsión  de su hijo por comportamiento agresivo reiterado, alegando que el mandárselo a casa por x días era en realidad un castigo para él mismo. He visto a un crío reclamar su suspenso en varias asignaturas de segundo de Bachillerato (cuya resolución requiere la reunión extraordinaria de los deparatamentos didácticos) sin alegar ningún motivo académico y explicando socarronamente a la funcionaria que lo atendía que reclamaba sólo para que los profesores "trabajasen un poco" (y estoy segura de que esa idea no se le ocurrió a él solito, que doy fe de que era poco ocurrente.. e intuyo dónde la habria oído, y seguramente más de una vez). He visto cosas que vosotros no creeríais... ¿o sí? ¿Tal vez incluso las intuiais también?

Hace tiempo que tengo la sensación de que a los únicos que nos preocupa la evidente falta de educación de muchos jóvenes es a los profesores. De que los únicos empeñados en que vengan a clase y no estén desperdigados y descontrolados las seis horas diarias de horario escolar somos los profesores. De que los únicos conscientes de la importancia del derecho a la educación y de mantener el logro social que ha sido la enseñanza obligatoria somos los profesores.  De que los únicos empecinados  en valorar y premiar el trabajo y en que cada uno obtenga un fruto acorde al esfuerzo invertido somos los profesores. De que los únicos que queremos que los aprobados sean reflejo proporcional de los aprendizajes, el conocimiento y el trabajo somos los profesores. De que los que queremos que nuestros chicos y chicas aprendan, y sepan, y sean críticos, y autónomos, y sean capaces de organizarse, somos los profesores. De que los únicos que queremos que esto funcione, y tenemos fe en que puede hacerlo, somos los profesores. Tal vez por eso esta campaña nos declara oficialmente especie protegida. Porque tal vez estemos en peligro. Porque tal vez estemos en vías de extinción.

Porque a fuerza de ser los únicos, puede que terminemos por contagiarnos del descrédito general de la enseñanza, y claudiquemos, y nos limitemos a firmar aprobados cada vez con más facilidad, que es lo único que el mundo parece querer de nosotros (de hecho, en Andalucía llegó a hablarse de pagar a los profesores según los aprobados, y el profesor que aprueba a todos, os garantizo que no tendrá problemas con nadie, ni con padres, ni con alumnos, ni muchísimo menos con la Administración, a la que sólo parece preocuparle camuflar las alarmantes y vergonzantes cifras del fracaso escolar). Y entonces, cuando los profesores dejasen de ser los únicos salmones nadando contracorriente de forma inexplicable,  sin que nada ni nadie les dé un motivo sólido para ello, aferrados sólo a su propio convencimiento abnegado y altruista de que lo que hacen sirve para algo, entonces, la educación, la enseñanza y la formación tendrían que ser buscadas en otra parte (apuesto que en selectos colegios privados con un enorme derecho de admisión reservado) y por otros medios (apuesto que pagando  dinero).

Tal vez de ahí venga esta bonita campaña institucional que ya sabemos que no va a servir para nada. Porque yo, como profesora, del mismo modo que creo que aprobados y suspensos deben ser reflejo de trabajo y conocimientos (o su ausencia),  creo también que el respeto y el apoyo de una sociedad hacia un colectivo (o su ausencia) son también reflejo de otra cosa. Más profunda, más compleja y más amplia que nuestros chicos de la ESO. Que son también reflejo y víctimas de esa otra realidad profunda, compleja y amplia que nadie quiere abordar o ni tan siquiera contemplar: la mierda de mundo que estamos haciendo. Y además, esa mierda de mundo se empeña en  hacernos creer que quiere cambiar a base de campañas. Me reiría, pero todo esto, que antes  me producia a veces miedo, a veces inquietud, a veces pena, ahora me produce una tremenda sensación de decepción sin esperanza. Y me temo que ese es un sentimiento bastante inútil.

Porque la caridad se pide siempre cuando no se quiere buscar otra solución, y la caridad no soluciona los problemas: los perpetúa (al evitar que estallen). Y esta campaña, en realidad, apela a la caridad con los profesores. Así que ya no hay otra solución. Lasciate ogni sperzanza voi ch'entrate. La próxima campaña tal vez sea   "apadrina un profesor".

El que pueda, que rece. Y el que no...

2 comentarios:

observer dijo...

Pues yo propondría que en las aulas hubiese cámaras de video filmando todo lo que pase, seguro que los chavales se cortarían mogollón. Ya sé que suena un poco fascistoide, como de régimen norcoreano o algo así, pero yo no le veo problema a la idea: al fín y al cabo, hay cámaras en todas partes, incluso en las iglesias.

kamala dijo...

En algunos centros (el mío del año pasado, sin ir más lejos) ya hay cámaras en los pasillos y en el patio, así que tampoco creas que falta tanto.

De todos modos, ese tipo de cosas no son soluciones (como la caridad): son parches. El problema de fondo es una situación mucho más amplia, profunda y compleja, que sería difícil de cambiar incluso en el caso de que alguien se lo propusiera. Que no es el caso, evidentemente.

Bicos

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