lunes, 15 de noviembre de 2010

Hamsters en la rueda



No me llamaba demasiado esta película. No soy demasiado aficionada a los biopics, y la creación de Facebook me parecía, en principio y desde luego, sin perdón, una chorrada. Pero oía aquí y acullá que si la mejor película del año, que si tiembla Inception porque esta te deja en evidencia, y bla bla bla... Y, en fin, no es para tanto (Inception is inception, i'm sorry) pero la pelicula está muy bien.

Visualmente tiene la factura acertada, expresiva y cautivadora que David Fincher sabe darle a todo lo que toca. Y efectivamente, como ha declarado su guionista,  tiene mucho, muchísimo diálogo, pero no pesa. Eso sí, a mí me hubiera gustado especialmente verla en versión subtitulada, porque por ejemplo, el doblaje de la chica (la exnovia) me parece sencillamente in-su-fri-ble.

Por lo demás, habla, como bien y también dice su guionista, de temas viejísimos ya tratados muchas veces antes, porque sin duda la historia de Facebook no es más que una reencarnacion (como tantas anónimas que laten agazapadas por el mundo) de una misma forma de suceder y de "vivenciar" las cosas, que nos recuerda que a pesar de nuestros esfuerzos, y afanes, y progresos, la humanidad avanza en círculos, como hamsters en una rueda cada vez más sofisticada. Que en la superficie parece que todo cambia, pero en las profundidades todo sigue igual (la perennidad de los sentimientos esenciales que decía una cita que ahora mismo no logro recordar). Que cambian los detalles, y las ropas, y los instrumentos, pero que Borges tenía razón cuando decía que las historias son siempre, en el fondo, las mismas.

La red social no es la historia de la red social. Es la historia de ciudadano Kane, y seguramente Alejandro Magno, y todos aquellos que contruyeron imperios, destruyeron imperios, afrontaron batallas y cruzaron océanos para lograr llenar un vacío, para  suplir u olvidar un deseo del pasado, un dolor del alma, una carencia (por aquí hablamos también de esto, aunque sin tanto arte). Es la historia de un fracaso inevitable: el íntimo, el de Mark Zuckerberg, el Mark de la película, porque me da igual que el personaje que lleva ese nombre en la vida real sea así o no.

Aunque utilizar nombres reales es bastante arriesgado si luego no se va a mantener un mínimo de fidelidad con el referente conocido y reconocido... En todo caso, el fundador de Facebook no ha demandado, Dei dice que ha leído por ahí que porque no ha podido, ya que según algunos, la película suaviza una historia en realidad mucho más oscura y sín escrúpulos. Pero también podría ser que no le importa demasiado, porque en este mundo traidor y cínico, hasta la difamación es publicidad y por tanto negocio, y un mal puede ser bueno porque trae beneficios. O bien porque este personaje podría comprender como nadie el pecado de airear tal vez exageradamente miserias ajenas , si realmente es como el personaje de la película, que difamaba por despecho en la red... Quién mejor que él para disculpar y entender que  de él digan  verdades o mentiras.

 Pero es  también la historia de un fracaso colectivo (o mejor dicho, de la confluencia de muchos fracasos individuales): el de todos los que le rodean, todos los que participan en la creación de ese castillo de naipes deslumbrante que es, como negocio, la red. Frikis millonarios que pagan a abogados serios y competentes para que medien en sus riñas escolares utilizando tecnicismos legales. Porque en la película, en realidad nadie consigue lo que quiere. Mark consigue dinero, pero sigue sin seradmitido en clubes exclusivos, sigue solo, más solo que al principio ( ni la abogada quiere ir a comer con el), y  sin conseguir que Erika lo acepte como amigo, ni siquiera en su propia red. Y se insiste varias veces en que a él el dinero, que es lo único que consigue, no le importa (e irónicamente, esto es en parte lo que permite el éxito monetario de su proyecto). Edward, el personaje más humano y cercano de los implicados, queda fuera del negocio que financió y para el cual su algoritmo fue clave (pero que se convirtió en un gran éxito gracias a no seguir el camino en el que él se empeñaba), aunque restituyan su nombre bajo un rótulo que a nadie  importa. Y los gemelos campeones destinados al triunfo han perdido la carrera, aunque reciban como compensación una indemnización que no necesitan.

Facebook nació por la combinación genial de una idea (la de los gemelos campeones que pierden su primera y gran carrera), la mano de obra -social y afectivamente incapaz- que supo llevarla a la práctica (Mark), una pequeña inversión (Edward),  y un ojo avispado y sin escrúpulos para los negocios (el personaje que interpreta Timberlake). ¿Cuál fue la pieza clave? Cuestión de tecnicismos legales, al fin y al cabo.  Y de grises morales, claro.

En esta historia, a diferencia de otras, finalmente es la mano de obra la que se queda con el pastel, un pastel que no le sirve para saciar su hambre,  mientras los demás se lanzan a  arañar lo que creen que es legítimamente suyo mediante demandas. La mano de obra por una vez, aunque sea de forma tal vez discutible, se lleva la "gloria", y puede pagar por esas demandas unas cantidades enormes,  anecdóticas para la fortuna que posee.

La gran ironía es que el creador de la mayor red social que jamás ha existido es en realidad un fracasado social. La red surge de la incapacidad para relacionarse y de su frustración por no poder  entrar en otras redes. Y finalmente fracasa incluso dentro de la red que él mismo crea (Erika no lo admite). El supuesto triunfador es en realidad un fracasado. El multimillonario es  tremendamente pobre , tan pobre que ha perdido por el camino a su único amigo. Y ni siquiera tiene lo necesario para que le importe.

En la historia, como dice su director, predominan los grises, que impregnan la visión que la cinta nos ofrece del deseo, la ambición, el trabajo, el negocio, el triunfo, el talento, la envidia, el rencor, el éxito, la derrota, la aceptación, el rechazo, la amistad,  la traición. Las relaciones sociales.

Porque en medio de todo esto se erige el único triunfo: el del mostruo que ha surgido casi sin querer, por una noche de mala borrachera,  y que tal vez como Frankenstein deje de ser inocente no por su mala intención, sino por el mundo lleno de peligros insospechados en que ha surgido. Efectivamente, Facebook ha conseguido que millones de usuarios expongan pública y voluntariamente información personal que quizás debería ser intransferible. Información  que es, en este feroz mundo de negocio, consumo, publicidad, hipnopedia, control y estadísticas,  más oro que el tiempo.

Y sí, Facebook crea una nueva forma de relación social que repite los mismos tics y las mismas neurosis que estas relaciones tienen en la vida fuera del ordenador, pero "a lo bestia". En Facebook se repiten los gestos y actitudes que adoptamos todos los días con aquellos con los que compartimos espacio y tiempo: el "ponerse guapo", el sonreír a veces aunque no apetece, el quejarse de alguna pena, el mantener el contacto,  el verse, el formar uno parte de los otros, el hablar por hablar incluso cuando no se tiene nada que decir. El saber o el creer o el fingir (que más da) que no estamos tan solos. Pescaditos buscando ansiosos una red, porque somos pescaditos domesticados que no sabemos vivir en completa libertad, ni en completa intimidad, ni a solas con la soledad íntima, tan tozuda que parece inevitable. Rostros que no elegimos llevar una máscara, sino que la necesitamos. Tal vez para sentirnos seguros, protegiendo aquello que necesitamos proteger. Tal vez para marcar y sentir, por contraste, la propia intimidad. Tal vez para poder tener un rostro definido y reconocible en el retrato o en el espejo. Tal vez porque el único espejo en el que podamos reconocernos sea una mirada. Tal vez para buscar una aprobación con la que aprobarnos. Tal vez porque la máscara sea más parte de lo que somos de lo que realmente pensamos y queremos.

Y tal vez porque nos gusta soñar, y Facebook es un medio, otro más, para soñarse un poco (que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son), para fabricarse un "yo"  (en forma de perfil  y de muro y de aficiones y de amigos) en el que querer reconocerse.  Un "yo" hecho solo con lo que se quiere mostrar, y así poder guardarse lo demás, y tal vez, olvidarlo. O paladearlo, quién sabe, que de todo habrá.

 La máscara es una forma de relación, pero es también una barrera. Un aislamiento. Y una cárcel La red social que nos mantiene en contacto  no hace que nos conozcamos realmente (es más, quizás no permite)  . Facebook permite crear un mundo de perfiles y relaciones  tal vez y hasta cierto punto "ficticias". Pero que nadie olvide que  toda ficción tiene también algo de realidad (y la realidad algo de ficción, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión), y muchas veces la ficción es la forma más elocuente y libre de  expresar -o encontrar- la verdad. Y eso lo saben bien esas fauces ávidas de datos que, según dice, han encontrado en Facebook un filón.

Y es que, al fin y al cabo, casi todos necesitamos también ese mundo social que a veces (en bajito... o de memoria ... o en nuestro blog....,)  criticamos. Viejo como el mundo, también y en el fondo, el Facebook. Y sí, yo tengo mi Facebook. Y  necesito el blog (y aquí sigo, robando rosas). Y la intimidad. Y la máscara. Y a veces, la soledad.

Grises, en fin. Todo, todo lleno de grises.

Una película que no da respuestas sino que repite, otra vez, las mismas preguntas. Que es lo que el hombre lleva haciendo eras. Y que es lo que mola.

Y que vivan los grises.

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