lunes, 27 de diciembre de 2010

El lastre de Lastres



Perdón por el juego tonto y sin duda nada ingenioso, pero es que no he podido evitarlo. Porque Lastres es un pueblo precioso (como la mayoría de los que se  pueden recorrer en Asturias, tanto por la costa como por el interior) situado en un entorno espectacular. Tiene méritos y encantos más que suficientes para merecer una visita y hasta una estancia de días. Y sin embargo, actualmente, su gran mérito, y lo que impulsa a sus numerosos visitantes a serlo, es ser el pueblo donde se ambienta la serie Doctor Mateo, a la que, dicho sea de paso, yo, que soy presa fácil para series buenas y malas, no me he enganchado desde el principio... porque se le ven demasiado las intenciones: buscar personajes y situaciones pintorescos, pero con tanta ansia que no puedo evitar percibir cierta impostura, cierta pose forzada, que hace que mi imaginación se niegue a creérsela. Ni a fingir que se la cree. Hay muchos de sus personajes, situaciones y diálogos que me chirrían hasta el nerviosismo, aunque su protagonista sea lo mejor que tiene y sólo la haya visto a trozos, y eso porque los domingos por la noche tengo el ánimo para poco más que para ver la tele y vago por las cadenas buscando algo entretenido para un rato. Y para un rato, pues bueno. Pero poco más.

A lo que iba. Es un pueblo encantador de pescadores, que empieza a asentarse en lo alto de la montaña que desciende hacia el mar. Y allá en lo alto es donde se sitúa la iglesia y el mirador de San Roque, que ofrece una vista maravillosa del pueblo, su mar, sus montañas, su verde, su cielo azul, sus nubes grises, su luz blanca, para luego ir bajando coqueta y sinuosamente hacia la costa.


 Y desde allí desciende hábilmente Lastres, acoplándose cómodamente a la ladera, como si la ladera hubiera sido diseñada para acogerlo a él o él hubiera sido construido a la medida de las curvas de la ladera. Pero eso sí:. lleno de cuestas empedradas (alguna incluso con escaleras) a las que sin duda es necesario acostumbrarse.

Casi todas las casas respetan los rasgos arquitectónicos básicos, típicos y particulares de Asturias, meclando el color natural de la piedra con las fachadas blancas encaladas o los balcones pintados de respetuosos azules o verdes, por lo que el pueblo conserva su acento propio y es digno merecedor de la etiqueta de conjunto histórico, con  la armonía y el encanto especiales que se ha logrado en los conjuntos históricos a base de paciencia y tiempo dejando su poso, insólitamente respetado por el afán feroz y torpe de la modernidad malentendida que tantos estragos hizo en otros (pero tantos) sitios hace unas décadas:










Y sin embargo, sus  calles estaban llenas de visitantes presurosos, arriba y abajo, y ansiosos por, plano en mano, ver y  palpar y saber que están en las distintas localizaciones de la dichosa serie. Aquí y acullá veíamos a parejas y grupos dicendo que ya habían visto la casa del doctor, o la de la novia, o la de los fontaneros, o la tienda, o el bar, y a otros menos afortunados o con menos sentido de la orientación preguntar esperanzados por como llegar a tan codiciandos enclaves. En alguna oficina de información turística de las proximidades, que nosotros no visitamos, debían de ofrecer este tipo de rutas, porque todo el mundo llevaba planos que indicaban esas localizaciones, pero por si acaso, en el pueblo se habían colocado caseros pero útiles letreros a tal efecto.

Y así, siguiendo letreros y visitantes más informados, vimos nosostros, por ejemplo, la casa del doctor Mateo, al parecer mucho más pequeña cara a cara que la impresión que produce en la serie


o el mayor de los fiascos televisivos, que demuestran que la ficción es eso,  ficción, y por tanto pura ilusión (o más prosaicamente, mentira), por más que se ruede en un pueblo de carne y hueso...: la taberna de Tom. Pura fachada. Literalmente. El interior no existe. Bueno, sí existe, pero es una ruina.



Nosotrs estuvimos en el verdadero bar del pueblo, mucho menos "glamuroso" y decorado que el que aparece en la serie. Su camarero no era un argentino de voz ronca, sino un señor con gafas y bigote que amenizaba con su charla envuelta en un acento asturiano de lo más auténtico,  los vinos de los lugareños a los que sí, inevitablemente, conocía de toda la vida. Y tomamos un pincho de tortilla caserísima, en una barra poco preocupada por la estética, que se erigía sobre un suelo lleno de servilletas  y colillas, como los bares de pueblo o de barrio de siempre, con su baño viejo (no antiguo: viejo) y sus mesas y sus sillas de conglomerado brillante y patas metálicas oxidades, también viejas y plasticosas... El bar que no quiso para su pueblo el Doctor Mateo. El bar que ya solo sale en Cuéntame a modo de curiosidad cuasihistórica y nostálgica, pero que existe todavía por esos pueblos y barrios de España, aunque las series de moda se empeñen en negarlo. Como tantas otras cosas.

Por eso el lastre de Lastres es la serie: porque ya nadie mira a Lastres por lo que es, un pueblo precioso, una joya a mimar y conservar y admirar, sino por ser recipiente de la ficción. Un mérito hueco, postizo y efímero, aunque habrá servido para atraer a muchos visitantes que se habrán perdido mucho de lo que tenían ante sus ojos empeñados en ver sólo el pueblo del Doctor Mateo.

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