martes, 21 de diciembre de 2010

La heroica ciudad... ¿duerme la siesta?


La heroica ciudad dormía la siesta. El viento sur, caliente y perezoso empujaba las nubes blanquecinas que se rasgaban al correr hacia el norte. En las calles no había más ruido que el rumor estridente de los remolinos de polvo, trapos, pajas y papeles, que iban de arroyo en arroyo, de acera en acera, de esquina en esquina, revolando y persiguiéndose, como mariposas que se buscan y huyen y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles.


Tras años de evocar Vetusta, la axfixiante ciudad de provincias que aplastaba a la pobre Ana Ozores, con sus dolores, sus angustias y sus ansias, o el entorno cerrado que concentraba la mentalidad supersticiosa y tradicional, aferrada a la autoridad como refugio y molde, que combatió el padre Feijoo desde sus razonables y razonados artículos, Oviedo aparecía siempre en mi imaginación como una ciudad de piedra, fría y gris. Pero, oh, sorpresa.

Tras años de desear conocerla, me encuentro con una deslumbrante ciudad de piedra cálida, ocre y canela, que relumbra esplendorosa incluso una tarde lluviosa como la que nos tocó en suerte hace ya un par de meses, para intentar pasear por esas sorprendentes calles alegres de piedra viva (luego, la lluvia hizo que fuera correr y buscar refugio... Dei llevaba por calzado uno de esos tenis azul marino tan retro, tan de moda y tan poco apropiados para una tarde de lluvia, a no ser que a uno le apetezca acatarrarse) .

La niña de sus ojos, indiscutible, la catedral de San Salvador, con su torre altiva, en la que situaba el maestro Clarín al ambicioso magistral escudriñando a su presa. La torre que él describió -ahora comprendo de verdad por qué- como un "poema romántico de piedra"...

"La torre de la catedral, poema romántico de piedra, delicado himno, de dulces líneas de belleza muda y perenne, era obra del siglo diez y seis, aunque antes comenzada, de estilo gótico, pero, cabe decir, moderado por un instinto de prudencia y armonía que modificaba las vulgares exageraciones de esta arquitectura. La vista no se fatigaba contemplando horas y horas aquel índice de piedra que señalaba al cielo; no era una de esas torres cuya aguja se quiebra de sutil, más flacas que esbeltas, amaneradas, como señoritas cursis que aprietan demasiado el corsé; era maciza sin perder nada de su espiritual grandeza, y hasta sus segundos corredores, elegante balaustrada, subía como fuerte castillo, lanzándose desde allí en pirámide de ángulo gracioso, inimitable en sus medidas y proporciones. Como haz de músculos y nervios la piedra enroscándose en la piedra trepaba a la altura, haciendo equilibrios de acróbata en el aire; y como prodigio de juegos malabares, en una punta de caliza se mantenía, cual imantada, una bola grande de bronce dorado, y encima otra más pequeña, y sobre ésta una cruz de hierro que acababa en pararrayos."



Delante de ella, en un borde de su plaza, la estatua de La Regenta, en el lugar en que tiene que estar, formando parte de la leyenda de la ciudad que ella ayudó a convertir en leyenda.


Y alrededor, las calles por las que Clarín soño a su Regenta, y al galán engolado, D. Álvaro Mesía, y al pobre magistral, el cura enamorado sin posibilidad ni esperanza ( hijo y víctima de su historia, encarnada como un Saturno implacable en la madre fría y tiránica que era Paula Raíces), y a la maldad nacida de la admiración, que otros llaman envidia, de Visitación, cómplice y buitre y juez ruguroso del crimen inocente, absurdo e inevitable al que todo y todos se condujeron por aquella tragedia triste y miserable, en la que algo así como la "sociedad" y sus chorradas sustituían al destino y su grandeza,  conservando eso sí, toda la crudeza de la fatalidad amarga, venga de donde venga. Esa sociedad fatal a la que Clarín no dio carne, sino piedra: la piedra viva y palpitante de Oviedo, tras la máscara transparente de Vetusta.

Y ya desde la propia plaza de la catedral, las calles de piedra se abren paso entre palacios, monasterios, iglesias, caserones y más plazas, que guardan el calor, el enigma y el eco de los años de historia, historias y literatura que han visto pasar, y que les han bendecido con el halo solemne y mágico que se repira en ciudades como esta, que no necesitan más que un paseo para dejarse querer.


Y parte de ese esplendor de piedra cálida, ocre y canela es su plaza de la Constitución, (la primera que admiramos), con la Iglesia de San Isidoro, el Ayuntamiento, su grandioso reloj y su placa, que recuerda orgullosa el orgullo de la ciudad en la guerra:





Y aqui y allá,donde menos los esperas, brotan los  ecos literarios que acompañan como un coro discreto al protagonismo indiscutible de la Regenta: desde el sueño de la razón soñada por los Ilustrados, como Jovellanos (que lo siento, pero literariamente era aburridísimo y tan frío como era antes Oviedo en mi imaginación) o Feijoo (figura que siempre me ha producido mucha ternura, por su sorprendente empeño en emplear, y enseñar a emplear, la razón siendo cura, por lo valiente y lo avanzado de sus ideas y lo que hacía con ellas), a la modernidad distante e intelectual de aquel Ramón Pérez de Ayala, que creó hace ya un siglo a dos zapateros, filósofo  y  poeta, antagonistas y complementarios, Belarmino y Apolonio.




Como la lluvia no daba tregua, tras Oviedo hicimos un recorrido hacia Pola de Lena, y desde allí, bordeamos el parque natural de Somiedo atravesando pueblos preciosos, como Bárzana o Caranga de Abaixo, cuyo encanto resiste, incluso, el abandono y la ruina de algunos rincones que la montaña desbordante parece querer absorber otra vez.

De nuevo, nos fuimos con los ojos y los bolsillos llenos de sitios a los que volver. Tiempo habrá. Y ocasión también. Espero.





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