jueves, 7 de julio de 2011

La trampa


Se lo han montado muy bien, las cosas como son. Es que es genial. Realmente, genial.

Durante años (¿décadas, incluso?) hemos vividos convencidos de que estábamos en el mejor de los mundos posibles -y mejorando-,  y de que posible era una palabra clave e imprescindible. Mirábamos a la Historia como la senda tortuosa que nos había traído, con sangre, sudor y lágrimas -que, aunque recientes, parecían al fin ajenas y lejanas-, a este mundo de derechos, libertades, bienes y comodidades. Ya no había lucha ni  clases: todos éramos la misma clase (poco más o menos, o mucho más o menos, pero daba igual). Aspirábamos a los mismos sueños, que eran báscamente comprar lo mismo, al contado o a plazos, aunque fueran muchos, muchos plazos, eso daba igual. Vestíamos la misma ropa (de marca o de Zara, de seda o sintético, qué más dará), viajábamos a los mismos sitios (low o high cost, no importa), incluso alguna vez algún bono u oferta os permitía los mismos hoteles y el mimo ensueño. Comíamos lo mismo (que viva el mundo de la oferta y el sucedáneo encubierto), y teníamos también  móviles, ordenadores, unifamiliares en serie, muebles de diseño y conglomerado, coche nuevo cada cuatro años, criada rumana o ecuatoriana, y hasta segundo piso para invertir, que la vivienda nunca va a bajar. Incluso nos permitimos el lujo de mirar por encima del hombro a los que nos empeñábamos en señalar como "otros", equivocando ingenua y peligrosamente la otredad.

Su horizonte parecía también el nuestro. Pero ay, tanto confort nos hizo olvidar que el horiozonte no existe, y que  solo sirve para caminar. Y el que camina, es mejor que vaya mirando hacia dónde. Pero entonces, nadie parecía demasiado interesado en mirar, Algún loco aguafiestas al que no había que darle pábulo ni crédito, sacando rápida y hábilmente el terror antisistema,  quizás.

Estábamos tan contentos con nuestro trocito del pastel, que no nos dimos cuenta de que no era nás que el cebo de la trampa. Y justo cuando acabamos nuestro trocito (que no había más, ¿o qué pensabais?), la puerta del crédito. que tenía agazapadas sus fauces de jaula,  se cerró, de golpe, con el estruendo de la desolación sin salida.

Y nos convencieron entonces de que la culpa era nuestra, por querer comer del pastel ilegítimo. Teníamos que haber sabido que no era nuestro y que no nos correspondía. No teníamos que haber olvidado que siempre hubo clases, y que siempre las habrá,  porque otra cosa no es posible, y sería el caos y otras palabras peores. Nosotros teníamos que haber sabido  que lo que nos ofrecían (con insistencia, con publicidad, con sonrisas bancarias y tratos de "señor", con ideas circulando por el boca a boca, con leyes y beneficios fiscales, con ordenadas argumentaciones, incluso con noticias del telediario) era en realidad un cebo. Si nosotros no lo vimos, ellos no tienen la culpa. Así que tenemos que asumir que fue CULPA nuestra no saber reconocerlo. Mea culpa, mea culpa. Fue culpa nuestra el ser tan tontos y tan presuntuosos de pensar que éramos como ellos y que ellos no eran otros, sino los nuestros (¡pero qué  idea tan ridícula! Seguro que ellos todavía se están descojonando) Mea culpa, mea culpa. Tonto es el que hace tonterías. Y solo tú eres el responsable de haber hecho y creído la tontería. Mea culpa, mea culpa. En los timos la culpa siempre es del timado. Mea culpa, mea culpa. Y como tienes la culpa, a pagar.

El que tiene la culpa ha de soportar la penitencia. Cada uno tiene lo que se merece: ese es su lema, su bandera, su coartada, sostenida sobre aquello de la igualdad -teórica- de oportunidades (que fallara en la práctica, nos decían, era también culpa nuestra). Cada uno tiene lo que se merece: eso es lo que repite el ratoncito en su trampa, buscando angustiado aquel trocito de paste que creía suyo para siempre. 

Cada uno tiene lo que se merece. Y así, han convencido a millones de votantes, dispuestos a ver la culpa sobre todo en el vecino (y sentirse de este modo un poco mejor, aunque sea por falaz comparación), de que sí, de que el sacrificio, y la austeridad, y las bajadas de salarios, y el despido libre y barato, y el pagar por todo porque todo será privado (y lo privado funciona siempre mucho mejor, porque lo público no es más que un despilfrarro, y un sostén de vagos, maleantes y funcionarios aprovechados, así que hay que desmontarlo y venderlo también barato, para que empice a ser negocio, que solo lo que es negocio funciona bien), nos sacarán del pozo y nos llevarán otra vez a lo de antes. Al trocito de pastel, aunque sea más pequeño, que dicen podremos disfrutar de nuevo olvidando otra vez que es un cebo y que seguimos en la trampa. Sin querer saber siquiera que somos ratones y que existen, de verdad, aquellos que no lo son.

¿Es genial o no?

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2 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué bien expresas lo que yo pienso.

kamala dijo...

Gracias, pensador.

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