viernes, 25 de noviembre de 2011

Aprender a respirar

Algo está podrido en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en los ojos con que miramos. Algo está podrido y circula por nuestras venas, envenenando los momentos y convirtiendo en trampas las esperanzas.

Algo está podrido, tal vez irremediablemente (no, por favor): nosotros fingimos no saberlo mientras ellas lo sufren. En cada golpe traicionero. En cada grito ahogado. En cada patada en la tripa. En cada puñetazo sordo en un hueso de la cara. En cada insulto sucio e incandescente. Lo sufren ahogadas en su agujero denso y pegajoso, húmedo de lágrimas y de sangre reseca flotando de la nariz a la garganta. Lo sufren intuyendo la luz y la vida, allá lejos del horizonte, sabiendo que ellas no soñaban con esto. Sobreviviendo en el agujero con miedo, sí, y con vergüenza, y con soledad, y tal vez con la idea sorda y asquerosa y falsa de merecerlo, o con la esperanza de un cambio espontáneo, imposible, soñado y lejano, que no va a suceder jamás. La excusa imperfecta para aguantar un día, y otro día, y otro más, en la soledad absoluta de desear que nadie lo sepa.

Pero el veneno y la podredumbre están entre nosotros, circulando mansos y silenciosos como una serpiente de lengua viscosa. Están aquí, y tal vez tú, o tú, o tú, o yo, alguna vez los hemos alimentado. Porque es un veneno que nos sale mientras fabricamos otras cosas. Películas de Hollywood, tal vez. Anuncios de familias felices como un corsé. Juguetes rosas y azules. Lágrimas para ella y fútbol para él. Corazón femenino y acción masculina. Cuentos de princesas encerradas y príncipes salvadores. Fregona y silencio las chicas, cochazo y voz de mando los chicos. Escopeta de balines y caballo para el nene, espejito mágico  y zapato de cristal para la nena.. Ellas que creen que necesitan protección y ellos que aprender a medir su valorcon el metro equivocado. Promesas de amor para Eva, muescas de conquista para Adán. Tal vez.

Porque yo no sé donde está. Pero está entre nosotros. Circulando, creciendo, envenenando, como un
fantasma de tiempos que creíamos pasados pero que nunca quieren pasar. Y mientras lo encontramos, ellas sufren, allá, lejos, respirando el aire viciado del agujero, alimentando la cifra y la crónica de sucesos que siempre precede a otra cosa. Otra cosa que, quizás -qué ironía tan absurda- no haga más que alimentar a la fiera.

¿Y que nos queda, mientras tanto? Pues esto. 25 de Noviembre. Día Mundial contra la Violencia de Genero. Que es un´día, sí, un gesto, sí, nada más. Pero que implica y recuerda que el antídoto comienza por mirarlo  de frente. Contarlo. Gritarlo. Para no dejarlas solas. Para que por favor no sea demasiado tarde. Para no dejarlo pasar. Para romper con el aguante, y las excusas, y las trampas, y las cárceles domésticas, y los besos de Judas, y los no me dejes, y los sin ti no soy nada, y los mía o de nadie. Para que los niños que lo ven en su casa no piensen que eso es normal. Para que  la que ha sufrido otra bofetada saque las fuerzas que no tiene y se agarre a la mano improbable que la puede ayudar. Para que pueda romper con eso que le han echado encima, que ha ido respirando, y bebiendo, y oyendo, y rozando, en la atmósfera viciada que le hizo aguantar, y aguantar, y aguanta.

Y para que el que ha dado la bofetada se mire, y sienta por fin vergüenza, o asco, o cansancio, o remordimiento, o hastío, o esperanza, y pida por fin, también, ayuda.

Quizás todos tengamos que volver a aprender a respirar. Mañana, también.

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