jueves, 25 de febrero de 2016

Donde habite el recuerdo



"Todo pasa y todo queda", decía Machado. Todo pasa, y queda en el recuerdo, la única caja que nos permite atrapar y guardar lo vivido , aunque sea de modo inseguro, frágil y nebuloso, para que no se pierda para siempre en su esencia efímera. De nuestra vida pasada y presente sólo quedan y quedarán recuerdos, cuya consistencia no es muy diferente de lo imaginado o lo soñado, y que seguramente serán muy distintos de lo “realmente” vivido (pero a quién le importa, porque quién puede saberlo...), reflejados en ese espejo roto, trucado, mentiroso y fragmentado que es la memoria... Porque aunque las cosas no son como las vemos, sino como las recordamos, no las recordamos como fueron, ni siquiera como las vimos.


No recordamos todo lo que ocurrió. Sería imposible recordar absolutamente todo, todos los días de nuestra vida, uno por uno, con todos sus detalles. Eso, como dejaba claro Borges en “Funes el memorioso”, sería en realidad no recordar. Recordamos sólo algunas cosas, en principio significativas, es decir, que tienen algún sentido o algún significado para nosotros, aunque no siempre seamos capaces de dárselo o vérselo. El recuerdo empieza siendo una selección y por tanto, una negación, un descarte necesario: hay cosas que olvidamos para poder así recordar otras, incluso muy lejanas en el tiempo... Algunas las recordaremos para siempre, otras las iremos descartando según vayamos eligiendo e incorporando nuevos recuerdos. Es un proceso de selección involuntario pero que supongo no aleatorio.

Mi primer recuerdo es un pasillo muy largo con una luz al fondo. Mi madre dice podría ser el primer piso en que vivimos (y en el que yo aprendí a andar), pero bien pudiera no ser más que un sueño, o una imaginación, que se coló en mi mente en la sección de los recuerdos, y mi memoria se resiste a ubicarlo en otro lugar. Recuerdo también el primer día de colegio que me quedé llorando fuera; las tardes jugando en casa de la abuela Anita, mientras ella cosía; sus meriendas de pan, nata, azúcar y colacao; la tarde que mi hermano se cayó en un pozo de vino del bodegón de mi abuelo; las noches de invierno junto a la lareira de la vieja casa del pueblo, comiendo caldo en tazones de barro; la tienda de enfrente a la que mi madre me mandaba continuamente; la vuelta a casa el domingo en el coche, viendo la luz de las farolas hacer reflejos geométricos en el parabrisas y pensando con angustia en el lunes y los deberes; el fin de semana que mi padre y su primo construyeron la chimenea en el antiguo piso; las panzadas de risa tonta con mi hermano; las noches viendo la tele después de cenar, acurrucada en el espacio que mi padre dejaba tumbado sobre el sofá; las películas que escuchaba a través de un ventanuco que daba al salón cuando mis padres ya me habían mandado a la cama; el día que atropelló un coche a mi perro mientras mis padres estaban de viaje en Marruecos; las tardes de primavera jugando en los pinares; los recreos de bocadillos y gominolas; la primera vez que fui al cine; una tarde en el circo con mi tia Pili; los paseos en el viejo dos caballos descapotado; mi primer día en el instituto y el sitio exacto que ocupaba en la clase; los primeros cigarros; las tardes de viernes en la discoteca; los apuros para no llegar tarde a casa las noches de verano; aquel 205 gris y el chico rubio que me quería; la luna llena rojiza de una tarde de domingo veraniego junto a él; la primera tarde noche en la plaza de Mazarelos descubriendo Santiago y la Universidad; el sol en el coche de vuelta del último examen de oposición escuchando en el walk-man el primer disco de Alanis Morisette; los nervios de mi primera clase; las noches de vuelta a casa andando entre las luces de Vigo, y etc... etc... etc...

Es mucho lo que recuerdo, pero es mucho más lo que no recuerdo. Y siendo mucho más, de lo que no recuerdo no puedo hablar, porque no existe.

La memoria es una caja agujereada y un espejo caprichoso. O no. Quizás no. Quizás tenga razón. Alguna razón.

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