miércoles, 13 de julio de 2016

Lo que decía Facundo Cabral

 
Facundo Cabral nació en la Plata argentina un día después de que su padre abandonara a Sara, su madre, y a toda su prole, y todo lo que sabemos de él nos lo contó él mismo.

Él mismo cuenta que apenas habló hasta los 9 años, la edad en la que malvivia con los suyos en la durísima Patagonia argentina,  la edad a la que ya había visto morir a cuatro de sus hermanos de hambre y de frío (otro se salvaría porque su madre lo metió en un tren hacia Buenos Aires con un cartel que decía "encuentren a su familia"), y la edad a la que había oído a un amigo de su madre decir, con la "maravillosa ingenuidad del pueblo",  que por fin tenían un presidente que se preocupaba por los pobres y que iba a darles trabajo.

El presidente era Juan Perón, y el pequeño Facundo emprendió solo y a pie el largo viaje desde la Patagonia a la capital en su busca. Lo encontró en un desfile e intentó acercarse a él. El presidente detuvo al policía que intentaba detener al pequeño con un contundente "déjelo hablar", y Facundo dijo quizás más palabras de las que había dicho en todo lo que hasta entonces había sido su vida para pedir trabajo para su madre. Él mismo cuenta que Evita lo oyó y dijo "por fin alguien pide trabajo y no limosna", y le prometió que lo tendría. Y así fue. Consiguió trabajo para su madre como limpiadora de una escuela en Tandil, adonde se trasladó ahora la familia menguada por el hambre, el frio y la miseria.

Él mismo cuenta también que a su  silencio se unió  la rebeldía, el caracter violento y el alcoholismo que le enseñó a robar sin escrúpulos, y que le llevaría a un reformatorio con 14 años, donde se produjo el primer esquinazo mágico al destino implacable que persigue a los niños como Facundo desde que el mundo es mundo. El padre Simón, un jesuita, le enseñó a leer y a escribir, y para apartarlo de peleas lo confinó en el lugar más solitario del centro: la bibilioteca. Y allí Facundo leyó, y leyó, y leyó, y se enamoró para toda la vida de la palabra que iba a salvarle solo con encontrarla, tras haber estado tan lejos. Estudió en tres años lo que otros estudian en doce, y cambió el alcohol por las palabras y por lo que viene siempre en y con ellas: las ideas, y así, cambió el sino trágico implacable que tenía adjudicado por una felicidad sustancial e incondicional de factura propia, que también él contaba haber descubierto cuando un vagabundo de nombre Simeón le llamó Príncipe por ser hijo de Dios y le recitó el Sermón de la montaña. Decia Cabral que ese fue su momento de revelación y de cambio, parecido tal vez al que yo sentí al leer "La vida es el arte del encuentro", aunque yo no haya sido tan valiente como para vivir, sentir y pensar solo y siempre según lo revelado, y es que a pesar de esto,  ese texto es uno de mis mantras y mis refugios, un bálsamo sorprendentemente efectivo para los golpes de los malos momentos, vengan de dentro o vengan de fuera, y una de las cosas que más me gusta compartir. Así que ahí lo tenéis.

Y es que ya lo decía Facundo: la felicidad no es para cualquiera; es para valientes. Que es mucho más fácil deprimirse que ser feliz, y que por eso hay tanto tango y un solo Walt Withman. Y tiene tanta razón.

Todo esto, y mucho más,  Facundo Cabral  nos lo escribió y nos lo cantó, porque su tercer encuentro mágico (tras el de Simón en el reformatorio y el de Simeón en la calle) fue sin duda su encuentro con la música, que llevaría sus palabras, y con ellas lo que con ellas va siempre, las ideas, por toda América Latina y hasta por España, donde unos cuantos tuvimos la suerte de adorarle, por sus textos y por canciones como esta:


Desde entonces ya no tuvo casa, porque para él la felicidad inexcusable requería libertad. Vivía en los hoteles a los que le llevaba a veces la excusa de su música (otras veces, seguro, le llevaban otras cosas), y los reconocimientos que iba recibendo se los daba a un amigo taxista que los coleccionaba. Decía también que su madre murió contenta porque cada vez se parecía más a lo que cantaba, y que lo más sensato sobre él como artista se lo dijo su ahijado: que cantaba para comprarle a él chocolates.

Se declaraba "admirador nato" y conoció en persona a Borges, a Ray Bradbury, a Rubinstein, a Sábato, a la madre Teresa de Calculta. De todos contaba anécdotas maravillosas, porque él contaba como nadie, y en sus conciertos, cantaba y contaba, contaba y cantaba, contaba cantando y cantaba contando.

Decía también que la persona a la que más admiraba (pero sólo si le hacían elegir sólo una) era Lao-Tsé, y de Lao-Tsé están impregnadas sin duda la palabras de Facundo.. Y decía estar felizmente loco, porque no le gustaban los cuerdos que se metían en uniformes, los cuerdos que dirigen bancos pensando ciegamente en avanzar, los cuerdos que dirigen la bolsa decidiendo lo que se come en la Habana o cuanto cuestan las cosas aquí, los cuerdos que no quieren soltar al poder, ni los cuerdos que dicen amar a una única mujer o para siempre porque e imposible. Y además era tan sabio como para dejar que esos cuerdos ni le ocuparan ni le preocuparan, porque estaba demasiado ocupado atendiendo a todo lo que él sabía que nos ofrecela vida para ser feliz.

Decia Cabral que la depresión nacía de la distracción, de vivir pensando en ayer o en mañana olvidando que el hoy es siempre lo único que tenemos y a lo que tenemos que dedicarnos. Porque venimos al mundo para ser felices. Porque fuera de la felicidad todo son pretextos. Porque él, que no conocería y perdonaría al padre que lo abandonó hasta los 46 años, y que aprendió mucho sobre la felicidad de su madre, a la que enseñó a su vez a leer, decía que tenemos que ser felices por nosotros y por nuestros hijos, porque no hay nada mejor que recordar padres felices.

Y decía también Cabral  que moriría en el escenario, que jamás se retiraría. Y efectivamente, murió en Guatemala, camino del aeropuerto, inmerso en su última gira, víctima de las balas tal vez destinadas a él -con las cosas del destino y del azar nunca se sabe-, pero  dirigidas a otro : el empreseario guatematelco Henry Fariñas,  que se había ofrecido a última hora a llevarlo al aeropuerto en su coche, el coche que acribibillaron unas balas claramente organizadas.

Cabral murió por la bala disparada sobre la diana de un hombre que llevaba seguramente una vida opuesta a la que él llevó y predicó cuando se lo pedian. Quizás, como pensó Dei, el destino aciago al que burló doblando la esquina de las letras de la mano del cura jesuita a los 14 años, le esperó camino del aeropuerto para demostrarle que él siempre cierra sus círculos. Que la violencia. y el materialismo absurdo e injusto, y la miseria en cualquiera de sus facetas, que eran el lugar por el que Cabral entró a la vida, debían ser el lugar por el que tenía que salir, aunque hubiera estado tan valiente y sabiamente alejado de ellos por decisión y voluntad propia el resto de su existencia luminosa, en que tuvo además la generosidad de compartir con nosotros su luz.

Pero Facundo Cabral afirmaba también ser un tipo de suerte, y él casi siempre tenía razón. Y contaba que cuando un periodista le dijo que no creía que Dios fuera justo porque si lo fuera, él tendría tanto éxito como Julio Iglesias, él le respondió que Dios sí era justo también en esto, porque Julio Iglesias necesitaba dinero, pero él necesitaba libertad. Y Dios le daba a cada uno lo que necesitaba. Así que quizás esta muerte, de alguna forma qu nuestra corta visión de mortales escépticos y doloridos por la pérdida trágica de uno de sus lúcidos no alcanza a comprender, fue también cuestión de suerte. Y si Facundo Cabral tenía razón, Dios está haciendo algo bueno para él con esta muerte fatal e incomprensible... Cabral sabrá, quizás.

También creía Cabral, con su madre, que la lucha entre el Bien y el Mal en el mundo es cosa de promedio, y que generalmente gana el Bien, porque hay más, aunque se note menos. "El bien es mayoría, pero no se nota porque es silencioso -una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que destruye, hay millones de caricias que construyen la vida"., decía.  Pero no sé yo si será posible todo el bien que nos hace falta en el mundo solo para compensar la muerte y la pérdida de Facundo Cabral. Tal vez, quizás, lo que él nos dejó.Es decir, lo que él decía, con y sin música.

Así que os dejo (y me dejo) en el harto consuelo de su memoria a través de sus palabras:


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