Por permitirnos no faltar a esas citas con ángeles, los que habitan en tus canciones.
Por poner voz de perla caribeña, Habana vieja y olas de plata y azul a nuestras esperanzas y desesperaciones.
Por convertir el grito revolucionario en melodía ilusionada.
Por dar música a la lucha, el ideal y el valor.
Por hacer poesía la víscera, el corazón, la risa, la mujer y la rabia.
Por abrirnos los ojos al hacer que los cerremos para perdernos en tus notas.
Por seguir viviendo como viviste y convencernos hasta morir.
Por no decaer, no flaquear, no dudar, no abandonar, no decepcionar, no fallar.
Por no venderte, ni vendernos, ni comprar.
Por seguir en la balsa que acechan babeando las fauces de los tiburones.
Por el nudo en la garganta, la opresión en el estómago y la humedad en los ojos.
Por la humildad de la grandeza y la generosidad del que tiene todo lo que da.
Por saber donde debes y donde quieres estar, y por saber estar.
Por acompañarnos mientras crecíamos y esperarnos mientras viviamos.
Por estar, por escribir, por vivir, por respirar, por pensar, por sentir, por soñar, por seguir, por cantar, por ser.
Por darnos una canción y tantas canciones, por perder un unicornio azul, por tus días y flores, por gritar ojalá, por tu pequeña serenata, por ser el elegido sin querer, por seguir aunque no esté de moda en estos días, por buscar donde poner lo hallado en las calles, los libros, la noche... por tus óleos de mujeres, Eva, Olivia, Rosana, madres, amantes, amadas... por esas causas y azares, por ser trovador, por preguntar adónde van las palabras que no se quedaron, por compartir extrañas tardes y nada más, por ir en busca de un sueño, por animarnos a andar en verso, por el dulce abismo, por el caballo místico, por lo que quisiste ser, por tu quién fuera, por tu leyenda, por las mariposas, por esa gota de rocío inolvidable en el enésimo bis que nos dejaste tararear antes de pedirnos que te dejáramos marchar...
Era tan difícil dejarte marchar.
Por poner voz de perla caribeña, Habana vieja y olas de plata y azul a nuestras esperanzas y desesperaciones.
Por convertir el grito revolucionario en melodía ilusionada.
Por dar música a la lucha, el ideal y el valor.
Por hacer poesía la víscera, el corazón, la risa, la mujer y la rabia.
Por abrirnos los ojos al hacer que los cerremos para perdernos en tus notas.
Por seguir viviendo como viviste y convencernos hasta morir.
Por no decaer, no flaquear, no dudar, no abandonar, no decepcionar, no fallar.
Por no venderte, ni vendernos, ni comprar.
Por seguir en la balsa que acechan babeando las fauces de los tiburones.
Por el nudo en la garganta, la opresión en el estómago y la humedad en los ojos.
Por la humildad de la grandeza y la generosidad del que tiene todo lo que da.
Por saber donde debes y donde quieres estar, y por saber estar.
Por acompañarnos mientras crecíamos y esperarnos mientras viviamos.
Por estar, por escribir, por vivir, por respirar, por pensar, por sentir, por soñar, por seguir, por cantar, por ser.
Por darnos una canción y tantas canciones, por perder un unicornio azul, por tus días y flores, por gritar ojalá, por tu pequeña serenata, por ser el elegido sin querer, por seguir aunque no esté de moda en estos días, por buscar donde poner lo hallado en las calles, los libros, la noche... por tus óleos de mujeres, Eva, Olivia, Rosana, madres, amantes, amadas... por esas causas y azares, por ser trovador, por preguntar adónde van las palabras que no se quedaron, por compartir extrañas tardes y nada más, por ir en busca de un sueño, por animarnos a andar en verso, por el dulce abismo, por el caballo místico, por lo que quisiste ser, por tu quién fuera, por tu leyenda, por las mariposas, por esa gota de rocío inolvidable en el enésimo bis que nos dejaste tararear antes de pedirnos que te dejáramos marchar...
Era tan difícil dejarte marchar.

Zaragoza, 12 de Septiembre de 2006. Silvio llena el auditorio y aparece en el escenario despacito y entre sombras, intentando pasar desapercibido entre sus músicos, y llenando el aire de una magia creciente desde la primera canción. Sentado y cercano, nos cantó y nos contó, y no se fue hasta que dejamos de pedirle otra, y otra, y otra... Y le aplaudimos de pie y con ganas las veces que hizo falta y las que no hizo falta. Porque aplaudíamos el concierto, la música, los músicos, la velada, pero aplaudíamos mucho más. A él. A todo él . A lo que es y lo que significa. A él y a lo con él vivido y hallado. A las canciones que puso en nuestra vida, que vistieron y contuvieron y guardaron y moldearon nuestros recuerdos, locuras, desvaríos y esperanzas. A lo que somos con él y gracias a él. A él y a su mundo, la Numancia alegre y cálida, a pesar de los pesares, donde se quedan los sueños de una generación que con desesperanza sigue aferrándose a que el tiempo esté a favor de los buenos sueños.
Justo antes del enésimo bis, porque nunca nos dijo que no, arpovechando el silencio de la espera, una chica le gritó “Gracias, Silvio”. A mí también me hubiera gustado tener valor o voz o frescura para gritar. Pero grité, y grito, muy fuerte, con el corazón, gracias Silvio.
Porque sé que tú lo escuchas. Porque sé, por como cantas, que tú sabes escuchar.
Podría poner muchas canciones especiales, importantes, señaladas, imprescindibles o significativas para mí. Muchísicmas. Pero hoy quiero poner una, sólo una. Ésta, “El necio”, que tocaste de forma escalofríante hace dos días, empezando sólo con una percusión de aires negros, in crescendo hasta la explosión final, y que es hoy, más que nunca, una declaración de principios, de tu principio, que es tu final.
Porque, como tú nos enseñaste...
Hay hombres que luchan un día y son buenos
Hay otros queluchan un año y son mejores
Hay quienes luchan muchos años y son muy buenos
Pero hay los que luchan toda la vida.
Esos son los imprescindibles.
Bertold Brecht
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