Para los profanos, Biescas evoca inevitablemente la tragedia en el paraíso. Pero al acercarse, en un otoño primaveral como el que nos ha regalado por sorpresa este Noviembre, los ecos del horror se diluyen al ir descubriendo esa magia del Pirineo, de las montañas inmensas que surgen de pronto y sin preaviso para dejarse acariciar por las nubes que se atreven a diluir sus contornos.
Son muchos los pueblos del Pirineo que el turismo harecuperado transformado: las construcciones de piedra dan un aire cuidada y premeditadamente rústico a las casas modernas, que sustituyen a las auténticas tradicionales, mucho más modestas, menos vistosas y menos acordes con el imaginario popular que idealiza nuestros pueblos desde las torpezas del urbanismo urbano (valga, por favor, la redundancia). Porque en el Pirineo la vida era mucho más dura de lo que el presente de quads, barranquismo, senderismo y sobre todo esquí permite recordar con plena consciencia.
Los pueblos del Pirineo son pueblos bonitos, claro, y encantadores, incluso a pesar de estar desbordados y desdibujados con tanta urbanización. Y están llenos de hoteles, y restaurantes, y bares cálidos y acogedores.
Así que si un fin de semana te pilla cerca, no dudes en acercarte a Biescas, o a Sallent, o a Panticosa, con su viejo balneario renovado y venido más, o a Búbal (pueblo reconstruido poco a poco por jóvenes estudiantes de Secundaria, ya desde los años ochenta, en un proyecto genial que pilló al porpio Dei allá en los ochenta, cuando estudiaba aquel BUP hoy tan añorado por los desbordados profesores de la ESO). Y no te pierdas los paseos por la montaña, los miradores (como la Pajarera), las pequeñas iglesias o ermitas perdidas en la montaña (como la Ermita Mozáraba de Gavín), las subidas y las bajadas interminables y sinuosas, en las que tras cada curva parece esperar, y a veces espera, una vista maravillosa, de valles, embalses, fuentes, caminos, ´cascadas,árboles verdes, árboles dorados, ríos saltimbanquis, riachuelos inesperados, rocas, y nubes interrumpidas por las cumbres nevadas.
O montañas que te acercan al cielo al bajarte las nubes. Tanto, que da la impresión de que puedes hablarles de tú a tú.
Son muchos los pueblos del Pirineo que el turismo ha
Los pueblos del Pirineo son pueblos bonitos, claro, y encantadores, incluso a pesar de estar desbordados y desdibujados con tanta urbanización. Y están llenos de hoteles, y restaurantes, y bares cálidos y acogedores.
Así que si un fin de semana te pilla cerca, no dudes en acercarte a Biescas, o a Sallent, o a Panticosa, con su viejo balneario renovado y venido más, o a Búbal (pueblo reconstruido poco a poco por jóvenes estudiantes de Secundaria, ya desde los años ochenta, en un proyecto genial que pilló al porpio Dei allá en los ochenta, cuando estudiaba aquel BUP hoy tan añorado por los desbordados profesores de la ESO). Y no te pierdas los paseos por la montaña, los miradores (como la Pajarera), las pequeñas iglesias o ermitas perdidas en la montaña (como la Ermita Mozáraba de Gavín), las subidas y las bajadas interminables y sinuosas, en las que tras cada curva parece esperar, y a veces espera, una vista maravillosa, de valles, embalses, fuentes, caminos, ´cascadas,árboles verdes, árboles dorados, ríos saltimbanquis, riachuelos inesperados, rocas, y nubes interrumpidas por las cumbres nevadas.
O montañas que te acercan al cielo al bajarte las nubes. Tanto, que da la impresión de que puedes hablarles de tú a tú.
Comentarios
Buen fin de semana!
Besos
Buen fin de semana, y muchos besos, guapa
Pero eso es porque eres arquitecto. Y gallego.
Aunque no lo digas muy alto, que haberla hayla, creo (la clase política aragonesa al estilo valenciano, quiero decir)