
Mi tía Pili, cuando era yo pequeña, nos llevaba al circo, al lago de Sanabria, a Anta de Tera con la abuela, alguna vez a la playa a morenear. Todos los domingos nos llevaba a misa de 12, y luego al vermut del bar Aurora, y allí nos invitaba a Fanta y nos hacía levantarnos a darles un beso a nuestras maestras, que también solían acudir. Cuando ya era yo adolescente, nos llevó de vacaciones a Benidorm. Casi nada.
Tenía un título específico para cada uno de sus seis sobrinos: su sobrina primogénita, su sobrina intermedia, su sobrina benjamina. Su sobrino unigénito pasó a ser sobrino primogénito cuando nació su sobrino benjamín, y yo era su sobrina ahijada. Ella era siempre nuestra mayor fan, una fan incondicional que presumía muchísimo de nosotros, de todos nosotros, y cualquier logro nuestro, por pequeño que fuera, se volvía magnífico cuando ella lo contaba o cuando ella lo guardaba. Y así, por ejemplo, en su comedor tiene enmarcado cual obra de arte un cuadro bastante chuchurrío que pinté yo de niña de la casa de Anta, el pueblo de la abuela, y que me parece que hasta está sin acabar…
(Ay, lo que voy a presumir yo siempre de mi tía Pili… Pero con mucha más razón)
Cuando venía a casa y sabía que estábamos, entraba por la puerta exclamando un “¡A veeeeeeeeeeeer!” inconfundible, al que seguía un reguero de besos de tía, cortos y repetidos. Y piropos, muchos piropos. Siempre piropos.
Y si quería mucho a sus sobrinos, con sus cuatro sobrinos nietos era ya locura y adoración. "Lo que ahí hay", decía siempre. “Mandadme fotos, muchas fotos”, que luego le encantaba enseñar a todo el que se dejaba. Viajó siempre que pudo, y viajó muy lejos, a pesar de muchas dificultades, para verlos. Feliz y emocionada. Como era ella.
Cuando Daniel era bebé, y estábamos tanto tan lejos, me decía siempre “tú háblale de mí”. Y sí, os juro que le hablé, pero fue mejor siempre, claro, cuando pudo ya hablarle ella. ”Qué maja es”, me dijo hace nada Daniel, con esa sinceridad infantil que brota sin filtros del corazón, tras una charla telefónica con la tía Pili.
Mi tía Pili tenía unas manos muy bonitas de las que estaba muy orgullosa, y con mucha razón: eran unas manos delgadas y estilizadas, con unos huesos delicados que se marcaban en el dorso en proporción elegante. En el resto del cuerpo sufrió muuuuchas operaciones a lo largo de su vida: alguna muy aparatosa (como una de la espalda, que la tuvo inmovilizada en la cama durante meses cuando era casi una niña, y que le dejó de recuerdo dos grandes cicatrices, en la espalda y en la pierna, que siempre nos explicaba encantada); alguna muy reveladora (como la de los pólipos en la garganta, en la que seguramente influyó su afición por hablar). Hubo una época en que decía que no quería ir al médico, porque cada vez que iba, la operaban (y un poco, un poco… era verdad).
Mi tía Pili era disfrutona. Muy disfrutona. Le encantaba disfrutar, de todo y de todos: de la comida, de los cafés, de los viajes, de los fines de semana con las amigas, de las bodas, de las celebraciones, de la charla y la conversación, de las comidas familiares en las que le gustaba siempre sentarse en la mesa de los niños, cuando había. Le encantaban los niños, y le encantaba reírse y todas las cosas de risa: las películas de risa, las series de risa, las canciones de risa, los programas de risa, los tebeos, las anécdotas. Coleccionaba anécdotas propias y ajenas que contaba muchas veces, intercalando su risa inconfundible y sus “ya verás”. Mi tía Pili nunca tenía mal día ni estaba de mal humor. Yo no sé dónde guardaba las tristezas, pero rara vez se le veían.
Mi tía Pili dejaba, allá por donde pasara, un reguero de amigos y gente con la que se apreciaba de corazón: ya fuera la nutricionista, ya fuera el supermercado, ya fuera la peluquería, ya fuera una cafetería, ya fuera cualquier tienda, ya fueran las oficinas de Extensión Agraria o de Empleo en las que trabajó. Era una profesional habilidosísima del noble arte que los maños denominan “pillar capazo”: pararse por la calle a charlar. Le costaba llegar a los sitios porque con todo el mundo se paraba, y se paraba un buen rato, y para todo el mundo tenía un piropo, una palabra amable, una muestra de interés y toda su atención. Cuando luego te hablaba de la gente, lo que más repetía eran cosas como “es muy amiga mía", “lo quiero yo mucho”, “es tan rica”, “qué riquiño”, “me quiere a mí mucho” o “es muy célebre”. Y nombraba a casi todo el mundo con un diminutivo, sin discriminación de edad, tamaño o condición. Ella misma era “la Pilarita´”, especialmente para sus primas adoradas, o “la Pilarita del bodegón” para una parte importante del Verín que la vio crecer.
Mi tía Pili quería y cuidaba mucho, muchísimo, a su familia, a toda su familia en su sentido más amplio y profundo (desde la más cercana a la más lejana). De hecho, ella ha actuado durante años y hasta el último momento como fuerza centrípeta, como nexo de unión, como punto de intersección luminoso, constante e infatigable, en una constelación de lazos familiares y afectivos que sin su luz, seguramente, se habrían oscurecido bastante. A los más cercanos nos juntaba siempre en dos fechas que eran y serán suyas para siempre: por su cumpleaños (el 9 de julio) y por su santo (el 12 de octubre). Además, sabía mantener presentes, también de forma constante e infatigable, a base de pequeños detalles, a los que ya le faltaban: su madre (mi abuela Anita), su hermano mayor (mi tío Manolo), su padre (mi abuelo Plácido). Y se fue confiada y segura de que iba por fin a reencontrarse con ellos. Así que ahora somos nosotros, que aprendimos tanto de ella, los que la vamos a mantener siempre presente y siempre aquí, en las grandes celebraciones, en los pequeños detalles y, sobre todo, cada vez que mandemos un “cheguei” de esos que ella siempre nos pedía cuando se despedía.
Mi tía Pili no quiso flores en su entierro (sólo de la familia más directa), y cuando lo vi en la esquela sonreí en la pena, y pensé “genio y figura”, y se me cruzó el impulso de preguntarle y que me explicara por qué… Y entonces me di cuenta, otra vez, de que ahora solo voy a verla, y escucharla, cuando mire en el corazón.
Mi tía Pili nos dejó un legado y un encargo de amor y paciencia, que yo pienso intentar cumplir escrupulosamente, aunque sé que nunca lo voy a hacer tan bien como ella.
Y publico esto porque yo sé que a mi tía Pili, que estaba siempre mucho por aquí, le haría ilusión, y le habría encantado como le encantaban siempre nuestras cosas, y porque ella sabría que yo se lo escribo con el corazón. Solo me pesa no haberlo hecho antes (¿por qué coño nunca hacemos estas cosas a tiempo?). Y no va acompañado de ninguna foto de ella porque sé lo mucho que le cabreaba que se pusieran fotos suyas en las redes sin su permiso. Por eso la foto es de Puebla, su Puebla, Puebla de Sanabria, porque para mí y desde que yo era muy niña es un lugar ligado indisolublemente a ella, que vivió allí unos años muy muy felices. Y yo los compartí.
Mi tía Pili fue siempre la tía Pili de todos mis amigos.
Y con eso lo digo todo.
O casi todo.
Que no es lo mismo,
pero es igual.
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