Mi Juli


Hace 14 años, un sábado de septiembre, vivíamos en La Paz (lo más parecido a un pueblecito en la montaña que hay en Zaragoza) y habíamos quedado para picar algo. Al salir de casa, de debajo de un coche viejo aparcado en la calle que nunca movían, salió un gatito blanco con manchas atigradas grises maullando ostentosamente y frotándose contra la acera, como reclamando atención y mimos. Me acerqué con la mano tendida y haciendo “misssssss” “bssssbssss” y se dejó acariciar un poquito, aunque enseguida volvió debajo del coche.

Cuando volvimos a casa, ya bien entrada la noche, el gatito seguía allí. Los días siguientes empecé a bajar a verlo, y a dejarle comida… En principio no entraba en mis planes cogerlo porque tenía a media pensión el gato de la vecina (Mitch, que aún no se había instalado definitivamente con nosotros) y a ver, ¿cómo se coge un gato y se lleva a casa? ¿Qué se hace? ¿Cómo lo junto con un gato que casi vive con nosotros pero no? ¿Cómo lo llevo a un veterinario?
Por si acaso, empecé a leer en Internet sobre como familiarizar a dos gatos, y seguí bajando a dejarle comida (ya estábamos en la fase en que comprábamos comida para el gato de la vecina) y a agacharme para ver al gatito, que seguía siempre debajo del coche y que era además muy hablador. Y estando agachada intentando acariciarlo un poquito, apareció una chica que me dijo “¿qué , no se deja coger , la gatita? “(ah, qué era gatita…), y cuando yo le expliqué mis cuitas de por qué no me atrevía a llevarme al gatito que ya era de mi corazón, me dijo que ella era veterinaria (WTF!!!!!), que vivía al lado de mi casa, y que si quería cogerla, ella me dejaba el transportín, me regalaba un saco de pienso y se encargaría de las vacunas y esas cosas… (No sé si os he hablado alguna vez de mi suerte increíble para todo. Esta es solo una pequeña muestra de cómo funciona).
Pues me cogí a la gatita, que maullaba lastimera y profunda al verse metida en el transportín sin poder controlar ni conocer su destino, y la metí en mi casa, primero en el baño (y en mi colo mucho rato), luego, en la habitación del ordenador, donde teníamos dos camas nido entre las cuales se escondía habitualmente. Poco a poco le fui presentando a Mitch, y a Juani, y enseguida se convirtió en la reina de la casa… porque vaya carácter tenía la nena. Y qué amor era-. Le encantaba sentarse sobre el respaldo del sofá, cerca de nosotros, y olernos delicadamente la cabeza. Enseguida dejó claro que sobre Mitch mandaba ella (él era demasiado pasota y tranquilote como para mandar nada), y que era mimosa, muy mimosa. Pero no pedía mimos: los exigía siempre de manera implacable.
Como tenía unas diarreas persistentes (a pesar de las cuales jamás hizo nada fuera de su caja, y sus cositas, e incluso alguna que Mitch, mucho más dejado para estas cosas, dejaba al aire sobre la arena, ella las enterraba con esmero y fruición), consultamos a la veterinaria, que le hizo unos análisis. Todavía recuerdo cuando me llamó, mientras esperaba el autobús en Calatayud, y me dijo que la gatita (ya por entonces, Julieta) tenía una cosa horrible que se llama Pif, y que es supercontagiosa, y que apenas tiene curación, así que se la quedaba ella, la metería en una jaula y le daría la medicación necesaria… Recuerdo mi shock, que apenas pude explicar a mis compañeros, y que cuando hablé con Juani los dos tuvimos claro que de jaula nada, que nos la quedábamos, y que habría que aislarla de Mitch (lo cual era difícil y doloroso… os recuerdo que Mitch era por aquel entonces el gato de la vecina que subía todos los por la terraza, y lo que teníamos que hacer ahora era no dejarle entrar en nuestra casa, que él había ocupado como suya aunque fuera en régimen de semipresencialidad, y no podíamos explicarle por qué). Además, nosotros le daríamos el único atisbo de solución posible: un tratamiento carísimo (el Interferón que le dan por ejemplo a los enfermos de SIDA) y cuya efectividad estaba bastante lejos de estar garantizada e incluso era un poco remota. Así que empezamos a pinchar interferón a la gatita, cruzando todos los dedos… Ssobre todos los del corazón.
Recuerdo también una noche que se puso especialmente mala. Se le dilató exageradamente la pupila de un ojo, y entró en un letargo extraño, sin moverse apenas (ella, que si había dos adjetivos que la describían era pizpireta y vivaracha). Nosotros dormíamos con la puerta del dormitorio cerrada, y en cuanto oía nuestro despertador, ella venía a la puerta a rascar y maullar a modo de recibimiento. Recuerdo que esa noche nos fuimos a la cama diciendo que si por la mañana no venía era que el tratamiento no había funcionado y ella estaba ya realmente mal. A la mañana siguiente sonó el despertador… y unos minutos después oímos las uñitas y el maullido inconfundible de Julieta. Sí. ¡Sí!
Así que sí. Luego vinieron unos años muy felices, donde Mitch y ella, tan distintos y tan complementarios, se hicieron uña y carne, yin y yan, pimienta y sal, cielo y mar. Dormían juntos y abrazaditos, vigilaban la parada del 42 que teníamos justo enfrente asomados a la ventana, para regocijo de los que esperaban el bus, ella lo lamía concienzuda (él siempre fue un desastriño) y sus peleas juguetonas pasaron a formar parte de nuestra cotidianidad (veíamos la tele con dos gatos persiguiéndose por delante de la pantalla sin ni siquiera alterarnos). Y como a Mitch, también a ella le transformamos el nombre: era Julieta, la Juli, “Yulí”, con acento en la í, Julipulgui y para Juani, “Julipundras” o “Pundras” a secas.

Nos mudamos a la calle Pensamiento, y allí volvió un par de días a su refugio entre las dos camas nido (los gatos llevan fatal los cambios de territorio) aunque ya cabía a duras penas… o a presión. En ese piso, que era ático, teníamos una terraza gigantesca cuya pared yo quise proteger con una red para que no se cayeran los gatos (el síndrome del “gato volador” provoca muchas muertes: los gatetes se suben al murete pensando que no se van a caer, porque son ágiles y habilidosos por naturaleza, pero a veces se caen y… ) Y recuerdo cuando un día me la veo POR FUERA DE LA RED corriendo como loca por el murete, y sin saber cómo entrar otra vez. Mi vértigo patológico, en este caso por empatía y solidaridad, me hizo tener un ataque de ansiedad que obligó al pobre Juani a resolver la situación con practicidad y sensatez, agarrar por un hueco de la red a la gata y meterla p’adentro…

En esa terraza, Julieta pasó horas y horas con Mitch, y hasta cazó algún pájaro (aunque ella siempre desfogó su instinto cazador con toda clase de insectos). Luego llegaron Lúa, a la que Julieta ha odiado con un odio eterno e incondicional que incluso le hacía bufar y erizarse al pasar por la cama de la perra cuando esta no estaba, y Daniel, cuya cuna y cochecito se convirtieron un lugares codiciados por la gata, que jamás se resignó a un segundo plano por la llegada de nuestro cachorro. Para las interminables tomas de una lactancia muy complicada que tuve yo, me ponía un cojín en el “colo”, en el que colocaba al bebé, y hay vídeos por ahí de Julieta acomodándose en ese cojín, reclamando su sitio junto al pequeño lactante casi como si él no estuviera.
Y luego vino lo peor: la alergia gatuna de Juani, que el pobre intentó sobrellevar hasta que la pérdida de capacidad pulmonar llevó a la alergóloga a decirle que se dejara de bromas y que teníamos que quitarnos los gatos. Por aquí puse yo un anuncio ofreciéndolos, con todo el desagarro que eso suponía, a quien quisiera adoptarlos. Por supuesto, nadie surgió. Asi que lo que hicimos fue dejarlos en nuestra inmensa terraza, que sí, era grande y abierta, pero también estaba expuesta a todas las inclemencias del tremendo clima zaragozano. Nuestra Juli maullaba incansable durante horas reclamando entrar. Ella nunca, nunca, jamás se resignó.
Así que cuando nos decidimos a comprar piso, nuestra prioridad –bueno, no: exigencia incuestionable- era que tuviera una terraza adecuada para tener a nuestros gatos. Y por eso acabamos en este, que a falta de una tiene dos. Y aquí hemos sido también muy felices con ellos. Además, yo vivo de abril a octubre en la terraza, así que aquí hemos estado muchísimo con los gatos. A Daniel el remolón lo he despertado muchísimas mañanas abriendo la ventana de su habitación para que entrara la Juli a despertarle, y ella pronto me abandonó como preferida para dedicarse con devoción a él. Pero nunca me ha importado. Ella ha seguido siendo mi preferida siempre, y es mi preferida hoy. En el dolor.
Aquí hemos pasado una pandemia, y hemos perdido a Mitch, hace casi un año. Ay, mi Juli, cuánto lo lloró. Entonces empezó a aullar (literalmente) por las noches protestando por su soledad (tanto, que la vecina de enfrente nos llamó la atención y nos dijo que teníamos que hacer algo con “ese gato” por humanidad… Ay… si ella supiera… Y cómo le explicas…)
Este último año, claro, cómo estaba solica, la dejábamos entrar más a la cocina (único reducto que permitimos que se contaminara un poco de alérgenos), y así, entraba a desayunar con nosotros todas las mañanas, y por las noches, después de cenar, yo me sentaba en la cocina con el ordenador, y ella estaba conmigo, un ratito sobre su mantita, y enseguida se me metía al colo, me amasaba un rato y se sentaba con los ojos entrecerrados de felicidad mientras yo la llenaba de vez en cuando de besos.
Ha sido una gata valiente, guerrera y feliz hasta el domingo, que la llevamos a urgencias. Esta semana la hemos ido viendo apagarse cada día. Pero eso no lo voy a contar. Hoy hemos tenido que tomar, otra vez, la terrible decisión, que a pesar de ser terrible, es la mejor. Cuando la cogí por última vez para meterla en el transportín, se agarró con las uñas y la fuerza que ya no tenía, a su mantita y maulló. Genio y figura, sentí, y me derrumbé... Mi Juli. Mi nena. Siempre tan ella….
Y bueno, estamos con el desgarro inevitable, y no sé qué mas decir hoy.
Ha sido una gata extraordinaria y especial. Y de todos los bichines de mi vida, a los que adoro por supuesto, con ella yo he tenido una conexión y un sentimiento muy especial.
Porque en muchas muchas cosas, mi Juli, era también muy yo.
(La foto es de ayer, que estaba ya muy malita...)

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Un texto precioso lleno de amor, de dolor, de recuerdos, de cariño y, sobre todo, de generosidad. Juli ha tenido una vida maravillosa a vuestro lado.
Un abrazo para Teresa y Daniel.
Teresa Losada ha dicho que…
Querido Anónimo: muchas gracias por leer el texto y comentar. Nosotros hemos tenido una vida maravillosa al lado de nuestra Juli, y hoy estamos adaptándonos a una vida un poco más gris sin ella. Así que Daniel y yo cogemos ese abrazo, y te mandamos uno bien grande de vuelta.