Mundial de mi corazón


Yo no soy futbolera. Nada futbolera. Creo que no me he visto un partido de fútbol entero en mi vida. Los partidos que hay que ver (como la final del Mundial si juega España) los pongo de fondo mientras hago otras cosas, y atiendo si me doy cuenta -que no siempre pasa- de que el asunto se pone interesante. Así que todo esto del Mundial lo he mirado de lejos (un poco menos de lejos al final, es verdad) y de reojo. Y así, de lejos y de reojo, ha habido muchas cosas que me han gustado mucho, y que procedo a enumerar, insisto, desde la más absoluta ignorancia (por favor, sed indulgentes y no me lo tengáis muy en cuenta): 

El fiasco inicial contra Cabo Verde, que sirvió de colleja para que España espabilara, y  no hiciera el liebre y acabara sobrepasada por cualquier tortuga.
Noruega, que se  vistió de mi favorita con su "Viking Row" (que me gusta a mí un ritual "festeiro"), y su revelación sorpresiva como David, venciendo nada más y nada menos  que a todo un Brasil devenido Goliat.

Pablo Meixe poniendo cuerpo y gesto y cosas a los locutores del mundial.

La noqueante pero limpia victoria de una España elegante y coordinadamente arrolladora frente al gigante francés, que tal vez no se lo esperaba.

Trump haciendo gala de su fantochismo y dejando claro que, aunque él no lo sepa, hay deporte y cosas limpias con las que no pueden ni sus trampas, ni su matonismo, ni su mafia.

La gente llenando las plazas para ver los partidos. Los ¡huy! y los ¡vamos! y los goooooool y los saltos y las palmas al unísono multitudinario.

Los análisis de las coincidencias fátídicas y siderales, antes de la final hispanoargentina, sobre Lamine Yamal, Messi y todos los 19s involucrados.

Los nervios y la ilusión nacionales del domingo, que compartí hasta yo. 

Que a las nueve todo se parara.

El espectáculo yanqui en el descanso, con Shakira perfecta como siempre y Madonna, empeñada todavía en no sé muy bien qué, con Ronaldo y Ronaldinho como pajes insólitos de la reina emèrita del pop, en una entrada tan kitsch que no permitía que olvidáramos dónde estábamos.

La desesperación del partido donde España era claramente mejor, pero el gol no llegaba, y parecía que sí, pero era fuera de juego, y no llegaba, y no sé cuantos tiros a puerta, y no llegaba, y hasta la prórroga no llegó el gol de Ferrán cuando parecía que ya no llegaba, y entonces lo que no llegaba era el final… pero al final el final llegó y ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Esa selección colorida y con olor a calle y trabajo y sencillez, donde se mezclan orígenes, gestos, pieles, cabellos y, por fin, banderas, porque por entre la rojigualda se ven colores, acentos, orgullos, valores y  presencias varias. Por ejemplo, catalanas (tantas, tantas), vascas (ay, Oyarzábal, que a mí me tiene de vasco casi más que el apellido, la cara; o Unai Simón, portero laureado, ahora que me fijo yo en los porteros por el que tengo en casa), o la galleguísima presencia y el galleguísimo acento de nuestro reivindicativo Borja Iglesias. Todo eso que hace a España, mal que le pese a algunos defensores de la bandera opaca,   más rica, más acogedora, más sana.

La frialdad estridente pero educada de nuestro Borja Iglesias evitando saludar a Trump con la bandera galega en la cintura.

Cucurella (¿puede haber un apellido mejor?) y su pinta de menina barbuda y distraída disfrazada de futbolista.

Niko Williams cruzando decidido el estadio, con su lukazo inconfundible, para darle la medalla a la madre que cruzó a pie el desierto desde Ghana, para que él llegara un día a ganar un Mundial en Nueva York.

Lamine Yamal rezando en soledad y para adentro, mientras afuera los argentinos buscaban la pelea del perdedor sucio que no consiguió manchar la victoria del juego unánime y limpio.

Su hermanico corriendo hacia él y hacia su ídolo, Míkel  Oyarzabal.

Esas historias de superación, oportunidades y esperanza, también la del propio seleccionador. Las de los que llegan a alzar la copa hasta lo más alto cuando ellos vienen desde muy abajo, y no lo olvidan.

El abrazo de Yamal y Messi, aunque el rostro de este estuviera roto por el llanto de una despedida tan diferente a la soñada.

Merino haciendo el baile de Trump en las mismísimas narices de ese Trump que tuvo que entregar  el trofeo a la selección del país que él ha amenazado y despreciado, en una victoria seguida, celebrada y hasta cierto punto compartida por  los  iraníes y los  palestinos que él todavía “asoballa”.

Trump cual abuelo desnortado sobrando en la foto final, hasta que un alma caritativa y protocolaria tuvo a bien sacarlo de allí donde, aunque él no lo crea, no pintaba nada de nada, al lado de esa selección tan ajena y marciana, en la que lo importante es el equipo y la colaboración y el trabajo  y la coordinación, y que no dependen de ninguna estrella y su capricho porque todos saben que todos son imprescindibles 
Y que esta Selección masculina sea Campeona del Mundo junto a la otra Campeona del Mundo: nuestra Selección Femenina de fútbol, deporte hasta hace nada epítome de la masculinidad.

No sé, que estuvo muy bien. Tan bien, que por un rato nos ha invitado a soñar que el mundo también podría estarlo.

Y esto, de lejos y de reojo, y sin ser yo futbolera.
 
Para los futboleros ha tenido que ser la hostia.





























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