
"Para quererte, al destino
le he puesto mi corazón.
¡Ya no podrás libertarte
-¡ya no podré libertarme!-
de lo fatal de este amor!
No lo pienso, no lo sientes;
yo y tú somos ya tú y yo,
como el mar y como el cielo
cielo y mar, sin querer, son."
Juan Ramón Jiménez
le he puesto mi corazón.
¡Ya no podrás libertarte
-¡ya no podré libertarme!-
de lo fatal de este amor!
No lo pienso, no lo sientes;
yo y tú somos ya tú y yo,
como el mar y como el cielo
cielo y mar, sin querer, son."
Juan Ramón Jiménez
Es fácil y tentador querer ver en lo que nos ha pasado la mano del destino.
Es fácil y tentador pensar que era inevitable, que lo que pasó era lo que tenía que haber pasado, lo único que podía haber pasado. Es fácil y tentador pensar que teníamos un camino que nos ha traído hasta aquí. Que llegada y camino se entrelazan y mutuamente se complementan, se justifican, se dan sentido.
Es fácil ceder a la tentación de no asumir que lo bueno que nos ha pasado, lo que es hoy nuestra vida y sin eso ya no, fue traído por el azar y que pasó, sí, pero pudo no pasar.
Es fácil y tentador no querer ver la levedad de lo importante. Es reconfortante y hasta lógico pensar en un destino, en una razón, en un sentido, en un porqué, en darle a nuestra vida el peso y la consistencia y la seguridad de lo inevitable.
Es fácil, pero seguramente, es mentira.
Y en todo caso, qué más da. El destino, como el horizonte, no está en la realidad sino en los ojos que la miran.
Comentarios