Hermosísimo invierno de mi vida
Su autor, Don Franciso de Quevedo y Villegas, tan admirado como odiado o temido en su época, y tan proverbial como en realidad desconocido en la nuestra, se dirigía a un lector culto que dominaba las referencias mitológicas (en este caso, por ejemplo, la laguna Scytia o Estigia, río de lava, uno de los que tenían que cruzar las almas de los muertos en la mitología clásica, o el Etna, volcán cubierto de nieve) y todo el sofisticado código lleno de convenciones que se empleaba en la poesía amorosa de su época, el siglo XVII.
Su propia figura está llena de contradicciones, como el tiempo que le tocó vivir: la época reflejada por Reverte en sus populares libros sobre Alatriste, la época en que España era todavía un gran imperio pero estaba ya desmoronándose carcomido por la miseria; la época en que los nobles se dedicaban al lujo, los juegos de ingenio y el galanteo amoroso mientras el pueblo moría por todas las causas posibles: guerra, enfermedad, hambre; la época que se refugiaba del sufrimiento que era vivir así pensando en la deslumbrante representación teatral de los domingos y fiestas de guardar, que cumplía la misma función que hoy el fútbol.
Quevedo, innovador como pocos en la poesía, era ideológicamente ultraconservador y reaccionario, clasista, machista, racista, además de convencida y activamente intolerante (y su poesía satírico y burlesca, que es la más abundante, da fe de ello). Era un noble que creía en las antiguas tradiciones y que miraba con desprecio los intentos de alterar del orden establecido de los que pretendían ascender en la escala social, cosa que a él le parecía completamente inaceptable y casi una aberración "contra natura". En las antípodas de lo que hoy conocemos como "políticamente correcto", no tenía pelos en la lengua, y decía siempre lo que pensaba con toda su crudeza, que solía ser mucha, porque tenía un talante hipercrítico. Y esto terminaría incluso por llevarle a la cárcel, tras poner un poema de denuncia de la política del Conde duque de Olivares (al que odiaba concentrada y apasionadamente) debajo de la servilleta del rey.
Genio indiscutible de la literatura, su personalidad resulta bastante antipática, por lo que pensaba y por cómo lo decía. Aunque fuera con mucho ingenio, no le importaba herir, y de hecho, hería. Y a eso dedicó esa parte prolífica de su poesía que es la satírico burlesca, de la que hablaré otro día y pondré alguna muestra. Y también de su poesía filosófica o metafísica, donde expresa como nadie la angustia por el paso del tiempo, que hace que el vivir sea en realidad morir porque vivir no es más que acercarse a la muerte minuto a minuto.
Pero ahora me gustaría centrarme en su otra gran contradicción: la de "misógino enamorado". Por que sí, Quevedo fue un convencido y activo misógino (tiene poemas y textos en prosa durísimos contra las féminas: odiaba a las mujeres infieles, a las que utilizan ungüentos y ardides para aparentar una belleza que en realidad no tienen -en general, Quevedo se muestra especialmente obsesionado y cruel con todo lo que sea "falsedad" y apariencia-, a las feas, a las viejas (él escribió el durísimo "ella es verdad que es vieja, pero fea"), sobre todo a las que intentan parecer jóvenes, a las infieles, a las que sólo corresponden al amor por dinero -"madre, yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado...", dirá en su conocidísima letrilla "Poderoso caballero es Don Dinero"-, etc., etc., etc. y en su biografía no hay ni un atisbo de algo que pueda parecerse a una historia de amor. Y sin embargo, es autor de algunos de los poemas amorosos más bellos en lengua castellana.
Hay quien dice que esos poemas, que son muchos, no son más que un ejercicio retórico, uno de sus alardes de manejo y retorcimiento del lenguaje poético, para el que el sentimiento amoroso no es más que un pretexto convencional como cualquier otro. Pero otros se resisten a creer que tanta belleza expresiva pueda surgir sin un fondo de autenticidad. Es decir, ¿es posible expresar tanto y tan bien el sentimiento amoroso si no se conoce el amor? Por eso hay quien dice que, en realidad, su odio a las mujeres es un mecanismo de defensa frente al rechazo, o el temor al rechazo, porque Quevedo era muy poco agraciado físicamente (era tremendamente miope, jorobado, bajito, desgarbado) y, además, de un carácter irascible, con tendencia al mal genio, y todo eso lo hacía ser un candidato poco idóneo para el éxito amoroso.
Así que hay críticos y biógrafos que insisten en que sí, en que Quevedo tenía que conocer ese amor puro, precioso, idealizado e imposible. Seguramente, mejor que nadie. Porque para él, real y dolorosamente, el amor era de verdad imposible. Para él, el amor sería inevitablemente siempre soñado y nunca vivido. El amor platónico, pura convención en otros poetas, sería en su caso amarga y forzosa realidad. Y precisamente la intensidad del sentimiento haría más insoportable el probable rechazo, y más necesaria la defensa. Y él eligió las púas. El rechazar antes de que me rechacen. El atacar antes de tener que defenderme. Y los que más se protegen son siempre los más frágiles.
Por eso me produce cierta ternura esa imagen del Quevedo condenado a la peor de las soledades, que debajo de sus filos malhumorados guardaba los sentimientos más puros, intensos y auténticos, que se le escapaban en forma de poemas amorosos que, por suerte, podía justificar como acordes a las convenciones de la época, que exigían a cualquiera que quisiera llamarse poeta el escribir versos de amor intenso y espiritual hacia una dama esquiva y desdeñosa.
Hay quien apunta de forma más atrevida a que detrás de los nombres fingidos que, como en los de todos los poetas del Barroco, aparecen en los poemas de Quevedo (Filis, Floralba, Aminta, pero sobre todo Lisi, a la que dedica todo un cancionero), se oculta alguna dama concreta y real, que tal vez lo rechazó o que tal vez jamás llegó a saber del sentimiento apasionado que despertaba en el corazón que latía tras la pluma más afilada, temida y aplaudida de su época. Otros creen que Quevedo era en realidad una especie de "enamorado del amor", que escribe poemas a una mujer ideal, abstracta, inexistente e imposible, pero no por ello menos amada, deseada o necesitada.
Los poetas cultos del XVII cantaban obligatoriamente, por convención, a una dama que jamás correspondía, y ese sentimiento era inevitable (por la belleza de la amada, de la que era imposible no enamorarse), consecuentemente contradictorio (mezcla amor y rechazo, deseo y pureza, ansia de felicidad y sufrimiento profundo, es inevitable e irrealizable, se siente para siempre y nunca se realiza) necesariamente espiritual (el rechazo impedía la realización física, y el enamorado, atrapado en ese sentimiento imposible, renunciaba a ella) y vinculado siempre al sufrimiento y al dolor, cuya expresión metafórica más frecuente era la muerte (algo así como el "vivir así es morir de amor" que dirá tres siglos después Camilo Sesto). Y esta convención se hizo dolorosamente real en la historia de Quevedo, y quizás por ello él escribió los poemas en que este sentimiento rebuscado y artificial late más profundo y auténtico.
Así, escribió algunos poemas donde intenta definir o describir el amor (casi nada), aprovechando esa naturaleza contradictoria para hacer ingeniosos juegos conceptuales, que eran su fuerte y en los que no tuvo rival ni en su época ni en los siglos sucesivos. Y dudo que llegue a tenerlo jamás:
Pues bien: el amor espiritual y constante a pesar de no ser correspondido, que sobrevive por tanto al tiempo, sobrevivirá también a la muerte. Si el amor es auténtico y no depende de las contingencias de la carne, no pertenece al cuerpo mortal sino al alma inmortal (Quevedo era católico y creía -o, al menos, quería creer- en la inmortalidad del alma) y, como ella, seguirá cuando el cuerpo ya no viva. Somos polvo, y en polvo nos convertiremos, pero Quevedo dirá que el que ama será "polvo enamorado", siendo ese amor lo que da sentido y trascendencia a la propia existencia más allá de la muerte. Y así lo expresó en su poema amoroso más conocido y valorado por los críticos:
Insisto en que Quevedo no pretendía llegar a todos los lectores; es más, como todos los escritores del Barroco, buscaba un lector selecto que estuviera a su altura. Cuantos más difícil de entender era un poema, más ingenio había sido necesario para crearlo y, por tanto, más altura intelectual demostraba su autor. Y el "ingenio" (palabra que se empleaba en la época para designar ese nivel intelectual) de Quevedo radica en sus asociaciones asombrosas de ideas y en la condensación expresiva: cada palabra se elige cuidadosamente y se emplea con toda una constelación de significados y asociaciones de ideas.
Así, por ejemplo, Quevedo le dirá a su soñada amada "los médicos con que miras...", como un piropo a sus ojos. Y ojo a todo lo que está diciendo con esas cinco palabritas de nada: los ojos de la amada son médicos, porque los médicos para Quevedo eran "matasanos" que en vez de curar matan, y ella mata con sus ojos porque son tan bellos que enamoran, pero como es desdeñosa el que la ama sufre, es decir, muere de amor...
Y esto es solo un ejemplo, porque en Quevedo cada verso es más o menos así. Y si ya para sus lectores contemporáneos era un autor difícil, que había que leer (y a veces hasta releer) despacito y con cuidado para poder comprenderlo, para el lector contemporáneo, acostumbrado a la inmediatez, al flash, al mensaje casi intuitivo que a veces no es necesario ni racionalizar, puede ser estéticamente tan extraño como un poeta extranjero cuya lengua no se domina demasiado.
Y es que para leer la mayoría de los poemas de Quevedo hay que hacer, sin duda, un esfuerzo y emplear un extra de atención. A mí, personalmente, me parece que el esfuerzo merece la pena, y conmigo logra lo que pretendían todos los poetas de su tiempo: provocar auténtica y sincera admiración y asombro por lo que es capaz hacer con palabras en manos de otros tan lisas y llanas, pero que él sabe colocar en el sitio justo y la combinación exacta para que se llenen de significados, sentidos, matices, relaciones, ecos, brillos y resonancias. Porque Quevedo es, sin duda, y al margen de la antipatía o simpatía que pueda despertar su figura (qué difícil es a veces saber valorar el arte sin juzgar al artista) de los pocos genios que en el mundo han sido. Pero genio de verdad.
Y dejo dos poemas amorosos más, menos conocidos pero que también me gustan mucho.
Uno, toda una reivindicación del superviviente sentimental, con la que me he identificado mucho en muchos momentos de mi vida:
En este, Quevedo ensalza la belleza de su dama por la imposibilidad de retratarla, concluyendo que sólo un espejo podría hacerle un retrato digno:
Precioso piropo con la misma idea que utilizaron también en una canción, pero de la forma mucho más simple, llana y directa que exigen nuestros tiempos, Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán (¿Puede haber un nombre menos comercial y currado para un grupo musical que éste?) en la canción Sólo pienso en ti, que versionarían luego, entre otros, Enrique Urquijo. Amistades Peligrosas o Miguel Bosé, que es la versión que a mí más me gusta y la que os dejo, hala:







Comentarios
Y sí, podrá haber poetas con recursos para deleitarnos con historias surgidas de su estómago, su páncreas o sus dedos meñiques. Podrán gustarnos, pero no llenarnos. Sólo los enajenados por el amor escriben de verdad con el corazón.
Muchos besos.
Nosurrender: lo guardas con mi permiso, mi copyright y mi sorpresa, porque sinceramente dudaba que nadie se lo leyera entero (soy consciente de que me enrollo más de lo recomendable para un blog).Así estoy contentísima de que no sólo te lo hayas leído, sino que te haya interesado tanto.
Un saludo.