Asistimos en estos últimos tiempos a un espectáculo de podredumbre, bajeza moral, demagogia y latrocinio, que ha sido elevado a los altares de lo cotidiano, haciendo el tránsito más insoportable si cabe.
Nuestros “chandalas” han copado los más altos estamentos públicos, nuestras tribunas, nuestros altares, nuestros púlpitos, infectando con su estulticia y miseria de espíritu todo cuanto tocan.
Mientras nosotros, ejército de monos amaestrados, vanguardia de la miseria moral, estómagos hinchados y agradecidos, seres serviles hasta la vergüenza, asistimos impertérritos desde nuestra ciénaga de podredumbre, al abismo al que nos conducen, no solo a la manada de la que formamos parte (manada culpable y cómplice) sino también a aquellos pobres desgraciados, los desarrapados del mundo, que nada tienen que ver con nuestra ridícula complicidad para con los necios que hoy se erigen en líderes bajo nuestra mirada aborregada y somnolienta.
Hoy, nuestros grandes caudillos -a los que censuramos, más que desde el valor, desde la envidia- son nuestro propio reflejo en el espejo, el reverso de la moneda con la que comerciamos diariamente en el corredor de la muerte. Las únicas dudas que quedan por resolver son: ¿hay esperanza de que alguien rompa ese espejo? ¿hay esperanza de que alguien arroje esa moneda al infierno?
No, no la hay.

Comentarios
Porque se mira en el espejo con envidia, quizás. Pero también con miedo, sublimado en cobardía. Y que no es excusa, lo sé. Pero es miedo. Y el miedo no merece odio ni rencor. Merece compasión. Tristeza.
Ese es también nuestro espejo.